
WITOLD GOMBROWICZ Y STEFAN ZEROMSKI
Los
caminos que hay que seguir para llegar a ser un escritor connotado son
misteriosos. A los ocho años, Gombrowicz, para escabullirse del hermano
mayor que le quería pegar, usaba la táctica del pájaro cucú. Se
escondía detrás de un arbusto y salía gritando: –¡Chiflado! Cuando el
hermano empezaba a correr en esa dirección, Gombrowicz, que ya se había
escondido detrás de otro arbusto, salía y le gritaba: –¡Bestia!
A
estas aventuras infantiles le siguieron las del colegio en el que, por
una cosa o por la otra, también era corrido, y así llegó el tiempo de
la Universidad.
“Finalmente escogí la Facultad más cómoda y
atrayente para los holgazanes: la Facultad de Derecho.. En el otoño
comencé a asistir a las clases de derecho romano. Pero pronto dejé de
asomarme por la Universidad (...)”
“El
derecho resultó ser un aburrimiento insufrible y mis compañeros de
curso tampoco se mostraron demasiado interesantes. Cuando leo en los
diarios de Zeromski sus años universitarios saturados de colorido,
ricos en amistades, política, sueños, poesía y declamación, llenos de
lo que él denomina ‘la genial charlatanería estudiantil’ le tengo
envidia, ya que a mí el destino me escatimó ese entusiasmo (...)”
“Es
curioso: aunque Stefan Zeromski alcanzó muy pronto la madurez y a la
edad de los veintitantos años ya tenía barba y había destrozado unos
cuantos corazones, sin hablar de experiencias de otra naturaleza, yo,
por el contrario, con el aspecto de un mocoso y de un hijo mimado de
mamá en comparación con él, fui, de alguna manera, mucho más maduro
(...)”
“Mi madurez se manifestaba en la convicción de que ‘la
vida es la vida’, como solían decir mis tíos del campo, y ninguna
reforma, acción, levantamiento, lucha, daría una pizca más de razón a
mis colegas y no transformarían el mundo en un paraíso. Era realista
hasta la médula y sentía aversión por toda clase de ilusiones,
trivialidades y teorías escritas. Odiaba el entusiasmo”
Condicionado
social y políticamente por un período particularmente conflictivo en la
historia de Polonia, Stefan Zeromski, escritor muy comprometido con los
movimientos libertarios y patrióticos polacos de finales del siglo XIX
y principios del XX, dedicó gran parte de su esfuerzo literario a
defender un punto de vista nacionalista, exaltando la conciencia
nacional polaca y el patriotismo.
“Cenizas” es una novela de
Zeromski dedicada a narrar la historia de los soldados polacos que
lucharon y murieron como miembros de la Grande Armée durante las
campañas napoleónicas. Los protagonistas, dos oficiales de la entonces
inexistente Polonia, recorren la Europa destrozada por la ambición del
corso y en su peripecia aparece la carga de la caballería polaca contra
las fuerzas españolas en Somosierra en el momento en que Napoleón se
dirige hacia Madrid.
Cuando
después de varios intentos los franceses entran en Zaragoza, convertida
en despojo humeante y ruinoso, los dos polacos resumen el cansancio del
empeño en una amarga reflexión: “¿Qué hacemos nosotros aquí, luchando
contra la libertad de los españoles cuando lo que tendríamos que hacer
es batallar para obtener la nuestra, la de Polonia, la de todos
nuestros compatriotas?”
Su objetivo de libertad e independencia
para Polonia marcó la literatura de Zeromski, tanto para señalar
virtudes como defectos; incluso la enorme contradicción de aquellos
patriotas polacos que, creyendo defender el ideal de libertad,
contribuyeron, junto a Napoleón, a sojuzgar a un pueblo, el español,
que luchaba por defender los mismos ideales.
“Zeromski fue seguramente
más profundo y más sublime que Sienkiewicz. Pero tiene un defecto, o
quizás se trata más bien de una flauta hecha de dos materiales de
calidades diferentes: no suena limpio (...) En Zeromski, el modo de
sentir el amor es definitivo y trágico, mientras que el modo de sentir
la patria es secundario y más bien didáctico, El Zeromski que destila
los elixires del amor aparece desnudo, y el Zeromski patriota, aunque
todo corazón y todo conciencia, es un ciudadano y un ‘escritor polaco’
(...)”
“Zeromski, que no tenía nada de novelista y en cambio lo
tenía todo de poeta, se puso a escribir novelas de temas sociales, que
eran, cuanto menos, extraños a su naturaleza (...) El destino lo había
situado en las regiones del sexo y del amor pero, poco a poco, a medida
que iba adquiriendo madurez intelectual, aumentaba la presión de otras
cuestiones relacionadas con Polonia, con el pueblo, con la injusticia y
con los agravios, y la conciencia empezó a atormentarlo (...)”
“Es
sabido que el arte requiere frialdad; el artista se expresa con tanto
más acierto y tanto más fuerza cuanto menos vinculado sentimentalmente
está con el tema, el artista tiene que ver objetivamente lo que ha de
ver, de modo que no puede estar interesado en ello (...)”
“Y de
entre todos los sentimientos, el que más esclaviza es el respeto; el
artista tiene que dominar el tema y, es más, tiene que deleitarse con
él (...) Pero la conciencia no le permitía a Zeromski tratar la materia
social en forma creativa y soberana. De este modo, el respeto y el amor
debilitaron su mano, no se atrevió a ser suficientemente sensual, se
volvió modesto, sumiso, serio y responsable, ni hablar de divertirse o
de sentir emoción por su propia madre (...)”
“Es así como esos
contenidos respetables irrumpieron en su arte y en su personalidad, sin
estar digeridos ni destilados previamente. No alcanzó a llevar en la
sangre todo aquello que trataba con tanto respeto, y ese amante no
poseyó a Polonia, la respetaba demasiado. No supo poner de acuerdo su
misión social con su instinto”
Gombrowicz
siguió otro camino, bastante distinto al de Zeromski. Pensaba en los
roles que podía desempeñar y que no le resultaban inaccesibles:
abogado, juez, comerciante, profesor, filósofo, artista, lugareño...,
pero ninguno le gustaba demasiado. A pesar de la confusión que tenía en
la cabeza y de que la actividad de escribir no estaba bien vista entre
los miembros de su familia, poco a poco se fue convirtiendo en un
escritor, apuntando siempre al mismo norte: “la vida es la vida”..
Había
una paradoja, sin embargo, en esa convicción de sus tíos del campo, que
despertaba la perplejidad de Gombrowicz. Si sus acciones iban a influir
en el futuro, era responsable, por lo menos en parte, de lo que ocurría
en el mundo. Pero si su propia vida estaba regida por circunstancias
que escapaban a su control, entonces no era responsable de sus acciones.
Y
esta paradoja ya nos lleva de la mano, porque una cosa que siempre le
anduvo dando vueltas en la cabeza a Gombrowicz era saber cuánto de loco
estaba. En la vida corriente no era tan extravagante ni tan loco como
en la literatura, pero él quería experimentar en su gran laboratorio,
sacar consecuencias formales extremas de las ligeras alteraciones que
sufría su imaginación.
Gombrowicz no soportaba el compromiso y la
responsabilidad que habían desviado de su camino a Zeromski, los
consideraba una enfermedad que producía una deformación en el hombre,
era una carga muy pesada para la naturaleza humana. La idea de una
conciencia cada vez más profunda para alcanzar la existencia auténtica
debía conducir a la locura.
El compromiso y la responsabilidad
tientan al hombre a resolver con su propia cabeza los problemas del
mundo, una tentación que, por lo general, produce resultados
catastróficos. Gombrowicz se presenta como un paseante pequeño burgués
que sólo por azar y jugueteando se pone en contacto con causas supremas
y poderosas. Él es un representante ejemplar de una vida que huye del
compromiso y la responsabilidad, su metafísica intenta soportar a todos
los hombres, en cualquier escala, en cualquier nivel, una metafísica
que abarque todos los tipos de existencia, tan irresistible arriba como
abajo. De este rechazo que hace Gombrowicz del compromiso y la
responsabilidad excesivos nacen algunos reproches que se le hacen a su
falta de sinceridad y a su histrionismo, pero hay que recordar que la
literatura es escurridiza y lo obliga al escritor a rebotar con las
paredes del lenguaje y del objeto.
El
bufón que todos llevamos dentro nos habla muy claramente de las ganas
que tenemos de divertirnos y del deseo de una mayor flexibilidad y de
una forma menos definida. Si alguna cosa en el mundo, sea la cosa
fuere, no le permite al hombre pensar y sentir libremente, puede que no
alcance para volverlo loco, pero lo pone en el camino de la locura. Al
reflexionar sobre sus numerosas angustias Gombrowicz llega a la
conclusión de que los tormentos se le aparecen con un aspecto
insignificante e inocente.
“Me
puedo imaginar la guerra como el sabor de un té de anteayer o como un
forúnculo en un dedo o como las tinieblas. Semejante visión corroe el
valor de los tormentos como los gusanos corroen la madera. ¿Qué tienen
en común el miedo y la inocencia? Y sin embargo, el colmo del terror es
para mí algo tan puro como... el colmo de la inocencia”
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