
WITOLD GOMBROWICZ Y LA REVOLUCIÓN LIBERTADORA
Me
tocó hacer el servicio militar en la Marina, una de las fuerzas armadas
argentinas, la fuerza que despertaba más nostalgia en Gombrowicz desde
Europa cuando pensaba en sus gloriosos infantes. Lo hice durante los
años 1955 y 1956, una época bastante revuelta de la historia política
argentina.
Como no tenía vocación para el combate un almirante me
dio una mano y finalmente me ocuparon en el Ministerio de Marina, un
edificio bastante cañoneado durante la Revolución Libertadora mientras
yo estaba adentro observando cómo la aviación bombardeaba la Casa de
Gobierno. Me habían destinado a los conmutadores telefónicos así que,
hasta que sobrevinieron los acontecimientos del 16 de junio, pasaba una
buena vida.
Después del derrocamiento de Perón, ocurrido tres meses
después, nuestra vida de conscriptos retomó una cierta calma hasta que
se produjo la contrarrevolución peronista en 1956, abortada por
informaciones oportunas que recibieron los sediciosos salvándose de
esta manera de una derrota segura.
Desde el mismo día de la
sublevación las autoridades empezaron a investigar todos los centros de
comunicación desde donde los contrarrevolucionarios podían haber sido
alertados y los conmutadores telefónicos cayeron bajo la lupa de las
pesquisas militares. Aunque yo no tenía nada que ver con los
sediciosos preventivamente me pasaron por un tiempo al servicio de
ascensores, y aquí viene el tema de la historia verdadera.
Cuando
Gombrowicz se fue de la Argentina yo me hice amigo de la comparsa de
Jorge Brussa, archienemigo declarado de Gombrowicz y campeón de ajedrez
del café Rex. Una de las características que tenemos los argentinos es
el sentido del humor y el gusto por las bromas, la cosa es que al poco
tiempo de haber entrado en contacto con los nuevos contertulios
hicieron correr el rumor que yo lavaba ropa a domicilio y que ellos
conocían muy bien el origen y las características de mi cultura.
Después
de haber pasado miles de horas polemizando con Gombrowicz yo tenía un
gran entrenamiento para hablar de cualquiera de los asuntos que ocupan
el mundo de la inteligencia, aunque sin profundizar demasiado, y esta
particularidad de mis conocimientos fue relacionada con el ascensor.
En
efecto, durante el día, mientras manejaba el ascensor en el Ministerio
de Marina, escuchaba muchas conversaciones en esa cabina cerrada que yo
hacía subir y bajar, pero eran conversaciones que no tenían principio
ni fin, las tomaba empezadas en algún piso y se me escapaban sin
terminar en algún otro nivel.
Pues bien, esta ocurrencia que
tuvieron esos amigos míos de café que me aparecieron cuando se fue
Gombrowicz me hicieron recordar un poco a las conferencia que daba
Gombrowicz sobre el existencialismo y el marxismo, sobre la mecánica
ondulatoria y la relatividad. El hablaba de estos temas como si para él
fueran pan comido, pero sabía perfectamente que cualquier cuestionario
no demasiado profundo que le hicieran lo podía poner en verdaderos
aprietos.
Una
parodia teatral de la mistificación del conocimiento la lleva adelante
en “Filifor forrado de niño”, un cuento que Adolfo de Obieta publica en
“Papeles de Buenos Aires” en 1944 y que después aparece en “Ferdydurke”
en 1947. Es tan cautivante esta creación de cuño gombrowiczida que me
veo obligado a narrarla, a narrarla no a copiarla, y no a copiarla por
las secuelas que me quedaron del ascensor del Ministerio de Marina en
el tiempo de la conscripción.
El príncipe de los sintéticos, el
señor Filifor, doctor en sintesiología, era un hombre corpulento, de
barba hirsuta y anteojos gruesos. Un fenómeno espiritual de tanta
magnitud debía suscitar en la naturaleza, en acuerdo con el principio
de acción y reacción, un fenómeno de igual magnitud y de sentido
contrario.
Este
fenómeno de igual magnitud y de sentido contrario resultó ser el
anti-Flifor, un eminente analista, doctor en análisis superior, hombre
menudo y hosco cuya única misión en el mundo era perseguir y humillar
al magnífico Filifor. Se especializaba en la descomposición del
individuo reduciéndolo a partes por medio de cálculos y papirotazos.
Accediendo
al llamado de su vocación ese hombre hosco y menudo obtuvo el título
nobiliario de anti-Filifor del que estaba muy orgulloso. Cuando Filifor
se enteró de que anti-Filifor lo estaba persiguiendo comenzó él también
a perseguirlo, pero durante algún tiempo se persiguieron en vano pues
el orgullo no les permitía admitir que eran perseguidos.
El choque de ambos sabios se produjo por
casualidad en el Hotel Bristol de Varsovia. Se encontraron en el
restaurante del hotel en el que estaban también presentes la profesora
Filifor, Flora Gente de Mesina, y dos doctores que procedieron a tomar
notas por escrito. Como un duelo preliminar de miradas no resultó
favorable a ninguno de los dos contendientes, el profesor analítico le
espetó al sintético la palabra ñoquis por considerar a esta palabra
esencialmente analítica, a lo que el sintesiólogo le respondió: –Ñoqui.
Ñoquis era analítico pues resultaba de una combinación de harina,
huevos y agua, mientras que ñoqui era sintético porque representaba la
unidad del ñoqui supremo. La profesora Filifor muy entrada en carnes
estaba sentada sin pronunciar palabra, de repente, el profesor
anti-Filifor se planta ante ella murmurando en voz baja la palabra
oreja, mientras estalla en una risa sarcástica.
Filifor le ordena a su esposa que se cubra las orejas con el
sombrero. Anti-Filifor, entonces, murmura para sí: –Los dos orificios
de la nariz– desnudando con este procedimiento los dos orificios de la
nariz de la profesora en forma analítica e impúdica.
Filifor amenaza
con llamar a la policía pues la balanza se estaba inclinando de manera
pronunciada en favor del profesor de análisis que acentuó su
celebración diciendo: –Los dedos de la mano, los cinco dedos de la
mano.
La robustez de la profesora le impedía ocultar el hecho de
los cinco dedos de la mano, los dedos estaban allí. Cuando se disponía
a ponerse los guantes anti-Filifor le hace un análisis de orina
ambulatorio y exclama victorioso: –Un poco de leucocitos y albúmina, y
acto seguido se retira rápidamente con su amante Flora Gente.
El
profesor Filifor con la ayuda de los dos doctores lleva a la profesora
al hospital. La descomposición de la señora Filifor era incontenible y
perdía aceleradamente su contextura. Gemía: –Pierna, yo oreja, pierna,
mi oreja, cabeza... despidiéndose de aquellas partes del cuerpo que se
comportaban de manera autónoma, era una personalidad en estado de
agonía.
Buscando
intensamente medios para la salvación de su esposa Filifor pronunció
inesperadamente la palabra bofetada, era una acción atrevida que le
podía devolver el honor a la esposa y sintetizar los elementos
dispersos. Sin embargo, la bofetada no llegó a su destino, anti-Filifor
había previsto la maniobra y se había tatuado en las mejillas dos
rositas y una viñeta con palomitas, la bofetada resultó ser algo así
como un golpe contra el papel pintado.
Cuando los testigos le
hacen ver al ofendido que no existe ofensa porque el analítico no tiene
honor, Filifor les responde que no tomará en cuenta la ofensa pero que
su esposa, no obstante, se está muriendo, así que no tiene más remedio
que proceder sobre la cortesana, si anti-Filifor analiza a su esposa él
va a sintetizar a su amante.
Decide
actuar directamente sobre Flora Gente, la invita con una copa de
Cinzano y de repente le espeta: –Alma–, la mujer no le contesta; –Yo;
–¿Usted?, son cinco zlotys; –Unidad superior, igualdad en la unidad.
Cuando le leyó dos cantos del Dante, le pidió dos zlotys más. Y así
siguió estimulándola con recursos sintéticos, pero cuando quiso
estimular su dignidad le pidió cincuenta zlotys: –Las extravagancias
hay que pagarlas viejito.
Uno de los doctores le sugirió al
profesor de la síntesis que quizá podría sintetizarla con el dinero,
pero el dinero forma siempre una suma que nada tiene que ver con la
unidad propiamente dicha. Filifor le da vueltas a la idea, no había
caso, sólo el céntimo es indivisible, y un céntimo no puede impresionar
a nadie. ¿Pero una suma inmensamente grande no la atolondraría?
El
filósofo de la síntesis completamente seguro de lo que hacía los invitó
al restaurante Alcázar donde realizaría el experimento decisivo.
Filifor colocó un zloty sobre la mesa, nada. Recién después de haber
colocado noventa y siete zlotys le aparecieron síntomas de extrañeza a
Flora Gente, y a los ciento quince su mirada se empezó a sintetizar
alrededor del dinero.
A
los cien mil zlotys Filifor jadeaba, anti-Filifor empezaba a
inquietarse y la cortesana alcanzaba cierta concentración. La suma iba
dejando de ser suma y se convertía en algo inabarcable haciendo
estallar el cerebro por su enormidad. Cuando el sacerdote de la ciencia
de sintetizar desembolsó todo lo que tenía y selló el montón, Flora
Gente se levantó y en medio del llanto y la risa dijo: –Señores, yo.
Filifor
profirió un grito estridente de triunfo y anti-Filifor le pegó en la
cara, un golpe que actuó como un rayo sintético arrancado de las
mismísimas entrañas analíticas. Los testigos se abocaron a preparar el
duelo. Filifor no tenía ninguna duda, cualquiera fuera el que cayese la
síntesis saldría triunfadora porque la índole de la muerte es
sintética, tendría la victoria final más allá de la tumba.
Debido
a su enorme exaltación invitó a ambas señoras al duelo en carácter de
simples espectadoras. Sin embargo, los doctores estaban inquietos, le
temían a la simetría de la situación pues a cada movimiento de Filifor,
que tenía la iniciativa, le correspondería un movimiento análogo de
anti-Filifor. ¿Pero qué sucedería si anti-Filifor se apartara de esta
simetría?
Filifor apuntó al corazón, tiró y no dio en el blanco. Y
ya en este primer movimiento anti-Filifor se aparta del eje que unía a
los contendientes y en vez de apuntar al corazón de Filifor apunta al
dedo meñique de la profesora Filifor. El dedo meñique cayó cortado y
los testigos, deslumbrados con la puntería, profirieron un grito de
admiración. Filifor, fascinado por el tiro del adversario apunta él
también al dedo meñique de Flora Gente, que cae cortado.
El
tiroteo continuó en forma incesante, a su turno cayeron, después de los
dedos, las orejas, las narices, los dientes... Con el último tiro el
maestro del análisis perfora la parte superior del pulmón derecho de la
profesora Filifor, y con la réplica del maestro de la síntesis queda
perforada la misma parte del pulmón de Flora Gente. Los testigos
estallan y gritan con admiración, luego reinó el silencio.
Ambos
troncos murieron, cayeron al suelo, y ambos tiradores se miraron. El
análisis había vencido, pero de esta victoria no resultó nada, y si
hubiera vencido la síntesis tampoco hubiera resultado nada. Los sabios
abandonaron sus posiciones y tomaron distintos caminos ejercitando su
puntería con piedras y escupitajos que arrojaban contra gorriones,
árboles, gallinas, conejos, faroles, ventanas, sombreros, velas..., y
así recorrieron el mundo.
Cuando
alguien del mundo científico le recordaba a Filifor el pasado glorioso
de aquellas luchas del espíritu contestaba con ensoñación que sí, que
en el duelo se había disparado muy bien, y si alguno de los testigos le
reprochaba que estaba hablando como un niño le respondía: “Todo está
forrado de niñadas”
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