
WITOLD GOMBROWICZ Y PIRIAPOLIS
Piriapolis
se convirtió para Gombrowicz en un lugar de experimentaciones en el que
puso en apuros a Eduardo González Lanuza, y también a mí. La casa de
González Lanuza en Piriapolis fue un lugar de maniobras en el que
Gombrowicz se introdujo cuanto quiso sin que nadie lo llamara.
Acostumbraba a caracterizar estas intrusiones estrafalarias en la
correspondencia que mantenía con nosotros.
“Está aquí González
Lanuza que huye ante mí tal un conejo ante un león embravecido, pero no
tiene donde escaparse así que lo agarro y lo jodo”
En una de esas
tardes de Piriapolis armó un escándalo con sus provocaciones en una
reunión que Lanuza tenía con sus amigos, quedó él mismo tan alterado
que ya a solas, cuando estaba cenando en el restaurante, no podía
sujetar los cubiertos de los nervios que tenía.
El
pobre González Lanuza, miembro ilustre de la Academia Argentina de
Letras, que quería parecer una persona respetable, de repente se dio
cuenta que a esa augusta sociedad de escritores había entrado un mono
por la ventana que les saltaba de un lado a otro y no lo podían
atrapar. El mono, nacido en Polonia, con el tiempo llega a tenerles
cariño y confianza a esos desgraciados y los empieza a morder.
Y
los pobres hombres de letras tranquilizados a duras penas después de
muchos años de lucha con su neurastenia y con sus infortunios, no saben
qué hacer. Mientras paseábamos por los bosques de Piriapolis con Madame
du Plastique, Gombrowicz trataba de desentrañar cuáles eran los límites
de la realidad, ¿por qué este árbol terminaba aquí y no allá?
¿Y
por qué luego empezaba la tierra?, ¿por qué no era todo un continuo?,
¿cómo es que se establecen los límites de la realidad?, a él le parecía
que se formaban artificialmente o, mejor dicho, por una intervención
violenta de la voluntad. De repente, Gombrowicz se detiene bruscamente
delante de un arbusto, y pregunta: –¿Qué es esto?; –Un arbusto, dice
Madame du Plastique; –No, no.
Nos
quedamos abstraídos mirando el arbusto. Cuando el silencio nos empezó a
incomodar, dije: –Es el presentimiento de la forma. Gombrowicz se puso
de rodillas, juntó las manos como si fuera a rezar y empezó a adorarme
como si yo fuera el Dios mismo. Claro, el arbusto es una planta
indefinida, una planta que no llega a ser un árbol, y la forma es una
línea, es como el límite de la realidad.
El arbusto tenía
pues, para los propósitos manifiestos de Gombrowicz, una naturaleza
esfumada, el arbusto tenía límites pero no tanto, pertenecía también a
ese continuo donde las cosas están indiferenciadas. ¿Un arbusto no
venía a ser entonces algo así como un presentimiento de la forma?
Como yo
conocía lo que andaba buscando Gombrowicz respecto a “Cosmos”, una obra
que había empezado a escribir en ese año y que le costó mucho trabajo
terminar, no me fue tan difícil hacerlo arrodillar. Viajamos a
Piriapolis en un buque elegante que hizo el trayecto entre Buenos Aires
y Montevideo en una noche estrellada. A bordo de la nave no pasó gran
cosa, salvo la proposición que me hizo Gombrowicz de que nos contáramos
la vida y nos tratáramos de tú.
Esta idea sorprendente me dejó
de una pieza, cuando recuperé mi compostura me negué con mucha cortesía
pero no sin cierta intranquilidad. Es una pena que no haya escrito yo
también mi propio diario, a estas horas podría recordar con más detalle
lo que realmente ocurrió en Piriapolis, pues Gombrowicz, en el suyo, le
dio rienda suelta a su imaginación, al punto que lo comienza narrando
nuestro viaje en avión, a pesar de que lo habíamos hecho en barco.
Cuenta que habíamos
viajado a mil quinientos metros de altura unos cincuenta pasajeros en
total que, según se le ocurre a él, hubieran sido una cantidad
diferente si estuvieran en tierra. Divisa desde el avión una eczema de
cinco millones de individuos que se alejan de nosotros a quinientos
kilómetros por hora.
Promediando el vuelo se puso a hacer
cálculos. Si bien el viaje de doscientos diez kilómetros lo íbamos a
hacer en veinticinco minutos, la duración total, con revisión de
valijas y verificación de papeles, sería de ciento ochenta minutos,
exactamente. Llegado a este punto se imagina una igualdad.
El
número de kilómetros era igual al número de pasajeros más ciento
sesenta minutos, un cálculo que somete a mi consideración y al que yo
completo con reflexiones sobre el fenómeno de la cifra y la cifra del
fenómeno. Cuando salíamos de la aduana a Gombrowicz se le ocurrió que
yo hablaba demasiado, que había hablado casi sin parar durante todo el
vuelo, aunque no estaba del todo seguro de que esto fuera así porque
las hélices hacían mucho ruido.
Antes
de subir al ómnibus se puso a observar un bulto que llevaba un pasajero
del que goteaba vodka; entre la altitud y la vodka que goteaba quedamos
un poco aturdidos, yo terminé saltando del ómnibus pues me había
olvidado la valija en tierra. Gombrowicz llegó solo a Piriapolis a las
cuatro de la tarde. En la casa se topó con unos alambres en los que los
habitantes colgaban la ropa, una situación que presagiaba un futuro
incierto.
“Era una casa construida en un bosque de pinos, muda como
un pescado petrificado, en la perspectiva gótica de árboles y de ese
desierto donde las guirnaldas de telas y de lencería de hombre y mujer
representaban para mí, en ese momento, después de mis recientes
tribulaciones –dudo que esto resulte claro–, una especie de atenuación
de la cantidad humana, una substitución, o una real decadencia... un
espectro pálido de la locura, algo lunar... mórbido...”
En
la habitación se pone a mirar tres botellas de vino, hace unas
consideraciones acerca del alcohol que se le había subido a la cabeza
cuando vio la vodka que goteaba, y se pone en guardia pues tiene el
presentimiento de que lo que le va a ocurrir en Piriapolis va a ser tan
sólo una farsa. Una niña de ocho años se nos aparecía como la
representante del otro lado de la casa y nos servía el almuerzo. A
Gombrowicz le gustaba que los otros se le aparecieran de esa forma
atenuada y reducida. De nuestro lado, en el dominio del bosque, no hay
más que ropa tendida en los alambres.
“Pero nuestro encuentro con la
farsa todavía no se ha engendrado (...) la cuestión es saber si todo
esto es farsa, si nosotros mismos figuramos dentro de esa farsa, si yo
fuera de color gris agregaría: una farsa como esas camisas y esos
calzoncillos”
Sospechaba que yo
tenía el hábito de hacer farsas, que ese proceso se estaba elaborando
en mí, por lo que se alegraba de esa propiedad genial y fructuosa que
tiene la literatura, esa libertad que le permite al escritor construir
tramas como si eligiera senderos en el bosque sin saber dónde lo llevan
y qué le espera.
“Gómez lleva a su boca un vaso de curasao. Me
confía con una sonrisa que no encontró hasta el momento en toda
Piriapolis una sola persona que hable, nosotros somos los únicos...”
A medida que hacemos excursiones el presentimiento de la farsa se le va acrecentando.
“Fuera
de aquí, fuera a la farsa, No. No. ¡Fuera! ¿Pero por qué se pega así a
mí? La botella mea pero el calzoncillo seca. Fuera de aquí. Fuera
farsa. Por qué se pega a mí esta Farsa... por qué me invade como un
parásito... hija de perra... Farsa... Fuera”
Relata nuestras
conversaciones y discusiones interminables sobre los asuntos más
abstractos: las formas de la afirmación, los límites del hermetismo, el
número pi, la ingenuidad de la perversión, la tragedia seca y viscosa,
el sujeto del prefijo “ex”, el carácter maníaco de la física, la
cuádruple raíz del principio de razón suficiente, el principio de
corporalidad.
Pero
la farsa lo empieza a golpear sin piedad. En medio de la oscuridad la
farsa se le dibuja en la ropa colgada que parece una bandera
envenenada, una bandera de los que están del otro lado, a quienes
reconoce bajo la forma de calzoncillos y de camisas. La farsa le
muestra los dientes. No quiere discutir más conmigo, no quiere
mezclarse con ninguna farsa, sabe que si responde a la farsa con la
farsa está perdido, debe cuidar la seriedad de su existencia.
Si tiene que ser cómico, que lo sea sólo exteriormente, no en su interior. Él, en su centro, debe quedarse imperturbable
como Guillermo Tell, con la manzana de la seriedad sobre su cabeza.
“He
aquí que todo termina. Dejé Piriapolis el 31 de enero y, vía Colonia,
llegué a Buenos Aires en el mismo día, a las once y media de la noche.
Gómez se había ido antes, lo habían llamado por telegrama desde la
universidad. No sabré pues jamás qué es lo que realmente pasó en
Piriapolis”
En el diario de Piriapolis Gombrowicz escribe que
estuvimos en ese balneario uruguayo a caballo de los años 61’ y 62’. Al
año siguiente me propuso otra vez unas vacaciones en Piriapolis.
No
acepté, y para sacarme el problema de encima, Gombrowicz no se daba por
vencido tan fácilmente, inventé un compromiso anterior con Roberto
Cebrelli (Beto), según le dije íbamos a pasar las vacaciones en Mar del
Plata. Si le hubiera advertido a Beto de esta mentira no hubiera pasado
nada, pero no le advertí.
La cosa es que una noche en La Fragata
le preguntó a mi amigo cómo nos había ido en Mar del Plata, como yo no
estaba presente Beto le dijo que nosotros no habíamos estado en Mar del
Plata, más todavía, le dijo que no habíamos veraneado juntos. Al día
siguiente, y a solas, se armó un lío tremendo, yo me retiré
completamente ofendido y Gombrowicz también. Y aquí hubiera terminado
todo, ninguno de los dos iba a dar el brazo a torcer, y adiós para
siempre a Gombrowicz...
Pero,
el destino no estaba todavía preparado para que nuestra relación
terminara ahí, y postergó dos años más una ruptura que, de un modo o de
otro, parece que tenía que ocurrir. Matías Straub, el Galimatías, hizo
de mediador y recompuso la relación un par de semanas antes de su
partida a Europa. La cosa es que cuando Gombrowicz se fue de la
Argentina para Berlín existía una tensión afectiva latente en nuestra
relación que casi explota con el segundo Piriapolis frustrado. Los
últimos días que pasó entre nosotros fueron confusos e interminables
para mí, en medio del vacío y de una gran tristeza también me iba
apareciendo algo extraño, algo parecido a un alivio.
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