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EL CHISTE Y SU RELACIÓN CON LO INCONSCIENTE.

Enviado por Corresponsal cinosargo el 04/08/2009 a las 21:24
Corresponsal cinosargo

 

EL CHISTE Y SU RELACIÓN CON LO INCONSCIENTE.
(1905)



Sigmumd Freud
Ordenamiento, comentarios y notas de James Strachey,
con la colaboración de Anna Freud
Traducción directa del alemán de José L. Etcheverry




B.- Parte Sintética

El mecanismo de placer y la psicogénesis del chiste.

[1]

Como punto de partida tenemos el discernimiento cierto de las fuentes de que fluye el placer peculiar que nos depara el chiste. Sabemos que podemos caer en el espejismo de confundir el gusto que nos produce el contenido de pensamiento de la oración con el placer del chiste propiamente dicho, pero que este mismo tiene en lo esencial dos fuentes: la técnica y las tendencias del chiste. Lo que ahora querríamos averiguar son los caminos por los cuales desde esas fuentes se produce el placer: el mecanismo de ese efecto placentero.

Nos parece que resultará mucho más fácil obtener el esclarecimiento buscado en el chiste tendencioso que en el inocente. Comenzaremos, pues, por aquel.

En el chiste tendencioso, el placer es resultado de que una tendencia recibe una satisfacción que de otro modo sería interceptada. No hace falta demostrar que semejante satisfacción es una fuente de placer. Pero la manera en que el chiste la produce está sujeta a particulares condiciones, de las que acaso podamos obtener más noticias. Cabe distinguir aquí dos casos. El más simple es aquel en que la satisfacción de la tendencia tropieza con un obstáculo exterior que es sorteado por el chiste. Hallamos que así era, por ejemplo, en la respuesta que recibió Serenissimus cuando preguntó si la madre del interpelado había vivido alguna vez en palacio, o en la manifestación de aquel conocedor de arte a quien los dos ricos pillos mostraron sendos retratos suyos: «And where ís the Saviour?». La tendencia consiste, en el primer caso, en replicar a un insulto con otro igual, y en el segundo, en pronunciar una diatriba en vez del juicio experto que pedían; lo que a ella se opone son factores puramente externos, la situación de poder de las personas sobre quienes recae la diatriba. De todos modos, acaso nos llame la atención que estos y otros chistes análogos de naturaleza tendenciosa, si bien nos satisfacen, no sean capaces empero de provocarnos un fuerte efecto de risa.

Diverso es el caso en que no son factores exteriores, sino un obstáculo interior, el que estorba la realización directa de la tendencia: aquel en que una moción interior se opone a la tendencia. Según nuestra premisa, esta condición se realizaría, por ejemplo, en los chistes agresivos del señor N., en cuya persona una fuerte inclinación a la invectiva es tenida en jaque por una cultura estética muy desarrollada. En este caso especial, la resistencia interna es vencida con auxilio del chiste, y cancelada la inhibición. Como en el caso del obstáculo externo, por esa vía se posibilita la satisfacción de la tendencia, evitándose una sofocación y la «estasis psíquica»  que ella conlleva; hasta aquí, el mecanismo del desarrollo de placer sería el mismo para ambos casos.

Es verdad que en este punto nos sentimos inclinados a profundizar en la diferencia de situación psicológica para el caso del obstáculo externo y del interno, pues entrevemos la posibilidad de que la cancelación del obstáculo interno contribuya al placer en medida incomparablemente mayor. Pero propongo conformarnos con lo dicho y limitarnos por ahora a una comprobación que se mantiene dentro de lo que es esencial para nosotros. Los casos del obstáculo externo e interno sólo se distinguen en que en este se cancela una inhibición preexistente, y en aquel se evita el establecimiento de una nueva. No creemos recurrir en demasía a la especulación aseverando que tanto para establecer como para conservar una inhibición psíquica se precisa de un «gasto psíquico». Y si junto a esto resulta que en los dos casos de empleo del chiste tendencioso se obtiene placer, será natural suponer que esa ganancia de placer corresponda al gasto psíquico ahorrado.

Ahora bien, así habríamos vuelto a tropezar con el principio del ahorro, con el que inicialmente nos topamos a raíz de la técnica del chiste en la palabra. Pero si entonces creímos descubrirlo en el uso del menor número posible de palabras o en el empleo preferente de palabras idénticas, aquí lo vislumbramos en un sentido mucho más vasto: el ahorro de gasto psíquico en general; y no podemos menos que considerar posible acercarnos a la esencia del chiste mediante una definición más precisa de ese concepto, oscuro todavía, del «gasto psíquico».

En el tratamiento del mecanismo del placer en el chiste tendencioso no hemos podido disipar cierta oscuridad; considerémosla el justo castigo por haber intentado esclarecer lo más complicado antes que lo más simple, el chiste tendencioso antes que el inocente. Dejamos anotado que un «ahorro en gasto de inhibición o de sofocación» parece ser el secreto del efecto placentero del chiste tendencioso, y pasamos al mecanismo de placer en el chiste inocente.

De unos ejemplos apropiados de chiste inocente, en los que no cabía temer ninguna perturbación de nuestro juicio por su contenido o su tendencia, debimos inferir que las técnicas del chiste, como tales, son fuentes de placer; ahora examinaremos si ese placer no se deja acaso reconducir a un ahorro de gasto psíquico. En un grupo de estos chistes (los juegos de palabras), la técnica consistía en acomodar nuestra postura psíquica al sonido y no al sentido de la palabra, en poner la representación-palabra {Wortvorstellung} (acústica) misma en lugar de su significado dado por relaciones con las representaciones-cosa-del-mundo {Dingvorstellung} . Efectivamente, estamos autorizados a suponer que ello implica un gran alivio de trabajo psíquico y que al usar las palabras en serio un cierto esfuerzo nos obliga a prescindir de ese cómodo procedimiento: podemos observar que algunos estados patológicos de la actividad de pensar, en que la posibilidad de concentrar gasto psíquico en un punto probablemente se encuentre limitada, de hecho privilegian de esa manera la representación acústica de la palabra sobre el significado de esta, y que esos enfermos en sus dichos avanzan siguiendo las asociaciones «externas» -según la fórmula en uso-, en lugar de las «internas», de la representación-palabra. También en el niño, habituado a tratar todavía las palabras como cosas , advertimos la inclinación a buscar un mismo sentido tras unidades fonéticas iguales o semejantes, lo cual es fuente de muchos errores que dan risa a los adultos. Entonces, cuando en el chiste nos depara inequívoco contento pasar de un círculo de representaciones a otro distante mediante el empleo de la misma palabra o de otra parecida (como, en el caso de «home-roulard», del círculo de la cocina al de la política), tenemos derecho a reconducir ese contento al ahorro de gasto psíquico. Además, el placer de chiste que provoca ese «cortocircuito» parecerá tanto mayor cuanto más ajenos sean entre sí los círculos de representaciones conectados por una misma palabra, cuanto más distantes sean y, en consecuencia, cuanto mayor resulte el ahorro que el recurso técnico del chiste permita en el camino del pensamiento. Anotemos de pasada que el chiste se sirve aquí de un medio de enlace que el pensar serio desestima y evita cuidadosamente.

Un segundo grupo de recursos técnicos del chiste -unificación, homofonía, acepción múltiple, modificación de giros familiares, alusión a citas deja ver como su carácter común el siguiente: en todos los casos, uno redescubre algo consabido cuando en su lugar habría esperado algo nuevo. Este reencuentro de lo consabido es placentero, y tampoco nos resultará difícil discernir en ese placer un placer por ahorro, refiriéndolo al de un gasto psíquico.

Todos parecen admitir que el redescubrimiento de lo consabido, el «reconocimiento», es placentero. Groos (1899, pág. 153) dice: «El reconocimiento, toda vez que no esté demasiado mecanizado (como en el caso de disfraces ... ), se asocia con sentimientos placenteros. Ya la mera cualidad de lo familiar fácilmente va acompañada de aquel confortado sosiego que invade a Fausto cuando, tras un ominoso encuentro, se halla de nuevo en su gabinete de estudio .( ... ) Si el acto del reconocimiento es así de placentero, estamos autorizados a esperar que el ser humano dé en ejercer esa capacidad en bien de ella misma, vale decir, que experimente jugando con ella. Y, de hecho, Aristóteles ha discernido en la alegría del reconocimiento la base del goce artístico; pero aunque este principio no tenga un valor tan preeminente como el que le adjudica Aristóteles, es innegable que no se lo puede desconocer».

Grois elucida luego aquellos juegos cuyo carácter consiste en acrecentar la alegría del reconocimiento poniéndole obstáculos en el camino, o sea, produciendo una «estasis psíquica» que es eliminada con el acto de conocer. Pero en su ensayo de explicación abandona la hipótesis de que el conocer sea placentero en sí, pues, invocando aquellos juegos, reconduce el contento que él proporciona a la alegría por el poder, por la superación de una dificultad. Yo considero secundario este último factor, y no veo motivo alguno para apartarse de la concepción más simple, a saber, que el conocer en sí es placentero (por un aligeramiento del gasto psíquico), y que los juegos fundados en este placer no hacen más que valerse del mecanismo de la estasís para acrecentar su monto.

La rima, la aliteración, el refrán y otras formas de repetición de sonidos parecidos de las palabras en la poesía aprovechan esa misma fuente de placer, el redescubrimiento de lo consabido. También es esto algo que se reconoce universalmente. Un «sentimiento de poder» no desempeña en estas técnicas, que muestran tan grande armonía con la de «acepción múltiple» en el chiste, ningún papel visible.

Dados los estrechos vínculos entre conocer y recordar, ya no es osado el supuesto de que existe también un placer del recuerdo, o sea, que el acto de recordar está en sí acompañado por un sentimiento placentero de similar origen. Groos no parece adverso a ese supuesto, pero a este placer del recuerdo lo deriva igualmente del «sentimiento, de poder», en el que busca -desacertadamente, en mi opinión- la principal razón del goce en casi todos los juegos.

En el «redescubrimiento de lo consabido» descansa también el empleo de otro recurso técnico del chiste, del que no hemos hablado todavía. Me refiero al factor de la actualidad, que en muchísimos chistes constituye una generosa fuente de placer y explica algunas peculiaridades de sus peripecias. Los hay que están por completo libres de esa condición, y en un ensayo sobre el chiste nos vemos precisados a servirnos casi exclusivamente de estos ejemplos. Pero no podemos olvidar que acaso más que por estos chistes perennes nos hemos reído por los otros, cuyo empleo aquí sería farragoso porque requieren largos comentarios y ni siquiera con este auxilio alcanzarían el efecto que una vez produjeron. Pues bien; estos últimos chistes contuvieron alusiones a personas y episodios «actuales» en su tiempo, que despertaban el interés general y conservaban su tensión. Extinguido ese interés, liquidado el asunto en cuestión, también esos chistes perdieron una parte (y una parte muy considerable) de su efecto placentero. Por ejemplo, el chiste que hizo mi benévolo huésped cuando sirvieron el manjar que él llamó «home-roulard» no me parece hoy ni con mucho tan bueno como entonces, en un tiempo en que «Home Rule» era título recurrente en las noticias políticas de nuestros periódicos. Si ahora intento apreciar el mérito de ese chiste puntualizando que mediante esa palabra, y ahorrando a nuestro pensar un gran rodeo, nos lleva del círculo de representaciones de la cocina al de la política, tan alejado, en aquel momento habría debido modificar esa puntualización diciendo que «esa palabra nos lleva del círculo de representaciones de la cocina al de la política, tan alejado de aquel, pero que puede contar con nuestro vivo interés porque en verdad nos ocupa de continuo». Otro chiste: «Esta muchacha me hace acordar a Dreyfus: el ejército no cree en su inocencia», aunque por fuerza conserva intactos sus recursos técnicos, aparece hoy empalidecido. Ni el desconcierto que la comparación provoca ni el doble sentido de la palabra «inocencia» pueden compensar el hecho de que esa alusión, referida entonces a un asunto investido de excitación fresca, hoy trae a la memoria un interés finiquitado. Un chiste todavía actual, como el siguiente: La princesa heredera, Luisa, se había dirigido a un crematorio de Gotha para preguntar cuánto costaba una incineración {Verbrennung}. Y la administración le respondió: «El valor ordinario es de 5.000 marcos, pero a usted se le cobrarán sólo 3.000 porque ya una vez se ha durchbrennen {"quemado totalmente" o "hecho humo"}»; ese chiste, digo, nos parece hoy irresistible, pero en algún momento estimaremos en mucho menos su valor, y todavía después, cuando no se lo pueda contar sin acompañarlo de un comentario sobre quién fue la princesa Luisa y cómo se entendía su «estar toda quemada» o «haberse hecho humo», no producirá efecto alguno a pesar de la bondad de su juego de palabras.

Buen número de los chistes en circulación alcanzan, así, cierto lapso de vida, cierto ciclo vital que se compone de un florecimiento y una decadencia que termina en su completo olvido. El afán de los hombres por ganar placer de sus procesos de pensamiento crea, entonces, nuevos y nuevos chistes por apuntalamiento en los nuevos intereses del día. La fuerza vital de los chistes actuales en modo alguno es propia de estos; la toman prestada, por el camino de la alusión, de aquellos otros intereses cuyo decurso determina también la peripecia del chiste. El factor de la actualidad, que se añade al chiste como tal en calidad de fuente de placer efímera, pero particularmente generosa, no puede equipararse sin más al redescubrimiento de lo consabido. Más bien se trata de una particular cualificación de lo consabido, a lo cual es preciso atribuirle la propiedad de lo fresco, reciente y no tocado por el olvido. También en la formación del sueño topamos con una particular predilección por lo reciente , y uno no puede alejar de sí la conjetura de que la asociación con lo reciente es premiada, y así facilitada, por una peculiar prima de placer.

La unificación, que no es sino la repetición en el ámbito de la trama de lo pensado, en vez de serlo en la del material, ha hallado un particular reconocimiento en Fechrier como fuente de placer del chiste. Escribe: «En mi opinión, en el campo de lo que aquí consideramos, el principio del enlace unitario de lo diverso desempeña el papel principal, pero necesita de unas condiciones accesorias que lo sostengan para que el contento que son capaces de asegurar los casos correspondientes, con su peculiar carácter, sobrepase el umbral».

En todos estos casos de repetición de la misma trama o del mismo material de palabras, de redescubrimiento de lo consabido y reciente, no se nos puede impedir que derivemos el placer sentido en ellos del ahorro en gasto psíquico, siempre que ese punto de vista demuestre ser fructífero para el esclarecimiento de detalles y para obtener nuevas generalizaciones. No se nos escapa que todavía hemos de aclarar la manera en que se produce el ahorro, así como el sentido de la expresión «gasto psíquico».

El tercer grupo de las técnicas del chiste -se trata casi siempre del chiste en el pensamiento-, que comprende las falacias, desplazamientos, el contrasentido, la figuración por lo contrario, etc., a primera vista acaso muestre un sesgo particular y no deje traslucir parentesco alguno con las técnicas del redescubrimiento de lo consabido o de la sustitución de las asociaciones-objeto-del-mundo por las asociaciones-palabra; sin embargo, justamente en este caso es muy fácil hacer valer el punto de vista del ahorro o aligeramiento del gasto psíquico.

Es más fácil y cómodo desviarse de un camino de pensamiento emprendido que mantenerse en él, y confundir lo diferente que ponerlo en oposición; y muy en particular lo es entregarse a modos de inferencia desestimados por la lógica y, por último, en la trabazón de palabras y de pensamientos, prescindir de la condición de que hayan de poseer también un sentido: en verdad, nada de esto es dudoso, y es justamente lo que hacen las técnicas de chiste consideradas. Pero sí provocará asombro que tal proceder abra al trabajo del chiste una fuente de placer, pues salvo el caso del chiste sólo podemos experimentar unos sentimientos displacenteros de defensa frente a todos esos malos rendimientos de la actividad de pensar.

Es cierto que en la vida seria el «placer del disparate», como podríamos decir para abreviar, se encuentra oculto hasta desaparecer. Para pesquisarlo nos vemos obligados a considerar dos casos en los que todavía es visible y vuelve a serlo: la conducta del niño que aprende y la del adulto en un talante alterado por vía tóxica. En la época en que el niño aprende a manejar el léxico de su lengua materna, le depara un manifiesto contento «experimentar jugando» (Groos) con ese material, y entrama las palabras sin atenerse a la condición del sentido, a fin de alcanzar con ellas el efecto placentero del ritmo o de la rima. Ese contento le es prohibido poco a poco, hasta que al fin sólo le restan como permitidas las conexiones provistas de sentido entre las palabras. Pero todavía, años después, los afanes de sobreponerse a las limitaciones aprendidas en el uso de las palabras se desquitan deformándolas por medio de determinados apéndices, alterándolas a través de ciertos arreglos (reduplicaciones, jerigonzas)  o aun creando un lenguaje propio para uso de los compañeros de juego, empeños estos que vuelven a aflorar en ciertas categorías de enfermos mentales.

Opino que no importa el motivo al cual obedeció el niño al empezar con esos juegos; en el ulterior desarrollo se entrega a ellos con la conciencia de que son disparatados y halla contento en ese estímulo de lo prohibido por la razón. Se vale del juego para sustraerse de la presión de la razón crítica. Ahora bien, mucho más coactivas son las limitaciones que deben implantarse en la educación para el pensar recto y para separar lo verdadero de lo falso en la realidad objetiva; por eso tiene tan hondas raíces y es tan duradera la sublevación contra la compulsión del pensamiento y la realidad objetiva. Hasta los fenómenos del quehacer fantaseador caen bajo este punto de vista. En el último período de la infancia, y en el del aprendizaje que va más allá de la pubertad, el poder de la crítica ha crecido tanto en la mayoría de los casos que el placer del «disparate liberado» rara vez osa exteriorizarse directamente. Uno no se atreve a enunciar un disparate; pero la inclinación, característica de los niños varones, al contrasentido en el obrar, a un obrar desacorde con el fin, paréceme un directo retoño del placer por el disparate. En casos patológicos vemos esta inclinación acrecentada hasta el punto de que ha vuelto a dominar los dichos y respuestas del colegial; en algunos alumnos del Gymnasium  aquejados de neurosis pude convencerme de que el placer, de eficacia inconciente, por el disparate que producían no contribuía menos a sus operaciones fallidas que su real y efectiva ignorancia.

Más tarde, el alumno universitario no ceja en manifestarse contra la compulsión del pensamiento y la realidad objetiva, cuyo imperio, no obstante, sentirá cada vez más intolerante e irrestricto. Buena parte de los chascos de estudiantes corresponden a esa reacción. El hombre es, justamente, un «incansable buscador de placer» -ya no sé en qué autor he hallado esta feliz expresión-, y le resulta harto difícil cualquier renuncia a un placer que ya haya gozado una vez. Con el alegre disparate del Bierschwefel , el estudiante procura rescatar para sí el placer de la libertad de pensar que la instrucción académica le quita cada vez más. Y aun mucho después, cuando siendo un hombre maduro se ha reunido con otros en un congreso científico y ha vuelto a sentirse discípulo, concluidas las sesiones se ve precisado a buscar en el Kneipzeitung , que deforma hasta el disparate las intelecciones recién adquiridas, el resarcimiento por la inhibición de pensamiento que acaba de erigirse en él.

«Bierschwefel» y «Kneipzeitung», por su mismo nombre, atestiguan que la crítica, represora del placer de disparate, ha cobrado ya tanta fuerza que no se la puede apartar, ni siquiera temporariamente, sin el auxilio de recursos tóxicos. La alteración en el estado del talante es lo más valioso que el alcohol depara al ser humano, y por eso no todos pueden prescindir de ese «veneno». El talante alegre, sea generado de manera endógena o producido por vía tóxica, rebaja las fuerzas inhibidoras, entre ellas la crítica, y así vuelve de nuevo asequibles unas fuentes de placer sobre las que gravitaba la sofocación. Es sumamente instructivo ver cómo un talante alegre plantea menores exigencias al chiste. Es que el talante sustituye al chiste, del mismo modo como el chiste debe empeñarse en sustituir al talante, en el que de ordinario reina la inhibición de posibilidades de goce, entre ellas el placer de disparate:


«Con poca gracia {Witz} y mucho contento».


Bajo el influjo del alcohol, el adulto vuelve a convertirse en el niño a quien deparaba placer la libre disposición sobre su decurso de pensamiento, sin observancia de la compulsión lógica.

Con lo dicho esperamos haber puesto en evidencia que las técnicas de contrasentido en el chiste corresponden a una fuente de placer. Y sólo necesitamos repetir que ese placer proviene de un ahorro de gasto psíquico, un aligeramiento de la compulsión ejercida por la crítica.

Si echamos otra ojeada retrospectiva sobre los tres grupos separados de técnicas del chiste, notamos que el primero y el tercero, la sustitución de las asociaciones-cosa-del-mundo por las asociaciones -palabra y el empleo del contrasentido, pueden ser conjuntamente considerados como unos restablecimientos de antiguas libertades y unos aligeramientos de la compulsión que la educación intelectual impone; son unos alivios psíquicos que uno puede poner en cierta relación de oposición con el ahorro en que consiste la técnica del segundo grupo. Alivio de gasto psíquico, sea este preexistente, sea reclamado en el momento: he ahí, pues, los dos principios a que se reconduce toda técnica de chiste, y, por tanto, todo placer derivado de tales técnicas. Por lo demás, las dos variedades de la técnica y de la ganancia de placer coinciden -al menos a grandes trazos- con la división de chiste en la palabra y chiste en el pensamiento.



[2]


Las elucidaciones precedentes nos han llevado, sin que lo advirtiésemos, a inteligir una historia evolutiva o psicogénesis del chiste, que ahora abordaremos más de cerca. Hemos tomado noticia de unos estadios previos del chiste, y es probable que su desarrollo hasta el chiste tendencioso ponga en descubierto nuevos vínculos entre los diversos caracteres del chiste. Antes de todo chiste existe algo' que podemos designar como juego o «chanza». El juego -atengámonos a esta designación- aflora en el niño mientras aprende a emplear palabras y urdir pensamientos. Es probable que ese juego responda a una de las pulsiones que constriñen al niño a ejercitar sus capacidades (Groos [1899]); al hacerlo tropieza con unos efectos placenteros que resultan de la repetición de lo semejante, del redescubrimiento de lo consabido, la homofonía, etc., y se explican como insospechados ahorros de gasto psíquico . No es asombroso que esos efectos placenteros impulsen {antreiben} al niño a cultivar el juego y lo muevan a proseguirlo sin miramiento por el significado de las palabras y la trabazón de las oraciones. Un juego con palabras y pensamientos, motivado por ciertos efectos de ahorro placenteros, sería entonces el primero de los estadios previos del chiste.

El fortalecimiento de un factor que merece ser designado como crítica o racionalidad pone término a ese juego. Ahora este es desestimado por carecer de sentido o ser un directo contrasentido; se vuelve imposible a consecuencia de la crítica. También queda excluido, salvo por azar, obtener placer de aquellas fuentes del redescubrimiento de lo consabido, etc., a menos que al individuo en crecimiento lo afecte un talante placentero que, semejante a la alegría del niño, cancele la inhibición crítica. Sólo en este último caso vuelve a posibilitarse el viejo juego para ganar placer, pero el ser humano prefiere no esperar que se dé por sí ni renunciar al placer que, según sabe, le procura. Por eso busca medios que lo independicen del talante placentero; el ulterior desarrollo hacía el chiste es regido por ambas aspiraciones: evitar la crítica y sustituir el talante.

Así adviene el segundo estadio previo del chiste, la chanza. Lo que se requiere es abrir paso a la ganancia de placer del juego, pero cuidando, al mismo tiempo, de acallar el veto de la crítica que no permite que sobrevenga el sentimiento placentero. Hay un único camino que lleva a esa meta: la reunión de palabras sin sentido o el contrasentido en la secuencia de los pensamientos deben poseer, empero, un sentido. Todo el arte del trabajo del chiste se ofrece para descubrir aquellas palabras y constelaciones de pensamiento en que se cumple esa condición. Todos los recursos técnicos del chiste ya encuentran aplicación aquí, en la chanza, y el uso lingüístico ni siquiera traza un distingo consecuente entre chanza y chiste. Lo que diferencia a la primera del segundo es que en ella el sentido de la oración sustraída de la crítica no necesita ser valioso ni novedoso, ni aun meramente bueno; sólo es preciso que se lo pueda decir, por más que sea insólito, superfluo o inútil decirlo. En la chanza se sitúa en el primer plano la satisfacción de haber posibilitado lo que la crítica prohibe.

Una mera chanza es, por ejemplo, la definición que da Schleiermacher de los celos {Eifersucht} como la pasión {Leidenschaft} que busca con celo {Mit Eiler sucht} lo que hace padecer {Leiden schafft}. Una chanza fue la del profesor Kästner, quien en el siglo XVIII enseñaba física en Gotinga -y hacía chistes-, cuando en la matriculación a uno de sus cursos preguntó la edad a un alumno de nombre Kriegk {Krieg = guerra}, y al responder este que tenía treinta años, dijo: «¡Ah! Tengo el honor de ver la Guerra {Krieg} de los Treinta Años» (Kleinpaul, 1890). Con una chanza respondió el maestro Rokitansky  a la pregunta por las profesiones escogidas por sus cuatro hijos: «Dos curan {heilen} y dos aúllan {heulen}» (dos médicos y dos cantantes). La información era correcta y por ende inatacable; pero no agregaba nada que no estuviese ya contenido en la frase que incluimos entre paréntesis. Es inequívoco que la respuesta ha cobrado la otra forma sólo a causa del placer que se deriva de la unificación y de la homofonía de las dos palabras.

Creo que por fin vemos claro. En la apreciación de las técnicas del chiste nos perturbaba el hecho de que no eran exclusivas de este, a pesar de lo cual su esencia parecía depender de ellas, puesto que si se las eliminaba por la reducción desaparecían el carácter y el placer de chiste. Ahora notamos que lo que hemos descrito como las técnicas del chiste -y en cierto sentido debemos seguir llamándolas así- son más bien las fuentes de las que, aquel obtiene el placer, y no hallamos asombroso que otros procedimientos aprovechen las mismas fuentes con igual fin. Pues bien, la técnica peculiar del chiste y exclusiva de él consiste en su procedimiento para asegurar el empleo de estos recursos dispensadores de placer contra el veto de la crítica, que cancelaría ese placer. Es poco lo que podemos enunciar con carácter general acerca de ese proceder; como ya dijimos, el trabajo del chiste se exterioriza en la selección de un material de palabras y unas situaciones de pensamiento tales que el antiguo juego con palabras y pensamientos pueda pasar el examen de la crítica, y para este fin se explotan con la máxima habilidad todas las peculiaridades del léxico y todas las constelaciones de la urdimbre de pensamientos. Acaso luego podamos caracterizar el trabajo del chiste mediante una determinada propiedad; por ahora queda sin explicar cómo es posible que se alcance la selección provechosa para el chiste. Pero la tendencia y operación de chiste -proteger de la crítica las conexiones de palabra y de pensamiento deparadoras de placer- se pone de manifiesto ya en la chanza como su rasgo esencial. Desde el comienzo su operación consiste en cancelar inhibiciones internas y en reabrir fuentes de placer que ellas habían vuelto inasequibles; hallaremos que ha permanecido fiel a este carácter a lo largo de todo su desarrollo.

Ahora estamos también en condiciones de señalar su posición correcta al factor del «sentido en lo sin sentido», al que los autores atribuyen tan gran valor para caracterizar el chiste y esclarecer su efecto placentero. Los dos puntos firmes de su condicionamiento, su tendencia a abrir paso al juego placentero y su empeño en protegerlo de la crítica racional, explican por sí solos por qué cada chiste, si ante una visión se muestra como sin sentido, ante otra tiene que presentarse como provisto de sentido o al menos como admisible. De qué manera habrá de conseguirlo, es asunto del trabajo del chiste; cuando el chiste no es logrado, se lo desestimará justamente como «sinsentido» {«disparate»}. Pero nosotros no estamos constreñidos a derivar el efecto placentero del chiste de la querella entre los sentimientos que brotan a raíz de su sentido y de su simultáneo sinsentido, sea de manera directa, sea por vía del «desconcierto e iluminación». Y tampoco nos vemos obligados a tratar de averiguar cómo puede surgir placer de la alternancia entre el tener-por-un-sinsentido al chiste y el discernirlo-como-provisto-de-sentido. Su psicogénesis nos ha enseñado que el placer del chiste proviene del juego con palabras o de la liberación de lo sin sentido, y que el sentido del chiste sólo está destinado a proteger ese placer para que la crítica no lo cancele.

Así, el problema del carácter esencial del chiste ya quedaría explicado en la chanza. Ahora podemos examinar el ulterior desarrollo de la chanza hasta su culminación en el chiste tendencioso. La chanza, pues, está presidida por la tendencia a depararnos contento, y para ello le basta que su enunciado no sea un disparate ni aparezca por completo insostenible. Cuando ese enunciado es él mismo sostenible y valioso, la chanza se muda en chiste. Un pensamiento que habría merecido nuestro interés aun expresado en forma llana, ahora se viste con una forma que en sí y por sí no puede menos que excitar nuestra complacencia.  Debemos pensar que una conjugación como esa no se ha establecido sin un propósito, y nos empeñaremos entonces en colegir el que pudiera estar en la base de la formación del chiste. Nos pondrá sobre la pista una observación que ya hicimos antes como al pasar. Tenemos anotado, en efecto, que un buen chiste nos causa, por así decir, una impresión global de complacencia sin que podamos diferenciar de una manera inmediata qué parte del placer proviene de la forma chistosa y cuál del acertado contenido de pensamiento. De continuo erramos respecto de esa distribución, sobrestimamos unas veces la bondad del chiste a consecuencia de la admiración que nos provoca el pensamiento contenido en él, y otras veces, a la inversa, tasamos en demasía el valor del pensamiento a causa del contento que nos depara la vestidura chistosa. No sabemos qué nos produce contento ni por qué reímos. Acaso sea esta incertidumbre de nuestro juicio, que aceptamos como un hecho, la que proporciona el motivo para la formación del chiste en el sentido genuino. El pensamiento busca el disfraz de chiste porque mediante él se recomienda a nuestra atención, puede parecernos así más significativo y valioso, pero sobre todo porque esa vestidura soborna y confunde a nuestra crítica. Estamos inclinados a acreditar al pensamiento lo que nos agradó en la forma chistosa, y desinclinados a hallar incorrecto -y así cegarnos una fuente de placer- algo que nos deparó contento. Si el chiste nos hace reír, ello establece además en nosotros la predisposición más desfavorable a la crítica, pues entonces, desde un punto, se nos ha impuesto aquel talante que ya el juego proveía y que el chiste se empeña en sustituir por todos los medios. Si bien ya dejamos establecido que un chiste así debe calificarse de inocente, no tendencioso todavía, no podemos desconocer que, en sentido estricto, sólo la chanza está exenta de tendencia, o sea, sirve al exclusivo propósito de producir placer. El chiste -aunque el pensamiento en él contenido esté desprovisto de tendencia, y por tanto sirva a intereses de pensamiento meramente teóricos- en verdad nunca está exento de tendencia; persigue el propósito segundo de promover lo pensado por medio de una magnificación y asegurarlo contra la crítica. Aquí vuelve a exteriorizar su naturaleza originaria contraponiéndose a un poder inhibidor y limítante, en este caso el juicio crítico.

Este primer empleo del chiste, que rebasa la producción de placer, nos indica el resto del camino. El chiste queda así discernido como un factor de poder psíquico cuyo peso puede decidir que se incline uno u otro platillo de la balanza. Las grandes tendencias y pulsiones de la vida anímica lo toman a su servicio para sus fines. El chiste, que en su origen estuvo exento de tendencia y empezó como un juego, se relaciona secundariamente con tendencias a las que a la larga no puede sustraérseles nada de lo que es formado en la vida anímica. Ya conocemos lo que era capaz de operar al servicio de las tendencias desnudadora, hostil, cínica y escéptica. En el chiste obsceno, que procede de la pulla indecente, convierte al tercero -originariamente perturbador de la situación sexual- en un cómplice ante quien la mujer debe avergonzarse, y lo logra sobornándolo mediante la comunicación de su ganancia de placer. En el caso de la tendencia agresiva, y con este mismo recurso, muda al oyente, que al comienzo era indiferente, en partícipe del odio o del desprecio, y así levanta contra el enemigo un ejército de opositores donde al principio sólo había uno. En el primer caso vence las inhibiciones de la vergüenza y del decoro mediante la prima de placer que ofrece; en el segundo, en cambio, torna a revocar el juicio crítico, que de otro modo habría sometido a examen el caso litigioso. En los casos tercero y cuarto, al servicio de la tendencia cínica y de la escéptica, desbarata el respeto por instituciones y verdades en que el oyente ha creído; lo hace, por una parte, reforzando el argumento, pero, por la otra, cultivando una nueva modalidad de ataque. En tanto que el argumento procura poner de su lado la crítica del oyente, el chiste se afana en derogar esa crítica. No hay duda de que el chiste ha escogido el camino psicológicamente más eficaz.

Mientras ensayábamos este vistazo panorámico sobre las operaciones del chiste tendencioso, se nos situó en primer plano lo que es más visible, a saber, el efecto del chiste sobre quien lo escucha. Empero, para entender el chiste son más significativas las operaciones que él consuma- en la vida anímica de quien lo hace o, para decirlo de la única manera correcta, de aquel a quien se le ocurre. Ya una vez concebirnos el designio -y aquí hallamos ocasión de renovarlo- de estudiar los procesos psíquicos del chiste con referencia a su distribución entre dos personas. Provisionalmente expresaremos la conjetura de que, en la mayoría de los casos, el proceso psíquico incitado por el chiste es copia en el oyente del que sobreviene en el creador. Al obstáculo externo que debe ser superado en el oyente corresponde un obstáculo interno en el chistoso. En este último ha preexistido por lo menos la expectativa del obstáculo externo como una representación inhibidora. En ciertos casos es evidente el obstáculo interno superado por el chiste tendencioso; acerca de los chistes del señor N., por ejemplo, pudimos suponer que no sólo posibilitaban al oyente el goce de la agresión mediante injurias, sino sobre todo a él mismo el producirlas. Entre las variedades de la inhibición interna o sofocación, hay una merecedora de nuestro particular interés por ser la más extendida; se la designa con el nombre de «represión» y se le discierne la operación de excluir del devenir-conciente tanto las mociones que sucumben a ella como sus retoños. Pues bien; nos enteraremos de que el chiste tendencioso sabe desprender placer aun de esas fuentes sometidas a la represión. Si de esta suerte, como antes indicamos, la superación de obstáculos externos se puede reconducir a la de obstáculos internos y represiones, es lícito decir que el chiste tendencioso muestra con la mayor claridad, entre todos los estadios de desarrollo del chiste, el carácter rector del trabajo del chiste: liberar placer por eliminación de inhibiciones. Refuerza las tendencias a cuyo servicio se pone aportándoles unos socorros desde mociones que se mantienen sofocadas, o directamente se pone al servicio de tendencias sofocadas.

Muy bien puede uno conceder que son estas las operaciones del chiste tendencioso, y a pesar de ello verse precisado a reparar en que uno no comprende de qué manera le es posible lograr esas operaciones. Su poder consiste en la ganancia de placer que extrae de las fuentes del jugar con palabras y del disparate liberado, y si uno debiera juzgar por las impresiones que ha recibido de las chanzas exentas de tendencia, no podría atribuir a ese placer un monto tan grande que tuviera la fuerza para cancelar inhibiciones y represiones arraigadas. De hecho, no estamos aquí frente a un simple efecto de fuerzas, sino a una enredada constelación de desencadenamiento. En lugar de mostrar el largo rodeo por el cual he llegado a inteligir esa constelación, intentaré exponerla por el atajo de la síntesis.

Fechner (1897, 1, cap. V) ha postulado el «principio del recíproco valimiento estético, o incremento», que desarrolla con las siguientes palabras: «De la conjunción no contradictoria entre condiciones de placer que separadas operarían poco resulta un placer mayor, a mentido mucho mayor del que correspondería al valor-placer de las condiciones singulares por sí, mayor del que pudiera explicarse como suma de los efectos separados; y mediante una conjunción de esa clase hasta puede alcanzarse un resultado positivo de placer, superarse el umbral de placer, no obstante ser demasiado débiles para ello los factores singulares; sólo que, comparados con otros, estos tienen que arrojar una ventaja registrable en materia de gusto». Las bastardillas son de Fechner.)

Creo que el tema del chiste no nos brindará muchas oportunidades para comprobar la corrección de este principio, que puede ser demostrado en gran número de otras formaciones estéticas. En el chiste hemos aprendido algo diverso, que al menos se sitúa en las proximidades de ese principio, a saber: si varios factores actúan conjugadamente para producir placer, no somos capaces de discernir la efectiva contribución de cada uno de ellos al resultado. Ahora bien, uno puede concebir unas variaciones para la situación supuesta en el principio del recíproco valimiento, y plantear respecto de tales nuevas condiciones una serie de problemas merecedores de respuesta. ¿Qué acontece, en general, cuando en una misma constelación se conjugan unas condiciones de placer con unas de displacer? ¿De qué dependerá allí el resultado y el signo de este?

El del chiste tendencioso es un caso especial entre esas posibilidades. Preexistía una moción o aspiración que quería desprender placer de una determinada fuente, y lo habría conseguido de no mediar inhibición; junto a ella, existe otra aspiración que actúa en sentido contrarío a ese desarrollo de placer, y entonces lo inhibe o sofoca. Como lo muestra el resultado, la corriente sofocadora tiene que ser un poco más fuerte que la sofocada, la cual, empero, no resulta cancelada por ello. Ahora entra en escena una tercera aspiración que desprendería placer de ese mismo proceso, si bien de otras fuentes, y que por ende actúa en el mismo sentido que la sofocada. ¿Cuál puede ser el resultado en tal caso?

Un ejemplo nos orientará mejor de lo que podría hacerlo esta esquematización. Tenemos la aspiración a insultar a cierta persona; pero tanto estorba el sentimiento del decoro, la cultura estética, que el insultar será por fiereza interceptado; y si, por ejemplo a consecuencia de un cambio en el estado afectivo o talante, se abriera paso a pesar de todo, esa irrupción de la tendencia insultadora se sentiría con posterioridad {nachträglich} como displacer. Por tanto, queda interceptado el insultar. En este punto se ofrece la posibilidad de extraer un buen chiste del material de palabras y pensamientos que sirven para el insulto, y por consiguiente de desprender placer de otras fuentes a las que no estorba la misma sofocación. Empero, este segundo desarrollo de placer sería interceptado si el insultar no se consintiera; pero toda vez que se lo deje correr, a él se conectará además el nuevo desprendimiento de placer. En el chiste tendencioso la experiencia muestra que en tales circunstancias la tendencia sofocada puede cobrar, por el valimiento del placer de chiste, la fortaleza que le permita vencer a la inhibición, de otro modo más fuerte que ella. Se insulta porque así se posibilita el chiste. Pero el gusto conseguido no es sólo el que el chiste produce; es incomparablemente mayor. Y siendo tanto más grande que el placer de chiste, nos vemos llevados a suponer qu e la tendencia hasta entonces sofocada pudo abrirse paso sin mengua alguna. Bajo tales circunstancias, se reirá de la manera más copiosa con el chiste tendencioso.

Quizá mediante la indagación de las condiciones de la risa llegaremos a formarnos una representación más intuible del valimiento del chiste contra la sofocación. Pero ahora vemos que el del chiste tendencioso es un caso especial del principio del recíproco valimiento. Una posibilidad de desarrollo de placer se añade a una situación en que otra posibilidad de placer está estorbada de tal suerte que por sí sola esta última no produciría placer alguno; el resultado es un desarrollo de placer mucho mayor que el de la posibilidad que se añade. Esta última ha actuado, por así decir, como una prima de incentivación; por el valimiento de un pequeño monto de placer que se ofrece, se consigue uno mucho mayor, que de otro modo difícilmente se ganaría. Tengo buenas razones para conjeturar que este principio corresponde a una norma que rige en muchos ámbitos de la vida anímica, muy distantes entre sí, y considero adecuado designar placer previo al que sirve para desencadenar el desprendimiento de placer mayor, y llamar a aquel principio el principio del placer previo.

Ahora podemos enunciar la fórmula para la modalidad de acción del chiste tendencioso: Se pone al servicio de tendencias para producir, por medio del placer de chiste en calidad de placer previo, un nuevo placer por la cancelación de sofocaciones y represiones. Si ahora echamos una ojeada panorámica, tenemos derecho a decir que el chiste permanece fiel a su esencia desde sus comienzos hasta su perfeccionamiento. Empieza como un juego para extraer placer del libre empleo de palabras y pensamientos. Tan pronto como una razón fortalecida le prohibe ese juego con palabras por carente de sentido, y ese juego con pensamientos por disparatado, él se trueca en chanza para poder retener aquellas fuentes de placer y ganar uno nuevo por la liberación del disparate. Luego, como chiste genuino, exento todavía de tendencia, presta su valimiento a lo pensado y lo fortalece contra la impugnación del juicio crítico, para lo cual le es de utilidad el principio de la conjunción de las fuentes de placer; por último, aporta grandes tendencias, que entran en guerra con la sofocación, a fin de cancelar inhibiciones interiores siguiendo el principio del placer previo. La razón -el juicio crítico-la sofocación: he ahí, en su secuencia, los poderes contra los cuales guerrea; retiene las fuentes originarias del placer en la palabra y, desde el estadio de la chanza, se abre nuevas fuentes de placer mediante la cancelación de inhibiciones. Y en cuanto al placer que produce, sea placer de juego o de cancelación, en todos los casos podemos derivarlo de un ahorro de gasto psíquico, siempre que esta concepción no contradiga la esencia del placer y se demuestre fecunda también en otros aspectos.
(…)

C.- Parte Teórica

El vínculo del chiste con el sueño y lo inconciente.



Al final del capítulo donde se procuró descubrir la técnica del chiste dijimos que los procesos de condensación con formación sustitutiva y sin ella, de desplazamiento, de figuración por un contrasentido y por lo contrario, de figuración indirecta, etc., que según hallamos cooperaban en la producción del chiste, muestran muy amplias coincidencias con los procesos del «trabajo del sueño»; allí nos reservamos, por un lado, estudiar con mayor cuidado esas semejanzas y, por el otro, explorar lo común entre chiste y sueño que así parece insinuarse. Nos facilitaría mucho el desarrollo de esa comparación que pudiéramos dar por sabido uno de los términos de ella -el «trabajo del sueño»-. Pero quizá mejor no hagamos ese supuesto; he recibido la impresión de que mi obra La interpretación de los sueños, publicada en 1900, produjo entre mis colegas más «desconcierto» que «iluminación», y sé que vastos círculos de lectores se han contentado con reducir el contenido del libro a una consigna («cumplimiento de deseo») que se retiene con facilidad y se presta a cómodos' abusos.

Luego he seguido ocupándome de los problemas allí tratados, para lo cual me brindó abundantes ocasiones mi actividad médica como psicoterapeuta; y debo decir que no he hallado nada que me exigiera alterar o mejorar mis argumentaciones, y por eso puedo aguardar tranquilo a que al fin mis lectores me entiendan o bien una crítica perspicaz me demuestre los errores básicos de mi concepción. A efectos de compararlo con el chiste, repetiré aquí en apretada síntesis lo más indispensable acerca del sueño y del trabajo del sueño.

Tenemos noticia del sueño por el recuerdo de él que nos acude tras despertar y las más de las veces nos parece fragmentario. Es entonces una ensambladura de impresiones sensoriales, casi siempre visuales (pero también de otra índole), que nos han espejado un vivenciar y entre las que pueden haberse mezclado unos procesos de pensamiento (el «saber» en el sueño) y exteriorizaciones de afecto. Llamo «contenido manifiesto del sueño» a lo que así recordamos como sueño.

A menudo es por completo absurdo y confuso; otras veces sólo es lo uno o lo otro. Pero aun cuando sea en todas sus partes coherente -así sucede en muchos sueños de angustia-, se contrapone a nuestra vida anímica como algo ajeno, acerca de cuyo origen uno no atina a dar ninguna razón. Hasta ahora se había buscado en el sueño mismo el esclarecimiento de estos caracteres suyos, viéndoselos como indicios de una actividad desarreglada, disociada y por así decir «adormecida» de los elementos nerviosos.

Yo, en cambio, he demostrado que ese tan raro contenido «manifiesto» del sueño puede volverse comprensible de una manera regular como la retrascripción mutilada y cambiada de ciertas formaciones psíquicas correctas que merecen el nombre de «pensamientos oníricos latentes». Se toma conocimiento de estos últimos descomponiendo el contenido manifiesto del sueño, sin miramiento por su eventual sentido aparente, en sus ingredientes y persiguiendo luego los hilos asociativos que parten de cada uno de esos elementos así aislados. Estos se urden entre sí y al fin conducen a una ensambladura de pensamientos que no sólo son correctos en todos sus puntos, sino que con facilidad los podemos insertar en nuestra familiar trabazón de procesos anímicos. Por el camino de este «análisis» se han eliminado del contenido del sueño todas sus sorprendentes rarezas; pero para llevarlo a buen término debemos rechazar con denuedo, mientras estamos empeñados en él, las objeciones críticas que de continuo quieren estorbar la reproducción de las asociaciones singulares que se ofrecen.

De la comparación entre el contenido manifiesto del sueño recordado y los pensamientos latentes así descubiertos se obtiene el concepto de «trabajo del sueño». Este designa la íntegra suma de los procesos trasmudadores que trasportaron los pensamientos oníricos latentes hasta el sueño manifiesto. Ahora bien, es al trabajo del sueño al que adhiere la extrañeza que antes nos había provocado el sueño.

A su vez, la operación del trabajo del sueño puede describirse del siguiente modo: Una ensambladura de pensamientos, las más de las veces muy complicada, que se edificó en el curso del día y no fue llevada a su tramitación -un resto diurno-, retiene aún durante la noche el monto de energía -el interés- que reclamaba y amenaza perturbar el dormir. El trabajo del sueño muda ese resto diurno en un sueño volviéndolo inocuo para el dormir. Para ofrecer asidero a aquel trabajo, el resto diurno tiene que ser susceptible de una formación de deseo, condición esta de cumplimiento no precisamente difícil. El deseo procedente de los pensamientos oníricos forma el estadio previo y luego el núcleo del sueño. La experiencia recogida en los análisis -no la teoría del sueño- nos dice que en el niño basta, para formar un sueño, un deseo cualquiera pendiente de la vigilia; ese sueño se muestra luego entramado y provisto de sentido, pero las más de las veces es breve y con facilidad se lo discierne como un «cumplimiento de deseo». En el adulto, parece condición de universal vigencia para el deseo creador del sueño que sea ajeno al pensar conciente, vale decir, un deseo reprimido, o bien que pueda tener unos refuerzos desconocidos para la conciencia. Sin el supuesto de lo inconciente en el sentido que antes expusimos yo no sabría llevar más adelante la teoría del sueño ni interpretar el material de experiencia que ofrecen los análisis de sueños. Pues bien; la injerencia de ese deseo inconciente en el material de pensamientos oníricos, material correcto en los términos de la conciencia, es la que produce el sueño. Este último es, por así decir, arrastrado hacia abajo, hacia lo inconciente; dicho con mayor exactitud: sometido a un tratamiento que es corriente en el estadio de los procesos cogitativos inconcientes, y característico de ese estadio. Hasta ahora es sólo desde los resultados del «trabajo del sueño», precisamente, como tenemos noticia sobre los caracteres del pensar inconciente y su diferencia respecto del pensar «preconciente» susceptible de conciencia.

Es harto difícil que en una exposición apretada gane en claridad una doctrina novedosa, nada simple y que contradice la manera usual de pensar. Por eso con estas explicaciones no puedo pretender otra cosa que remitir al tratamiento más detallado de lo inconciente en mi libro La interpretación de los sueños y a los trabajos de Lipps, que juzgo de gran valía. Bien lo sé: quienes estén cautivos dentro del círculo de una buena formación académica en filosofía, o rindan lejano vasallaje a uno de los sistemas llamados filosóficos, contrariarán el supuesto de lo «psíquico inconciente» en el sentido de Lipps y en el que yo mismo le atribuyo, y aun querrán probar su imposibilidad a partir de la definición misma de lo psíquico. Pero las definiciones son convencionales y se pueden modificar. A menudo he hecho la experiencia de personas que impugnaban lo inconciente por absurdo o imposible, y no habían recogido sus impresiones de las fuentes de donde, al menos para mí, dimanó el constreñimiento a aceptarlo. Estos opositores de lo inconciente nunca habían presenciado el efecto de una sugestión poshipnótica, y les provocaba el mayor de los asombros lo que yo les comunicaba como muestra de mis análisis de neuróticos no hipnotizados. Nunca se habían hecho cargo de que lo inconciente es algo que real y efectivamente uno no sabe, a la vez que se ve precisado a completarlo mediante unas inferencias concluyentes; en verdad, lo entendían como algo susceptible de conciencia que a uno no se le había pasado por la cabeza y no estaba en el «centro de la atención». Tampoco habían intentado convencerse de la existencia de esos pensamientos inconcientes en su, propia vida anímica mediante análisis de un sueño propio, y toda vez que yo lo ensayaba con ellos, sólo asombrados y confusos podían acoger sus propias ocurrencias. Además, he tenido la impresión de que el supuesto de lo inconciente tropieza con resistencias esencialmente afectivas, fundadas en que nadie quiere tomar conocimiento de su inconciente, siendo lo más cómodo desconocer por completo su posibilidad.

El trabajo del sueño, pues, al que vuelvo tras esta digresión, somete a una elaboración peculiarísima el material de lo pensado, puesto en el modo desiderativo. Primero da el paso del desiderativo al presente de indicativo, sustituye el «¡cómo me gustaría!» por un «es». Ese «es» está destinado a la figuración alucinatoria, que yo he designado como la «regresión» del trabajo del sueño; es el camino que va de los pensamientos a las imágenes perceptivas o, si queremos expresarlo con referencia a la todavía desconocida tópica -no se la entienda en sentido anatómico- del aparato anímico, de la comarca de las formaciones de pensamiento a la de las percepciones sensoriales. Por este camino, contrapuesto a la dirección siguiendo la cual evolucionan las complicaciones anímicas, los pensamientos oníricos ganan en lo intuitivo; al fin resulta una situación plástica como núcleo de la «imagen onírica» manifiesta. Para alcanzar esa figurabilidad, los pensamientos del sueño han debido experimentar hondas trasfiguraciones de su expresión. Pero en el curso de la mudanza retrocedente de los pensamientos en imágenes sensoriales les sobrevienen además otras alteraciones que en parte nos resultan comprensibles como cosa necesaria, y en parte nos sorprenden. Como un necesario efecto colateral de la regresión, bien se entiende que para el sueño manifiesto han de perderse casi todas las relaciones internas que daban articulación a lo pensado. El trabajo del sueño sólo recoge en la figuración el material en bruto de las representaciones, por así decir, y no los nexos cognitivos que mantenían unas con otras; o al menos se toma la libertad de prescindir de estos nexos. Hay en cambio otra pieza del trabajo del sueño que no podemos derivar de la regresión, de la mudanza retrocedente en imágenes sensoriales; es justamente aquella que más valiosa nos resulta para la analogía con la formación del chiste. El material de los pensamientos oníricos experimenta en el curso del trabajo del sueño una compresión {Zusammendrängung, «esfuerzo de juntura»} o condensación a todas luces extraordinaria. Sus puntos de partida son las relaciones de comunidad presentes en el interior de los pensamientos oníricos por casualidad o en virtud de su contenido; y como por regla general ellas no bastan para una condensación extensa, en el trabajo del sueño son creadas nuevas relaciones de comunidad, artificiales y pasajeras, y a ese fin se aprovechan de preferencia palabras en cuya fonética coinciden varios significados. Las comunidades de condensación recién creadas entran en el contenido manifiesto del sueño como representantes {Repräsentant} de los pensamientos oníricos, de suerte que un elemento del sueño corresponde a un punto nodal y de entrecruzamiento de aquellos, con referencia a los cuales se lo debe llamar, en términos generales, «sobredeterminado». El hecho de la condensación es la pieza del trabajo del sueño que con mayor facilidad se discierne; basta comparar el texto de un sueño consignado por escrito con la trascripción de los pensamientos oníricos alcanzados mediante análisis para formarse una impresión de la vastedad de la condensación onírica.

Menos fácil es convencerse de la segunda gran alteración operada por el trabajo del sueño en los pensamientos oníricos', el proceso que yo he llamado desplazamiento {descentramiento} en el sueño. Se exterioriza en que lo que está en situación central en el sueño manifiesto y emerge con gran intensidad sensorial, en los pensamientos oníricos era periférico y accesorio; y a la inversa. De esa manera el sueño aparece desplazado {descentrado} respecto de los pensamientos oníricos, y justamente a este desplazamiento se debe que se presente ajeno e incomprensible a la vida anímica despierta. Para que se produjera semejante desplazamiento debería ser posible que la energía de investidura pasara de las representaciones importantes a las no importantes sin inhibición alguna, lo cual en el pensar normal susceptible de conciencia sólo provocaría la impresión de una «falacia».

Trasmudación en algo figurable, condensación y desplazamiento son las tres grandes operaciones que podemos atribuir al trabajo del sueño. Una cuarta, acaso tratada demasiado brevemente en La interpretación de los sueños, no cuenta para nuestros actuales fines . En un desarrollo consecuente de las ideas sobre la «tópica del aparato anímico» y la «regresión» -y sólo un desarrollo así conferiría su pleno valor a esas hipótesis de trabajo- habría que tratar de definir las estaciones de la regresión en que se consuman las diversas trasmudaciones de los pensamientos oníricos. Ese intento aún no se ha emprendido seriamente; pero al menos acerca del desplazamiento cabe indicar con certeza que debe consumarse en el material de lo pensado mientras se encuentra en el estadio de los procesos inconcientes. En cuanto a la condensación, uno se la tiene que representar probablemente como un proceso que se extiende por todo el trayecto hasta alcanzar la región de la percepción, pero en general será preciso contentarse con el supuesto de un efecto simultáneo de todas las fuerzas que participan en la formación del sueño. A pesar de la cautela que desde luego hay que guardar en el tratamiento de estos problemas, y respetando los reparos de principio, que no entraremos a considerar aquí, sobre un planteo semejante , yo aventuraría tal vez la tesis de que el proceso del trabajo del sueño, preparatorio de este último, ha de situarse en la región de lo inconciente. Así, en términos gruesos, cabría distinguir tres estadios en la formación del sueño: primero, el traslado de los restos diurnos preconcientes a lo inconciente, en lo cual no pueden menos que colaborar las condiciones del estado del dormir; segundo, el genuino trabajo del sueño en lo inconciente, y tercero, la regresión del material onírico así elaborado hasta la percepción, en calidad de la cual el sueño deviene conciente.

Como fuerzas que participan en la formación del sueño se puede discernir: el deseo de dormir, la investidura energética que los restos diurnos siguen poseyendo aun tras su degradación por el estado del dormir, la energía psíquica del deseo inconciente formador del sueño, y la fuerza contrarrestante de la «censura» que gobierna la vida de vigilia, aunque no es cancelada por completo durante el dormir. Tarea de la formación del sueño es sobre todo vencer la inhibición impuesta por la censura, y justamente esa tarea se soluciona mediante los desplazamientos de la energía psíquica dentro del material de los pensamientos oníricos.

Ahora acordémonos de la ocasión que nos sugirió indagar el chiste con relación al sueño. Hallamos que el carácter y el efecto del chiste están atados a ciertas formas de expresión, ciertos recursos técnicos, entre los cuales los más llamativos son las diversas variedades de la condensación, el desplazamiento y la figuración indirecta. Pues bien; procesos que llevan a esos mismos resultados -condensación, desplazamiento y figuración indirecta- se nos han vuelto notorios como peculiaridades del trabajo del sueño. ¿No nos sugiere esta concordancia inferir que trabajo del chiste y del sueño han de ser idénticos al menos en un punto esencial? Opino que el trabajo del sueño nos revela los principales caracteres de este; y de los procesos psíquicos del chiste se nos oculta justo aquella pieza que tenemos derecho a comparar con el trabajo del sueño, a saber, el proceso de la formación del chiste en la primera persona. ¿No cederíamos a la tentación de construir ese proceso por analogía con la formación del sueño? Algunos de los rasgos del sueño son tan ajenos al chiste que no nos sería lícito trasferir a la formación de este último la pieza de trabajo del sueño que le corresponde. La regresión de la ilación de pensamiento hasta la percepción falta sin duda en el chiste; en cambio, los otros dos estadios de la formación del sueño (la caída de un pensamiento preconciente hasta lo inconciente y la elaboración inconciente) nos brindarían, si los supusiéramos en la formación del chiste, exactamente el resultado que podemos observar en este. Decidámonos entonces por el supuesto de que este es el proceso de la formación del chiste en la primera persona: Un pensamiento preconciente es entregado por un momento a la elaboración inconciente, y su resultado es aprehendido enseguida por la percepción conciente.

Pero antes de examinar en detalle esta tesis consideremos una objeción capaz de poner en peligro nuestra premisa. Partimos del hecho de que las técnicas del chiste indican los mismos procesos que nos son notorios como peculiaridades del trabajo del sueño. Ahora bien, es fácil objetar que no habríamos descrito esas técnicas como condensación, desplazamiento, etc., ni obtenido unas concordancias tan vastas entre los medios figurativos de chiste y sueño, si nuestro conocimiento previo del trabajo del sueño no nos hubiera seducido a concebir aquellas así, de suerte que en el fondo no hacemos sino hallar corroboradas en el chiste las expectativas con que lo abordamos viniendo del sueño. Tal génesis de la concordancia no ofrecería una garantía segura de su existencia, sólo nuestro prejuicio. Además, ningún otro autor ha aplicado, de hecho, a las formas expresivas del chiste estos puntos de vista de la condensación, el desplazamiento y la figuración indirecta. Esa sería una objeción posible, aunque no justificada todavía. Muy bien podría suceder que para discernir la concordancia real y objetiva haya sido indispensable aguzar antes nuestra concepción mediante el conocimiento del trabajo del sueño. Por cierto, lo único que permitirá decidir la cuestión será que la crítica examinadora demuestre en los ejemplos individuales que semejante concepción de la técnica del chiste es forzada, y en aras de ella se sofocaron otras concepciones evidentes y de alcance más profundo, o bien se vea precisada a admitir que en el chiste se corroboran efectivamente las expectativas que traíamos desde el sueño. Opino que no debemos temer esa crítica y que nuestros procedimientos de reducción nos indicaron de una manera confiable las formas expresivas en que debían buscarse las técnicas del chiste. Y teníamos todo el derecho de dar a esas técnicas unos nombres que anticiparan ya esta conclusión, la concordancia entre técnica del chiste y trabajo del sueño; en verdad, no ha sido sino una simplificación fácil de justificar.

Otra objeción no afectaría tanto nuestra causa, pero tampoco se la podría refutar tan radicalmente. Podría pensarse: esas técnicas del chiste que tan bien armonizan con nuestros propósitos merecen, sí, que se las reconozca, pero no serían todas las técnicas de chiste posibles o empleadas en la práctica. Habríamos escogido entonces, influidos por el arquetipo del trabajo del sueño, sólo las técnicas de chiste que se le adecuan, omitiendo otras capaces de demostrar que aquella concordancia no es universal. Y en verdad (o no me atrevo a afirmar que haya logrado esclarecer todos los chistes en circulación, con referencia a su técnica; por eso dejo abierta la posibilidad de que mi recuento de las técnicas de chiste permita discernir muchas omisiones, pero lo cierto es que no he dejado adrede de elucidar ninguna variedad de técnica que yo penetrara, y puedo afirmar que no se me han escapado los más frecuentes, importantes y característicos recursos técnicos del chiste.

El chiste posee aún otro carácter que concuerda satisfactoriamente con nuestra concepción, oriunda del sueño, sobre el trabajo del chiste. Y es que se dice: uno «hace» el chiste, pero siente que su comportamiento es allí diverso de cuando formula un juicio o hace una objeción. El chiste posee, de manera sobresaliente, el carácter de una «ocurrencia involuntaria». Un momento antes uno no sabe qué chiste hará, al que luego sólo le hace falta vestir con palabras. Más bien se siente algo indefinible que yo me inclinaría a comparar con una ausencia, un repentino cese de la tensión intelectual, y hete aquí que el chiste brota de golpe, las más de las veces junto va con su vestidura. Muchos de los recursos del chiste, por ¿ejemplo el símil y la alusión, hallan también empleo, fuera de él, en la expresión del pensamiento. Puedo proponerme adrede hacer una alusión. En tal caso tengo primero en las mientes (en la audición interior) la expresión directa de mi pensamiento, me inhibo de exteriorizarla por algún reparo debido a la situación (es como si me propusiera sustituir aquella por una forma de la expresión indirecta) y entonces produzco una alusión; pero la alusión así nacida, formada bajo mi continuo control, nunca es chistosa, por feliz que pudiera resultar; la alusión chistosa, en cambio, aparece sin que yo sea capaz de perseguir en mi pensar esos estadios preparatorios. No pretendo atribuir excesivo valor a esta conducta; difícilmente sea lo decisivo, pero armoniza harto bien con nuestro supuesto de que en la formación del chiste uno abandona por un momento una ilación de pensamiento, que luego de repente aflora como chiste desde lo inconciente.

También en lo asociativo los chistes muestran un comportamiento particular. A menudo no están a disposición de nuestra memoria cuando lo queremos, y otras veces, en cambio, se instalan de una manera como involuntaria y aun en lugares de nuestra ilación de pensamiento donde no comprendemos su injerencia. Tampoco son estos más que unos pequeños rasgos, pero que de todos modos señalan su descendencia de lo inconciente.

Procuremos reunir ahora los caracteres del chiste que se puedan referir a su formación en lo inconciente. Tenemos sobre todo su peculiar brevedad, un rasgo por cierto no indispensable de él, pero enormemente singularizador. Cuando lo hallamos por primera vez nos inclinamos a considerarlo una expresión de tendencias al ahorro, pero enseguida desvalorizamos esta concepción mediante unas objeciones naturales. Ahora nos parece más bien signo de la elaboración inconciente que el pensamiento del chiste ha experimentado. En efecto: a su correspondiente en el sueño, la condensación, no podemos acordarlo con otro factor que la localización en lo inconciente, y tenemos que suponer que en el proceso del pensar inconciente están dadas las condiciones, faltantes en lo preconciente, de esas condensaciones . Cabe esperar que en el proceso de condensación se pierdan algunos de los elementos a él sometidos, mientras que otros, que se hacen cargo de la energía de investidura de esos, se edifiquen por la condensación fortalecidos o hiperintensos. La brevedad del chiste sería entonces, como la del sueño, un necesario fenómeno concomitante de las condensaciones sobrevenidas en ambos; en los dos casos, un resultado del proceso condensador. A ese origen debe también la brevedad del chiste su particular carácter, no más definible, pero llamativo a la sensación.

Ya antes hemos concebido corno ahorro localizado uno de los resultados de la condensación, a saber, la acepción múltiple del mismo material, el juego de palabras, la homofonía, y derivamos de un ahorro así el placer que procura el chiste (inocente); luego descubrimos el propósito originario del chiste en obtener con las palabras aquella misma ganancia de placer de que se era dueño en el estadio del juego, y a la que en el curso del desarrollo intelectual le fue poniendo diques la crítica de la razón. Ahora nos hemos decidido por el supuesto de que unas condensaciones corno las que sirven a la técnica del chiste nacen de manera automática, sin propósito fijo, durante el proceso del pensar en lo inconciente. ¿No estamos frente a dos diversas concepciones del mismo hecho, que parecen inconciliables entre sí? Creo que no; es verdad que son dos concepciones diversas y reclaman que se las acuerde una con la otra, pero no se contradicen. Simplemente, son ajenas entre sí, y cuando establezcamos un. vínculo entre ellas es probable que hayamos avanzado un paso en nuestro conocimiento. Que tales condensaciones sean fuente de una ganancia de placer se concilia muy bien con la premisa de que hallan con facilidad en lo inconciente las condiciones de su génesis; más bien vemos la motivación para la zambullida en lo inconciente en la circunstancia de que ahí es fácil que se produzca la condensación, dispensadora de placer, que el chiste necesita. También otros dos factores que en un primer abordaje parecen por completo ajenos y como reunidos por un indeseado azar se discernirán, considerados más a fondo, como íntimamente enlazados y hasta de una misma esencia. Me refiero a estas dos tesis: por una parte, el chiste pudo producir en el curso de su desarrollo, en el estadio del juego (vale decir, en la infancia de la razón), esas condensaciones placenteras; por la otra, en estadios más altos consuma esa misma operación mediante la zambullida del pensamiento en lo inconciente. Es que lo infantil es la fuente de lo inconciente, y los procesos del pensar inconciente no son sino los que en la primera infancia se establecieron en forma única y exclusiva. El pensamiento que a los fines de la formación del chiste se zambulle en lo inconciente sólo busca allí el viejo almácigo que antaño fue el solar del juego con palabras. El pensar es retraído por un momento al estadio infantil a fin de que pueda tener de nuevo al alcance de la mano aquella fuente infantil de placer. Si no se lo supiera ya por la exploración de la psicología de las neurosis, por fuerza se vislumbraría a raíz del chiste que esa rara elaboración inconciente no es otra cosa que el tipo infantil del trabajo de pensamiento. Sólo que no es muy fácil atrapar en el niño este pensar infantil con sus peculiaridades, que se conservan en lo inconciente del adulto; en efecto, las más de las veces se lo corrige por así decir in statu nascendi. Pero en una serie de casos se lo consigue, y entonces reímos siempre por la «tontería infantil». Cada descubrimiento de algo así inconciente produce sobre nosotros un efecto «cómico».
Más fáciles de asir son los caracteres de estos procesos del pensar inconciente en las exteriorizaciones de los aquejados por diversas perturbaciones psíquicas. Es harto probable que, según conjeturaba el viejo Griesinger , fuéramos capaces de comprender los delirios {Delirie} de los enfermos mentales y apreciarlos como unas comunicaciones si, en vez de plantearles los requerimientos del pensar conciente, los tratáramos con nuestro arte interpretativo al igual que a los sueños.  También para el sueño hemos hecho valer en su momento el «regreso de la vida anímica al punto de vista embrional».

Hemos elucidado tan a fondo en los procesos de condensación el valor de la analogía entre chiste y sueño que podemos abreviar en lo que sigue. Sabemos que en el trabajo del sueño los desplazamientos señalan la injerencia de la censura propia del pensar conciente, y, de acuerdo con ello, cuando tropecemos con el desplazamiento entre las técnicas del chiste nos inclinaremos a suponer que también en su formación desempeña algún papel un poder inhibidor. Y sabemos ya, además, que esto es así universalmente: el afán del chiste por ganar el antiguo placer obtenido en el disparate o en la palabra es inhibido, en un talante normal, por la objeción de la razón crítica; y en cada caso es preciso vencer esa inhibición. Pero en la manera como el trabajo del chiste resuelve esta tarea se muestra una honda diferencia entre chiste y sueño. En el trabajo del sueño la regla es que se la solucione mediante desplazamientos, eligiéndose representaciones que la censura deja pasar porque se hallan a suficiente distancia de las objetadas, no obstante lo cual son retoños de estas, de cuya investidura psíquica las ha posesionado una plena trasferencia.  Por eso los desplazamientos no faltan en ningún sueño y son muy proficuos; no sólo los desvíos de la ilación de pensamiento, sino todas las variedades de la figuración indirecta, deben incluirse entre los desplazamientos, en particular la sustitución de un elemento sustantivo, pero chocante, por otro indiferente, pero que a la censura le parece inocente y se relaciona con aquel como remotísima alusión: la sustitución por un simbolismo {SymboIik}, un símil, algo pequeño. No cabe desechar que fragmentos de esta figuración indirecta aparezcan ya en los pensamientos preconcientes del sueño (p. ej., la figuración por símbolos o por símiles), pues de otro modo tales pensamientos ni siquiera habrían alcanzado el estadio de la expresión preconciente. Figuraciones indirectas de esta índole, y alusiones cuyo vínculo con lo genuino es fácil de descubrir, son por cierto medios de expresión permitidos y muy usados en nuestro pensar conciente. Pero el trabajo del sueño exagera más allá de todo límite el empleo de esos medios de la figuración indirecta. Bajo la presión de la censura, todo nexo es bueno para servir como sustituto por alusión; se admite el desplazamiento desde un elemento sobre cualquier otro. Muy llamativa y característica del trabajo del sueño es la sustitución de las asociaciones internas (semejanza, nexo causal, etc.) por las llamadas externas (simultaneidad, contigüidad en el espacio, homofonía).

Todos esos medios de desplazamiento intervienen también como técnicas del chiste, pero cuando ello sucede las más de las veces respetan los límites trazados a su empleo en el pensar conciente; además, pueden estar por completo ausentes, aunque el chiste deba tramitar regularmente una tarea de inhibición. Comprenderemos que los desplazamientos sean así relegados en el trabajo del chiste si recordamos que todo chiste dispone de otra técnica con la cual defenderse de la inhibición, y que incluso no hemos hallado nada más característico de él que, justamente, esa técnica: el chiste no crea compromisos como el sueño, no esquiva la inhibición, sino que se empeña en conservar intacto el juego con la palabra o con el disparate, pero limita su elección a casos en que ese juego o ese disparate puedan parecer al mismo tiempo admisibles (chanza) o provistos de sentido (chiste), merced a la polisemia de las palabras y la diversidad de las relaciones entre lo pensado. Nada separa mejor al chiste de todas las otras formaciones psíquicas que esa su bilateralidad y duplicidad, y es al menos desde este ángulo como los autores, insistiendo en el «sentido en lo sin sentido», más se han acercado al conocimiento del chiste.

Dado el predominio sin excepciones de esa técnica peculiar del chiste para superar sus inhibiciones, podría hallarse superfluo que además se sirviera, en casos individuales, de la técnica del desplazamiento; no obstante, por un lado, ciertas variedades de esta última siguen poseyendo valor para el chiste como metas y fuentes de placer, como por ejemplo el desplazamiento en sentido propio (desvío respecto de lo pensado), que sin duda comparte la naturaleza del disparate; y, por otro lado, no hay que olvidar que el chiste en su estadio más alto, el del chiste tendencioso, a menudo tiene que vencer dos clases de inhibiciones, las propias de él y las que contrarían su tendencia, y que las alusiones y desplazamientos son idóneos para posibilitarle esta secunda tarea.

El empleo generoso e irrestricto de la figuración indirecta, de los desplazamientos y, en particular, de las alusiones en el trabajo del sueño tiene una consecuencia que no menciono por su valor intrínseco sino porque constituyó la ocasión subjetiva que me llevó a considerar el problema del chiste. Si a una persona que lo ignore o no esté habituada le comunicamos el análisis de un sueño en que así se evidencien esos raros caminos, chocantes para el pensar despierto, de las alusiones y desplazamientos de que se ha servido el trabajo del sueño, ese lector experimenta una sensación de molestia, declara «chistosas» tales interpretaciones, pero es manifiesto que las considera unos chistes no logrados, sino rebuscados y que de algún modo infringen las reglas del chiste. (ver nota) Ahora bien, es fácil explicar esa impresión: se debe a que el trabajo del sueño emplea los mismos recursos que el chiste, pero rebasando los límites que este último respeta. Pronto nos enteraremos, además, de que el chiste, a consecuencia del papel de la tercera persona, está atado a cierta condición que no vale para el sueño.

Entre las técnicas comunes a chiste y sueño reclaman cierto interés la figuración por lo contrario y el empleo del contrasentido. La primera se cuenta entre los recursos de gran eficacia para el chiste, como pudimos verlo, por ejemplo, en los «chistes de sobrepuja». En lo que a ella respecta, digamos de paso que no podría sustraerse de la atención conciente, como sí escapan de esta la mayoría de las otras técnicas de chiste; quien hace adrede todo lo posible para activar dentro de sí el mecanismo del trabajo del chiste, el chistoso por hábito, suele descubrir enseguida que a fin de replicar a una afirmación con un chiste lo más fácil es atenerse a su contraría y dejar librado a la ocurrencia el eliminar, mediante una reinterpretación, el veto que sería de temer a eso contrario. Acaso la figuración por lo contrario deba esa predilección a la circunstancia de constituir el núcleo de otro modo placentero de expresión del pensamiento, para entender el cual no nos hace falta requerir a lo inconciente. Me refiero a la ironía, que se aproxima mucho al chiste y se incluye entre las subvariedades de la comicidad. Su esencia consiste en enunciar lo contrario de lo que uno se propone comunicar al otro, pero ahorrándole la contradicción mediante el artificio de darle a entender, por el tono de la voz, los gestos acompañantes o pequeños indicios estilísticos -cuando uno se expresa por escrito-, que en verdad uno piensa lo contrario de lo que ha enunciado. La ironía sólo es aplicable cuando el otro está preparado para escuchar lo contrario, y por ende no puede dejar de mostrar su inclinación a contradecir. A consecuencia de este condicionamiento, la ironía está particularmente expuesta al peligro de no ser entendida. Para la persona que la aplica tiene la ventaja de sortear con facilidad las dificultades de unas exteriorizaciones directas, por ejemplo en el caso de invectivas; en el oyente produce placer cómico, probablemente porque le mueve a un gasto de contradicción que enseguida discierne superfluo. Semejante comparación del chiste con un género de lo cómico próximo a él acaso nos reafirme en el supuesto de que el vínculo con lo inconciente es lo específico del chiste, y quizá sea eso lo que lo separa de la comicidad. 

A la figuración por lo contrario le cabe en el trabajo del sueño un papel todavía más importante que en el chiste. El sueño no sólo gusta de figurar dos opuestos por un mismo producto mixto; además muda tan a menudo una cosa de los pensamientos oníricos en su contraria que ello plantea una gran dificultad al trabajo de interpretación. «De un elemento que admita contrario no se sabe a primera vista sí en los pensamientos oníricos está incluido de manera positiva o negativa».

Debo poner de relieve que este hecho en modo alguno ha hallado comprensión todavía. Sin embargo, parece apuntar a un importante carácter del pensar inconciente, en el cual, según toda verosimilitud, falta todo proceso comparable al «juzgar». En lugar de la desestimación por el juicio (Urteilsverwerfung}, hallamos en lo inconciente la- «represión» {Verdrängung, «esfuerzo de desalojo»). Acaso la represión pueda describirse correctamente como el estadio intermedio entre el reflejo de defensa y el Juicio adverso {Verurteilung}.

El disparate, lo absurdo, que tan a menudo se presenta en el sueño y le ha valido tanto desprecio inmerecido, nunca nace al azar de un entrevero de elementos de representación; en todos los casos puede demostrarse que el trabajo del sueño lo acogió adrede y lo destinó a figurar una crítica acerba y una contradicción despreciativa incluidas en los pensamientos oníricos.. Por tanto, la absurdidad del contenido del sueño sustituye al juicio «Eso es un disparate», de los pensamientos oníricos.  En mi obra La interpretación de los sueños puse particular empeño en demostrarlo, porque me pareció el modo más incisivo de combatir el error según el cual el sueño no sería ningún fenómeno psíquico, error que bloquea el camino hacía el discernimiento de lo inconciente. Ahora hemos averiguado, a raíz de la resolución de ciertos chistes tendenciosos, que en el chiste el disparate se pone al servicio de los mismos fines figurativos. También sabemos que una fachada disparatada es en él particularmente apta para elevar el gasto psíquico del oyente e incrementar, así, el monto que se libera en la descarga mediante la risa. Mas no hemos de olvidar, por otra parte, que el disparate es en el chiste un fin autónomo, pues el propósito de recuperar el antiguo placer que brinda el disparate se cuenta entre los motivos del trabajo del chiste. Hay otros caminos para recuperar el disparate y extraerle placer; la caricatura, la exageración, la parodia y el travestismo se valen de él y crean de ese modo el «disparate cómico». Si sometemos estas formas expresivas a un análisis semejante al que practicamos sobre el chiste, hallaremos que ninguna de ellas ofrece asidero para aducir en su explicación unos procesos inconcientes tal como nosotros 'os entendemos. También comprendemos por qué el carácter de lo «chistoso» puede agregarse a la caricatura, la exageración, la parodia, en calidad de complemento; es la diversidad del «escenario psíquico»  la que posibilita esto.

Opino que haber situado el trabajo del chiste en el sistema de lo inconciente se vuelve mucho más valioso para nosotros, desde que nos encamina a entender el hecho de que las técnicas a que el chiste va adherido no sean por otra parte de su exclusivo patrimonio. Muchas dudas que en el curso de nuestra inicial indagación de esas técnicas debimos dejar momentáneamente en suspenso hallan ahora fácil solución. Por eso es tanto más merecedor de nuestra consideración un reparo que podría hacérsenos: el vínculo del chiste con lo inconciente sólo sería innegable respecto de ciertas categorías del chiste tendencioso, a pesar de lo cual nosotros nos inclinamos a extenderlo a todas las variedades y grados de desarrollo del chiste. No podemos esquivar el examen de esta objeción.

Los casos en que con mayor certeza cabe suponer que el chiste se ha formado en lo inconciente son aquellos en que sirve a tendencias inconcientes o reforzadas por lo inconciente, vale decir, la mayoría de los chistes «cínicos». En efecto, en ellos la tendencia inconciente arrastra hacia sí, hacia abajo, hacia lo inconciente, a los pensamientos preconcientes a fin de remodelarlos, proceso para el cual el estudio de la psicología de las neurosis nos ha aportado numerosas analogías. Ahora bien, en los chistes tendenciosos de otra variedad, en el chiste inocente y en la chanza parece faltar esa fuerza de arrastre hacia abajo, lo cual pone en entredicho el vínculo del chiste con lo inconciente.

Pero consideremos ahora el caso en que se da expresión chistosa a un pensamiento en sí no carente de valor y que aflora dentro de la urdimbre de los procesos cogitativos. Para convertirlo en un chiste se requiere, evidentemente, una selección entre las formas expresivas posibles a fin de hallar justo la que conlleve la ganancia de placer en la palabra. Por la observación de nosotros mismos sabemos que no es la atención conciente la que realiza esa selección; pero sin duda la favorecerá que la investidura del pensamiento preconciente sea degradada en inconciente, pues en lo inconciente, como nos lo ha enseñado el trabajo del sueño, los caminos de conexión que parten de la palabra son tratados como si fueran conexiones entre cosas concretas. Para seleccionar la expresión, la investidura inconciente ofrece con mucho las condiciones más favorables. Por otra parte, cabe suponer, sin más, que la posibilidad expresiva que contiene a la ganancia de placer en la palabra ejerce un efecto de arrastre hacia abajo, parecido al que antes ejercía la tendencia inconciente, sobre la versión todavía vacilante de lo pensado preconciente. Respecto del caso, más simple, de la chanza, nos es lícito imaginar que un propósito, en permanente acecho, de alcanzar una ganancia de placer en la palabra se apodera de la ocasión que acaba de darse en lo preconciente a fin de arrastrar también a lo inconciente el proceso de investidura según el consabido esquema.

Desde luego me gustaría, por un lado, poder exponer con mayor claridad este punto decisivo de mi concepción sobre el chiste y, por el otro, reforzarlo con argumentos probatorios. Pero en verdad el defecto no es doble, sino uno y el mismo. No puedo ofrecer una exposición más clara porque no poseo otras pruebas para mi concepción. Obtuve esta partiendo del estudio de la técnica y la comparación con el trabajo del sueño, y sólo desde ahí; luego me fue posible hallar que se adecua maravillosamente a las peculiaridades del chiste. Pero se trata de una concepción deducida, lucubrada; si con una deducción así no se llega a un ámbito familiar, sino más bien a uno ajeno y novedoso para el pensar, se la llama «hipótesis», y acertadamente no se considera una «prueba» el nexo de esa hipótesis con el material desde el cual se la dedujo. Sólo se la considerará «probada» si se llega a ella también por otro camino, si se la puede pesquisar como el punto nodal también de otros nexos. Ahora bien, semejante prueba está fuera de nuestro alcance pues apenas hemos comenzado a anoticiarnos de los procesos inconcientes. En el entendimiento de que nos encontramos en un terreno todavía inhollado, contentémonos con extender desde nuestro puesto de observación un único, endeble y estrecho pasadizo hacia lo inexplorado.

No edificaremos mucho sobre esa base. Si referimos los diversos estadios del chiste a las predisposiciones anímicas que los favorecen, acaso podremos decir: La chanza surge del talante alegre, al que parece corresponderle una inclinación a aminorar las investiduras anímicas. Ya se vale de todas las técnicas características del chiste y llena su condición básica mediante la selección de un material de palabras o de un enlace de pensamientos tales que satisfagan tanto los requerimientos de la ganancia de placer como los de la crítica racional. Inferiremos que ya en la chanza se produce la caída de la investidura de pensamiento en el estadio inconciente, facilitada por el talante alegre. En el caso del chiste inocente, pero enlazado con la expresión de un pensamiento valioso, falta esta promoción por el talante; aquí necesitamos del supuesto de una particular aptitud personal, que se expresa en la ligereza con que la investidura preconciente es abandonada y permutada durante un momento por la inconciente. Una tendencia en continuo acecho a renovar la originaria ganancia de placer del chiste opera aquí arrastrando hacia abajo la expresión preconciente, vacilante aún, de lo pensado, Con talante alegre, sin duda la mayoría de las personas son capaces de producir chanzas; la aptitud para el chiste con independencia del talante existe sólo en unas pocas. Por último, la existencia de tendencias intensas, que llegan hasta lo inconciente, obra como la incitación más potente al trabajo del chiste; ellas constituyen una particular aptitud para la producción chistosa y son capaces de explicamos que las condiciones subjetivas del chiste se realicen tan a menudo en personas neuróticas. Bajo el influjo de intensas tendencias, aun quien de ordinario no esté dotado para ello puede convertirse en chistoso.

Con este último aporte, vale decir el esclarecimiento -aunque todavía hipotético- del trabajo del chiste en la primera persona, nuestro interés por el chiste en sentido estricto queda liquidado. Quizá sólo nos reste una breve comparación del chiste con el sueño, mejor conocido, y que abordaremos con la expectativa previa de que dos operaciones anímicas tan diversas permitirán discernir, además de su ya apreciada concordancia, algunas diferencias, La más importante reside en su conducta social. El sueño es un producto anímico enteramente asocial; no tiene nada que comunicar a otro; nacido dentro de una persona como compromiso entre las fuerzas anímicas que combaten en ella, permanece incomprensible aun para esa persona y por tal razón carece de todo interés para otra. No sólo no le hace falta atribuir valor al hecho de ser entendido: debe precaverse de serlo, pues de lo contrario se destruiría; sólo puede consistir en el disfraz. Por eso le es lícito servirse sin inhibiciones del mecanismo que gobierna los procesos del pensar inconciente hasta obtener una desfiguración ya no reconstruible. El chiste, en cambio, es la más social de todas las operaciones anímicas que tienen por meta una ganancia de placer. Con frecuencia necesita de terceros, y demanda la participación de otro para llevar a su término los procesos anímicos por él incitados. Tiene, por consiguiente, que estar atado a la condición de ser entendible y no puede utilizar la desfiguración, posible en lo inconciente por condensación y desplazamiento, sino hasta el punto en que el entendimiento de la tercera persona la pueda reconstruir. Por lo demás, ambos, chiste y sueño, crecen en ámbitos enteramente diversos de la vida anímica y son colocados en unos lugares del sistema psicológico muy distantes entre sí. El sueño es siempre un deseo, aunque vuelto irreconocible; el chiste es un juego desarrollado. El sueño, a pesar de su nulidad práctica, mantiene su conexión con los grandes intereses vitales; busca satisfacer las necesidades por el rodeo regresivo de la alucinación y debe su admisión a la única necesidad que se mueve durante la noche, la de dormir. En cambio, el chiste procura extraer una pequeña ganancia de placer de la mera actividad de nuestro aparato anímico, exenta de necesidades; luego procura atraparla, como una ganancia colateral, en el curso de la actividad de aquel, y así alcanza, secundariamente, unas funciones vueltas hacia el mundo exterior, que no carecen de importancia. El sueño sirve predominantemente al ahorro de displacer; el chiste, a la ganancia de placer; ahora bien, en estas dos metas coinciden todas nuestras actividades anímicas.

 

 

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