
WITOLD GOMBROWICZ Y TADEUSZ KOSCIUSZKO
“Mis
compatriotas de París me gustaban cada vez menos. Me los encontraba de
vez en cuando, más bien poco, un puñado de estudiantes, unas cuantas
familias polacas ya medio afrancesadas. También acudí una o dos veces a
la embajada y saqué de esas vistas una lección para toda la vida: hay
que huir de las ostras de las recepciones en dichas embajadas, así como
del tedio (...)”
“Asimismo asistí, quizás dos veces, a las
celebraciones de la colonia polaca en París. Salí enfadado, furioso,
lleno de una malicia rencorosa... era mucho peor de lo que se podía
esperar de lo que ya me había disgustado en mi país... esos bailes
cracovianos, ese Kosciuszko, ese Copérnico, esos sentimientos, esos
discursos... ese terrible farolear ante Europa de nuestros medios
culturales (...)”
“Pero
en aquellos años, en París, no me sentía capaz todavía de tomar una
postura clara con respecto a la nación, cosa que no sucedería hasta
después de la última guerra, cuando me puse a escribir
‘Transatlántico’. De cualquier forma, París contribuyó mucho en el año
1928 a intensificar mis relaciones con Polonia. La vi desde afuera.
Desde el extranjero. Fue muy instructivo”
Tadeusz Kosciuszko, uno de
los más brillantes generales de Polonia, es un héroe nacional, el más
grande de esa nación. Luchó contra los ejércitos de Rusia, de Prusia y
del imperio Austrohúngaro para conseguir la libertad de su patria, y
participó en las batallas contra los ejércitos de Inglaterra para
conseguir la independencia de los Estados Unidos.
Gombrowicz
estaba hasta la coronilla con la pleitesía que le rendían los polacos a
Kosciuszko y a Copérnico, pero a los días de pisar Buenos Aires se
encuentra otra vez con ellos, es decir, se los encuentra el Gombrowicz
de “Transatlántico”, y se los encuentra justamente en ese lugar del que
había que huir como del tedio. Fue a la embajada, se echó a llorar y se
puso a los pies del embajador, le besó la mano, le ofreció sus
servicios y su sangre, y le rogó que en ese momento sagrado, según
fuera su santa voluntad y entender, dispusiera de su persona.
El
embajador le dijo que sólo podía darle cincuenta pesos, que no tenía
más, pero que si quería irse a Río de Janeiro a importunar al embajador
de allá, le pagaría el viaje y le daría algo más, que no quería
literatos por acá porque lo único que sabían hacer era pedir plata y
después ladrar.
Cuando Gombrowicz se dio cuenta que el
embajador lo estaba despidiendo con moneda menuda le dijo que él era
una literato, pero que además de literato era también un Gombrowicz. Y
cuando le preguntó de cuáles Gombrowicz era Gombrowicz, le respondió
que era Gombrowicz de los Gombrowicz Gombrowicz. El diplomático le
ofreció entonces ochenta pesos en vez de cincuenta, ni un peso más. Le
recordó que estaban en guerra y que había que marchar para vencer a los
enemigos, matarlos, destrozarlos y aplastarlos, y que no fuera ladrando
por ahí que el embajador no había marchado y hablado delante de él. Le
pidió que escribiera artículos sobre Kosciuszko y Copérnico para
celebrar la gloria de los genios polacos, que por ese servicio le podía
pagar setenta y cinco pesos mensuales.
Era
necesario ensalzar a la patria en momentos tan difíciles, pero
Gombrowicz le contestó que no podía hacerlo porque le daba vergüenza,
entonces el embajador lo empezó a tratar de comemierda, y le recordó
que la embajada le había rendido homenaje y que lo iba a presentar a
los extranjeros como el Gran Comemier… Genio Gombrowicz. A Gombrowicz
no le alcanzaban las dos manos pata desacreditar el brillo de la gloria
militar.
“(...)
me mantenía a distancia y cuando me topaba en la calle con los ruidos
de una marcha militar y el ritmo de una tropa que desfilaba a mi lado,
hacía todo lo posible para no seguir su compás. ¿Estaría buscando
quizás mi propia música y mi propia marcha? (...) La vida política no
me interesaba”
En su obra artística Gombrowicz tomaba una
posición ambigua respecto al servicio militar. En uno de sus cuentos el
protagonista cuenta que el horizonte político se volvía cada vez más
amenazador y su novia cada vez más nerviosa. La multitud en las calles,
las tropas se desplazaban hacia el frente. La movilización, los
adioses, las banderas, los discursos. Juramentos, sacrificios,
lágrimas, manifiestos, indignación, exaltación y odio. La amada del
joven ni lo miraba, no tenía ojos más que para los militares.
Él
afirmaba su patriotismo, participaba en juicios sumarios contra espías,
pero algo en la mirada de Jadwiga lo obligó a alistarse como voluntario
en el regimiento de ulanos. Atravesaban la ciudad cantando inclinados
sobre el cuello de sus caballos, una expresión maravillosa aparecía en
el rostro de las mujeres y sentía que muchos corazones latían también
por él.
Y
no entendía el porqué pues no había dejado de ser el conde que era
antes ni el hijo de su madre, el único cambio era que ahora usaba botas
militares y llevaba en el cuello unas tiras color frambuesa. La madre
lo convocaba para que no tuviera piedad, para que arrasara, quemara y
matara, para que destruyera a los malvados.
El padre era un gran
patriota, lloraba en un rincón desconsoladamente y le decía a Stefan
que con la sangre podría borrar la mancha que tenía por su origen, que
pensara siempre y solamente en él y ahuyentara como la peste el
recuerdo de la madre porque podía serle fatal, que no perdonara y que
exterminara hasta el último de esos canallas. Su amada Jadwiga le
entregó por primera vez su boca, era una verdadera delicia. La guerra
era hermosa.
Era
precisamente la conciencia de ese esplendor la que le proporcionaba las
energías para combatir al implacable enemigo del soldado: el miedo. De
cuando en cuando lograba colocar un tiro de fusil en el blanco preciso,
y entonces se sentía columpiado por la sonrisa impenetrable de las
mujeres y hasta le parecía que se ganaba el afecto de los caballos que
hasta el momento sólo le habían propinado coces y mordiscos.
Su
regimiento estaba defendiendo con tesón por tercer día consecutivo una
colina en el frente, con la orden de resistir hasta la muerte. Fue
entonces cuando cayó un obús que le cortó de un tajo ambas piernas al
ulano Kaeperski y le destrozó los intestinos, pero el pobre,
seguramente aturdido, explotó en una carcajada convulsiva que Stefan
tuvo que acompañar.
Cuando terminó la guerra y
volvió a casa con aquella risa sonándole aún en los oídos comprobó que
todo lo que hasta entonces había sostenido su existencia yacía hecho
escombros, que no le quedaba más remedio que volverse comunista.
Yo
me puse en contacto con el Zorro, el embajador de Polonia, para
organizar el homenaje a Gombrowicz en el año del centenario. El Zorro
resultó ser un patriota católico pero sin exageración, abierto y
democrático, admirador de Gombrowicz pero no incondicionalmente.
“La
lucha contra el comunismo, como también la revisión de los esnobismos,
las excentricidades, los excesos del intelectualismo actual, me parecen
muy indicadas y yo mismo las practico. Pero para eso no basta con la
bravura sin más, como aquella de los ulanos de 1939 que cargaron contra
los tanques ante el asombro del mundo entero”
Una tarde,
sentados a una mesa de los jardines del Malba, le recordé al Zorro el
episodio de los ulanos, se puso rojo de ira, me dijo que era pura
patraña, que era un vil mentira. Todo el mundo sabe cuánto de valientes
y heroicos son los polacos, sobre eso no cabe duda, pero también, hay
que decirlo, tienen un gran sentido del humor, de otro modo no se puede
explicar cómo a Gombrowicz no le hubieran roto todos los huesos,
especialmente después de haber publicado “Transatlántico”.
La
Primera Guerra Mundial despertó en Gombrowicz una nostalgia incurable
por Occidente. Seguía con vehemencia los cambios en el frente y marcaba
solemnemente sobre un mapa cada pueblecito tomado como si de eso
dependiera el resultado de la guerra.
Al otro lado de aquel
frente estaba la Europa que le despertaba la nostalgia, mientras los
rusos y los alemanes eran para él una realidad de segunda categoría. En
1918 esa barrera se rompió y Occidente comenzó a infiltrarse en Polonia
poco a poco, un cambio que significó tanto para Gombrowicz como la
recuperación de la independencia. De la terrible experiencia de la
guerra guardó el miedo, un miedo al que se le agregó otro miedo aún más
doloroso: el pavor al servicio militar.
Fue
el miedo a la guerra y no la conclusión de un análisis ponderado de la
realidad el que lo impulsó a saltar del Chrobry en el puerto de Buenos
Aires. El miedo es un sentimiento de inquietud causado por la
posibilidad de un daño inminente, real o imaginario.
Cuando el
riesgo no es inminente el miedo no aparece o, si aparece, es muy débil;
lo que ocurre con los miedosos es que tienen una tendencia a convertir
en inminente la posibilidad de los daños remotos y esto es lo que le
pasaba a Gombrowicz. Cuando la obligación general del servicio militar
igualó a todos en cuanto se refiere a las batallas, todavía quedaba el
duelo como un riesgo especial reservado a la clase superior, que
compensaba en parte las comodidades y las facilidades que proporciona
el dinero.
Pero
cuando los duelos desaparecieron, cuando al burgués bien alimentado ni
siquiera le quedó la obligación de disparar una pistola y arriesgarse a
que le metieran un balazo al recibir una bofetada en pleno rostro, lo
único que le quedó fue disfrutar de una vida regalada a la que ya nada
podía perturbar.
La gloria militar, sin embargo, le resultó muy
útil al Zorro para resolver algunas emergencia diplomáticas. Cuando
empezó a moverse para preparar la celebración del año centenario, de
repente se dio cuenta de que no había plata para afrontar los gastos de
la celebración y no había libros de Gombrowicz, no había nada, entonces
me invitó a un almuerzo en su casa de San Isidro para elaborar una
estrategia.
Por dos veces escuché un argumento que el Zorro
utilizó para vencer la resistencia del Homúnculo y del Buhonero
Mercachifle, ambos inconvenientes relacionados con el dinero. En
diferentes oportunidades les explicó a ambos que la historia de Polonia
estaba llena de infortunios y de conflictos desde la conversión de
Mieszko al cristianismo.
Les
hizo un relato pormenorizado de los obstáculos que habían tenido que
sortear el rey Estanislao, los generales Kosciuszko y Pilsudski y,
finalmente, remató el discurso con un breve comentario sobre los
contratiempos que habían tenido que sortear en la época del comunismo.
Estas desgracias encadenadas habían empobrecido a Polonia de tal manera
que la embajada no estaba en condiciones de hacerse cargo de los gastos
en el Centro Cultural Borges ni de pagar los doscientos pesos que el
Buhonero Mercachifle pedía para asegurar su participación en la mesa
redonda de la Feria del libro. Gombrowicz era un ferviente partidario
de la paz, claro que la paz se puede conseguir de diversas maneras,
Gombrowicz alcanza la paz en “El casamiento” encarcelando a todo el
mundo.
“Es la paz. Todos los elementos rebeldes han sido
detenidos. El Parlamento también ha sido detenido. Aparte de eso, los
medios militares y civiles, y grandes sectores de la población, así
como la Corte Suprema, el Estado Mayor, las Direcciones Generales, los
Departamentos, los Poderes públicos y privados, la prensa, los
hospitales y parvularios, todos están es prisión. Hemos encarcelado
también a los ministros y, en general, todo. También la policía está en
la cárcel. Es la paz. La calma”
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