
WITOLD GOMBROWICZ Y PAN TADEUSZ
“Creo
que el año 1920 hizo de mí lo que seguí siendo hasta hoy: un
individualista. Y sucedió así porque no supe cumplir mis deberes hacia
la nación en un momento en que una terrible amenaza se cernía sobre
nuestra joven independencia. Esto me colocó en una situación crucial,
no tenía alternativa. El patriotismo, cuando no estaba dispuesto a
sacrificar mi vida por la patria, era para mí una palabra hueca. Y ya
que no existía en mí esta disposición, debía sacar consecuencias (...)”
“Todos
estos fermentos de juventud se fueron civilizando y puliendo en el
curso de mi desarrollo ulterior. Pero no han desaparecido. Hace poco,
un célebre científico galardonado con el premio Nobel, se sorprendía,
después de haber leído uno de mis libros, de que fuera tan poco polaco,
ya que para él los polacos significaban la muerte heroica en el campo
de batalla, Chopin, las insurrecciones y las ruinas de Varsovia. Le
contesté: ‘Yo soy un polaco arrojado a las últimas consecuencias por la
Historia’ (...)”
El
romanticismo y la patria, los sentimientos más representativos de los
polacos, le dieron a Gombrowicz muchos dolores de cabeza durante el
transcurso de su vida. La grandeza del hombre clásico se expresa en su
voluntad de dominio, es una postura en la que el hombre trata de ser
dueño y señor.
La postura romántica, en cambio, se expresa en el
sometimiento del hombre, en el aguante y en el sufrimiento, la grandeza
del hombre romántico recién aparece cuando se convierte en víctima de
un mundo que lo supera. Adam Mickiewicz, no deja lugar a ninguna duda,
representa la postura romántica del aguante y el sufrimiento, su
grandeza proviene de su lucha contra una fuerza que lo somete y lo hace
víctima de un mundo que lo supera.
La
segunda guerra mundial le da una terrible paliza a ese espíritu
romántico, al país le empieza a resultar indispensable un mayor grado
de sensatez, es decir, de realismo, es entonces que le sirven en el
plato de la ciencia y de la política una teoría presuntuosa que se
jacta de ser un pensamiento racional, le sirven el marxismo científico.
En
el medio de un mundo de hombres paralizados en la Polonia de antes de
la guerra a Gombrowicz se le ocurre ponerse en contra del lema del
romanticismo polaco que convocaba a los jóvenes a medir las fuerzas por
las intenciones y no las intenciones por las fuerzas, y escribe
“Ferdydurke” con un propósito restringido, pero la obra se la va de las
manos, le sale el tiro por la culata y se pone en línea con la “Oda a
la juventud” de Adam Mickiewicz.
El valor de la patria se le
transformó a Gombrowicz. cuando los rusos llegaron a las puertas de
Varsovia y fueron detenidos por el ejército polaco al comando del
mariscal Pilsudski en el año 1920. Los jóvenes se alistaban como
voluntarios y sus colegas se paseaban en uniforme por las calles, pero
Gombrowicz permaneció en su casa. Esa ruptura con el grupo y con la
nación surgió en el año memorable de la batalla de Varsovia, y lo
obligó a buscar su propia senda y a vivir por su cuenta.
Se
sintió humillado y a la vez en rebeldía, todas esas aventuras lo
impulsaron a la anarquía, al cinismo y se puso en contra de la patria
por la presión que ejercía sobre los individuos. Aunque estaba lejos
todavía de dominar intelectualmente estos difíciles problemas empezó a
comprender que en Polonia el precio de la vida humana era bajo.
Desde
muy joven Gombrowicz meditaba sobre cuál podría ser la causa que lo
obligaba a oscilar entre el valor y el disvalor en una forma tan
pronunciada. Un snobismo bobalicón al lado de un espíritu crítico y un
gran sentido del humor, un snobismo que lo ponía al borde de la
demencia. En el momento en que los combates contra los bolcheviques
llegaban a su fase decisiva, Gombrowicz se entretenía mostrándole de
refilón una foto a su jefe en la oficina donde trabajaba de voluntario
enviando paquetes a los soldados.
La
foto era la de un edificio público de Lublin bastante conocido, sin
embargo, le dijo al jefe, que para su desgracia lo había visitado un
par de veces: –Es el palacio de mi prima Tyszkiewicz. La familia de los
Tyszkiewicz, junto a la de los Radziwill, los Potocki y los Plater, era
una de las más aristocráticas de Polonia y no estaba emparentada con la
familia de Gombrowicz. Sus artificios se volvían indigeribles.
El
fin de la guerra no supuso una liberación para los polacos, fue tan
sólo la sustitución de los verdugos de Hitler por los verdugos de
Stalin. Si por su situación geográfica y por su historia Polonia se
veía condenada a estar eternamente desgarrada entonces había que
cambiar algo en los polacos para salvar su humanidad.
En
la relación de los polacos con el mundo había algo malo y alterado,
como artista Gombrowicz se sentía un poco responsable de esa fatídica
leyenda polaca con la que había que terminar de una manera u otra. A
pesar de que estaban encerrados en una maraña de quimeras y de
fraseología los polacos se hallaban al mismo tiempo muy cerca de la
realidad cruda, esa realidad que rompe los huesos. Gombrowicz creía en
el poder purificador de la realidad, pero no de una realidad polaca,
sino de una realidad más fundamental, la realidad humana, sencillamente.
El
romanticismo, el idealismo, la guerra y la leyenda polacos le asomaban
la nariz debajo de cada página de “Transatlántico”, así que les tuvo
que cortar la cabeza con la risa. Reír resulta agradable porque nos
satisface el triunfo del conocimiento intuitivo, la forma natural del
conocimiento inseparable de nuestro ser animal, sobre el pensamiento
abstracto.
Nos
agrada comprobar que el pensamiento es incapaz de comprender todas las
variantes que presenta la realidad, es placentero ver perder a la razón
de vez en cuando pues la razón es un dominio severo, perpetuo y
molesto. Cuando aparece “Transatlántico” en “Kultura”, Czeslaw Milosz
le formula por carta a Gombrowicz algunas objeciones de tono histórico.
Que ajustaba sus cuentas con una Polonia anterior a 1939, ya
esfumada, pasando por alto la Polonia actual; que su pensamiento era
más bien personal y no histórico; que los polacos a quienes intenta
liberar de su polonidad sólo eran sombras; que ataca con su rencores a
una Polonia inmadura y provinciana que ya no existe; que el ajuste de
cuentas que quiere hacer con los polacos ya lo hizo la historia.
Que
el marxismo había liquidado a Polonia de la misma manera que la
destrucción de una ciudad liquida las discusiones matrimoniales y las
preocupaciones por los muebles; que quiere contribuir a la formación
postmarxista de Polonia con un pensamiento individual y autónomo que no
tiene en cuenta la temperatura reinante en los países conquistados.
La
presión contra la patria va creciendo hasta que se manda la blasfemia
increíble del comienzo de “Transatlántico”. Pasados diez años de
escritas estas páginas en las que maldice a Polonia, pone en el diario
que en ese barco, en “Transatlántico”, había regresado a su patria y se
había convertido en un ciudadano. La patria, como a Mickiewicz, le
suscita otra vez la afirmación de su espíritu polaco. Y la patria lo
llama nuevamente cuando se va de la Argentina y lo sorprende diciendo
que no se había desnacionalizado, que seguía siendo tan polaco como el
primer día.
“Esta obra nació en mí como un ‘Pan Tadeuz’ al revés. El
poema de Mickiewicz, escrito también en el exilio hace más de cien
años, la obra maestra de nuestra poesía nacional, supone una afirmación
del espíritu polaco suscitada por la nostalgia. En ‘Transatlántico’
quería oponerme a Mickiewicz”
El
“Pan Tadeusz” de Adam Mickiewicz es el último poema épico de la
literatura europea y el emblema nacional de Polonia. El poema relata un
momento de la historia de Polonia en el que la nación estaba a punto de
ser repartida entre Rusia, Prusia y Austria, y en el que dos familias
feudales enfrentadas se reconcilian por el amor de dos de sus jóvenes
hijos.
Los Soplicas, aliados de los rusos, y los Horeszko,
partidarios de la independencia, pelean por la grandeza de Polonia
sublevándose contra la guarnición de los ocupantes rusos. Es un retrato
de las tradiciones históricas de la nobleza polaca y un homenaje a un
mundo perdido en el que se mezclan la desgracia, el amor y un refinado
sentido del humor.
“(…) la
Historia ha enseñado a los polacos lo que quiere decir no ser. Privados
de Estado, vivieron durante más de un siglo en el corredor de la
muerte. ‘Polonia todavía no ha perecido’ es el primer y patético verso
de su himno nacional y, hace unos cincuenta años, Gombrowicz, en una
carta a Czeslaw Milosz, escribía una frase que no se le habría ocurrido
a ningún español: ‘Si dentro de cien años nuestra lengua todavía
existe’…(...)”
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