
Yo, el fidaiyin
<No hay otro dios sino Dios y
Muhammad es su mensajero>
La loa del medio día había
concluido. Y yo, al estar en el vestidor para calzarme mis sandalias de hoja de
palma e irme, el ulema, Abdullah, me
mandó a llamar para felicitarme por el gran progreso obtenido en mis estudios
de la shari’ah. Así pues, con clara
alegría en el semblante, me invitó a pasar hacia un pequeño salón para comer
arroz bismati mezclado con trozos de carne de cabra, un par
de deliciosas zambusas y beber una copa
rebosante con leche fresca de camella. Durante la comida estuvimos en completo
silencio. Una vez concluido el platillo principal, me pasó un gran canasto de
mimbre repleto de dulces dátiles, olivos y alfóncigos. Repentinamente,
rompiendo la incómoda calma, habló con euforia:
“Ijwan El Muslimin tiene grandes
planes para ti como premio por tu esfuerzo y dedicación a Allah, el señor
absoluto”. Se paró de su taburete y tomó sobre un atril su hadith. Parado, dando la espalda al occidente, hojeó algunas
páginas amarillentas hasta detenerse en algún dicho. Recitó con armonía las
palabras del profeta y después me pidió retirarme y cavilar durante la semana
sobre lo escuchado.
Los días pasaron siéndome imposible
descifrar el mensaje. Dentro de la excelsa mezquita de Azhar, luego del término
de la alabanza, nuevamente fui requerido por el ulema, pero en esta ocasión no había comida, no había silencio y no
estábamos solos. El mollah, sin
presentarse, me informó las buenas nuevas. Yo era el candidato ideal para
cumplir con la disposición de Allah, el ilimitado. Se escuchó su fuerte voz y
observándome fijamente a los ojos manifestó: “Ahora vete y alégrate pues eres
desde ahora un mahdi”.
Tras salir del lugar de oración, la
gente se congregó a mí alrededor e iniciaron a vitorear una y otra vez ¡Alaho Akbar! ¡Alaho Akbar!, pues la multitud me consideró una nueva esperanza.
Escapé como pude de allí y me dirigí a mi hogar. En el camino, no paraba de
meditar sobre la perturbante noticia, y no por negarme a realizar el propósito
de Allah, el inmenso. Mi preocupación se centraba en dejar desamparada a mi
pobre madre. La muy desdichada había perdido ambas piernas al pisar una mina
antipersonal, y mi padre hacía más de cinco años de haberse alistado como muyahidin, y desde entonces no sabíamos
nada de él. Además, yo estaba muy enamorado de Sagal Yabril, ya hasta tenía
lista la dote para pedirla en matrimonio: tres chivos, dos corderos, un camello
y varias mantas de fina seda traídas desde Siria.
Al llegar a casa desconcertado,
inmediatamente planteé la situación a mi adorada viejecita, y a ella, se le
entristecieron sus aceitunados ojos pero no lloró. Sostuvo su noble Corán con
ambas manos y con palabras inquebrantables exclamó: “¡Que así sea la voluntad
de Allah, el altísimo!”
Salí corriendo de mi vivienda aún
con la incertidumbre y protesté: ¡el precepto de Allah es amar a tu prójimo!
Continué meditando a través de los maltrechos caminos rumbo al bazar para
encontrarme con Sagal. La vi, la tomé con ternura de sus suaves y largas manos
y comenté lo sucedido. Y a ella, se le nublaron sus amielados ojos pero no hubo
llanto. Sacó de un burdo manto su noble Corán y con un lenguaje íntegro dijo:
“¡Que así sea la voluntad de Allah, el encumbrado!” Me escabullí furioso entre
la multitud, pues esperaba de ella su disuasión. Alcé mis brazos en plegaria y
grité: ¡el mandato de Allah es ser misericordioso y sensitivo!
Regresé a la madrasa de Osman para cumplir con el Asr. Después de terminar, me acerqué con timidez al ulema, bajé sumiso mi mirada y manifesté
mi desacuerdo balbuceando: sabio estudioso, éstos no son los medios como Allah
quiere expandir su palabra. Y a él, se le afligieron sus almendrados ojos pero
no derramó lágrimas. Abrió su noble Corán como en búsqueda de una aleya y con términos firmes expresó:
“¡Que así sea la voluntad de Allah, el indulgente!” Me desvanecí del lugar de
oración, me arrojé en el polvoriento suelo y prorrumpí: ¡La resolución de Allah
es ser perdonador y compasivo!
A la mañana siguiente respondí al
llamado del almuédano al convocar desde el alminar, me postré y recitando el
noble Corán me convencí de llevar acabo según la voluntad de Allah, el
infalible. Unos toquidos arrítmicos perturbaron mi rezo y tras abrir la puerta,
allí estaba una docena de hermanos musulmanes fuertemente armados y
encapuchados. Me llevaron a una retirada construcción en escombros que servía
como cuartel y tan pronto entré, todas las personas presentes me felicitaron.
Fui conducido a un amplio cuarto brillante con las paredes tapizadas de cuadros
mal colgados de algunos ayatolas a
quienes reconocí de inmediato. Se me invitó a sentarme sobre una afelpada
alfombra iraní de frente a una vieja tele incapaz de recibir alguna señal
alentadora del mundo exterior. Un tipo forcejeó por un rato con el televisor y
al finalizar salió de la habitación. Me dejó viendo un video sobre el
testimonio de otros compañeros militantes. Toda una inspiración para nuevas
generaciones. Me quedé dormido del cansancio y del estrés. Al día siguiente, sin
siquiera desayunar, se me daba un sin fin de indicaciones. En ese mismo momento
mi cuerpo era forrado por potentes explosivos. Después de finalizar, se me
condujo debajo de una bandera y me pidieron recitar la “Sura de
Luego de arribar a unas cuadras de
mi objetivo, el conductor sin voltear habló: “Reza a tu señor y ofrécete en
sacrificio. Recuerda, tu muerte no será en vano, Allah te premiará con el reino
de las huríes.” Ulteriormente de comenzar a caminar, sustraje del bolso mí
pequeño noble Corán, se desconsolaron mis oscuros ojos y lloré. Alcé mí vista
al cielo hasta quedar cegado por el sol, me detuve por un momento y en silencio
recordé mi primera lección en la madrasa:
¡la voluntad de Allah, es la gracia y la paz!






































