
WITOLD GOMBROWICZ Y KAROL SZYMANOWSKI
“Aparte
de los pilsudskistas, de las esferas gubernamentales y políticas,
frecuentaban la casa de Nalkowska representantes del mundo de la
literatura y del arte, por ejemplo, Karol Szymanowski, a quien
desgraciadamente no le había agradado en absoluto mi pequeño volumen de
cuentos (...)”
Cuando Gombrowicz quería sensualizar, erotizar o
sexualizar alguna situación en la vida real o en la literaria recurría
a los mitológicos runrunes del “templo poco claro” o del “ligeramente
dudoso”, por ejemplo, pero cuando quería enfatizar sus propias
tendencias homoeróticas era infaltable la referencia que hacía al
músico polaco, “el inolvidable Karol, el Rey de los Putos”, aunque esta
última expresión la manejaba más privadamente. Szymanowski lo quería a
Gombrowicz y le daba plata cuando se la pedía.
Karol
Szymanowski, el músico más importante de Polonia del siglo XX también
era escritor. Su novela “Efebos”, traducida al ruso por el mismo
Szymanowski, le fue regalada de su propia mano a Boris Kochno, su
amante de quince años: “En ‘Efebos’ expresé mucho, quizás todo lo que
tengo que decir en esta materia, materia que es para mí muy importante
y hermosa”
Szymanowski tuvo influencias de Richard Strauss,
Alexander Scriabin y del impresionismo de Claude Debussy y Maurice
Ravel, también de Frédéric Chopin y de la música folclórica polaca:
“Szymanowski no adoptó ninguna alternativa a la organización tonal...
las tensiones armónicas, las distensiones y el fraseo melódico tienen
claros orígenes en procedimientos tonales, pero... un marco de base
tonal está casi o totalmente disuelto”
La homosexualidad de
Karol Szymanowski era galante y mundana, del tipo de la de nuestro
Manuel Mujica Láinez, la de Gombrowicz en cambio era dramática y
metafísica. Si dispusiéramos de un poder sobrenatural que nos
permitiera sintetizar en una sola palabra el paso de Gombrowicz por la
Argentina debiéramos elegir la palabra Retiro.
Así
como Gombrowicz utilizó el culo para empezar a desestructurar todos los
disfraces con los que se nos aparece la forma, al cigarrillo para
destruir a la pintura en todas sus manifestaciones, a la mano para
comprender la naturaleza de los alemanes cuando estuvo en Berlín,
utilizó a Retiro para comprender su relación especial con la Argentina
y su homosexualidad.
Tan importante era Retiro para él que
cuando tuvo en sus manos el primer ejemplar de la versión argentina de
“Ferdydurke” hizo una peregrinación a Retiro y le ofrendó su obra más
querida a la Torre de los Ingleses. Retiro se le convirtió en un
recuerdo cruel y patético, en un representante de su propia catástrofe,
la catástrofe de Polonia y la catástrofe de Europa.
“El
secreto de Retiro, un secreto realmente demoníaco, consistía en que
allí nada podía llegar a la plenitud de su expresión, todo tenía que
estar por debajo de su nivel, y de alguna manera en su fase inicial,
inacabado, inmerso en la inferioridad..., y, sin embargo, aquello era
precisamente la vida viva y digna de admiración, la encarnación más
alta de las cosas accesibles para nosotros (...)”
“Podría decir
que buscaba al mismo tiempo la juventud propia y la ajena. La ajena,
porque aquella juventud en uniforme de marinero o de soldado, la
juventud de aquellos corrientísimos muchachos de Retiro, era
inaccesible para mí; la identidad del sexo y la falta de atracción
sexual excluían cualquier posibilidad de unión y posesión (...)”
“Algunos
verán en mi mitología del joven la prueba de mis inclinaciones
homosexuales; pues bien, lo admito, es posible. No obstante, deseo
hacer una pequeña observación ¿es del todo seguro que el hombre que
parezca más hombre permanece insensible por completo ante la belleza y
la juventud del muchacho? Y todavía más, ¿es posible decir que la
homosexualidad, milenaria, extendida, siempre renaciente, no es otra
cosa que extravío? (...)”
“Y
si ese extravío es tan frecuente, si se halla tan universalmente
presente, ¿no es acaso porque prospera sobre el terreno de una
atracción innegable? ¿No parecen ocurrir las cosas como si el hombre,
seducido para siempre por el joven y a él sometido, procurase
refugiarse en los brazos de una mujer porque ésta representa para él, a
fin de cuentas, una juventud? Hay mucha exageración en todo ello, pero
también una pequeña parte de verdad”
¿Qué extraña inspiración me
llevó a acusar a Gombrowicz de homosexual si yo sabía que era
homosexual? Y no solamente lo sabía yo, nadie podía dejar de saberlo
porque, aunque tenía vergüenza de ser homosexual, tanto en el diario,
como en la vida corriente, como en todo lugar y forma en que pudiera
dejar señales, no se cansaba de declarar que era homosexual.
Yo
creo que en este caso me perdieron los detalles. Las encargadas de la
casa de Venezuela 615, donde Gombrowicz vivió dieciocho años, desde
l945 a l963, eran unas mujeres muy chismosas. Elsa Schultze y su hija
Irmgard, al principio, cuando iba a retirar la correspondencia de
Gombrowicz, me hablaban muy bien de él, yo siempre estaba con el oído
muy atento a la espera de alguna noticia truculenta.
También yo
soy medio chismoso, pero nada, me lo presentaban como a un caballero de
modales muy cuidados. Sea porque se acostumbraron a verme y me
perdieron el miedo, sea porque se dieron cuenta de que yo estaba
esperando de ellas otros relatos, o sea por lo que fuere, la cuestión
es que poco a poco me empezaron a hablar de los escándalos, de los
marineros y de... los detalles.
Una
cosa era para mí pensar en un homosexual abstracto y otra muy distinta
en casi verlo acostado con un marinero, tan crudas y vívidas era las
imágenes que surgían de los relatos de las alemanas, las putas
conventilleras y atorrantas, como las llama Gombrowicz. Y el cotejo de
un homosexual abstracto y un Gombrowicz encamado con la marinería me
llevó a la ruina, se apoderó de mí un estado de confusión moral
increíble que me tomó la mano y me escribió la carta.
Es probable
también que yo haya buscado echar leña al fuego azuzándolo a Quilombo
para que me mostrara la carta en la que Gombrowicz habla de su sodomía,
la cuestión es que caí en un pozo de aire y nada en el mundo pudo
detener la caída, ni siquiera el tiempo que tenía para reflexionar
mientras escribía la carta.
“La confección de estos recuerdos ha
estado influida por el hecho de que la policía de Buenos Aires ha
llevado a cabo una gran purga contra los homosexuales. Han sido
arrestadas centenares de personas. ¿Pero qué puede hacer la policía
contra una enfermedad? ¿Es capaz de arrestar un cáncer? ¿O multar el
tifus? Sería mejor, pues, descubrir al sutil bacilo de la enfermedad
que sofocar los síntomas. Pero, ¿quién está enfermo? ¿Acaso sólo los
enfermos? ¿O también los sanos? No comparto la estrechez mental que no
ve en ello más que un degeneración sexual. Degeneración, sí, pero que
tiene su origen en el hecho de que las cuestiones de la edad y de la
belleza no son suficientemente transparentes y libres en la gente
normal. Es una de nuestras debilidades e impotencias más graves. ¿No
sentís que en este campo también vuestra salud se vuelve histérica?
Estáis encorsetados, amordazados: sois incapaces de confesar”
Esta
forma dramática y metafísica de la homosexualidad de Gombrowicz
contrasta con la galante y ligera de Manuel Mujica Láinez a la cual se
refiere el Asiriobabilónico Metafísico en un relato que le hace al
Dandy.
“Durante
la comida, continuamente Manuel Mujica Láinez venía de su asiento a
nuestra parte de la mesa. El propósito de estos viajes, que Mujica no
ocultó, era tocar la nuca de un muchacho que lo emocionaba. 'Se parece
a Belgrano', exclamó Mujica Láinez. '¿Usted, Manucho, admira a
Belgrano?', preguntó Wally Zenner. '¿Cómo no voy a admirarlo?
–replicó–: con esos muslos y con esas caderas' (...)”
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