
WITOLD GOMBROWICZ Y GALILEO GALILEI
“Me
parece que aquí hay algo paradójico, hasta siniestro. Pienso: ¿qué es
forma? O más bien: ¿qué no es forma? ¡Ay Señor! ¡Ay Señor de Platón que
siempre geometrizas, Señor de Galileo que nos hablas, mortales, en
signos matemáticos, Señor de Einstein que nunca, jamás, juegas a los
dados! Lo único que se ha propuesto que no sea forma es la materia,
pero aunque manejamos con soltura la forma inmaterial (por ejemplo, los
números), nadie ha podido imaginar materia informe, prima materia.
Gombrowicz, lo hemos visto, la asociaba al culo”
Galileo fue un
astrónomo, filósofo, matemático y físico que estuvo relacionado
estrechamente con la revolución científica. Eminente hombre del
Renacimiento, mostró interés por casi todas las ciencias y las artes.
Considerado como el
padre de la física moderna, sus investigaciones experimentales son
complementarias a los escritos de Francis Bacon en el establecimiento
del moderno método científico. Su trabajo se constituyó en una ruptura
de las asentadas ideas aristotélicas y su enfrentamiento con la Iglesia
Católica Romana suele tomarse como el mejor ejemplo del conflicto entre
la autoridad y la libertad de pensamiento en la sociedad occidental.
El
Santo Oficio condenó al sistema copernicano como falso y opuesto a las
Sagradas Escrituras», y Galileo fue condenado por enseñar públicamente
las teorías de Copérnico. Una de las actividades más características de
la inteligencia es el razonamiento pero, si bien es cierto que el
razonamiento es una máquina dialéctica que se limpia a sí misma,
también es cierto que debe ser controlado pues la suciedad le es
propia.
El imperialismo de la razón es terrible, se extiende
como una serpiente, devora todo lo que puede, y como no sabe
controlarse a sí misma debe ser controlada desde afuera. Durante mucho
tiempo Dios se las arregló para que la razón funcionara libremente, sin
causar muchos contratiempos. Cuando Einstein declaró que el cosmos es
como un reloj del que sólo conocemos el movimiento de las agujas pero
no su mecanismo, le cerró el camino al entendimiento.
Gombrowicz
sostenía con nosotros polémicas acaloradas en el café Rex sobre los
problemas de la física, cuando la discusión se ponía un poco escabrosa
nos escapábamos con una broma. Una noche, discutíamos sobre si
relatividad era una palabra adecuada para designar a esa teoría de la
física.
Vea, Gombrowicz, como usted sabe Einstein era judío,
pues bien, concentró todo el poder de su inteligencia en el desarrollo
de una teoría de las medidas (la relatividad es, en efecto, una teoría
sobre las medidas), con el propósito de agrandarlas cuando se achican y
de achicarlas cuando se agrandan, y corregir así lo que podríamos
llamar el efecto semita.
En
efecto, los tenderos judíos tienen la costumbre de achicar el metro
para medir las telas cuando las venden, y de agrandarlo para medirlas
cuando las compran. Einstein era un hombre culto además de genio, no
sólo había leído a Newton sino que también había leído a Kant. Kant se
encuentra en el cruce de la tres corrientes ideológicas más importantes
del siglo XVIII.
El racionalismo de Leibniz que distingue
entre verdades de razón y verdades de hecho y cuyo ideal es estructurar
el conocimiento científico como una malla de verdades de razón. El
empirismo de Hume con sus reflexiones sobre las percepciones y sobre
las conexiones no causales de los hechos. Y la ciencia positiva físico
matemática de Newton.
El pensamiento de Kant huele mucho más a
Newton que a otra cosa, es por eso que su sistema filosófico es
imponente pero no exagerado. Newton había puesto en caja a todos los
fenómenos de la naturaleza con su desarrollo de la mecánica racional,
un sistema grandioso y seguro, alejado de las quimeras. Kant tiene en
la mano pues todas las cartas de la ideología de su tiempo.
Las
concepciones del tiempo y del espacio del modelo magistral desarrollado
por Galileo pasaron a la mecánica racional de Newton a la que Einstein
empieza cascotear aplicándole el efecto semita del metro de los
tenderos judíos, una mecánica que se basa en cuatro principios
fundamentales. El principio del movimiento rectilíneo uniforme, el
principio de acción y reacción, el principio inercial que vincula a la
fuerza con la masa y la aceleración, y el principio de la atracción de
las masas.
El conflicto entre los corpúsculos y las ondas es el que
a la larga se convierte en el talón de Aquiles de Newton, en forma
extraña la luz es el fenómeno más oscuro de la naturaleza pues presenta
aspectos corpusculares y ondulatorios a la vez. Newton se queda con los
corpúsculos aduciendo que como el espacio es vacío no puede ondular.
A
medida que los instrumentos de medición se fueron perfeccionando la luz
cada vez con más frecuenta mostraba sólo sus trajes ondulatorios,
y como el vacío no podía ondular según lo había dicho Newton, los
físicos inventaron el éter, un engendro de los mil demonios, un medio
inmóvil e inmensamente rígido a través del cual se desplazaban todos
los objetos y también la luz.
La velocidad de la luz era una vieja
conocida de los científicos con sus trescientos mil kilómetros por
segundo a cuestas, de modo que si existía un éter inmóvil debía ser
posible calcular la velocidad que tenía la tierra respecto a él
utilizando los rayos luminosos, pero sorpresivamente los físicos
descubrieron que la luz tenía una velocidad constante en cualquier
dirección en que dispararan los rayos.
Este
resultado paradójico entraba en contradicción con el insuperable modelo
de Galileo en el hay que sumar o restar las velocidades cuando hay más
de un sistema de referencia. Para calcular la velocidad que tiene una
persona que camina sobre un tren respecto a la tierra, hay que sumar la
velocidad que tiene respecto al tren a la velocidad que tiene el tren
respecto a la tierra.
Si la persona que camina sobre el tren fuera
la luz, el modelo de Galileo sería inválido pues cualquiera fuera la
velocidad del tren la luz mantendría una velocidad constante. La teoría
de la relatividad toma el hecho de la constancia de la velocidad de la
luz como condición básica para la construcción de la teoría pues no
puede dejar a esta anomalía surgida del reciente descubrimiento fuera
del sistema.
Como la velocidad de la luz se ha convertido en una
invariante universal entonces un intervalo de tiempo o de espacio de un
fenómeno que se mide desde la tierra no es igual al medido desde un
cuerpo que se mueve respecto a ella en relación a ese mismo fenómeno.
La mecánica racional de Newton suponía también que la velocidad de
traslación de la fuerza de gravedad en el espacio era infinita, pero si
la máxima velocidad que alcanza la naturaleza según la teoría de la
relatividad es la de la luz, entonces la concepción de Newton debía ser
revisada. Einstein resuelve este problema demostrando la equivalencia
entre la masa gravitacional y la masa inercial de lo que concluye que
la gravedad es una fuerza que debe manifestarse como una curvatura del
espacio.
En
ausencia de gravedad el espacio sigue siendo euclídeo, es decir, recto,
pero en presencia de materia gravitatoria se curva, y se curva tanto
más cuanto mayor sea el tamaño de la masa de esa materia gravitatoria.
La fuerza que atrae a un planeta hacia el Sol, es en realidad el efecto
producido por su movimiento en un espacio que ha sido deformado por la
masa del Sol. La consecuencia paradójica de esta manera de ver las
cosas es que el espacio y el tiempo se contraen en los cuerpos cuando
aumentan su velocidad respecto a un sistema de referencia, o cuando
están cerca de otras masas gravitatorias de mayor tamaño. La fórmula
más conocida de la teoría de la relatividad es la de la equivalencia
entre la materia y la energía, posiblemente la más famosa de la física
moderna, por la que hemos llegado a saber que la cantidad de energía es
igual al producto de la cantidad de masa por el cuadrado de la
velocidad de la luz.
La
luz y la fuerza de la gravedad trastornan a la razón, la razón galopa
enloquecida, el espacio de Euclides y la mecánica racional de Galileo y
Newton se han derrumbado a pesar de que estas concepciones son las que
están más cerca del sentido común de la humanidad.
Gombrowicz piensa que debe controlarse esta
sobreactividad de la razón porque no se corresponde con la realidad del
hombre, el hombre es un ser intermedio que tiene necesidad de
temperaturas medias.
“Pertenezco a la escuela de Montaigne y estoy a
favor de una actitud más moderada, no hay que sucumbir a las teorías,
conviene saber que los sistemas tienen una vida muy corta y no hay que
dejarse impresionar por ello”
A Gombrowicz, igual que a
Galileo, le costaba trabajo mantener relaciones cordiales con el
catolicismo porque esa doctrina estaba en contradicción con su visión
del mundo, pero el intelectualismo contemporáneo se estaba volviendo
peligroso y le despertaba más desconfianza que el propio catolicismo.
El cristianismo le ofrece al hombre una visión coherente y no lo tienta
a resolver con su propia cabeza los problemas del mundo, una tentación
que, por lo general, produce resultados catastróficos.
En un
principio contrapone el catolicismo superficial de Sienkiewicz al
trágico y profundo catolicismo de Simone Weil con el que se podía
encontrar un leguaje común entre la religión y la literatura
contemporánea pero, posteriormente, se aleja de Weil y se acerca otra
vez a Sienkiewicz porque, según dice, se había vuelto partidario de la
mediocridad, de la tibieza, de las temperaturas medias, y enemigo de
los extremismos.
Pero
Gombrowicz tuvo mala suerte con Galileo. Un editor alertó a los
lectores con un (sic) sobre que Gombrowicz creía que el principio de la
palanca es de Galileo y no de Arquímedes como en realidad lo es: “Dadme
un punto de apoyo y moveré el mundo... Aplicando estas palabras de
Galileo (sic) a las condiciones polacas (...)”
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