Lic. MIGUEL FAJARDO KOREA
Premio nacional de educación Mauro Fernández, COSTA RICA, 2008
La poesía chilena siempre me ha interesado, por esa razón, a lo largo de los años, he tenido la feliz oportunidad de leer a decenas de sus autores y establecer contacto cultural con escritores de esa nacionalidad, a saber: Alberto Baeza Flores, -prologuista de mi libro “Urgente búsqueda”, en 1981-, así como Jaime Quezada-con quien compartí en Bogotá-, Javier Sepúlveda, Teresa Ruz Hugo Montes, Jaime Serey, Matías Rafide, Alfonso Larrahona, Miriam Bustos Arratia, Juan Durán Lucio, Enrique Margery Peña, o Ana Montrosis.
La poesía es el alma de salvación del mundo para los seres humanos. Un ejercicio integral para ganar el universo en cada poema lanzado al universo del espíritu. En ese sentido, cada poeta que vamos leyendo debe dejar una huella, un estremecimiento. En ese contexto, encontrarnos con la alta poesía de Andrés Morales Milohnic (Santiago de Chile, 1962) ha sido un disfrute invaluable y gratificante.
Andrés Morales es Licenciado en Literatura. Doctor en Filosofía y Letras. Dirige el Taller Literario “Códices” en
Igualmente, como académico riguroso y difusor cultural, ha publicado diez libros, tanto florilegios como de crítica literaria: Antología poética de Vicente Huidobro, Un ángulo del mundo. Muestra de poesía iberoamericana actual. Poesía croata contemporánea, Anguitología, España reunida: antología poética de la guerra civil española, Altazor de puño y letra, Antología de poesía y prosa de Miguel Arteche, De palabra y obra, ensayos, Fértil provincia, muestra de poesía chilena contemporánea, A la sombra del poema, ensayos.
Su obra poética se encuentra traducida a 8 idiomas, incluida en 45 antologías y en 75 revistas, tanto chilenas como extranjeras. Su trabajo creativo ha sido distinguido con los galardones: Manantial, Miguel Hernández, San Felipe, Pablo Neruda, Centro Cultural de España y Premio Internacional “
Ha obtenido las becas: Pablo Neruda, Hispanista extranjero, Fondart, Fundación Andes y Consejo Nacional de
El mayor conocimiento de su poesía había sido a través de sus publicaciones electrónicas. Ahora, dispongo de sus tres libros: “Lázaro siempre llora”, “Demonio de la nada” y “Los cantos de
En su espacio, el hablante increpa “Jamás de los castigos por las cenizas mudas: / el precipicio amargo del despeñado en culpa”. En estos versos se visualiza una dicotomía entre la ceniza y la culpa. Entre lo inacabado, lo concluido y simbólico de la ceniza, inherente a los esquemas ideológicos.
Sin embargo, el hablante es consciente de que el temor es una parte consustancial del quehacer terrestre, por ello, su voz quiere desatarse de las quejas “libérame del miedo al rayo que somete”. Y, nuevamente, surge el rayo con su simbología de elemento destructivo, que carga con una alta cuota semántica “Soy la patria desde el sol que no me mira”; “Mi Patria nunca tuvo geografía”.
Establece, por otra parte, un comportamiento triádico “así lo que se ahoga detrás de las palabras / y ver en la ceguera”. Ante ese panorama, la palabra sale fortalecida, porque es salvación, no se ahoga, porque tiene la capacidad de ver, inclusive, en la ceguedad. La palabra es un poder indetenible. La poética de Andrés Morales incursiona en los misterios de las propias palabras, en su deslumbramiento y, desde ahí, despliega sus propios campos semánticos y semióticos, para irse descubriendo, esto es, para hacerse leer, para dejarse escuchar “el hambre es la palabra”, la ley de cada día”.
En la poesía del autor chileno hay construcciones de antología: “La llave de la celda / es el olvido” o “la memoria muerde como una bestia atada”. Es una especie de constante su direccionalidad bisémica, donde “la única verdad es la que nos desmiente”. Esa actitud implica un desdoblamiento de cuadros actanciales, como sujeto y predicado líricos, por ello “la historia no quisiera (…) reescribirlo en la derrota”.
Ese espíritu rotundo es una estría en la ajenidad de todos “nada, ni el aire, ni un poema: / Todos íbamos directo al matadero”. En mi criterio, el final de este verso es una especie de sistema recolectivo. Su alcance es un misil semántico. Es una especie de lucha intrínseca con la palabra. Acaso nos salva la palabra. Es posible. La palabra es la palabra. Siempre es necesaria, porque como sentenciaba Sófocles “Decir una palabra será decirlo todo”.
En mi más reciente poemario he incluido el siguiente epígrafe de Andrés: “No es el fin de nada. / Sólo la vergüenza de aquel que no se calla”. Es mi adhesión con su extraordinaria calidad poética y su leal condición de humanista y visionario del arte.
El cuadro fantasmagórico de un orbe en guerra desde su misma existencia es un tópico de gran profundidad expresiva que Morales Milohnic encara con honestidad “los ojos, estos ojos, están cansados siempre/ de ver y de no ver, de tanto horror”. El planeta alcanza la hiperbólica cifra de 14.000 guerras, donde la desolación, el canibalismo y la muerte han tenido expresiones de negación de la calidad humana. Y ni qué decir de los genocidios y toda la barbarie humana que nos asedia todos los días “la muerte apenas noche de este cielo”. O en este otro texto “Habito en el destierro del desgarro: / Mis señas son ocultas, despiadadas”.
En otro verso el yo lírico aduce “es mejor callar/ soñando con sus piedras/ de un mar y de una isla”, donde los elementos de la liquidez se convierten en un vector semiótico que equipara las lágrimas con el mar, sin embargo, es un “callar soñando con sus piedras”, donde la conversión lírica gana en profundidad estética.
El autor chileno incorpora el mar como sujeto lírico en varios de sus poemas. “El mar es traidor: es otro el mar que rompe. / Mejor abandonarse, abandonarse entero”. Gregorio Marañón expresaba una verdad “quien no conoce el mar tiene algo de huérfano”. Ante el mar se ahonda nuestra pequeñez, se agranda el universo, la naturaleza es imponente, se acallan las grandezas inauténticas de la humanidad, producto de la parafernalia inútil, de la publicidad excesiva ante una vida vacía.
La pulcritud lírica de Andrés Morales le permite poetizar en profundidad “Contiene el mar la sombra de tus labios/ y el límite de piedra de tus ojos”. La secuencia de elementos nominales, bien escogidos, enhebran un tejido poético de gran calidad artística, cuyo mérito radica en los niveles de sugerencia expresiva, donde “tantas veces nos quedamos sin hablar”. “Sueño en esa voz. / En ese mar cabalgo”. El logocentrismo, entonces, se queda corto, muchas veces, ante las más hondas condiciones del ser humano telúrico, arraigado. “Colgados, /amordazados siempre / gritando por el hoy: / no por mañana”.
El hablante construye unas figuras donde lo inanimado se humaniza y esa cualidad le confiere una exégesis de misterio “La puerta que se abre entre los muros (…) / no quiere ver al fin de tanta espera”. Es uno de sus rasgos estilísticos esenciales, que entrega a su poesía, con gran ventaja, una delicadeza constructiva, porque “el hombre que come palomas (…) / adivinó el secreto del odio secreto”. El nivel de sugerencia y plasticidad en las imágenes es otro de los aciertos en su orbe lírico “la noche que adivina al dios que no regresa”.
En otros ámbitos, incorpora la fugacidad como un escudo ante el tránsito terrestre “que sea solo un gesto de silencio, / un leve parpadear, un sueño extraño”. Ese espacio se focaliza en un devenir, como una manera de auscultar en los índices recónditos “partir a un viaje sin regreso/ desentrañando el agua en la larga travesía”. Inicio y fin, encuentro y desencuentro. Para nosotros, la travesía es una extensión del agua, como un sueño dormido entre las olas del fuego.
El hablante aborda su presencia en la casa de esta aldea global de la que formamos parte. Apela, en lo más hondo, hacia una desnudez holística “El mundo es un desnudo donde es mejor perderse/ entero y en su pena abrir los dedos llenos / de horror en el cadalso”. Nuevamente, el estro poético de Morales gana en intensidad y delicadeza, sin olvidar, como lo ha venido sosteniendo en su discurso lírico, la importancia y la validez de la palabra, como arma espiritual “en el murmullo insomne, / habrás cruzado el cielo con tu palabra sola”.
“Todo se derrumbe encima de tus sueños/ Noche que no hiere, agua que no ahoga, / la piedra te recuerda en su futuro incierto/ alguien cae sin cesar, en todas partes”. El planteamiento ideológico de estas imágenes en la poesía de Andrés Morales establece una actitud solidaria y central. Alguien, así, inespecífico, porque puede ser cualquiera, en algún sitio del planeta: cae. La caída nos afecta a todos, porque la maledicencia se enquista en las mejores actitudes humanas, en cada momento vital.
La caída es, sin duda, la entronización de “un mundo sin belleza, sin cantos, sin mañanas”. No nos imaginamos el mundo sin la poesía, sin el universo-logo que posibilita la fe y la esperanza hacia estadios mejores. A pesar de ello “Cae el sol, la luna: el mar se hunde entero”. Sin embargo, ante ese cuadro pantagruélico el ser humano apela, aunque sea “Sólo un gesto ciego/ o mudo de tus ojos”. En otro apartado se lee “Prosperan los negocios / y los esclavos ríen (…) Todo lo demás se hunde acribillado”.
En el orbe lírico de Andrés Morales hay un cuadro de planteamientos solidarios frente al ser solitario que somos “entero me desierto, / me agrieto, me desangro/por una sola voz”. Y como expresa Levinás, como seres en incompletitud, el hablante apela hacia esas rutas de incertidumbre, pero lo hace, con cordura, consciente de que su plano terrenal es una travesía finita, donde solo vamos recibiendo señales de adelantamientos, por ello, “Sueño en esa voz. / En ese mar cabalgo”, o bien, “el aire que respiro y no sé adonde/ acaba de morir”. Inicio-final; vida-muerte. El dos como posibilidad de quién soy o quién quiero ser. Es una de las dualidades más impresionantes de la vida.
En síntesis, el universo de Andrés Morales Milohnic es amplio en el registro temático y sus nudos de significación tejen abordajes inherentes a la condición humana esencial. No por ello, el poeta santiaguino deja de mostrar un dístico punzante “un payaso ordena el mundo entre sus dedos/el circo se disfraza, la patria se desnuda”. La variada enumeración de los sintagmas contienen un discurso que se abre, dispuesto a todas las composiciones y recomposiciones de un mundo con insania, pero que su voz y talento, rodean de una fina belleza, con todos los elementos para ver por el ojo del precipicio, quitándose la ceguera que muerde el mar en sus adentros de sol. Nada más.
Lic. MIGUEL FAJARDO KOREA (Costa Rica, 1956). Académico Universidad Nacional de Costa Rica. Profesor de Literatura en el Liceo Laboratorio de Liberia, Costa Rica. Autor de 18 libros. Premio Nacional de Promoción y Difusión Cultural, 2001. Premio Nacional de Educación Mauro Fernández, 2008. Entre sus libros de poesía destacan "Extensión del agua", "Las puertas del sol","Margen del sueño","Ausencias" y "Travesías". Ha publicado medio millar de artículos en medios de prensa nacionales, internacionales e Internet.





































