
WITOLD GOMBROWICZ Y TADEUSZ PIEPER
“El
café Ziemianska tenía su jerarquía; era una especie de edificio
espiritual compuesto de varios pisos, donde no resultaba fácil pasar de
un piso más bajo a otro superior. La planta baja estaba ocupada por
unos jóvenes variopintos, debutantes aún desconocidos, generalmente sin
derecho a voz, así como por otros admiradores provenientes sobre todo
del medio de la pequeña intelligentsia, a quienes su falta de educación
y de carácter mundano impedía participar activamente en los simposios
(...)”
“Una especie de coro griego, pero mudo, importante por su
misma presencia. Cuando unos cuantos de esos catadores silenciosos se
acercaba a uno de los grupos y se sentaba a su mesa sin decir nada, eso
significaba que allí iban a ocurrir cosas dignas de atención, ya que
eran unos expertos a quienes no se les escapaba ningún valor cotizado
en esa bolsa literaria (...)”
Poco
a poco, en el café Ziemianska, Gombrowicz fue encontrando su lugar en
el mundo, y como no hay mal que dure cien años, las cosas empezaron
cambiar. Escribiendo y frecuentado los cafés consiguió un prestigio
considerable. Su mesa, a la que concurría un gran número de
admiradores, era testigo de sus bromas, sus gestos, sus dichos, su
dialéctica, sus elevaciones líricas, sus razonamientos filosóficos y
psicológicos, sus declaraciones artísticas, sus ataques arrolladores y
sus provocaciones taimadas que electrizaban a sus oyentes.
“Cuando
se dieron cuenta que mi mesa tenía una tendencia a prosperar, gente con
cara de sentarse en la primera fila del teatro empezó enseguida a
acercarle sus sillas; noche tras noche se repetía la misma escena en un
silencio absoluto interrumpido sólo a veces por una tos o una risotada
(...)”
“En el primer
piso se encontraban sobre todo los ‘poetas del proletariado’; esta
denominación abarcaba no solamente a los cantores de la clase obrera,
sino aquellos que, descendientes de clases sociales inferiores, se
convirtieron en adoradores de surrealismos, dadaísmos y otros
ultramodernismos por el estilo, que servían para disimular sus
primitivismos y oscurantismos más esenciales (...)”
“Estos ‘poetas
del proletariado’ tomaban parte en discusiones pero no sin grandes
dificultades ya que generalmente no tenían más que un solo caballo para
montar, por ejemplo el marxismo, o la estética poética de Tadeusz
Peiper, o bien el psicoanálisis, mientras todos los demás caballos de
la humanidad eran para ellos totalmente desconocidos (...)”
El
poeta polaco Tadeusz Peiper, uno de los principales animadores de la
vanguardia literaria polaca y fundador del movimiento “Awangarda
Krakowska” fue el principal introductor de la poesía ultraísta en
Polonia. Peiper creía que un escritor debe parecerse a un hábil
artesano, planificando cuidadosamente todo su trabajo.
Líder
de la vida literaria y de la llamada “Vanguardia de Cracovia” Tadeusz
Piper extendió su influencia a otras ciudades del renacido estado
polaco independiente con sus mensajes de optimismo civilizador y
confianza en los éxitos de la ciencia, el conocimiento y la técnica. A
pesar de todo su vanguardismo tomó un camino distinto al de los
skamandritas del café Ziemianaka a los que no consideraba
verdaderamente innovadores.
“Es necesario reconocer, además, que
en esa misma situación poco confortable se hallaba la mayoría de los
que frecuentaban el café Ziemianska; la ignorancia de esos
intelectuales era algo increíble: de un lío de lecturas y conceptos, de
unos párrafos y fragmentos asimilados a tontas y a locas, nacía un
saber fantástico y proteiforme como la nube de Falstaff (...)”
“En
el piso superior estaban ya los ‘grandes nombres’, autores y artistas
cuyas acciones se cotizaban aunque todavía no podían pretender la
gloria. Y arriba de todo, incluso en el sentido físico de la palabra,
puesto que era un piso que se hallaba en un entresuelo, elevado por
encima de la muchedumbre, irradiaba su esplendor la musa de los
Skamandritas”
Sartre pasa gran parte de su vida y escribe la
mayoría de sus obras en la atmósfera impersonal del humo del
cigarrillo, el olor de café, el entrechocar de tazas, los fragmentos de
conversaciones, y el ir y venir de un café parisiense. El Café Flore y
el Café Pont Royal se convirtieron con el transcurso del tiempo en la
Meca de la filosofía existencialista.
La atmósfera del café está
tan arraigada en la mente de Sartre que incluso explica teorías
metafísicas en el más erudito de sus libros con ejemplos tomados de la
vida de café. Doscientos años antes ya decían que en París sabían como
preparar esa bebida de tal manera que engendrara el ingenio en aquellos
que la tomaban. Por lo menos cuando salían de allí, todos ellos se
consideraban cuatro veces más inteligentes que cuando entraban.
“Frecuentar
un café puede convertirse en un vicio, igual que el del vodka. Para un
verdadero adicto, el no acudir a su café a una hora determinada
significa sencillamente sentirse enfermo. En poco tiempo llegué a ser
tan maniático que renuncié a todas las demás ocupaciones de las tardes,
como el teatro, el cine y la vida mundana (...)”
“Mi actitud en el
café Ziemianska se caracterizaba por una desenvoltura que demostraba
claramente que no tenía necesidad de ganarme la vida con la pluma ni
apresurar nerviosamente mi carrera de escritor (...) Supongo que la
cantidad de tonterías, absurdos e idioteces proferidos por mí en el
Ziemianska debería alcanzar unas cifras astronómicas y, sin embargo, a
través de todas esas locuras, se trasparentaba mi natural sentido común
y esa lucidez y ese realismo que siempre ha estado alerta en mí”
En
las vísperas de la primera guerra mundial, cuando Europa estaba
arrastrada por la vanguardia, el proletariado, el surrealismo, el
social realismo, el ocaso de la burguesía y del feudalismo, Gombrowicz
maniobraba en una mesa del café Ziemianska con su abolengo: –Mi abuela
es prima de los Borbones españoles. Realizaba también actos de
servidumbre, por ejemplo, le alcanzaba el azúcar a un poeta de clase
social alta, y no al mejor poeta que era de familia pobre.
Apoyaba
la opinión de otro porque era de una familia de terratenientes: –La
poesía es muy importante pero ante todo te aconsejo que no seas
provinciano. Aparecían algunas protestas: –No, señores, el arte es un
fenómeno esencialmente heráldico. Y así durante meses, años, con la
imperturbable lógica del absurdo.
Los otros
chillaban y vociferaban pero, poco a poco, sucumbían; una ya decía que
su abuelo era terrateniente, otro, que la hermana de su abuela era del
campo, otro más empezaba a dibujar su blasón en la servilleta.
“¿Socialismo?
¿Surrealismo? ¿Vanguardia? ¿Proletariado? ¿Poesía? ¿Arte? No. Un bosque
de árboles genealógicos y nosotros a su sombra. Una tarde me dijo el
poeta Broniewski: –¿Qué está haciendo usted? ¿Qué sabotaje es éste?
¡Usted ha logrado contagiar de heráldica hasta a los mismísimos
comunistas! (...)”
“Y aquí, en la Argentina, estoy privado hasta de
una café literario, de un grupito de amigos artistas en cuyo seno puede
acogerse en las ciudades de Europa cualquier bohemio, innovador o
vanguardista (...)”
“Yo me veía en el café Rex con mi amigo Eisler, a quien conseguía sacarle algunas monedas ganándole al ajedrez (...) Hubo un
tiempo más animado cuando emprendía la audaz tarea de traducir....(...)”
El
Café Flore y el Café Pont Royal fueron para Sartre lo mismo que lo
fueron el Ziemianska y el Rex para Gombrowicz, donde cada uno llenaba,
o trataba de llenar, sus alforjas vacías.
Gombrowicz no se sentaba a
la mesa los skamandritas en el café Ziemianska, él actuaba casi
únicamente en la planta baja de los cafés, mientras las plantas más
altas prácticamente las ignoraba: –Oiga, dicen que es usted quien reina
en el café Ziemianska, y que no admite en su mesa a ninguno de nosotros.
“Efectivamente,
era así, no los admitía, yo era profeta, charlatán y payaso, pero sólo
lo era entre seres iguales a mí, aún no del todo formados, sin pulir,
inferiores..., a los otros, a los honorables, a los pretenciosos, a los
skamandritas con quienes no me podía permitir una broma, una mofa, una
provocación, una tontería, a quienes no podía imponerle mi estilo,
prefería no tratarlos; ellos me aburrían a mí y sabía que yo también
los aburría a ellos (...)”
“Los
poetas de Skamander eran conscientes de su lugar sólo hasta cierto
punto, conocían su lugar en el arte, pero no sabían cuál era el lugar
del arte en la vida. Conocían su lugar en Polonia, pero ignoraban el
lugar de Polonia en el mundo, ninguno de ellos se elevó tan alto como
para ver la situación de su propia casa”
Los cafés vendrían a
ser algo así como la Palas Atenea de los griegos, entonces, Gombrowicz,
nada más que para llevar la contraria, prepara las armas y empieza a
cañonear a los cafés. Según su parecer algunos escritores son
terriblemente charlatanes. Sus libros son como su prensa literaria, y
su prensa literaria como sus cafés, todo revienta de charlatanería. Las
obras de estos autores no nacen del silencio, se escriben en los cafés,
tienen el rasgo particular de la sociabilidad, una característica de
las personas que no tienen su propio hogar espiritual. Es estos cafés
todas las voces tiene más o menos la misma intensidad y el mismo color.
“Tiempo
atrás, antes de la guerra, yo era, para la heroica izquierda polaca, un
lamentable literato de café..., pero hoy las opiniones y los papeles
han cambiado un poco”
El hombre se siente diferente según esté
en un bosque sombrío, en un jardín podado a la francesa, o en el piso
cuadragésimo de un rascacielos. Los que escriben en los cafés tienen
los límites de su personalidad a la distancia que los separa de las
mesas vecinas. No hay en ellos ni rastros del empeño dramático de un
solitario, les falta la angustia metafísica nacida del silencio, el
método y la disciplina de los laboratorios científicos. Cada uno de
ellos acaba allí donde comienza su vecino; muy cerca.
Algunos se
dan cuenta y hacen lo posible para no parecer escritores de café, pero
sus convulsiones espirituales sólo van dirigidas a no parecerlo; por lo
que se convierten de nuevo en escritores de café, pero al revés. Un
verdadero círculo vicioso. Hay un solo remedio, partir espiritualmente
sin moverse del sitio. Para cultivar el arte los hombres de letras
deben apoyarse en el arte, deben partir en busca del arte más alto para
encontrar en su naturaleza la propia naturaleza.
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