
WITOLD GOMBROWICZ Y EL COLEGIO SAN ESTANISLAO KOSTKA
Los
edificios y las personas sobre los que guardamos nuestros recuerdos más
perdurables son los que habitan en la casa natal y en el colegio.
También de los primeros amigos guardamos un recuerdo que vuelve siempre
a nosotros en el transcurso de nuestras vidas. Kazimiers Balinski y
Tadeusz Kepinski fueron los primeros amigos de Gombrowicz y sus
cómplices de aventuras juveniles en el colegio Kostka.
Cuando tenía
siete años la familia de Gombrowicz se mudó a Varsovia y él prosiguió
sus estudios en un curso particular organizado por la señora Balinski
para su hijo Kazimiers. La casa de esta señora era por entonces uno de
los centros más importantes de Varsovia. Gombrowicz la frecuentó
durante mucho tiempo e hizo amistad con Kazimiers.
No obstante, sus primeros
contactos con los hijos de los aristócratas varsovianos lo deprimieron.
Se sentía torpe, y el saberse diferente de los demás lo llevó a
distanciarse de su familia, de la escuela y de sí mismo. Creyendo que
su mundología dejaba mucho que desear se preocupaba constantemente de
los modos de comportarse en sociedad y de su falta de modales.
“Los
aristócratas se relacionaban por lo general entre sí y no permitían que
entraran en su clan más que unos cuantos elegidos, emparentados o no,
pero en todo caso pertenecientes a familias de la ‘sociedad’. El
proceso se realizaba con una precisión sorprendente en gente tan joven,
a través de una especie de selección natural, seguramente inconsciente,
en la que la rigidez y la intransigencia del tabú aristocrático
aplicado sobre el fondo de nuestra anarquía desenfrenaba y chillona, me
revelaron una ley no escrita, una de esas leyes que cuanto menos se
proclama más se hace notar (...)”
“Balinski
tenía una abuela condesa y una bisabuela princesa, aparte de su padre
senador; yo, con una cuantas tías condenas a duras penas podía
acompañar a alguno de ellos de la escuela a casa”
Envidiaba de los
aristócratas una facilidad para imponerse y una desenvoltura en los
modales que parecían innatas, así como un espíritu que, por esencial,
debía dominarlo todo. En sus relaciones con los adultos se sentía
paralizado por sus defectos, a menudo imaginarios, por lo cual
aumentaba todavía más su timidez y su torpeza.
Este sentimiento de
inferioridad consolidaría uno de los rasgos de su carácter: una timidez
externa ligada a una seguridad interior. Consciente de la superioridad
de ciertos adultos de su entorno, evitaba las discusiones con ellos por
miedo a parecer ridículo.
“Yo pasaba entonces las tardes en casa
de los Balinski, una mansión que se consideraba ilustrada, culta y rica
en contactos con París y Londres, abierta al arte. Fue mi primer
contacto con la literatura. A pesar de eso seguía siendo provinciano
hasta la médula, tímido, rústico, salvaje, casi un hijito de mamá y,
aunque vivía espiritualmente con una gran intensidad la nueva vida
polaca que nacía, en la práctica, no sabía establecer contacto con ella”
El
instituto filológico San Estanislao Kostka era un colegio muy
aristocrático, estaba plagado de Radziwill, de Potocki, de Tyszkiewicz,
de Plater, aunque también había adolescentes de las clases sociales más
bajas. A los once años los padres enviaron a Gombrowicz a esa escuela.
Era
el más joven de su grado, estaba aterrorizado, de hecho los primeros
años fueron muy dolorosos. Como estaba dotado de un temperamento
intranquilo y travieso se convirtió rápidamente en el blanco de todos
los golpes, puntapiés y torturas sofisticadas como el sacacorchos, las
tijeras sencillas y la doble Nelson. No había día en que no fuera
varias veces al suelo con un golpe lateral plano que le daban con el
pie en una parte baja de la pierna.
Cada
mañana, yendo a la escuela cargado con la mochila, era víctima de
taladradoras y pomadas que le aplicaban unos pesados terribles que se
convirtieron poco a poco en sus verdugos permanentes. A pesar de todo
no descendió a la categoría de pelele y organizó un grupo de agresión y
defensa para protegerse de esos terribles suplicios acompañados por las
risotadas salvajes de sus desolladores.
En esa edad ingrata
soñaba con la madurez para alejarse de aquel infierno poblado de
criaturas que ululaban, corrían y brincaban en un estado de ebullición
permanente, y para descansar por fin de la suciedad y fealdad de esos
mocosos simiescos. El que tenga aunque sea un recuerdo vago del
“Atrapamiento y consiguiente malaxamiento” de “Ferdydurke” comprenderá
enseguida en qué estaba pensando Gombrowicz cuando lo escribía.
La
novela comienza cuando Jósiek Kowalski, el protagonista treintiañero
llamado Pepe, es raptado de su casa en una forma infantil por un
profesor que lo lleva a una escuela de adolescentes, a pesar de los
lamentos de la criada que no lo puede impedir porque el profesor la
pellizca en las nalgas y la criada pellizcada tiene que mostrar los
dientes y estallar en una risa pellizcada.
En el medio de la
narración Pepe tiene unas aventuras en la escuela que culminan con un
duelo de muecas entre dos adolescentes líderes de dos agrupaciones que
expresan su antagonismo con intentos de violación por los oídos
mediante la utilización de palabras sublimes y obscenas, que caen en la
vulgaridad y el anacronismo, y que no pueden darle el triunfo a sus
ideas.
“Nosotros, en el cole, nos propinábamos grandes y ruidosas
bofetadas que, sin embargo, ya no terminaban en duelo. El ultrajado
tenía que devolver la bofetada si no quería perder su honor, pero
entonces el adversario se veía también obligado a su vez a devolver la
bofetada, ya que una ley tácita estipulaba que el último en golpear la
cara ganaba. Un día, con Tadeusz Kepinski, atravesamos dos veces el
patio de la escuela dándonos bofetadas: ambos terminamos con la cara
hecha una calabaza”
Al
mismo tiempo de estas aventuras juveniles discutía en el colegio en
forma madura con su profesor de polaco, el señor Cieplinski, el Enteco
de “Ferdydurke”, sobre un contenido de la educación en Polonia que le
daba más importancia a sus poetas profetas que a Shakespeare y a
Goethe. Gombrowicz le reprochaba que se ocuparan más de las guerras
polacas contra los turcos que de la historia europea y universal.
Y
cuando Cieplinski le respondía que había que tener en cuenta que eran
polacos, que hasta no hacía mucho tiempo habían sido perseguidos por
hablar polaco en las escuelas, Gombrowicz le replicaba que por eso no
tenían que ser ignorantes. Dejó la adolescencia, entró en la juventud,
escribió “Ferdydurke”, pero seguía ocupándose de tonterías.
“Mi
situación era un tanto embarazosa porque desde hacía unos cuantos años
casi no había abierto mis manuales, y me dedicaba durante las clases a
practicar mi firma, cada vez más sofisticada, con rúbrica o sin ella,
aprobando los cursos de pura chiripa. En el cuarto curso el director me
había retado porque yo no llevaba libros a la escuela, simplemente una
pequeña agenda para tomar apuntes. En respuesta contraté a un mensajero
–se encontraban entonces en las esquinas de las calles– que entró
detrás de mí en el edificio de la escuela cargando con mi mochila llena
de libros (...)”
Marcelina Antonina y Rena, su madre y su hermana,
admiraban a la ciencia. La hermana tenía un espíritu lógico y estaba
atraída por la objetividad científica. A la madre la fascinaban los
médicos eminentes, los profesores, los grandes pensadores, y en general
las personas serias. Yo creo que la actitud de Gombrowicz hacia la
ciencia quedó decidida en un examen del bachillerato.
“Volvió
a repetirse lo mismo, desgraciadamente, en el examen escrito de
matemáticas. Mi falta de talento en esta materia se dejó ver con toda
claridad. Ataqué el problema de trigonometría con la bravura de un
suicida y, para mi mayor sorpresa, lo resolví en diez minutos. Todo iba
como la seda: bastaba sumar unas cuantas cifras y ya estaba todo listo
(...)”
“Pero yo sabía que era demasiado hermoso para ser cierto y me
dispuse a buscar, horrorizado, otras soluciones... mas no había nada
que hacer, cada vez, como un tren sobre una vía muerta, llegaba a la
misma solución sencilla, clara, deslumbrante por su evidencia. Por fin
sucumbí, no pude resistirme más a la evidencia y, presa de los peores
presentimientos, entregué el trabajo (...)”
“Sabía
que me iban a poner un cero pero, ¿qué podía hacer si no existía mancha
ninguna en mi obra? Sí, un cero en trigonometría, un cero en álgebra,
un cero en latín: tres ceros coronaron mis esfuerzos. Parecía que no
tenía salvación. En cambio, mi disertación de polaco me valió un cum
laude, así como también mi examen de francés, lengua que hablaba
bastante bien en casa. El tribunal se quedó de piedra y decidió enviar
mis trabajos al ministerio quien pronunció una sentencia favorable:
aprobado (...)”
“Fuimos a celebrar el éxito (...) Me emborraché como
todos y eché mis entrañas por la ventana del quinto piso: estaba tan
ciego que no me di cuenta de que abajo había una cafetería con las
mesas en la acera. Los aullidos que llegaron desde la calle, me
hicieron avisar rápidamente a mis compañeros y, acto seguido, colocamos
una barricada en la puerta de entrada dispuestos a defendernos hasta el
final”
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