
WITOLD GOMBROWICZ Y ANTONI SLONIMSKI
El
sol del universo gombrowiczida sigue siendo “Ferdydurke”, sería útil
pues conocer el origen de este universo que despierta tantas
inspiraciones entre los miembros del club.
“Después de haber acabado
mi comedia ‘Ivona, princesa de Borgoña’ que, si bien había sido
publicada en ‘Skamander’, no tenía ninguna probabilidad de llegar al
escenario en razón de su modernidad, me puse a trabajar sobre una
novela que jamás soñé que llegaría a titularse ‘Ferdydurke’ (...)”
“Empecé
a escribirla en un estado de ánimo extraño, como de desdoblamiento. Se
arremolinaban en mí ambiciones, rencores dolorosos, me sentía irritado
y vengativo, así como deseoso de probar mis posibilidades, pero al
mismo tiempo, mi sentido común que por suerte nunca me abandonaba, me
dictaba que no debía medir mis fuerzas por mis intenciones, sino más
bien mis intenciones por mis fuerzas (...)”
“Comencé
pues el esbozo de algo que yo concebía como una simple sátira, nada más
que me permitiera sobresalir por mi humor y tal vez, ése era mi sueño,
igualar a Antoni Slonimski, cuyo sentido del humor admiraba. Éstas eran
mis perspectivas al escribir las primeras treinta o cuarenta páginas
(...)”
“Pero algunas escenas me salieron más fuertes... o tal vez
más estrafalarias... la sátira se inclinaba hacia lo grotesco, a lo
desenfrenado hasta más no poder, hacia lo enloquecido e insólito y eso
nada tenía que ver con el humor de Slonimski. Decidí mantener toda la
obra en este espíritu, volvía a comenzarla desde el principio y de este
modo, poco a poco, empezó a nacer un cierto estilo que iba a absorber
mis sufrimientos y rebeliones más esenciales (...)”
“Menciono estos detalles porque en la
mayoría de los casos sucede así: ‘elevando’ el texto al nivel de los
fragmentos más logrados, se crea la forma de la literatura”
Estos
detalles son descriptos en los diarios por Gombrowicz como una ultra
actividad de la forma que se desarrolla por sí misma en el acto de la
creación literaria. Existe un ascenso desde los primeros elementos
individuales que crecen siguiendo la ley de la acumulación formal,
hasta la visión general que cierra el conjunto.
Una clase de esos
elementos son frases sueltas y situaciones excitantes, de los que
sobreviven unos pocos. Esta función de control que el autor ejerce,
eliminando buena parte de los primeros miembros de un conjunto que se
va formando, es muy importante y está presente en todo el proceso..
Las
frases y los elementos en estado caótico le impondrán al autor, por la
propia necesidad interna de la forma, una representación más amplia:
escenas y una trama en estado de nacimiento que sólo deben satisfacer
las necesidades de la imaginación. En este segundo momento, el caos
inicial se reduce y aparecen con alguna claridad las asociaciones y los
elementos excitantes y misteriosos cuya acción se amplía; un repiqueteo
que el autor debe buscar siempre.
También
aquí es necesaria la actividad de eliminación. Mediante este proceso de
control, el autor debe contrastar siempre el resultado con el sentido
interior de su vida que, sin embargo, no conoce. Los miembros de este
conjunto, si es que la creación se realiza de esta manera, es decir, si
el autor evita la intervención pesada de las líneas de realidad,
adoptan un comportamiento que define su naturaleza y sus funciones.
Es
aquí donde aparecen las escenas claves, las metáforas y los símbolos
que ya apuntan en una dirección determinada ante la que no se puede
exclamar: ¡elimino! Del caos inicial, por una acumulación de forma, se
pasa a las escenas, a los personajes, a los conceptos y a las imágenes
que el proceso de control ya no puede eliminar, y lo ya creado dictará
el resto: “Tu principio debe ser el siguiente: no sé dónde me llevará
la obra pero, me lleve donde me lleve, tiene que expresarme y
satisfacerme”.
El
sentido interior de la vida es el ángel de la guarda que toma la
palabra para confrontar constantemente la imaginación con la realidad y
para mediar en la lucha entre la vida y la existencia: “Cuanto más
loco, fantástico, intuitivo, imprevisible e irresponsable seas, tanto
más sobrio, responsable y dueño de ti mismo debes ser”.
Antoni
Slonimski, poeta, dramaturgo, publicista, crítico teatral, uno de los
fundadores del grupo “Skamander”, autor de unas famosas crónicas
semanales, es pues el origen del universo gombrowiczida.
“Solonimski. Éste sí que nos salió bien, por fin había un
escritor de verdad, plenamente realizado (...)”
“Los
versos de Slonimski no me seducían, para mí su poesía eclosionaba en la
prosa, en sus crónicas: allí es donde se largaba contra todo y contra
todos y donde se divertía, un maestro en organizar comedias de las que
él mismo era protagonista (...) Yo afirmo que con él se educó una
generación; no necesariamente hay que ser un dios para tener adeptos
(...)”
“Pero lo que considero importante y curioso es que la
prosa de Slonimski, probablemente la única prosa eficaz de la Polonia
independiente, consistía en arrastrar las alturas hacia abajo, hacia el
terreno del sentido común y del pensamiento realista. Su fuerza
consistía en pinchar globos, pero eso no requiere mucha fuerza”
El
sentido del humor que Gombrowicz admiraba en Slonimski fue apagándose
poco a poco con el paso del tiempo a medida que Europa se encaminaba
inexorablemente al desastre total. En el año 1947 Slonimski escribe un
poema: “Elegía por los pequeños pueblos judíos de Polonia” en el que no
quedan ni rastros de su sentido del humor
“Han
desaparecido esos pequeños pueblos/ Donde el viento unía los cánticos
bíblicos/ Con las tonadas polacas y el lamento eslavo/ Han desaparecido
esos pequeños pueblos/ Donde el zapatero era poeta, el relojero un
filósofo/ Y el peluquero un trovador”
Gombrowicz explica en
los diarios con mano maestra el por qué Slonimski cambió de humor. La
tesis de Gombrowicz es que Hitler se armó de una enorme audacia para
alcan-zar el límite del terror, y creció con el miedo ajeno. Aplicó el
prin-cipio de que ganaría el que tuviera menos miedo, y que el secreto
del poder consiste en dar un paso más, en aterrorizar al otro y
aplastar-lo, tanto que el otro sea una persona o una nación; ese paso
más frente al que los demás exclaman: –No lo doy.
Quiso que una
vida extremadamente cruel fuera la prueba definitiva de su capacidad de
vivir, y quiso también alcanzar la he-roicidad luchando contra su
propio miedo. Se prohibió la debilidad y se cortó la retirada, una
estrategia absolutamente contraria a las tácticas de Gombrowicz.
Es
muy útil descomponer el ascenso de la forma desde la persona hasta la
historia, siguiendo el camino de Hitler. Primero se unió a un conjunto
pequeño de indivi-duos y se hizo líder de ese grupo reducido a partir
de sus cualidades personales, y en esta primera fase del proceso la
idea era el instru-mento para conseguir el sometimiento del otro. Hasta
aquí, tanto el líder como sus subalternos estaban situados en un
terreno humano, po-dían renunciar. Aquí empieza a aparecer un factor
decisivo: el aumen-to de la cantidad cambia la dimensión, se hace
inaccesible para un so-lo individuo. La forma demasiado pesada y maciza
empezaba a vivir su propia vida. Un poco de fe en cada obediente se
multiplicó por la can-tidad y se convirtió en una carga de fe
peligrosa, porque cada uno de ellos ya no podía saber cómo
reaccionarían los demás, a los que no co-nocía, si se le ocurriera
decir: –Renuncio.
Hitler,
reforzado por la cantidad y por la fe, había crecido, pero todavía no
había nada en su naturale-za privada ni en la de los otros que les
impidiera tomar la palabra, y decir: –Paso. La forma creció por su
propia ley general y transfirió a una esfera superior la acción de la
conciencia individual: Hitler fue dejando de actuar con su propia
energía y utilizó la fuerza de la ma-sa, superior a la suya propia.
El
grado de excitación entre el líder y sus subordinados creció en audacia
y alcanzó tal estado de ebullición que el conjunto se volvió terrible y
superó la capacidad de cada uno de sus miembros. En este continuo
ascenso de la forma, el terror se a-poderó de todos, también del jefe,
que entró en una dimensión extrahuma-na; ya nadie podía retroceder,
porque sus conductas habían sido trans-feridas de la región humana a la
interhumana.
Gombrowicz
introduce la idea teatral del artificio, una idea que denota todo su
mundo. Hitler finge ser más valiente de lo que es para forzar a los
demás en esta carrera enloquecida del crecimiento de la forma, pero de
este artifi-cio nació una realidad que produjo hechos. Las masas no
pudieron sen-tir el carácter teatral de la actuación de su líder, y una
nación de millones de habitantes retrocedió aterrorizada ante la
aplastante vo-luntad de su jefe.
El jefe se vuelve grande con una
grandeza extraña cuyo rasgo característico es que se crea desde el
exterior. Hitler se había partido en dos: un Hitler privado con
pensamientos y sentimien-tos simples estaba en manos del Gran Hitler,
que se le imponía desde afuera.
Una vez que estas
transformaciones entraron en la esfera inter-humana, la idea ya no
funcionó, porque no era necesaria, era una aparien-cia detrás de la
cual el hombre se posesionó del hombre. Una mano blan-da que no hacía
tanto tiempo tomaba un pincel para hacer trazos sobre una tela se
convirtió en una maza con la que se golpeó a la historia.
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