
Textos extraídos de Catorce días y otros poemas
Nadie se toca en la capital o tenemos que andar vestidos
Ved a los muertos;
ved sus alas cómo no niegan nunca la verdad
más clara de sus bocas,
la inútil sonrisa de su tierra.
Ved a la brisa que con su canto,
con la ignominia de una adolescente, entre las espigas danza.
O ved por un instante los pardos senderos de las montañas,
donde un duro ascenso hacia el cielo se curva.
Os grito desde mi butaca:
ved a las olas de alta mar;
mirad los prados solteros, tan verdes, como hace eones
las algas primeras asediaban al verbo.
Ved,
mirad las campanas, qué duro suenan,
la servil mansedumbre de las hojas agitadas
por una caricia de tormentas.
Ahora, deteneos; y mirad la cadera
de esta cebra macho con su manto cruzado,
o el afán de la nube con su peso crespo de algodón.
Si no os bastan los ojos, mirad con la boca,
con las manos, con los dientes...
Usad todo lo que de sus cuerpos pequeños sea usable,
y mirad, malditos hermanos de la suerte,
cómo una mano de río se arrastra sin complejos
por la cóccix verdusca de los montes,
o más sencillo es el musgo que crece en desperdicio
entre los desiertos de los muros.
Mirad los orcos, las hadas, las dalias, los leones;
mirad el mundo entero, desnudo, dando vueltas;
ved que las copas de los camellos no llevan lino,
ni la cola de las culebras, un nylon que las ate.
Cuando descubrimos a la mujer con su tatuaje de Edén,
un árbol nos crecía en el medio del pecho.
Y si miramos mal y de reojo a los caballos,
estos iban limpios:
bolas de blanco fuego incinerando las praderas.
Por ello la luna nunca se despeina,
o tampoco se deslinda ahora el regio sol;
o tampoco y mucho menos se ha vestido nunca la nieve
que de tan blanca se vuelto ya un poco más muda;
o tampoco los duraznos su ropa necesitan;
o tampoco cada vaca con su rabo se cubriera.
Pequeña forma de defender la vida
Miren que la materia
y luego el sexo y el deseo
o la forma angosta de una mujer abierta
son fuentes precisas del llanto.
Miren que la calle,
la gente sudada de la calle,
los maltratados hombres de sol,
la boca abierta del asombro,
son inapelables formas de la poesía.
Que el pan y el durazno,
la lima, el orgullo,
la ducha y el vino,
son los pedazos de la ruina
que los dioses nos sobraron.
Si bien la piedra o el gusano o la rosa
son neutros agentes del dolor;
si bien la historia no les ha escupido al oído
terribles gotitas de oxidación;
es decir que su estadía se traduzca con lo que transcurre
de la estación a la estación…
no menos cierto es que su vida rancia
vacía como un costal lleno de meses,
–insípida totalmente y fuera de la órbita de la aceituna y el queso–
es sólo un juguete errante de otro azar predilecto.
Miren a este hombre
que durante 70 u 80 años aterrado grita,
se detiene a la mitad de su llanto
para sacar de sus manos
el azul que nos hará llorar
como niños en las salas de museo.
O bien esta señorita
de barriga considerable
que de su mano y su alma
–recién hallada en un maestro–
arranca notablemente tímida
los anhelos crucificados
en un violín hecho de penas.
No es necesario pues ofender a la piedra
o a la rosa o al gusano,
que a su vez con sus oídos
tal vez escuchen la música
lamentable de los siglos.
Porque no ocurre mucho menos con la mujer
que bien sabe asar el cordero;
y no ocurre mucho menos
cuando una aguja
encarniza en nuestros dedos;
y tampoco ocurre mucho menos con la brisa salada del mar
si nos golpea en la cara con una furia de vejez.
Yo sólo quiero decir que
es innecesario batirse entre el gesto y la piedra,
entre el dolor y el azúcar,
o entre el mar y una casa quemándose.
Quiero decir que si alguien detesta la forma
–cualquiera que sea–
de la forma,
entonces no podrá encontrar entre los confines de este universo
otro infierno mayor,
en el que arda;
y no como la rosa o el gusano o la piedra.
Canción para mi alma
A Charly García.
Estuve vestido con todos los demonios de la alucinación,
ya casi acostumbrado a estar solo.
Poseí –en verdad–
todas las edades de la luz.
Me tuve miedo del hambre y de tres diosecillos que se peinaban
con los ronquidos de la noche,
mientras murmuraban chismes esqueléticos que nadie creyó.
Durmieron mis alas tendidas en la arena
por donde
parsimoniosas
cruzaron
millones de hormigas chinas
que las pisotearon.
¡Ay, alma escarabájica,
fuego duro del fondo de los infiernos!
Lúgubre como un tormento,
te metiste en los rincones más poblados de la ausencia.
Te escondiste detrás del viento,
abandonándome a las miradas de las gentes en las plazas.
Los vecinos
podridos en llagas y con las bocas manchadas de espaguetis
se acercaron a mi celda rodeada de codornices y se dijeron:
«¡Tiene flores en el pecho!
¡Le laten las nalgas como un flan!
¡Vayamos a quebrarle la nariz!
¡Dejémosle sin dientes!
¡Quemadle la cabellera!
¡Urgente, urgente!»
Y se abalanzaron sobre mí
armados de preguntas y curiosidades;
me ataron la voz y la tinta;
me jorobaron una idea.
Pero mi ángel guardián,
que es una cocaleca vestida de sombras,
los reventó de bendiciones (compradas al por mayor en
Papaterra Hogar),
y los arrojó a un mar vacío,
en donde su dios les aguardaba,
barbudo.
Entonces pude al fin morir sin paz
danzando un tango,
enmudecido.
Yo canto
Yo canto,
mas dos ojos enjugados he de arrastrar.
Yo canto para abrumarme de tiempo.
Yo tengo una voz pura, una garganta seca,
quemada por las huestes del tabaco.
Yo tengo en las manos dos flores
de esperanza,
que chorrean tintas por donde
cuelgan las llagas de los hombres.
A mí también ha bajado el zumo
de un dolor hediondo.
A mi cuerpo y a mi voz
han arropado los huesos de la noche
queriendo sorberles.
Yo he barrido con mi peluca
las migas que el tiempo dejó en los rostros de algunos.
He visto cocineras enfermas de soledad;
herreros que caminaban
con diez tumbas taladradoras colgándoles de la nariz;
yo he andado con poetas
que quemaban las casas de sus versos
en grandes copas de alcohol.
Pero aún me enviste
una savia de origen y polvo,
un recelo por todo lo que es bello y flota
en un aire duro de suciedad.
Yo sé que estoy borrando
el sabor amargo
de las cucarachas y las horas:
con un solo muro de palabras
aturdo al dios-perro
que destruye en sus pezuñas
los números que derriten el calendario.
He recorrido el tren de las semanas
iguales, unas sobre otras.
He abierto una zanja en la herida de la vida
y de mi carne,
he sacado un azúcar de amargura,
para dejar a los hombres
la triste palabra que los sonsaque,
que los haga estremecerse de mundo.
Para que nos llegue la lluvia
Para que nos llegue la lluvia
habremos de romperle la boca al verdugo de las nubes
o vibrar de alegría hasta despedazarnos.
Lo imperfecto es este espíritu
1. Lo imperfecto es el espíritu.
No la carne que nace y pudre
ni la sangre que enroja y seca
ni las uñas que petrifican.
Lo imperfecto es el espíritu
que erecto pretende desafiar
lo evidente en la materia
siempremente tan hermosa;
el espíritu que se yergue
orgulloso y sin gracia
ante lo inevitable de esta cosa,
con sus bigotes de lana
cumplidamente engominados.
Pues bien,
quién puede desafiar la herrumbre de una casa
o quién contraría
el proceso en los ovarios
o qué germen intangible
hará durar aún más el pan.
2. Es preciso entonces que se aclare:
nada quiere ser vivido eternamente.
Nada cuyas condiciones de molestias
son su plataforma más llevadera.
Preguntad a las piedras que de largas
se han quedado ya sin relojes;
preguntad a los planetas
cuyas órbitas describen
el cansancio de los siglos;
o preguntad a las dalias
cuyo perfume no nutre a más de un pecho joven.
Todo se hizo desde siempre
con nada, para nada;
todo salía del vientre
de algo que nada sabía y sin pretensiones;
átomo, estrella, galaxia, alga,
hombre, queso, guitarra, enano,
todos hechos de la misma cosa
circulando vagamente entre las sombras del Nada.
Luego, más tarde, como si nada pasara
algo midió
entre todos su tamaño,
y con señas hablaba cerrando sus brazos:
nacía lento el pulcro espacio;
también por entonces el tiempo
tomó de sus manos las cosas
y las obligó a crecerles barbas;
nadie se alarme, nada pasa
–es sólo el tiempo haciendo sus patrañas
como quien juega descalzo
al lado de la playa.
Hasta que rápido, maldito,
vino
el espíritu
y con sus bigotes engominados
determinaba
la perfección de las cosas.
Y ¡ay de ti, cedro, cebra, cabra, barca!
¡Ay que tus manos, cual celestes arenas,
pronto se volcaran hacia estas placentas
inconcebibles
de lo amargo!
¡Ay, que el cuerpo y la madera, el acero y el dolor
tomaran conciencia de su paso
sin más duración que la suya!
Cada pieza del juego
donde el Nada se divertía
fue manchada de un espíritu
puro e inmundano;
a todos juntos
con recelo
les creció por dentro
y sin tapujos
un tipo decente con bigotes.
3. Maldito sea el espíritu
que pretende de las cosas
arrancar negros silencios
por saberse pasajeras.
Malditas sean las almas
que hacen creer a las carnes
una cosa sin valor,
puramente inservibles;
porque sus negros mantos cubren
como un viento
todo germen de inocencia;
y porque su trampa hace descubrir
al hombre que es sólo esa curvatura
levantada entre la nada y la nada.
Danilo Rodríguez
Juncalito, Santiago, República Dominica. 1982. Egresado de UTESA como profesor de Matemáticas. Miembro del Teatro Cara-maná y del Proyecto Literario Letra Alterna (letr@lerna), Moca, desde el 2003. Miembro fundador del Círculo de Baba (La Vega), desde el 2004. Obras (inéditas) La dama, Monólogo de un cuerdo, Helicopterus (en colaboración con Eulogio Castillo), y Fedón, en teatro; Catorce días y otros poemas, en poesía; Una señora pasa por la acera (en colaboración con Eulogio Castillo), y Sueño de una noche de verano III –ambos, libretos para cortometraje. Ganador en el 2008 del 2do. Lugar en el Concurso Nacional de Cuentos Don Juan Bosch, y una Mención de Honor en el Concurso Nacional de Poesía Don Pedro Mir, organizados por la FUNGLODE, con el poemario Catorce días y otros poemas. Ganador del 3er. Lugar del Concurso de Cuentos de Radio Santa María. 2009.






































