
WITOLD GOMBROWICZ Y ZYGMUNT KRASINSKI
Desde
la más temprana juventud a Gombrowicz se le fueron formando unos
fermentos de conciencia que lo inclinaron a ajustar cuentas con los
miembros de su familia y con los tres bardos nacionales. Con los
miembros de su familia ajustó cuentas en “Historia”, una obra donde
hace intervenir a sus padres y a sus hermanos con nombre y apellido,
con Mickiewicz en “Transatlántico”, con Slowacki en “Ferdydurke” y con
Krasinski en “El festín de la condesa Kotublaj”.
“Durante los cursos
de letras tenemos que empollar a Mickiewicz, Slowacki y Krasinski, que
son completamente secundarios desde el punto de vista de la literatura
universal. Y mientras tanto no tenemos ni idea de Shakespeare o de
Goethe, por ejemplo. Perdemos el tiempo estudiando las guerras contra
los turcos y, entretanto, ignoramos la historia europea y mundial (...)”
“Para
un escritor primerizo todo es difícil, escribir que ‘ella se sentó y
pidió un vaso de agua’ puede convertirse para él en un problema. Así
que yo escribía galopando y gimiendo en un continuo esfuerzo intentando
elevar mi prosa al nivel del arte, hacerla vibrar y brillar (...)”
“Trabajaba
más duro que un cochero o un cocinero, lo cual aliviaba mi conciencia
y, sin embargo, a pesar de eso, esta tarea me parecía sospechosa,
falsa, era dura, exigía un gran esfuerzo pero no infundía respeto...
Entonces conocí por primera vez la vergüenza que acompaña a todo
trabajo artístico, sobre todo cuando no ha ganado el aplauso público y
se vende mal. Ese sentimiento iba a pesar sobre mí durante largos años
y no se disipó hasta hace muy poco tiempo”
“Mi primera obra que
nacía en medio de tantos dolores era muy ramplona. No sólo carecía del
precoz talento de Krasinski, quien a la edad de veinte años escribió
‘La no Divina Comedia”, sino que mi salvajismo espiritual, mi falta de
habilidad literaria, todos mis fermentos y rudezas, me privaron incluso
de esa fluidez que adquiere con facilidad cualquier joven que se mueve
en los ambientes literarios (...)”
“Leí
un fragmento a mi hermano y mi cuñada cuando vinieron a verme: –¿Qué
horror! Tíralo, da asco. No digas a nadie que te has manchado con
semejante parida y en el futuro ocúpate de otra cosa. Mientras mi
cuñada Pifink añadía: –Qué pena que no te hayas dedicado más a la caza”
Zygmunt
Krasinski conforma junto con Adam Mickiewicz y Juliusz Slowacki la
tríada romántica de la literatura polaca, considerada en Polonia la
cumbre de su literatura.
Autor de poesía lírica, diversas
composiciones poéticas extensas, novelas históricas, ensayos breves y
miles de cartas a amigos, amantes y familiares es, sin embargo, la
universalidad estética e ideológica de que goza “La no Divina Comedia”
lo que le ha convertido en un referente de la literatura polaca. “La no
Divina Comedia” es una obra sobre el porvenir de la humanidad.
A
lo largo de la obra, Krasinski presenta su convicción de que el orden
moral ha de imperar en todas las esferas de la vida humana y que esta
es la clave para rescatar al hombre de la decadencia moral, de la ruina
de la ideología y del desengaño afectivo que imperan en la sociedad.
“La no Divina Comedia”, sin renunciar a los asuntos nacionales polacos,
se articula como una obra de indiscutible carácter universal.
Es
un drama en el que se reconocen los problemas de la oposición que el
hombre mantiene frente la creación artística, frente al conflicto
político e ideológico del poder, y frente a Dios, el creador supremo y
último poder. Krasinski, a pesar de tener riquezas y de pertenecer a la
aristocracia, tuvo una existencia tormentosa y llena de soledad, huía
de sí mismo y de su sombra, pudo vivir en el paraíso pero eligió vivir
en el infierno.
El
conde Zygmunt Krasi?ski fue uno de grandes poetas románticos que
influenciaron la conciencia nacional durante el período de adhesión
política en Polonia. Más conservador política y socialmente que los
otros dos poetas, publicó gran parte de su obra en forma anónima, no
quería llevar el apellido de su padre pues era un oficial del ejército
ruso.
Se revela contra los revolucionarios pero también contra
la aristocracia, a la que considera cobarde y vil. Los escritos de
Krasi?ski están llenos de argumentos frenéticos, intensamente
influenciados por la ficción gótica y por Dante Alighieri. Está
interesado en las vertientes extremas de la esencia humana, tal como el
odio, la desesperación o la soledad.
“La no Divina Comedia”
retrata la tragedia de un anquilosado mundo aristocrático derrotado y
sustituido por un nuevo orden de comunismo y democracia, es una
profecía poética del conflicto clasista y de la Revolución de Octubre
de 1917. “El festín de la condesa Kotlubaj” es una de las cuatro
novelas cortas que Gombrowicz escribió en el año 1929.
Si
en “Crimen premeditado” se nota la relación entre el asunto de la
novela y su práctica de pasante con un juez de instrucción, y en “La
virginidad” asistimos a la confusión del erotismo más refinado con la
obscenidad total, en “El festín de la condesa Kotlubaj” la cuestión es
otra. Cuenta como unos personajes aristócratas organizan comilonas
aparentemente vegetarianas con el fin de cultivar la sublimación y las
sutilezas del espíritu.
Pero en realidad asistimos a un banquete
en el que se sirve una comida muy sabrosa preparada con trozos de un
pequeño muchacho. Es una narración absurda y cruel, construida con
elementos sacados de la vida, un absurdo monstruoso que, sin embargo,
es una caricatura de la realidad.
Esta
novela le trajo a Gombrowicz algunos problemas con una familia Kotlubaj
de Lituania que casi termina en un asunto de honor, lo retaron a duelo.
Sin embargo, la fuente verdadera de su inspiración había sido Marta
Krasinska, parienta directa del conde Zygmunt Krasinski, esposa de un
mayorazgo, famosa en aquel entonces por sus hazañas filantrópicas y
estéticas.
Ese plasma oscuro de la conciencia de Gombrowicz esta vez
se le dispara hacia el lado de la crueldad, está preparando el próximo
banquete de los aristócratas antropófagos en el rostro infantil de un
pequeño enfermizo que observa por la ventana lo que ocurre en el
interior del palacio en medio de la lluvia. La honestidad burguesa de
Mann resulta chocante y vacía en nuestros tiempos pero la perversidad
de Gombrowicz nos fascina.
El protagonista y la condesa Kotlubaj eran amigos,
era la amistad de un joven de un medio burgués y una aristócrata de
pura raza. Había conquistado la simpatía de la condesa gracias a su
altivez, a su agudeza intelectual y a su tendencia al idealismo. Su
espíritu romántico y ligeramente anacrónico le allanaron el camino para
asistir por primera vez a los célebres almuerzos vegetarianos de los
viernes que daba la condesa Kotlubaj.
La condesa maldecía la carne
y los olores que despedían las personas que la comían. Era heredera de
la familia de los ilustres Krasinski y tenía la convicción arcaica de
que bastaba que un salón fuera aristocrático para que todos sus altos
propósitos quedaran garantizados.
Un príncipe había aceptado
el papel de intelectual y filósofo, una baronesa animaba las reuniones
con su canto, era impresionante ver inclinarse a las más grandes
fortunas sobre un plato de achicoria en un mundo cruelmente carnívoro.
Los tomates rellenos con arroz poseían un sabor inigualable, las
tortillas de espárragos tenían reputación mundial.
Los
camareros trajeron una gigantesca coliflor cubierta de mantequilla
fresca deliciosamente horneada. Conversaban en forma animada del amor,
de la belleza y de la piedad, de que la piedad era más bella que el
amor pero que no había que descuidar los modales. ¡Deliciosa coliflor!,
exclamó el barón; sí, dijo la condesa mirando el plato con sospechas
mientras ordenaba que lo llamaran al cocinero.
Comían la
coliflor con una glotonería atroz, sin ningún tipo de modales, el
protagonista no pudo contenerse más, estornudó y se levantó de la mesa
para ir a buscar un pañuelo, no podía comprender por qué habían perdido
tan abruptamente la elegancia y la delicadeza.
Volvió al comedor,
la enorme bandeja de plata tenía restos de la coliflor, la panza de la
condesa parecía la de una mujer en el séptimo mes de embarazo, el barón
hundía la nariz en el plato mientras la marquesa rumiaba moviendo las
mandíbulas como una vaca. ¡Divino, maravilloso, efervescente manjar!,
exclamaban. El protagonista no comprendía lo que había pasado, entonces
empezaron unas aclaraciones que le parecían momento a momento cada vez
más extrañas.
Se
levantaron de la mesa y condujeron sus enormes abdómenes al dorado
saloncito Luis XVI. La alegría de los comensales se alimentaba del
desconcierto del protagonista que jamás había presenciado semejante
comportamiento. El barón cantaba arias canallescas de opereta.
Nosotros, los de la aristocracia, le murmuró al oído la marquesa,
adoramos la más completa libertad de las costumbres, somos capaces de
emplear expresiones vulgares, sabemos ser frívolos y, en algunas
ocasiones, plebeyos.
El barón exclama con aire de superioridad que
no eran terroríficos aunque su grosería pareciera menos aceptable que
su elegancia, y la condesa grazna que, claro, no habían cometido
ningún delito, que no eran caníbales y que no se habían comido a nadie,
con excepción de... Y todos soltaron una gran carcajada lanzando los
cojines al aire.
Estos
aristócratas no eran los mismos de la sopa de calabaza, una
metamorfosis increíble los había hundido en la hostilidad, el sarcasmo
y en una mofa ardiente que sostenían con una altivez y un desprecio que
le impedían cualquier manifestación de confianza. Después de soportar
un largo rato su propio silencio el joven le recordó a la condesa que
le había prometido un ejemplar dedicado de los “Efluvios de mi
espíritu”.
La condesa tomó un pequeño volumen encuadernado, le
escribió unas palabras y firmó: Condesa Podlubaj, una palabra que
quiere decir húrgame la nariz. Cuando el protagonista le señala la
equivocación le responde que era distraída y estalla en una risa a
mandíbula batiente con todos los demás. Afuera diluviaba con una lluvia
de ráfagas de un viento cortante que azotaba los ventanales.
La
condesa le preguntó por qué tenía esa expresión de terror, mientras los
otros lo acusaban de que estaba escandalizado porque en su ambiente
nadie se divertía con tanta imaginación, que ellos cultivaban maneras
infinitamente mejores que la de los salvajes aristócratas. Empezaron a
fingir que estaban temerosos del juicio del protagonista y se acusaban
en público fingiendo arrepentimiento.
Desvanecido, sin saber a qué
santo encomendarse o hacia dónde huir, se dirigió suplicante a la
marquesa que había hablado con tanta piedad de los niños raquíticos, y
le pidió piedad suponiendo que si era capaz de sacrificarse por esos
pobres desgraciados podría consolarlo. La marquesa se enjugó las
lágrimas de risa que tenía en los ojos y le dijo que cuando los veía
caer y levantarse sobre sus piernecitas a esos pobres niños enclenques
todavía se sentía fuerte como una encina.
Ahora
era demasiado tarde para montar a caballo así que cabalgaba alegremente
sobre sus pequeños paralíticos. De pronto intentó mostrarle sus piernas
viejas aunque rectas, sanas y todavía fuertes, el protagonista hizo un
gesto de espanto. ¿Y el amor, la piedad, la belleza, los presos, los
inválidos y las maestras jubiladas?
Nos acordamos de todos ellos,
le decían en medio de estruendosas risotadas, entonces el protagonista
empezó a temblar espasmódicamente, finalmente había comprendido dónde
se hallaba mientras la lluvia seguía azotando los cristales de las
ventanas. ¡De cualquier manera el Señor existe!, balbuceó el pobre
tratando desesperadamente de agarrarse de algo, y el barón le respondió
que por supuesto que existe, el Señor existe y sale a pasear con la
Señora.
La marquesa se sentó al piano mientras el barón y la
condesa empezaron a bailotear con elegancia, buen gusto y finura. Ahora
sabía de qué se trataba... se lo habían hecho comprender con violencia.
¡Era un baile de caníbales! Faltaba sólo la presencia del pequeño
tótem, el monstruillo negro de cabeza cuadrada, labios prominentes y
nariz chata que desde algún lugar patrocinaba esas bacanales.
Dirigió
la mirada hacia la ventana y vio algo espeluznante... un pequeño rostro
infantil, un rostro febril y enfermizo que observaba lo que ocurría en
el interior con una mezcla de idiotez y de éxtasis celestial... A la
madrugada el protagonista logró salir del palacio y se aventuró en la
lluvia, vio bajo la ventana un cuerpo exangüe. Era el cadáver de un
muchachito de ocho años, de cabellos rubios y pies descalzos, flaco al
punto que... parecía haber sido completamente devorado.
En eso
había terminado el pobre Bolek Coliflor, fascinado por la luminosidad
de las ventanas, visibles desde lejos en medio de campos inundados.
Mientras corría hacia el portón apareció Felipe, el cocinero, vestido
de punta en blanco con una distinción de maestro en el arte culinario:
“(...) se inclinó, me miró de reojo y dijo en tono servil: –¡Espero que
el señor haya disfrutado nuestra comida vegetariana!”
"Las opiniones vertidas en los artículos y comentarios son de exclusiva responsabilidad de los redactores que las emiten y no representan necesariamente a Revista Cinosargo y su equipo editor", medio que actúa como espacio de expresión libre en el ámbito cultural.






































