
WITOLD GOMBROWICZ Y JOSEPH CONRAD
“¿De
quién se está hablando? ¿A quién debemos comprender bajo la definición
de escritor en el exilio? Adam Mickiewicz escribía libros y también los
escribe el señor X, cómo no, un señor que escribe textos absolutamente
correctos y hasta bastante leídos, ambos son escritores y escritores en
el exilio... pero aquí acaba el parentesco entre ellos. ¿Rimbaud?
¿Norwid? ¿Kafka? ¿Slowacki?... hay distintos tipos de exilio (...)”
“Supongo
que ninguno de ellos se horrorizaría demasiado con la visión de esta
clase de infierno. Es desagradable no tener lectores, muy desagradable
no poder editar las propias obras, no es nada divertido ser
desconocido, resulta fastidioso verse privado de la ayuda de ese
mecanismo que empuja hacia arriba, hace propaganda y organiza la
fama..., pero el arte está cargado de soledad y autosuficiencia,
encuentra su satisfacción y su razón de ser en sí mismo (...)”
“¿La
Patria? Pero si cada uno de los hombres célebres, precisamente a causa
de su celebridad, ha sido extranjero hasta en su propia casa. ¿Los
lectores? Pero si ellos jamás han escrito para los lectores, sino
siempre contra los lectores. Homenajes, éxito, renombre, fama: pero si
precisamente se hicieron famosos porque se valoraban más a sí mismos
que a su éxito (...)”
“Y todo lo que en cada uno de los literatos,
incluso los de menor calibre, hay de Kafka, de Conrad o de Mickiewicz,
lo que es verdadero talento y verdadera superioridad o madurez, de
ninguna manera cabrá en los sótanos del exilio”
Joseph Conrad,
novelista británico de origen polaco, es uno de los grandes escritores
modernos en lengua inglesa, cuya obra explora la vulnerabilidad y la
inestabilidad moral del ser humano.
Abandonó
la Polonia ocupada por los rusos y se trasladó a Marsella. Desde ese
puerto partió en navegaciones de barcos mercantes franceses, luchó en
España en las guerras carlistas y vivió una historia de amor que lo
llevó al borde del suicidio. Posteriormente se puso al servicio de la
Marina mercante inglesa y obtuvo la nacionalidad británica. Además del
esfuerzo de escribir, sobrellevó el sufrimiento que le producía la
gota, así como la parálisis de su mujer y los exiguos ingresos que
obtenía de su trabajo.
La vida en el mar y en puertos extranjeros
constituye el telón de fondo de casi todos sus relatos, pero su
obsesión fundamental fue la condición humana y la lucha del individuo
entre el bien y el mal. Una de las novelas más conocidas de Conrad es
“Lord Jim”, en la que explora el concepto del honor a través de las
acciones y sentimientos de un hombre que se pasa la vida intentando
expiar su cobardía durante un naufragio ocurrido en su juventud.
“¡El
horror! ¡El horror”, la última exclamación de Kurtz en “El corazón de
las tinieblas”, es un descenso a los infiernos en el viaje de Marlow,
pero también una crítica despiadada al imperialismo occidental y una
investigación acerca de la locura. Su obra explora la vulnerabilidad y
la inestabilidad moral del ser humano, y sus personajes son hombres con
categoría de héroes que se enfrentan a su condición y límites humanos,
desafiando el mal o la corrupción, en su búsqueda de ideales supremos.
Joseph
Conrad constituye uno de los casos extremos del exilio polaco, no sólo
se exilió de Polonia sino también del idioma polaco. Gombrowicz lo
distingue como a un escritor excepcional que enfrenta penurias
extremas. El Asiriobabilónico Metafísico hizo declaraciones desdeñosas
sobre Gombrowicz y Conrad.
“Cuando fui a París los periodistas
me preguntaban si conocía a Gombrowicz, yo les respondía, 'debo
reconocer mi ignorancia, no lo he leído'. Empecé a leer 'Ferdydurke',
pero al cabo de diez minutos de lectura me sentí con ganas de leer
otros libros. Quizás lo mejor de la literatura moderna sea eso que –por
virtud o por carencia– nos lleva a querer leer a los clásicos: les debo
a algunos libros modernos el haber leído tantas veces a Virgilio (...)”
“!Qué
raro es el caso de Polonia!, ¿no? Ha dado escritores famosos a otros
países, como Conrad a la literatura inglesa. Conrad en realidad era
polaco. Debe ser que los polacos desconfían del destino de su lengua.
Ahora, esto es peligroso, ¿no? Si recordamos, por ejemplo, el caso de
Bacon que por desconfiar del destino del inglés –él solía decir
'nuestras lenguas son perecederas'– escribió toda su obra en latín”
Los escritos del Vate Marxista sobre Gombrowicz y Conrad son más constructivos
que los del Asiriobabilónico metafísico.
“¿Y
qué hubiera pasado si Gombrowicz hubiera escrito ‘Transatlántico’ en
español? Quiero decir ¿qué hubiera pasado si Gombrowicz se hubiera
hecho el Conrad? (un polaco que, como todos sabemos, cambió de lengua y
ayudó a definir el inglés literario moderno) (...)”
“Podemos
sospechar los efectos del español de Gombrowicz en la literatura
argentina. Uno piensa inmediatamente en Roberto Arlt. Alguien que quiso
denigrarlo dijo que Arlt hablaba el lunfardo con acento extranjero. Esa
es una excelente definición del efecto que produce su estilo (...)”
“Y
sirve también para imaginar lo que pudo haber sido el español de
Gombrowicz: esa mezcla rara de formas populares y acento eslavo. Vivir
en otra lengua, se ha dicho, es la experiencia de la novela moderna:
Conrad, claro, o Jerzy Kosinski, pero también Nabokov, Beckett o Isak
Dinesen. El polaco era una lengua que Gombrowicz usaba casi
exclusivamente en la escritura, como si fuera un idiolecto, una lengua
privada. Por eso ‘Transatlántico’, primera novela que escribe en el
exilio, quince años después de Ferdydurke, establece un pacto extremo
con la lengua perdida”
Al
final de la historia argentina se produce el segundo destierro de
Gombrowicz, en 1939 se había desterrado de Polonia a bordo del Chrobry
y en 1963, veinticuatro años después, se estaba desterrando de la
Argentina otra vez a bordo del Federico Costa.
Se fue a Berlín
invitado por la Fundación Ford a pasar un año en esa ciudad endemoniada
donde se pergeñó buena parte de su ruina. ¿En qué pensó cuando le
ofrecieron la beca?, es difícil responder esta pregunta pero más que
pensamientos debieron ser impulsos obscuros los que lo pusieron en
movimiento. No tuvo oportunidades de regresar a Polonia después de su
viaje providencial a la Argentina, primero los alemanes y después los
comunistas le cortaron el paso.
El arte en general, y no sólo el del exilio,
está en estrecha relación con la descomposición y la enfermedad a las
que transforma en salud. Un artista en el exilio es un ambicioso, un
derrotado agresivo y asimismo un conquistador, pero eso también lo son
los artistas que se quedan en casa.
El arte es un cementerio, de
cada mil personas apenas una o dos consigue existir de verdad, el resto
no logra realizarse y se queda en la esfera de la dolorosa
insuficiencia. La suciedad que proviene de estas ambiciones
insatisfechas no tiene tanto que ver entonces con el destierro sino más
bien con la naturaleza misma del arte.
Son elementos
característicos de cualquier café literario, y en realidad es
indiferente en qué lugar del mundo se atormentan los escritores que no
son bastante escritores para ser escritores de verdad. Quizá sea más
sano que estos escritores se vean privados de los mimos y de las
contemplaciones que les hacían en el propio país. No hay nada de
extraño en que unas criaturas de invernadero tan cuidadas en el seno de
la nación se marchiten fuere de ese seno.
El
escritor que se muere separado de su sociedad jamás ha existido
verdaderamente, es un embrión de escritor. En muchos momentos de la
historia ocurre que lo mejor de un país es expulsado al extranjero.
Gombrowicz piensa que la ventaja consiste en que se abre una
posibilidad de pensar el país desde el lado de afuera. En el caos
general de la nueva tierra se relajan las formas reinantes en la
conciencia y se puede encarar el futuro de un modo más libre.
Pero
este exceso de libertad es, paradójicamente, lo que más ata al
escritor. Se siente amenazado por la inmensidad del mundo y el carácter
definitivo de sus problemas, entonces se agarra al pasado, es decir, a
sí mismo, porque tiene terror a que todo se le desarme, y finalmente se
toma de la única esperanza que le queda, la de recuperar la patria.
Para recuperar la patria
debe resignar su propio yo, no sabe ser escritor sin patria, pero al
resignar su propio yo para recuperar la patria deja de ser escritor,
escritor en serio. El artista en el exilio no sólo vive fuera de la
nación, también vive fuera de su elite, tiene que enfrentar
personalmente la presión de un vida brutal e inmadura. Algunos son
empujados por esta razón a una trivialidad democrática, otros a un
vulgar realismo, y otros más al aislamiento.
El escritor debe
encontrar una forma de sentirse otra vez superior para recuperar su
valor. No es extraño que en estas condicione el escritor esté
paralizado por la inmensidad y por su propia debilidad, que esconda la
cabeza y fabrique una parodia del pasado, que huya del mundo para ir a
parar a su pequeño mundillo.
“Y, sin embargo, tarde o temprano
nuestro pensamiento tiene que labrarse las vías de salida del impasse.
Nuestros problemas darán con la gente adecuada. En este momento no se
trata de la creación misma, sino de la recuperación de la capacidad de
crear. Debemos crear esa porción de libertad, valor y decisión, y hasta
diría irresponsabilidad, sin la cual la creación es imposible. Debemos
simplemente familiarizarnos con la nueva escala de nuestra existencia.
Tendremos que tratar con sangre fría y sin miramientos nuestros
sentimientos más queridos para llegar a unos valores nuevos. En el
momento en que nos pongamos a formar el mundo desde el lugar en el que
nos encontramos y con los medios de que dispongamos, la inmensidad
menguará, la infinitud tomará una forma y comenzarán a bajar las
turbulentas aguas del caos”
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