POESÍA / Teresa Iturriaga Osa
TRAQUETEO DEL SER
I
Antes de marcharte,
escribe mis datos en las etiquetas.
Cruzaré los dedos para que mi equipaje
no se pierda trasmañana
presumiendo un coqueteo
de compañías aéreas.
¿Recuerdas?
Uno de mis nombres
de mujer
llegó un día a Estambul
mientras yo aterrizaba en Helsinki
bajo identidad desconocida.
Esta vez escríbelo sin miedo.
Sí, los trenes son otra cosa:
admira conmigo
su lealtad.
Ellos no pierden los objetos,
en tránsito los rememoran
de estación en estación,
siguen el ciclo de las floraciones, maduran
la semilla, soportan
la caída de la hoja.
Siempre están ahí,
cumpliendo.
Portan la antorcha de su destino.
II
Lo único que yo esperaba era el silbido del tren
[hace rato que me sobran los boletines de calificaciones].
Ya era suficiente.
Un giro inesperado y una mano pasó sobre mí.
Alora sentí la vibración.
Y algo cambió.
Un arrullo de bienvenidas y adioses
me besó en la mejilla, yo no sé de dónde
me llegó una brisa tropical.
Puede que alguien esperara otro tren
en las antípodas.
O era mi doble en la red.
¿La mujer venezolana?
Quizá me enviaba una receta,
puñados de flores por el aire en risco,
fruta tropical
en grandes hojas
de ñame, maíz y agua.
Es micóloga, de los pies
a la cabeza
y la imagino
hermosa, pura pasión
aventurera
sin lianas, escalando a machetazos,
en medio de una selva de hongos mágicos,
como una diosa montada
a horcajadas
sobre un tepui de corteza
verde
y muy salvaje.
III
Justo cuando sonó
el reloj de la estación,
su mano estaba recordando...
El flujo de los andenes la había llevado
hasta el papel
vacío donde escribió:
la música es el mejor antibiótico.
Eso te dije yo una vez.
Me pasé la noche sentada en un banco
hablándole al viento terapeuta,
insistí,
insistí
e insistí sobre el tema de los mástiles
que me vuelven loca...
Aún puedo divisarlos
desde mi ventana.
Él quiso conocer los detalles,
pero de la quilla y la proa
nada pude decirle...
Todo se hundió
en un puerto de memoria...
Leva del rayo blanco,
las siluetas se borraron.
También le dije
que fui testigo de obras,
ejecuciones en la plaza,
donde las hadas aún intentan
rehabilitar
el palacio dormido entre hiedras.
Justo cuando sonó
el reloj de la estación,
mi mano estaba recordando...
IV
Vi un patuco de niño
tirado en la vía
y [en ese mismo momento]
un pie descalzo subió al tren.
Lo seguí por curiosidad.
Creía que su desnudez me llevaría hasta ti.
Tres estaciones más tarde, me aburrí
de tantos túneles
y [sin atender la señal de advertencia]
me bajé del tren en marcha.
Te confieso que no pasé miedo...
hasta que me maté.
Ilustración de Iñigo Iturriaga







































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