
ENTRE LOS VAPORES DEL VINO
Textos y fotografías: Wilfredo Carrizales
I
El niño negro tocaba el piano con el terror reflejado en su rostro. A cada instante, giraba la cabeza y miraba a sus padres y a sus tíos, quienes tomaban y comían desaforadamente, sin prestarle la más mínima atención al pequeño músico.
Las composiciones de Chopin se mezclaban en el piano con las de Erick Satie o con las de Beethoven o Debussy. Por momentos la estridente conversación de los adultos opacaba las virtuosas notas ejecutadas en el piano.
El niño no podía dejar de tocar. Su padre estaba pendiente de cualquier movimiento en falso de su hijo. Levantaba la mano en actitud amenazadora y entonces el infante tocaba con mayor ímpetu para alejar la amenaza.
Después de unas tres horas los adultos estaban completamente borrachos. Algunos se habían quedado dormidos sobre la mesa; otros, encima de las alfombras o recostados a los sofás.
El niño aprovechó la ocasión para descender del taburete y, en puntilla de pies, se dirigió a su dormitorio, donde se encerró. Allí colocó un VCD en su multimedia y se dedicó a disfrutar, cómodamente instalado en su cama, del último concierto en Viena de la prodigiosa pianista rubia Jennifer Schorr, apenas un año mayor que él.
II
La mujer acaba de parir. Me observa con curiosidad. En su mano izquierda aprisiona un envase plástico de agua esterilizada. Ella recién dio a luz a una niña que duerme dentro de una endeble cuna ubicada al lado de su camastro. El vientre de la madre no ha descendido. Se diría que continúa igual que antes del parto o más grande aún.
Después de un rato el abdomen de la niña inicia un proceso de abultamiento. La niña patalea, pero no se queja. Más bien parece disfrutar de la insólita situación.
La madre ve de reojo a su hija y evidencia una contrariedad o desagrado. La niña cierra los puños y los levanta con energía. El cerebro de la mujer trepida, se rebela, pero no pronuncia frase alguna. La niña da inicio a unos largos quejidos.
Tras una interminable noche de desvelo, la niña pare a una criatura mayor que ella y la madre de la niña, alzando la cabeza, grita: “Me lo robaste! Me lo robaste!”
III
El enorme reloj de pared marcó las 2.55 de la madrugada. El insomnio me golpeaba desde hacía varias horas. Me revolví una vez más sobre la cama. Al mirar hacia la ventana noté una refulgencia de colores que provenía de afuera.
Me asomé al balcón, a pesar del intenso frío, y dirigí mi vista hacia abajo, hacia donde estaban ubicados los grandes contenedores de plástico para arrojar la basura.
Una mujer calentaba sus manos encima de una especie de horno negro cilíndrico. Del interior del mismo brotaban líneas sinuosas de colores que subían por las manos de la mujer, le cubrían el cuerpo entero y terminaban desparramándose a sus pies, formando un considerable charco móvil.
Creo que tosí por la impresión que me causó la visión. La mujer elevó la cabeza y me localizó. Su belleza me paralizó. Pero cuando pude reaccionar ya se había dado a la fuga. Los colores en el suelo permanecieron un tiempo más hasta que la aurora los desvaneció por completo.
IV
La puerta de mi apartamento estaba abierta de par en par. Mi reloj pulsera marcaba una hora imprecisa, vacilante. Cuando entré lo primero que observé fueron sus talones. Estaban desgarrados y la piel colgaba. El resto del cuerpo se prolongaba hasta alcanzar la oscuridad del cuarto contiguo. Al lado de la puerta permanecía desembalada una maleta. Por el piso se encontraban esparcidos diversos objetos: un sucio cepillo para el pelo; unas zapatillas; ropa interior femenina manchada como de chocolate; sostenes cortados por la mitad; una navaja de afeitar; una bufanda y un álbum fotográfico con anotaciones hechas con lápiz labial.
La escuché quejarse, pero no se movió. Me dirigí a la cocina. Encendí el televisor colocado sobre el refrigerador. Apareció en pantalla una mujer sentada en un bidet. Su desnudez quedaba amortiguada por el exceso de azules del escenario. Ocultaba su rostro con las manos. Eso no valió para que yo no supiera que se trataba de la misma persona acostada sobre el piso. Le di un golpe al aparato. Hizo un chirrido y quedó desconectado.
Sus pies ahora descansaban apoyados en las puntas de los dedos. Tomé un lápiz labial rojo. Escribí una dirección diferente en cada una de las paredes del pasillo. En ninguna de las dos direcciones me encontraría, mas cuánto sufrirían sus pies heridos al recorrer tan grandes distancias en mi búsqueda.

V
Al principio la pared resplandecía por su blancura. Era la pantalla de mi cine en la época infantil. Transcurridos unos minutos la pared principió a agrietarse. Unas protuberancias verdes emergieron desde el interior. Pronto se transformaron en rostros. Algunos se correspondían con los olvidados rasgos de los primitivos habitantes de América meridional; otros, con las características descritas en los viejos libros de duendes y trasgos de Europa del norte.
La pared recobró su normalidad después de cierto intervalo. Me acerqué a ella para verificar que nada extraño permanecía. De improviso mis manos tocaron unas máscaras que estaban creciendo. Me alejé, horrorizado, para contemplarlas. Eran tres: dos pequeñas, situadas a cada lado de una más grande. Las dos pequeñas me hacían muecas y se burlaban de mí. La grande, con la boca abierta exageradamente, me insultaba y me recriminaba mi promiscuidad. Encendí las lámparas y me coloqué mi disfraz favorito. La fiesta de carnaval me esperaba en el bulevar vecino.
VI
Me mantenía en un duermevela y el mensaje me llegó, al principio, algo apagado. Luego se escuchó la voz de una mujer joven que se identificó como enfermera. Su rostro aparecía por instantes, pero difuso y perturbador.
El mensaje comenzó a percibirse, con nitidez, precedido de imágenes inquietantes: un niño recién nacido colgando de unos altos rascacielos, suspendido de su cordón umbilical y con la cara amoratada; el mismo niño, ya crecido, con otros niños de su edad, afanándose por romperle los trajes a unas niñas menores que ellos; el niño siendo abofeteado por su madre frente a un espejo; el niño escuchando un secreto transmitido en su oreja por un anciano; el niño escupiendo a la cara de una maestra que lo insulta; el niño con cara de terror después de haber visto a la muerte; el niño, con el rostro bañado en lágrimas, formando una ronda con otros niños y niñas, tomados de las manos, desnudos y a pleno sol de mediodía; el niño con un martillo en la mano en el acto de romper una alcancía de porcelana blanca y que representaba una faz infantil con las mejillas reverdecidas; el niño dentro de un quirófano iluminado por una intensa luz rosada; el niño muriéndose en el interior de una cámara de oxígeno y sin que nadie le prestase atención; el niño recién nacido de la primera imagen flotando en un espacio oscuro y con el cuerpo veteado de amarillo fosforescente... “No crezcan... No crezcan... No crezcan...” El mensaje se tornó monótono, mas, sin duda, vehemente.
VII
La inmensa casa de dos pisos se fue materializando frente a mis ojos. Primero apareció muy difusa y vacilante. Luego se estabilizó un poco, aunque con muestras de ribetes de colores indefinidos hasta que al final se hizo nítida y el sepia de su techo, cornisas y balaustradas quedó patentizado.
Cuatro grandes ventanales y dos buhardillas daban hacia donde me encontraba parado. Por una de las ventanas de la derecha hizo su aparición una bella mujer pelirroja, ataviada con un abrigo blanco muy ceñido al cuerpo y que le hacía resaltar sus enormes senos. Me lanzó una mirada desafiante y cerró con mucha violencia la ventana. Sobre los vitrales se proyectó un antiguo grabado que representaba a obreros textiles en su labor de lavar la lana. A continuación, se puso de manifiesto, en primer plano, el engranaje de las máquinas que lograban la urdimbre. Desde la buhardilla superior emergió un cartel con un lema que decía: “Cuando te veas a ti mismo, mi mirada no será necesaria”.
El cartel dejó el lugar a un rostro femenino velado por una especie de bruma, pero que permitía observar unas muecas en una sensual boca. Inesperadamente el rostro femenino fue suplantado por una brutal y feroz expresión facial proveniente de una cara masculina. Los ojos de ese nuevo rostro miraban con intensa fuerza destructiva y me hicieron apartar velozmente.
En mi desesperada huida sentí durante largo tiempo unos aguijones que me perforaron la espalda y me hicieron delirar.

VIII
No sé quién es, pero la abrazo. La abrazo con deseo, con pasión, con vehemencia, con vigor. Su perfilada nariz llega hasta el lóbulo de una de mis orejas. Siento cosquillas. No le digo nada y ella introduce el vértice de su nariz en mi oído. Reimos los dos. Cómplices. Luego sin saber cómo ni por qué descubro que ella está lavando mis pies introducidos en una jofaina con agua tibia y olorosa. Sus dedos van y vienen desde el talón hasta el empeine. Observo que bajo las plantas de mis pies se mueven unos caracteres chinos indescifrables.
Ella detecta cierto nerviosismo en mí y me pide que imagine una situación irreal. Hago un esfuerzo y al fin lo logro. Visualizo a un superman negro, feo y raquítico, postrado sobre una línea férrea. Lleva a la espalda una pila eléctrica, gastada, de kriptonita y una guía telefónica sin índice. A la distancia se escucha el silbato del tren. El superman negro sonríe porque sabe que será su final desastroso y él lo buscó así. Cuando el tren está a punto de descuartizarlo se mueve la palanca de las líneas y la locomotora pasa con mucha velocidad a escasos centímetros de su cabeza, despeinándolo.
La mujer me extrae de mi contemplación cuando me dice: “Vamos, superman, saca los pies y págame que se hace tarde y debo volver a casa”.
IX
El sacerdote joven comulga frente a sus fieles y un bombillo encendido cuelga de su pecho y tapa al irrefutable crucifijo. Bajo la tarima y muy pegada a ella, una adolescente de finos rasgos escucha con atención la homilía del sacerdote. A su lado ella ha colocado una cuna mecedora. En su interior duerme una muñeca regordeta vestida como las santas de las leyendas. A medida que el mensaje del sacerdote va subiendo en intensidad y emoción, la adolescente aprieta la cabeza de la muñeca, cada vez con más energía. Cuando ya le abandonan las fuerzas, grita: “¡Padre, done su gran cabeza a mi hija que se muere!”

X
En un puente acostumbrado a la bruma encontré a Kuku y a todos sus amantes reunidos. Las sombras de las dudas estiraban sus cuerpos hasta límites inimaginables. Yo me sentí como un guardapasos y no quise que mis ojos flotasen sobre las figuras desconocidas. Sólo me interesaba el islote representado por Kuku. Su cabellera pendía con desgano en una refutación a la muerte. Kuku era hija de la venganza y con sus dientes de perro podía abrir profundos canales en la carne que mordía.
Un silbido de ignorada procedencia me sacó de mis cavilaciones. De pronto, recordé que alguien debía morir, en aquella fecha, de manera poco convencional. Me toqué la barbilla, miré por última vez a Kuku y me alejé del puente, avanzando adosado al rumor del agua y a la certidumbre de la niebla.






































