
WITOLD GOMBROWICZ Y JACK LONDON
Fue
en esos dancigs varsovianos donde conocí a Zbigniew Unilowski. Sucedió
justo después de la publicación de mi primer libro, cuando estaba
escribiendo “Ferdydurke”: –Gombrowicz, ¿para qué va a estar con esa
gente? ¡Venga a mi mesa! (...) Había sido camarero en un gran
restaurante, allí se fijó en él Karol Szymanowski y lo ayudó a publicar
su primer libro (...)”
“Me hacía pensar en Jack London. Había
similitudes en su manera de mirar el mundo, en su estilo, en su
inteligencia. Unilowski compensaba las lagunas de su educación y de sus
lecturas con su realismo, espontaneidad, temperamento y humor; tenía
algo de americano, más de una vez pensé que Chicago hubiera sido para
él un terreno más apropiado que Varsovia”
Para saber algo más de en qué pueden parecerse
Zbigniew Unilowski a Jack London vamos a recordar que el estadounidense
combina en su obra el más profundo realismo con los sentimientos
humanitarios y el pesimismo. Viajó a Alaska, empujado por la corriente
de la fiebre del oro, antes había sido marino, pescador, e incluso
contrabandista.
De ideas socialistas y siempre del lado de los
trabajadores, London fue militante comunista e incluso agitador
político. Pero, autodidacta como era, las lecturas de Nietzsche le
llevaron a formular que el individuo debe alzarse frente a las masas y
las adversidades. Esta contradicción entre el individuo y la
colectividad está presente en toda su obra.
Su tesis general
es la de que el ser humano no es bueno por naturaleza, que sólo los
fuertes consiguen sobreponerse a los infortunios de la vida y que serán
estos seres los que pongan los cimientos para formar una sociedad más
justa. De lo que no hay duda es de que no hubo nada capaz de salvar a
Jack London de sí mismo, alcoholizado, víctima de los delirios del
borracho, puso fin a sus días en su lujoso rancho.
Las
similitudes entre Unilowski y London de las que habla Gombrowicz son
precisamente las que los diferenciaba de ellos. Mientras Gombrowicz
pasaba unas vacaciones sin un término definido en la Argentina, los
polacos no se ponían de acuerdo sobre si era un escritor apegado a las
antiguallas del pasado, a la clase terrateniente y a la genealogía o
si, en cambio, en tanto que amoral y ahistórico, era un escritor
vanguardista.
En “Veinte años de vida” de Zbigniew Unilowski
el prologuista intenta ubicar a Gombrowicz en el panorama de la
literatura polaca de ese tiempo.
“En el período en que Unilowski
apareció en el campo de la literatura, las tendencias progresistas se
vieron de nuevo contrastadas por el implacable culto a la separación de
la literatura de la vida (...)”
“Fue el tiempo en que Gombrowicz
quería 'cuculizar' la literatura polaca, ejerciendo por desgracia una
gran influencia sobre sus contemporáneos con su literatura dominada por
el infantilismo y el subconsciente (...) En su novela, cuyo título
constituía ya de por sí un programa (puesto que 'Ferdydurke' no
significa nada), quiso reducir la vida humana a unos reflejos
infantiles (...)”
“Unilowski deseaba mostrar el desarrollo y la
maduración de un niño en un mundo severo y malo. Gombrowicz, todo lo
contrario: quiso reducir las cuestiones de la vida y las cuestiones
sociales a la época de la niñez, a la esfera de los reflejos
subconscientes. Unilowski era un escritor que iba justamente en la
dirección opuesta a Gombrowicz y sus adeptos (...)”
Los modales en
la Polonia del joven Gombrowicz habían llegado a un punto extremo.
Cuentan que en esa época un caballero, después de haber entrado a un
baño público, se dio cuenta de que no tenía papel. Trepó el tabique que
lo separaba del baño contiguo: –Permítame que me presente. Soy el señor
X. ¿Puede darme un trozo de papel? El otro caballero trepó también la
pared: –Encantado. Soy el señor Y. Aquí tiene papel. Lamentablemente,
la pobreza polaca también tenía características extremas.
“Lo
que sí saltaba a la vista era el proletariado. El pueblo comenzaba a
comprender: en Occidente no existía el proletariado, al menos no en el
sentido polaco del término. Había trabajadores intelectuales y
trabajadores físicos pero, por lo general, la miseria no alcanzaba un
estado tan grave como para crear de verdad una nueva categoría de
hombres, otra clase. Unas criadas descalzas como las veíamos en
Varsovia era algo inconcebible en París”
Con esta mezcla
contradictoria de modales y de miseria Gombrowicz se acercó a dos de
los artistas de origen proletario más importantes de Polonia. Él no
estaba acostumbrado a tipos como Rudnicki o Unilowski, eminentes en
ciertos aspectos y en otros completamente incultos.
Las
tradiciones de la generación anterior de literatos gentlemen, compuesta
por unos señores educados y pulidos, estaba aún muy arraigada en
Gombrowicz.
“Casi no frecuentaba lugares nocturnos. El alcohol no
me llamaba demasiado la atención, el baile tampoco, y los
frecuentadores de los diversos dancings, tanto los hombres como las
mujeres, me parecían poco interesantes (...)”
“Esa vida dorada sobre
el fondo de la miseria varsoviana era demasiado chocante, más de una
vez percibí un sentimiento de odio en los ojos de los obreros que
reparaban el pavimento en la madrugada, cuando nosotros vestidos con
nuestros abrigos de pieles salíamos de los locales y llamábamos a unos
taxis (...) En realidad estos personajes estaban en ocasiones en las
últimas y les faltaba dinero para cubrir los gastos más indispensables
(...)”
“También pasaba a veces que cuanta
más fortuna tenía uno, tantas más penas.. Mi miserable ingreso de
intelectual me permitía salir al extranjero cuando me daba la gana,
mientras que mis diversos tíos, grandes terratenientes, no podían
moverse de su sitio vigilando sus impuestos y pagos, y corriendo detrás
de los préstamos (...) En cuanto a mí, las veces que asomé la nariz por
allí, fue siempre en compañía de artistas que eran excepcionalmente
lentos en pagar (...)”
A Zbigniew Unilowski, un novelista reportero
proveniente de una familia muy humilde, Gombrowicz lo había conocido en
un dáncing varsoviano. En esa época se lo veía a Unilowski como el
mayor escritor polaco del futuro, y hasta el mismo mariscal Pilsudski
lo admiraba.
Aunque Gombrowicz lo apreciaba como persona y
como artista no tenían gran cosa en común, estaba frente a un
proletario que había ascendido en la escala social gracias a su talento
e inteligencia. Desde muy joven había entrado a un ambiente totalmente
diferente, nada fácil para alguien que debía comenzar por aprender
todas esas conversaciones, esas formas, esas finuras.
Si
no se entendían era más bien por diferencia de caracteres y no de
cultura y educación. Gombrowicz era un hombre de café, le gustaba
contar frivolidades durante horas enteras sentado a una mesa entregado
a diversos juegos psicológicos. Unilowski necesitaba del alcohol, de
las luces filtradas, del jazz y de los camareros serviciales, de ese
modo sentía que había ascendido a un escalón superior.
Había
sido camarero y contaba una historia que Gombrowicz nos repetía en el
café Rex. La historia de que el esfuerzo mental de un camarero era
infinitamente más grande que el de un escritor; tenía que recordar los
pedidos de cinco mesas sin equivocarse ni confundirse, corriendo con
platos, botellas, jugos, salsas y ensaladas, y a la noche durante horas
interminables de insomnio quedarse desvelado recordando las voces de
los pedidos.
Gombrowicz
tenía una gran confianza en su inteligencia y en su gusto y por eso le
dio a leer el manuscrito de “Ferdydurke”, a pesar de todo lo que él
sentía que los separaba que no era precisamente su condición social.
Unilowski le dijo que le había robado la novela que le hubiera gustado
escribir.
Sin embargo, lo seguía considerando un perfecto
burgués, un filisteo que por un curioso azar era también poeta y tenía
aventuras extrañas como el señor Pickwick. Lo definía como a un
Pickwick, pero Gombrowicz no era así.
“Temo mucho haber sido la
causa de su muerte. Yo tenía una gripe ligera, estaba en casa
aburriéndome... Lo llamé para que viniera a casa. Vino, se contagió, la
gripe desembocó en una encefalitis y murió. Tal vez no se hubiera
contagiado de mí, tal vez la encefalitis se hubiera producido por otras
causas, sin embargo no puedo quitarme de encima la sospecha de que si
no me hubiera visitado aquel día seguiría viviendo (...) Sí, era un
talento, un hombre valiente, lúcido, capaz y sensato, aunque quizás
todavía lejos de superar sus enormes problemas. Lo estimaba mucho, pero
nunca estuve de acuerdo con quienes lo consideraban un gran escritor,
un especie de Balzac polaco”
Este
Jack London me trajo a la cabeza una idea a la que no soy del todo
ajeno y que no es tan descabellada como pudiera parecer. Bernard Shaw
recuerda el caso de un amigo suyo que después de haber leído “Colmillo
Blanco” de Jack London, estaba seguro de que era material y
espiritualmente imposible escribir algo mejor, tanto que había
interrumpido todas sus lecturas. No leyó más. En un principio Shaw se
ríe de él, pero luego reconoce que, al final de cuentas, todos leemos
buscando un libro así, que acabe con las expectativas de encontrar algo
digno de ser leído, que anule la curiosidad. Un libro maestro.
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