
WITOLD GOMBROWICZ Y JÓSEF STALIN
“La
diferencia entre nosotros y Europa occidental en cuanto se refiere a
ese proceso de liberación creciente de las costumbres, consistía
probablemente en que en aquellos países que proporcionaban un sentido
de mayor seguridad, se procedía de forma más racional, más reflexiva,
mientras en Polonia era todo mucho más oscuro, intuitivo, dramático
(...)”
“Los jóvenes ingleses leían a Wells, criticaban los
conceptos antiguos en nombre de una nueva visión del mundo, científica,
atea, que reconocía el derecho de la mujer al amor libre; en Polonia la
transformación se producía por sí misma, ya que hasta los mocosos
captaban de alguna manera, fuera de la retórica oficial, los indicios
secretos de la tragedia que se avecinaba (...)”
“Boy Zelenski proporcionaba una base
racional a sólo unos cuantos, bien pocos, mientras el resto adoptaba
las nuevas costumbres, no por razones determinadas ni porque estuvieran
bajo la influencia de las teorías estalinistas o hitlerianas, sino más
bien por miedo a Stalin y a Hitler”
Todos los hombres, según sea el
lugar donde nazcan, empiezan a tener desde jóvenes algún sentimiento
negativo hacia alguna nación, pueblo o religión. La geografía y la
historia pusieron a los polacos en el trance de temer y de odiar a los
alemanes y a los rusos. Gombrowicz tenía la sensación de que Berlín y
Moscú, igual que lady Macbeth, se lavaban las manos sin cesar. El
diablo y el mal son socios desde que Dios creó el mundo, una sociedad
que preocupaba mucho a Gombrowicz.
Su adolescencia estuvo
marcada por la guerra y por los acontecimientos de 1920, cuando el
ejército bolchevique invadió Polonia, llegando hasta Varsovia. El
recuerdo del paso de los ejércitos, los incendios, los campos asolados
por la guerra, están presentes en “El diario de Stefan Czarniecki”.
“En
la época de la Primera Guerra Mundial, creo que el frente pasó cuatro
veces por nuestra casa, avance, retroceso, avance, retroceso, el fragor
lejano y luego cada vez más próximo el cañón, los incendios, los
ejércitos que se retiran, los ejércitos que avanzan, el tiroteo, los
cadáveres junto al estanque, y también los prolongados altos de los
destacamentos rusos, austríacos y alemanes. Nosotros, los muchachos,
nos la pasábamos en grande recogiendo cartuchos, bayonetas, cinturones,
cargadores. El excitante olor de la brutalidad lo invadía todo (...)”
La
Primera Guerra Mundial despertó en Gombrowicz una nostalgia incurable
por Occidente. Seguía con vehemencia los cambios en el frente y marcaba
solemnemente sobre un mapa cada pueblecito tomado como si de eso
dependiera el resultado de la guerra. Al otro lado de aquel frente
estaba la Europa que le despertaba la nostalgia, mientras los rusos y
los alemanes eran para él una realidad de segunda categoría.
En
el año 1918 esa barrera se rompió y Occidente comenzó a infiltrarse en
Polonia poco a poco, un cambio que significó tanto para Gombrowicz como
la recuperación de la independencia. De la terrible experiencia de la
guerra guardó especialmente el miedo, un miedo al que se le agregó otro
miedo aún más terrible y doloroso: el pavor al servicio militar.
“(...)
Ese año de 1920 era un ser distinto a los otros, aislado, viviendo al
margen de la sociedad (...) y sucedió así porque no supe cumplir mis
deberes con la nación en el momento que una terrible amenaza se cernía
sobre nuestra joven independencia (...)”
El valor de la patria se le transformó a Gombrowicz. cuando los rusos llegaron a las puertas de Varsovia y fueron detenidos
por el ejército polaco al comando del mariscal Pilsudski en el año 1920.
Los
jóvenes se alistaban como voluntarios y sus colegas se paseaban en
uniforme por las calles, pero Gombrowicz permaneció en su casa. Esa
ruptura con el grupo y con la nación surgió en el año memorable de la
batalla de Varsovia, y lo obligó a buscar su propia senda y a vivir por
su cuenta.
Se sintió humillado y a la vez en rebeldía, todas
esas aventuras lo impulsaron a la anarquía, al cinismo y se puso en
contra de la patria por la presión que ejercía sobre los individuos.
Aunque estaba lejos todavía de dominar intelectualmente estos difíciles
problemas empezó a comprender que en Polonia el precio de la vida
humana era bajo.
“Tenía miedo de Polonia (...) La única razón de mi
zozobra era indudablemente el que sintiera que pertenecíamos a Oriente,
que éramos Europa oriental y no occidental, sí, ni el catolicismo, ni
nuestra aversión hacia Rusia, ni las uniones de nuestra cultura con
Roma y París, nada podían hacer contra esa miseria asiática que nos
devoraba desde abajo... toda nuestra cultura era como una flor pegada a
la piel de cordero de un abrigo campesino”
Mientras
Gombrowicz padecía todas estas tribulaciones respecto a Polonia Jósef
Stalin consolidaba su poder absoluto. Desde 1928 impulsó una política
izquierdista denominada de “clase contra clase”, que provocó un
conflicto frontal con la socialdemocracia europea, lo que facilitó el
ascenso de Hitler al poder. Algunos jerarcas de la Komintern llegaron a
celebrar el ascenso de Hitler a la cancillería como la muestra de que
el capitalismo había llegado a su estadio final según las predicciones
de Marx y estaba maduro para derrumbarse.
La evidencia del error se
fue haciendo tan grande que finalmente, en el año 1935, Stalin giró
hacia una nueva política exterior para acercarse a las democracias
occidentales y tratar de frenar el expansionismo nazi, una nueva
dirección política que tuvo su mayor manifestación en los frentes
populares en Francia y en España.
La
política de apaciguamiento y su desarrollo posterior, el pacto de
Munich, precipitaron un cambio radical en la política soviética. Era un
cambio en el que Stalin había venido pensando bastante tiempo antes, la
búsqueda de un acuerdo con Hitler. Esta política marcó un nuevo rumbo
que desembocó en el pacto de no agresión germano-soviético.
La
consecuencia inmediata de este pacto fue que en septiembre de 1939,
Hitler, tras repartirse las influencias en la Europa oriental con
Stalin, se lanzara a la invasión de Polonia. El enfrentamiento entre el
nacionalsocialismo y el comunismo soviético había sido simplemente
pospuesto. El pacto de no agresión que Stalin firmó con Hitler en 1939
no impidió la invasión alemana de 1941.
Stalin participó en
las conferencias de Teherán, Yalta y Potsdam, en las que se organizó el
reparto del mundo en dos bloques ideológicos. Stalin ha pasado de ser
considerado un mito del socialismo internacional a estar incluido en la
nómina de dictadores irracionales del siglo XX. No en vano se conoce
como estalinismo al régimen político caracterizado por el rígido
autoritarismo comunista.
El
pacto de no agresión que firmaron Hitler y Stalin tuvo una consecuencia
inesperada para Gombrowicz: se quedó un cuarto de siglo en la Argentina.
“(...)
Cuando llegamos a Buenos Aires la situación internacional parecía
distenderse. Pero al día siguiente de nuestra llegada, los telegramas
de Moscú y de Berlín que anunciaban el pacto de no agresión entre
Alemania y Rusia cayeron sobre el mundo como un cañonazo (...)”
“¡Era
la guerra! Una semana más tarde, las primeras bombas alemanas caían
sobre Varsovia. Seguía viviendo en el barco con mi amigo Straszewski.
Al enterarse de la declaración de la guerra, el capitán decidió
regresar a Inglaterra (ya no se podía pensar en llegar a Polonia).
Straszewski y yo celebramos un consejo de guerra. Él optó por
Inglaterra. Yo me quedé en la Argentina”
El
fin de la guerra no supuso una liberación para los polacos, fue tan
sólo la sustitución de los verdugos de Hitler por los verdugos de
Stalin. Si por su situación geográfica y por su historia Polonia se
veía condenada a estar eternamente desgarrada entonces había que
cambiar algo en los polacos para salvar su humanidad. En la relación de
los polacos con el mundo había algo malo y alterado, como artista
Gombrowicz se sentía un poco responsable de esa fatídica leyenda polaca
con la que había que terminar de una manera u otra.
A pesar de
que estaban encerrados en una maraña de quimeras y de fraseología los
polacos se hallaban al mismo tiempo muy cerca de la realidad cruda, esa
realidad que rompe los huesos. Gombrowicz creía en el poder purificador
de la realidad, pero no de una realidad polaca, sino de una realidad
más fundamental, la realidad humana, sencillamente.
“En
Polonia mi situación depende de lo que se le antoje al gobierno:
Durante el régimen stalinista fui proscripto y la prensa en general no
se atrevía ni a mencionar mi nombre. En 1947, con el advenimiento de
Gomulka al poder, se permitió la edición de casi todos mis libros, pero
poco después fui puesto nuevamente en el Index. Creo que se dieron
cuenta de que habían cometido un error considerándome un pájaro raro
cuyos complicados cantos eran inofensivos (...)”
“En una nación
sometida a una modalidad espiritual muy simple como Polonia, crece la
necesidad de lo difícil, del sendero que se aparta y busca su propia
salida. La aparición de mis libros dio oportunidad para una descarga
violenta de un espíritu demasiado amansado. Mi modo de escribir
privado, personal, por ser apolítico, resultó bastante perjudicial para
la política (...)”
La
presión contra la patria va creciendo en Gombrowicz hasta que se manda
la blasfemia increíble del comienzo de “Transatlántico”. Pasados diez
años de escritas estas páginas en las que maldice a Polonia, pone en el
diario que en ese barco, en “Transatlántico”, había regresado a su
patria y se había convertido en un ciudadano. La patria, como a
Mickiewicz, le suscita otra vez la afirmación de su espíritu polaco.
Y
la patria lo llama nuevamente cuando se va de la Argentina y lo
sorprende diciendo que no se había desnacionalizado, que seguía siendo
tan polaco como el primer día.. “¡Volved, compatriotas, marchad,
marchad, marchad a vuestra nación! ¡Marchad a vuestra santísima y tal
vez también maldita nación! (...)”
“¡Volved a ese santo monstruo
oscuro y baboso que está reventando desde hace siglos sin poder acabar
por fin de reventar! ¡Volved a ese santo engendro vuestro, maldito por
la naturaleza, que no ha dejado un solo momento de nacer y que, sin
embargo, continúa nonato! ¡Marchad, marchad para que él no os deje ni
vivir ni reventar y os mantenga siempre entre le ser y la nada!
!Marchar a esa santa babosa para que os vuelva más moluscos! (...)”
“¡Volved
a vuestra demente, a vuestra loca y santa y ay, tal vez maldita
aberración para que con sus saltos y sus locuras os torture, os
atormente, os inunde de sangre, os ensordezca con sus gritos y rugidos,
os martirice con su suplicio, así como a vuestros hijos y a vuestras
mujeres, hasta la muerte, hasta la agonía, y que ella misma en la
agonía de su demencia os enloquezca, os peturbe!”
No hay obra más
cerca del derrumbe que “Transatlántico”. La literatura tiene paredes en
las que rebota como si fuera una pelota, con el lenguaje y con el
objeto. Las montañas de sufrimientos, el horror y el vacío son objetos
que la literatura no debe abordar por la vía directa. Pero la guerra
era el objeto de “Transatlántico” y Gombrowicz tenía que hacerlo
desaparecer.
En
las cumbres no hay nada, nieve, hielo y rocas, en cambio hay mucho por
ver en el propio jardín. Las montañas de sufrimiento, el horror, el
vacío, son objetos que la literatura no debe abordar por la vía
directa, sólo nos podemos aproximar a ellos a través del mundo entero
y de la naturaleza humana en sus aspectos más fundamentales. La
inobservancia de estos límites llevaron al fracaso a los escritores,
pues los objetos no fueron alcanzados. Al fracaso le sucedió un
sentimiento de culpa, y cuando se sintieron ruines cayeron en la
frivolidad.
“Cuando te acercas con la pluma en la mano a las
montañas de sufrimientos de millones de seres, te invade el miedo, el
respeto, el horror, la pluma te tiembla en la mano, y tus labios no son
capaces de emitir más que un gemido”
Pero
ni con los gemidos ni con el vacío se hace literatura. La actitud
honesta es no esforzarse en vivir algo que no se puede vivir, es
preguntarse por qué esas vivencias nos resultan inaccesibles. Los
polacos no han experimentado la guerra. Han experimentado únicamente el
hecho de que la guerra no se puede experimentar, experimentar
plenamente, agotarla como experiencia.
Sartre dice que durante la
ocupación alemana la elección que cada uno hizo de su vida fue una
elección auténtica, porque fue hecha cara a cara con la muerte, a pesar
de que los agonizantes y los vivos no hablaban el mismo lenguaje y poco
podían hacer para comunicarse los unos con los otros. El problema del
doble lenguaje es un rasgo que Gombrowicz tiene en común con los
existencialistas, en la forma del pensamiento y en el carácter de la
literatura.
"Las opiniones vertidas en los artículos y comentarios son de exclusiva responsabilidad de los redactores que las emiten y no representan necesariamente a Revista Cinosargo y su equipo editor", medio que actúa como espacio de expresión libre en el ámbito cultural.






































