
WITOLD GOMBROWICZ Y GEORGE GORDON BYRON
“A
medida que iba creciendo, me volvía cada vez más peligroso. Mis
composiciones de polaco eran las mejores y eso me salvaba, ya que en
otras materias era ignorante y holgazán. Un día nuestro profesor
Cieplinski nos mandó escribir una redacción sobre Slowacki. Harto ya de
tanto incienso dedicado al poeta profeta decidí, para variar,
fastidiarlo un poco: ‘Juliusz Slowacki, ese ladrón que plagiaba a Byron
y a Shakespeare y no sabía crear nada por sí mismo (....)’. El profesor
Cieplinski me puso un cero y me amenazó con enviar mi trabajo al
ministerio (...)”
Había pasado un cuarto de siglo desde la aparición
de “Ferdydurke” en Polonia, y Gombrowicz se dispone a dar una clase
elemental de su filosofía, a pensar de la desconfianza que le tenía a
la enseñanza.
“Se
descubrirá entonces que el maestro chochea y que el alumno no escucha;
que nadie hace nada; que el alumno engaña y el maestro se deja engañar”
En
la clase escrita que da en “Recuersos de Polonia” intenta sortear estos
escollos y se presenta de una manera sencilla, como el autor de la
facha y del cucul. Pegarle la facha a alguien es ponerle una máscara,
disfrazarlo y deformarlo. Cuando trata a un hombre que no es nada tonto
como tonto, le está pegando la facha, y la cuculización opera de la
misma manera, sólo que en este caso un adulto es tratado como un niño,
y la deformación lo transforma en un inmaduro. La conciencia de las
transformaciones que sufre el hombre por la acción de los otros es la
razón por la que Gombrowicz ha ocupado un lugar especial en la
literatura, la importancia que le ha dado a la forma tanto en la vida
social como en la personal es el punto de partida de su psicología.
“Creo también que mi sensibilidad
respecto a la forma, que demostré desde mi más temprana infancia, me
permitió más tarde hallar mi propio estilo literario y crear un género
que va consiguiendo poco a poco derecho de ciudadanía en el mundo (...)
Una cosa era cierta y yo me daba cuenta: mis primeras tentativas
literarias manifestaban una fuerte oposición... oposición a todo... su
tono era rebelde... Si entro en esta Cámara de los Lores, me decía,
será como Byron, para sentarme en los bancos de la oposición”
Aquí,
en la Argentina, operó con la facha y el cucul cuanto se le vino en
gana, pero no pudo entrar a la Cámara de los Lores. A nosotros, los
discípulos, con mucha frecuencia nos pegó la facha y nos hizo el cucul,
pero él no quedó indemne, quedaba transformado por su propia actividad
y, además, porque nosotros también le pegábamos la facha y le hacíamos
el cucul.
George Gordon Byron, sexto lord Byron, poeta inglés,
considerado uno de los escritores más versátiles e importantes del
Romanticismo, ejerció una gran influencia entre los polacos. Sus
maneras y modales le sirvieron para disimular su cojera, haciéndola
parecer un caminar excéntrico a la vez que distinguido.
Tuvo
que soportar muchas burlas y rechazos por su deformidad, pero aprendió
con el tiempo a defenderse bajo la máxima de que ‘cuando un miembro se
debilita siempre hay otro que lo compensa’, una máxima que parece
gombrowiczida. Byron describió la relación que vivió con su madre como
una aventura de golpes y besos. La madre lo llamaba con frecuencia al
pequeño Byron cojo bribón o pequeño diablo, mientras él la llamaba
vieja o la viuda.
Pese a esta relación de amor y de odio, su
madre fue la única que lo entendió, según lo escribió el mismo Byron.
Aprendió boxeo y esgrima, siendo un gran experto en ambas artes de
lucha. Poco querido por los demás componentes de la nobleza a raíz de
sus continuos amoríos y críticas feroces, fue insultado públicamente en
la cámara de los Lores cuando defendió a los católicos..
Pero
a él realmente le importaba muy poco e incluso le gustaba que lo
odiaran pues, en su opinión, también le temían. En la noche de bodas le
dijo a su esposa: “Te arrepentirás de haberte casado con el diablo”.
Los rumores sobre sus relaciones incestuosas con su hermanastra, sus
poemas antipatrióticos, su acusación de sodomía y las dudas sobre su
cordura provocaron su ostracismo social..
Amargado
profundamente, Byron abandonó Inglaterra y nunca volvió. En Suiza
estuvo viviendo algún tiempo junto a Percy Shelley, Mary Shelley y su
médico personal, John William Polidori. En una tormentosa noche de
verano se reunieron los cuatro en Villa Diodati, propiedad de Byron, y
decidieron escribir relatos de terror dignos de aquella noche lúgubre.
Inspirados ambos en la personalidad de Byron, Mary Shelley
escribió “Frankenstein” y Polidori su relato “El Vampiro”. Goethe
escribió, ante la noticia de su muerte: “Descansa en paz, amigo mío; tu
corazón y tu vida han sido grandes y hermosos”. Su gran obra, “Don
Juan”, fue uno de los más importantes poemas publicados en Inglaterra
desde “El paraíso perdido” de John Milton.
“Don Juan” influyó
a nivel social, político, literario e ideológico.. Sus personajes
presentan un idealizado pero defectuoso carácter cuyos atributos
incluyen: un gran talento, una gran exhibición de pasión, una aversión
por la sociedad y por las instituciones sociales, una frustración por
un amor imposible debido a los límites impuestos por la sociedad y la
muerte, la rebeldía, el exilio, el pasado oscuro y un comportamiento
autodestructivo.
Admirado por Goethe, Edgar Allan Poe, Alejandro
Pushkin, Víctor Hugo, Alejandro Dumas, Karl Marx... Lord Byron tuvo un
particular magnetismo personal. Consiguió la reputación de no ser
convencional, de ser excéntrico, polémico, ostentoso y controvertido.
Muchos
han atribuido sus capacidades extraordinarias a su depresión maníaca.
Siempre fue ácido y cruel. Se inclinó por los desheredados, los
marginados, los miserables como los corsarios y los cosacos, y todo lo
demás era hipocresía. Tuvo un gran afecto por la compañía de su perro:
“Aquí reposan los restos de una criatura que fue bella sin vanidad,
fuerte sin insolencia, valiente sin ferocidad y tuvo todas las virtudes
del hombre y ninguno de sus defectos”
La Argentina fue para
Gombrowicz un gran campo de maniobras, en este lugar neutral, como si
fuera la mesa de un café, intentó establecer los límites al problema de
poner en claro si el par dialéctico de inmadurez y de forma, una
intuición que planea sobre toda su obra, era una verdadera reducción
ontológica del hombre o tan sólo una perogrullada o una tautología.
La concepción de la forma no es para Gombrowicz un problema conceptual, como lo es para la filosofía, sino un problema práctico.
“Pero
el hecho de que mi madre no quisiera ser lo que era, que no quisiera
reconocerse a sí misma, terminó vengándose de ella, porque nosotros,
sus hijos, le declaramos la guerra (...) Y fue allí, seguramente, donde
comenzaron mis dolorosas contorsiones con la forma polaca, que
producían en mí un efecto parecido al de las cosquillas: uno se troncha
de risa, pero no resulta agradable (...)”
La realidad no puede ser
abarcada tan sólo por la forma pues la forma no está acorde con la
esencia de la vida. El intento por definir esta insuficiencia de la
forma es un pensamiento que se convierte en forma, y que confirma tanto
su impotencia para aprehender la existencia como nuestra inclinación
por ella.
Gombrowicz tiene algunos puntos de encuentro con Lord
Byron: un gran talento, la rebeldía, el exilio, el pasado oscuro y un
comportamiento autodestructivo. Como Lord Byron disponía de un
particular magnetismo personal, consiguió la reputación de no ser
convencional, de ser excéntrico, polémico y controvertido y tuvo un
gran afecto por la compañía de su perro. Pero sus ideas sobre la forma
lo apartaron de la poesía, aunque no de la de Shakesperae o la de
Byron, sin embargo, sus encuentros con los poetas eran esporádicos y
difíciles.
Resulta
útil ver cómo Gombrowicz pone en funcionamiento su concepción de la
forma aplicada a la actividad de escribir en su propia obra. En uno de
los primeros intentos que hizo en los diarios, al que podríamos
considerar como un intento metaliterario, Gombrowicz se las arregla
para desvincular a la forma de sus ataduras y darle vida propia echando
mano a Creta.
Todo ocurre un día en que va almorzar a la casa de un
ingeniero que tiene una industria en la localidad de Acassuso. A medida
que ponía atención se iba dando cuenta que la casa, la mesa del comedor
y los platos eran demasiado renacentistas, mientras la conversación se
centraba también en el Renacimiento, una adoración por Grecia, Roma, la
belleza desnuda y la llamada del cuerpo.
La
conversación giró alrededor de una columna de Creta, y a Gombrowicz se
le pegó entonces el cretino, leitmotive de toda la narración, pero no
de una manera renacentista, sino totalmente neoclásica y cretínica.
Llegado a este punto le advierte al lector que él sabe muy bien que no
debería escribir sobre esto, pero sigue escribiendo. De vuelta en la
ciudad se dirigió al café Rex pero, de repente, desde el café París, le
hacen señas unas señoras conocidas que aparentemente estaban sentadas a
la mesa comiendo bizcochos que mojaban en la crema.
Pero era una
mistificación, la verdad era que estaban sentadas a un tablero cubierto
de esmalte apoyado sobre cuatro barras de hierro torcidas, y la acción
de comer consistía en meterse una cosa u otra por un orificio
practicado en la cara, al tiempo que sus orejas y sus narices
despuntaban.
Cháchara
va, cháchara viene, Gombrowicz pide disculpas y se marcha alegando
falta de tiempo. El hecho de que estuvieran ocurriendo cosas demasiado
cretinas como para ser reveladas, era la razón que lo obligaba a
relatarlas pues tenían un exceso de cretinismo. Al salir del café París
se dirigió al café Rex. En el camino se le acerca una persona
desconocida, le dice que hacía tiempo que quería conocerlo, lo saluda,
le da las gracias y se va.
Cuando iba a ponerlo de vuelta y media
al cretino, se da cuenta que no es cretino, puesto que sólo quería
conocerlo y lo había conocido. Se empiezan a encender las luces de la
noche, pasan los coches, caminan los transeúntes, mientras tanto
Gombrowicz mira las casas.
En el balcón de un séptimo piso le estaban haciendo
señas Henryk y su mujer. Gombrowicz también les hacía señas. Henryk y
su mujer hablaban y hacían señas. Coches, tranvías, gente, bocinazos,
Gombrowicz les responde con señas. De pronto repara en que Henryk, más
que hacer señas, enseña..., ¿pero qué es lo que enseña? Se está
enseñando a sí mismo como si fuera una botella.
“Yo hago señas. De
repente ella (pero no, yo no puedo hacer el cretino; sin embargo, si
tengo que desenmascarar al Cretino debo hacer el cretino); entonces
ella le enseña hasta que él se asoma y ella le enseña con saña (pero
qué es lo que enseña?), después de lo cual los dos se ensañan
ligeramente, y uno hacia aquí, el otro hacia allá, y, ¡puff!... (¡Esto
sí que no puedo decirlo, está por encima de mis fuerzas!)”
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