
WITOLD GOMBROWICZ Y PIER PAOLO PASOLINI
El
romanticismo y el bel canto italianos habían cautivado a los polacos
durante mucho tiempo, Italia era para la elite de Polonia una parte del
mundo a la que admiraba y quería imitar. Más que a Schubert y a
Chaikovski, el músico que más admiraba Chopin junto con Bach era
Bellini. Chopin es un belcantista.
“Voy a contar alguna que otra
cosa de mi viaje a Italia; fue mi última confrontación con Europa antes
de la guerra (...) Aquella primavera italiana era espléndida”
Gombrowicz
se había entregado al vagabundeo, el gran esfuerzo que le había demando
“Ferdydurke” había quedado a sus espaldas. En ese año el jurado de
“Wiadomosci Literackie” debía fallar sobre el mejor libro de 1937,
Gombrowicz empezó a gastar zlotys a cuenta, pero el premio se lo dieron
a Boy-Zelenski.
“No me importó mucho, con premio o sin premio sabía que había entrado en la literatura polaca para siempre. Descansaba”
El
aire de Roma, el clima limpio, transparente, latino, contrastaba con
las brumas de Polonia, ese aire tenía para Gombrowicz un perfume
particular. Pero el perfume particular de Italia tenía sin embargo
matices, mejor dicho, extremos, uno es el Cagamármoles y el otro Pier
Paolo Pasolini.
En el tiempo de Gombrowicz el mundo del pensamiento
empezó a caracterizarse por una extraordinaria ingenuidad, animada por
una inmadurez sorprendente, los intelectuales exhortaban a pensar por
la propia cuenta, con la propia cabeza. Las ideas podían tener un
salvoconducto si se las comprendía personalmente, y no sólo eso, había
que experimentarlas en la misma vida, había que tomarlas en serio y
alimentarlas con la propia sangre.
El aumento de este exceso de
responsabilidad tuvo consecuencias paradójicas: el conocimiento y la
verdad dejaron de ser la preocupación principal del intelectual, una
preocupación que fue remplazada por otra, por la preocupación de que
descubrieran su ignorancia. El Cagamármoles se estaba transformando en
un demonólogo del infantilismo, una especialización que hizo desembocar
en una obra a la que dio en llamar “Inmadurez. La enfermedad de nuestro
tiempo”, un libro que dio la vuelta al mundo.
Sea
por la inmadurez, sea porque igual que Gombrowicz estaba subyugado por
la filosofía, la cuestión es que el Cagamármoles se convirtió en el
campeón de los gombrowiczidas italianos, en un asesor filosófico de la
Vaca Sagrada, y en un personaje que le sacó bastante jugo a las ideas
de la juventud y la inmadurez.
Estaba convencido de que entre
las numerosas enfermedades del siglo XX, la inmadurez se había
extendido velozmente como un virus hasta convertirse, en la segunda
mitad del siglo, en un auténtico fenómeno de masas. Año tras año, el
culto a la infancia se ha transformado y radicalizado: hoy los adultos
se ven empujados de forma creciente a conservar, por todos los medios,
su juventud, a pensar como un joven, a comportarse, a vestirse, incluso
a jugar como niños.
El
niño se ha impuesto como paradigma de un ser ideal, y volver a serlo o
seguirlo siendo parece ser ahora el destino de nuestra civilización.
Este libro es una reconstrucción histórica –a través del análisis de
novelas, poemas, pinturas, películas, ensayos de psicología, filosofía
y sociología– de la difusión, en el siglo XX, de la voluntad de no
crecer.
Una actitud que tiene sus orígenes en una cultura que,
fuertemente influida por la religión del Hijo (el cristianismo), ha
impuesto a la cultura occidental una visión de la infancia como bien,
inocencia, belleza y felicidad. El psicoanálisis y Peter Pan, a
principios del siglo pasado, pusieron en entredicho esta visión, junto
con la crisis de la figura del Padre. La inmadurez es entonces para el
Cagamármoles la causa de la decadencia del mundo occidental y del
nacimiento de los totalitarismos.
“(…)
‘Peter Pan’ fue reescrito por lo menos dos veces en el siglo XX. La
primera en 1937 por el polaco Witold Gombrowicz, en su novela
“Ferdydurke”; y la segunda en 1959, por el escritor alemán Günter
Grass, en “El tambor de hojalata”. Son dos versiones de Peter Pan, dos
destinos diferentes (...)”
Pero como a cada acción corresponde
una reacción y a cada tesis una antítesis, nació en Italia un
gombrowiczida que hace honor a este nombre, es decir, verdaderamente
quería matar a Gombrowicz después de haber leído su “Diario”.
“La
imagen que sacamos de Gombrowicz es la de un hombre fallido, no sólo
poco culto, sino también poco inteligente: una especie de grotesco
bufón sin corte que cree que es difícil comprender la verdad y sobre
todo que es obligatorio decirla, que la inoportunidad puede ser
programada, que ser desagradable es un elemento del genio, y que hacer
muecas es una señal de superioridad (...) En cuanto a su fundamental
banalidad, tiene conciencia de ella, y trata de ennoblecerla, adoptando
cierto verticalismo metafísico que ha tomado de aquellos mismos
latinoamericanos que él ha provocado y despreciado”
Lo
acusa de falso anarquismo y servil integración aun reconociendo que no
ha servido a ningún poder particular. Pasolini detesta el retrato de sí
mismo que Gombrowicz dibuja en sus diarios, pero salva los capítulos
que se refieren a los viajes a Tandil y a Santiago del Estero. Se
siente conquistado por la descripción de aquellos muchachos y aplaude
al autor cuando deja de oficiar como un turbulento clérigo de cafés
literarios y se deja arrastrar por la belleza sensual. Pasolini celebra
que el encuentro entre la vejez de Gombrowicz y la juventud del mozo
llegue tan imprevista y tan cargada de gracia y de vitalidad. El poeta
italiano, un hombre que ha llevado hasta las últimas consecuencias
todas sus provocaciones, era, obviamente, particularmente sensible a la
irrupción del deseo frente a los muchachos del subproletariado, a sus
ragazzi di vita: la descripción que Gombrowicz hace de los changos lo
conmueve.
“¿Quiénes
son estos changos? Son unos pequeños siervos subproletarios (...)
entran de repente como personajes esenciales de la vida de Gombrowicz
sólo en esta sección del diario. Su descripción física –que empieza
siempre por las manos– es de una calidad lingüística excepcional, que
une la calma suprema del contemplador con el raptus de quien tiene
intuiciones que arrastran vertiginosamente en el fondo de la inocencia
y de la aberración de la naturaleza (...)”
“Estos changos son
verdaderamente criaturas poéticas que se contraponen a todo lo demás
como ‘otro término’ –al que podríamos llamar juventud, gracia o
belleza– pero que en realidad se queda sin nombre porque el autor lo
separa de su verdadera realidad, que es el sexo”
Pese
a la fascinación que las aventuras de Tandil y Santiago ejercen en él
en cuanto lector, Pasolini no puede perdonarle al polaco que después de
tanto alarde de anticonformismo y de tantas muecas a espaldas de la
normalidad, Gombrowicz “no se atreve a llamar ni a describir todo esto
por lo que es, es decir, pederastía”. En cuanto a Pasolini, todo el
mundo sabe que perdió la vida a manos de un “chango” romano reclutado
entre el hampa de la Stazione Termini en una lluviosa noche de
noviembre de 1975.
Un contraste tan radical entre dos hombres que,
sin embargo, tienen cosas en común quizás pueda explicarse por su
distinta clase social y por la diferente importancia que le daban a las
ideas.
Pier Paolo Pasolini era hijo de un
solado italiano que se hizo famoso por salvar la vida de Benito
Musolini y, en cuanto a las ideas, estaba tan subyugado por las de
Freud y de Marx que le hacía reproches a Gombrowicz por su ignorancia.
El origen y las ideas de Gombrowicz eran otros.
“Yo era, como ya he
dicho, de origen noble, terrateniente, y ésa es una herencia poderosa y
trágica. La primera obra que escribí, a los dieciocho años, era la
historia de mi familia elaborada a partir de nuestros documentos, que
abarcaban cuatro siglos de bienestar en Zemaitija. Un terrateniente, da
igual que sea un noble polaco o un granjero americano, siempre tendrá
una actitud de desconfianza hacia la cultura, puesto que su alejamiento
de las grandes aglomeraciones lo vuelve impermeable a los conflictos y
a los productos interhumanos (...)”
“Y tendrá una naturaleza
de señor. Exigirá que la cultura sea pare él y no él para la cultura;
todo aquello que sea humilde servicio, entrega y sacrificio le
resultará sospechoso. ¿Quién, de aquellos señores polacos que se hacían
traer antaño los cuadros de Italia, habría tenido la idea de postrarse
ante una obra maestra que había colgado de la pared? Ninguno. Trataban
de una manera señorial tanto a las obras como a los maestros (...)”
“Pues
bien, yo, aunque traidor y escarnecedor de mi esfera, pertenecía a ella
a pesar de todo, y como seguramente ya he dicho, muchas de mis raíces
deben buscarse en la época de mayor depravación de la nobleza, el siglo
XVIII (...)Yo, que tenía un pie en el bondadoso mundo de la nobleza
terrateniente y otro en el intelecto y el la literatura de vanguardia,
estaba entre dos mundos (...)”
“Pero estar entre es también un
buen método para enaltecerse, puesto que aplicando el principio de
divide et impera puedes conseguir que ambos mundos empiecen a devorarse
mutuamente, y entonces tú puedes zafarte y elevarte por encima de ellos
(...)”
“La
derecha veía en mí a un bolchevique, mientras que para la izquierda yo
era un anacronismo insoportable. Pero de alguna manera veo en ello mi
misión histórica. ¡Ah, entrar en el mundo con una desenvoltura ingenua,
como un conservador iconoclasta, un terrateniente vanguardista, un
izquierdista de derechas, un derechista de izquierdas, un sármata
argentino, un plebeyo aristócrata, un artista antiartístico, un maduro
inmaduro, un anarquista disciplinado, artificialmente sincero,
sinceramente artificial (...)”
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