
Ella
Las manos de ella,
frías, borrosas; toda ella.
Se agita con estornudos
le vende su memoria a las estrellas.
Ella, toda ella
es grandiosa, creo.
Puede ser sangre y amante
o víbora imponente,
rosario manoseado
corona de princesa Inglesa. Puede ser:
planta hermosa de primavera
o un lamento con ecos en caverna,
un escalofrío el besarla
un desgarro cuando parte.
Ella, toda ella
y sus manos temblorosas
me aprietan, se entregan,
regalan su vida, su muerte;
las líneas incrustadas
sus uñas y la excitación.
Se me entrega toda ella.
Piel en aceite
Vuela, cántale al sol de las sombras,
blanca en la oscuridad de la niebla.
Vénceme con esa piel despierta
abandona el sueño cansado de tus ojos.
Ciérralos lentamente. Mírame mujer.
Palpa mi alma vacía.
Arde la osadía en el coraje,
aun puro en el centro de tu esencia;
desnúdate en aceite intenso,
embriágame mujer. Acerca esos labios
pequeños como tu cuerpo.
Lucha en el camino de nuestra felicidad
inquiétame en esos momentos. ¡Tan nuestros!
Dame palabras secas al oído,
báñame en ese aroma tan tuyo.
Dame el fruto.
Tu transpiración. Tu piel manchada en aceite.
Antes
De abrir los ojos buscar al silencio,
antes sólo antes de cortar mis ojos,
oírme cuando el amor era cierto;
los besos con su sombra de tristeza
nuestras señales y sus imposibles.
Antes de la confianza, la licencia
para amarnos en el centro del dolor,
entregarme a sus cariños y abrazos,
ser suyo ahora; por su sed que bebe
mi fragancia de hielo y vengo, muero.
Solo antes de todos nuestros perdones,
las escrituras en la piel, tatuajes;
los vestigios de su cuerpo en el mío.
Antes de su perfume en mi almohada
de imprimir sus ojos en mi mirada.
Antes de sentenciarme al castigo de
su amor, al amor maldito que acaba:
los sentidos, las razones, la risa.
Antes de mis ojos tristes y amargos,
la calma la noche el viento y la muerte.
Antes, sólo antes de marchar agónico
le escribo al mundo, su mundo de ruegos,
en silencio, de noche, mi silencio.
Antes amor; antes, de amar y no amar,
antes de amarte amor. Antes... de amar...
Verdad
Año dos mil nueve.
Conozco hace un buen tiempo la amargura de la tierra
las huellas del patrimonio y sus seis letras: p a t r i a
yo las oigo en silencio para entender sus traiciones y conceptos abiertos, las oigo
y hacia dentro el miedo se envuelve, no en el mío
se envuelve y deriva de la mesa y las piernas se tocan
y siento lastima por la cadena inerme del beso, no basta. Las oigo.
Cuando yo muera no quiero estar desnudo, ni ciego basta
como espejo roto después del llanto esperando el corte para pintar las paredes de
/silencio.
Convertido en olas y entonces además los oigo. Buscan algo…tierra, la suya.
/Los oigo.
Año dos mil nueve.
Suavemente se desase en sus pies el miedo al aire
la sombra de los otros, los que a través de sus manos han forjado amargura.
A ellos no los oigo porque en sus manos
han barrido los vivos altares del que nace y llora, sin tierra y amándola.
El rayo no alcanza y me lanzo como perro de nieve sofocado
era un año, un mil quinientos treinta y seis… ellos dijeron no, y yo los oigo
lloro en sus flores que son del cielo, de la guerra y de la sangre en la pica.
Lloro por la verdad que duele, las mentiras de fuego intransigente
por esa palabra: Mapuche, que me suena como tierra madura,
el desmayo lo íntimo y un desgarro de oro que no muere nunca
nunca los sueños mueren en la niebla. Se miran a los ojos dicen tierra, dicen
/tierra.
Se desprende el miedo, los muertos, todos sus muertos. Los caídos del siglo
/por pica en mano,
Año dos mil nueve y la araucaria parece un sauce.






































