LA HISTORIA INCONFESABLE: CONGRESOS DE ESCRITORES LATINOAMERICANOS DE LOS 60
Por César Valdebenito
Los Congresos de Escritores Latinoamericanos en Concepción, en los años 60, marcaron la vida literaria de Chile. Las crónicas y alabanzas abundan, pero nunca se ha realizado un retrato pormenorizado en la voz de los mismos escritores.
Rulfo en sus memorias nos dice: “Sí, la literatura había prevalecido de alguna manera, hasta el punto de provocar la escalada de la guerra de los egos. Peor aún, Onetti y Vargas Llosa habían empezado a desgastarse por dentro y el espectro de Neruda invadía los congresos, aunque a nuestro pesar sabíamos que Neruda, se había hundido en la derrota.” A lo que Vargas Llosa responde en una crónica de 1967: “No sólo se había hundido en la derrota, ciego en política, grosero en táctica, resentido, loco, un desastre.” Este tipo de comentarios los podemos seguir encontrando si escarbamos con paciencia. Jorge Edwards nos señala en su libro el Boom Latinoamericano; “el Boom tiene su inicio en el Congreso de Escritores Latinoamericanos de 1962, en Concepción” y Edwards agrega en una confesión que fue censurada por su editor y amigo: “Durante años Concepción constituyó uno de los tres o cuatro lugares famosos de Latinoamérica entre escritores homosexuales como Rulfo, también uno de los avatares del bueno y viejo sexo onanista de Onetti y Argüedas. Las noches de esa capital cultural del sur de Chile se alargaban, una tras otra, con la dulzura de la obscenidad, hoteles indecentes, por horas, a la vuelta de la esquina, en los que se realizaban los contactos. Las sórdidas tiendas de libros y fotografías, bares de ligue y cines, esa era la capital literaria de Latinoamérica. Eso era lo que nos impulsaba a venir aquí y luego nos impulsaba a escribir…” Por entonces un desconocido Juan Emar envía uno de sus libros a Onetti y este en el cierre del congreso del 62 pronuncia uno de los más recordados discursos de presentación de un escritor: “…no rechacemos a este hombre que hará que todos nos sintamos orgullosos de ser escritores, no abandonen a este profeta sin honor en el seno de su propio pueblo.” Después de escuchar el discurso Gonzalo Rojas escribe una columna en un diario de circulación nacional, leemos; “… se ha elevado el optimismo de los egos de los escritores al punto más alto de la década, pues ellos han aprendido una lección prácticamente insoportable: su historia de congresos está a punto de terminar y no hay ningún interés en mantener a estos pretenciosos escritores en esta tierra.” A la mañana siguiente se reúnen Arguedas, Onetti y Rojas. Arguedas relata los hechos: “Onettí le susurró a Rojas, el susurro le salió desde la comisura de los labios: Más vale que aprenda a expresarse, mi joven amigo, y luego lo empezó a entretener con una combinación de buena educación, elegancia profesional y destreza política.” Desde entonces se decía que Onetti estaba obsesionado con Rojas y Rojas con Onetti. Onetti nunca decía nada favorable de Rojas. Con los años, reservó algunos de los comentarios más mordaces precisamente para dedicárselos a él, por quién sintió el más profundo desprecio desde aquella “columnita” de 1962. Como le decía Parra a Onetti en una conversación privada: “…una persona dispuesta a derramar sentimentalismo en semejante lodazal era el tipo de persona capaz de apretar cualquier botón para manipular a las masas.” Y en aquellos tiempos se tenía mucho miedo a los botones que pudieran desencadenar guerras atómicas. Donoso señala en una entrevista de aquellos años y que luego fue publicada en un libro: “Se hablaba en todas las reuniones del congreso de las mutuas nauseas que se causaban Parra y Rojas. Rojas le echaba la culpa a Parra de azuzar a Onetti contra él.” Así entramos en las cámaras de tortura de la conciencia literaria del 62. Argüedas en un libro de memorias editado por Losada, retrata a Gonzalo Rojas al final del Congreso y después de tantas rencillas privadas: “ Se lo veía más delgado, más calvo, menos fuerte y menos relajado, lo que de alguna manera recordaba a un boxeador rápido y nervioso que finalmente queda fuera de combate tras ser duramente castigado durante diez asaltos y al que se le ve a la semana siguiente, con chichones en la cabeza, las fláccidas bolsas de los ojos e incluso decaída su actividad mental…” y agrega “en definitiva era un consentido, egocéntrico, un inútil…” Pero Onetti años más tarde tiraría sus dardos contra Parra: “ …su instrumento de supervivencia fue el ingenio, descubrió su capacidad para hacer reír a sus pares lo que le proporcionó cierta aceptación, al final se convirtió en el bufón de la corte para todos nosotros…” Donoso explica: “cuando Parra escuchaba esto echaba humo por las orejas y se encolerizaba un poco…”
También Cortázar comentará estos congresos: “…llega una cantidad despreciable de beatniks. Y en medio del público que asistía encontramos una desproporcionada cantidad de muchachos bajos y demacrados, de barbas no muy finas y retorcidas y con guitarras de tres cuerdas a quienes acompañaba un contingente de ascéticas jovencitas, sin maquillaje, con poleras y jeans. Por no mencionar a todos los Holden Caulfield que llegaban hasta el fin.”
Estos escritores mientras llegaban a estos congresos, merecida o inmerecidamente, gozaron del respeto de la gran mayoría de los Penquistas. Y vivieron no sólo una atmósfera literaria sino también una atmósfera de indignación, de histeria, de pánico, de rumores enloquecidos, de explosión incontrolada, de furia, de locura, de humor patibulario y del abatimiento que se cernía al final de aquellos Congresos.






































