
WITOLD GOMBROWICZ, CÉSAR AIRA Y MICHEL LAFONT
Hay
hombres que piensan observando el mundo, y otros que piensan después de
leer un libro. Una de las ocupaciones principales que tienen los
hombres de letras es la de leer, pero acostumbran a decir que leen más
de lo que en realidad leen. Gombrowicz hizo experimentos memorables en
Polonia y en la Argentina para demostrar que esta afirmación es cierta.
Él mismo no le tenía mucha simpatía a la lectura, acostumbraba a
decir que nunca había terminado de leer un libro porque los libros lo
aburrían. Mientras la actitud de Gombrowicz respecto a la lectura era
distante, la del Pato Criollo no lo es, pasa por ser, según las
opiniones autorizadas del Niño Ruso y del Hombre Unidimensional, el
escritor hispanohablante más leído por lo que lee, no así por lo que es
leído.
Más de
una vez Gombrowicz tuvo inconvenientes por negarse a leer. Höllerer, un
profesor muy renombrado, director de la revista “Akzente”, lo invitó a
un coloquio en una universidad de Berlín para que leyera en alemán un
fragmento de “Ferdydurke”: –Pero mi pronunciación es terrible, ni yo ni
los oyentes entenderemos nada; –No importa, es un acto de cortesía que
tenemos con usted, el señor Hölzer leerá algunos de su poemas y después
se abrirá el debate. Höllerer –una especie de Victoria Ocampo nos decía
en sus cartas– le inspiraba confianza, tanto como profesor como por su
talante de estudiante, algo que se le hacía evidente cuando escuchaba
su risa jocosa y juvenil. Gombrowicz esperaba que esa jovialidad lo
librara justamente de ese compromiso con los estudiantes de la
universidad, pero el alemán que el profesor llevaba adentro lo obligó a
representar su papel y se dispuso a abrir la sesión.
Lo presenta a
Gombrowicz y lo invita a leer la página de “Ferdydurke”: –Perdón, señor
Höllerer, pero no la voy a leer. Otros participantes empiezan la
lectura de sus poemas. “Höllerer hablaba como profesor y sólo como
profesor, dentro de los límites de la función, Barlevi, en calidad de
polaco, de futurista varsoviano de antes de la guerra y de pintor que
estaba preparando una exposición, y también de invitado de Höllerer.
Hölzer, en calidad de poeta.... Völker, como joven literato”
Gombrowicz
se sintió debilitado, se había negado a leer la página de “Ferdydurke”,
tenía que defenderse de esta inferioridad con la que se había mostrado,
decidió por lo tanto dar señales de vida y pidió la palabra para
chapurrear su alemán. Su balbuceo hueco se volvió enseguida
inconcebible, ensartaba palabras al azar con el único propósito de
seguir hablando, pero, increíblemente, los estudiantes lo estaban
escuchando con atención, no sabía cómo seguir.
Entonces
se dirigió a Barlevi, a él le podía hincar el diente como compatriota y
como pintor, y en un tono apasionado le empezó a hacer reproches
incomprensibles, hasta que el pobre Barlevi se durmió. Sonaron los
aplausos, los estudiantes se levantaron y Höllerer dio por terminada la
reunión. Los inconvenientes que se le presentan al Pato Criollo
respecto a la lectura son distintos, no se le presentan por negarse a
leer sino por todo lo contrario.
“Hubo un episodio bastante poético,
aunque me hizo quedar como un pequeño idiota relacionado con el más
raro de esos animales: el bicho canasto. Es un ser que ya no existe, se
debe haber extinguido. Era una especie de gusano gordo, del tamaño de
un dedo, que se envolvía en un canastillo en forma de cucurucho tejido
con ramitas y pedazos de hojas. Se volvía indestructible (...)”
“Hasta
que pasó lo que voy a contar yo siempre había creído que se fijaban en
un lugar y se quedaban ahí toda la vida; era natural pensarlo porque
tenían más de vegetal que de animal. Un día mi padre sacó la escalera
al parque y estuvo un largo rato arrancándole bichos canasto a la copa
del árbol más cercano a nuestra puerta (...)”
“Los
tiraba al suelo a medida que los arrancaba, y después los juntó con un
rastrillo, hicieron una pila fenomenal: –¿Y ahora?; –Ahora vamos a
quemarlos. Con un balde, en sucesivos viajes, los llevó adentro, a la
chimenea. Cuando estuvieron todos allí, me ordenó, con su modo brusco y
nervioso, que me encargase de quemarlos, porque él tenía que hacer:
–¡No te preocupes papá! Yo me encargo (...)”
“Mientras fui a
buscar los fósforos él salió, como si estuviera muy apurado, sin
mirarme. Volví pensativo a la chimenea. Quemar un montón de bichos
canasto pude parecer un trabajo extraño y cruel, pero era el modo de
destrucción más adecuado a esos seres crujientes y secos.. Ahora bien,
yo también debía tener algo interesante que hacer, porque me limité a
arrojar un fósforo encendido a la pila y me puse a leer... perdí la
conciencia del tiempo (...)”
“Durante
el almuerzo sospeché que algo no estaba bien, porque mi primera mirada
fue a la chimenea. No había un solo bicho canasto, estaba limpia,
blanca. Pensé que habían limpiado las cenizas, y que me reprochaban que
no lo hubiera hecho yo. Empecé a murmurar una excusa, pero un sexto
sentido me advirtió que me convenía callar. El almuerzo transcurrió en
silencio. La atmósfera estaba envenenada. Fui a tirarme a la cama (...)”
“Entonces
los vi. Estaban todos en el techo, colgados del yeso blanco del cielo
raso, altísimo, inalcanzable. Lo ocupaban todo, porque habían dejado
espacios entre uno y otro, el espacio vital que les dictaba el
instinto. Eran un espectáculo asombroso, inolvidable. Todo el techo...
como farolitos chinos... Habían trepado, se habían escapado, buscando
lo alto (...)”
“Me
invadió el terror más abyecto. Ni por un segundo pensé que mis padres
no lo habían visto. Y sin embargo no le habían dirigido una sola
mirada, no habían hecho una sola alusión. Me senté en la cama. No me
quedé a esperar la respuesta. Fui en línea recta a la puerta, pasando a
centímetros de la espalda de papá... le habría bastado con estirar el
brazo (...)”
Pero no lo hizo: fue como si renunciara a mí...
Abrí la puerta, la cerré a mis espaldas sin volverme a mirar y eché a
correr desesperadamente por la galería, hacia la calle. Era como si
nunca fuera a volver. Los abandonaba como a dos estatuas fúnebres...
Huía. Sentía que huía hacia mi propia muerte”
Las obsesiones que
tenían Gombrowicz y el Pato Criollo respecto a la lectura, con una
actitud distante porque lo aburría la de Gombrowicz, y con una actitud
realmente apasionada la del Pato Criollo, desembocaban muchas veces en
actitudes un tanto ingratas. Por acá, en la Argentina, los gestos de
gratitud de Gombrowicz no fueron muy frecuentes, al punto que el
consejero cultural de la Embajada de la Argentina en París se lo echó
en cara al consejero cultural de la Embajada de Polonia.
Se
le pueden contabilizar, sin embargo, algunos regalos: una escultura de
yeso muy bonita, un frasco de mermelada, un libro de pinturas, una
sandía con su firma, un arrodillamiento conmovedor para agradecer cinco
litros de kerosene, y una cantidad considerable de dedicatorias que
estampaba en cualquier tipo de libros. El Pato Criollo es más ingrato
aún.
Cuando viaja a Francia es recibido a cuerpo de rey en
Grenoble, en la casa de su colega y amigo Michel Lafont, pero no da
ninguna señal de gratitud. Todos los días, después de tomar el
desayuno, en vez de hacerle los cumplimientos a Michel y a su esposa
que hacen lo imposible para agasajarlo, el Pato Criollo hurga en la
biblioteca y se pone a leer hasta el mediodía.
En
Grenoble no corre el peligro de los bichos canasto, sin embargo, podría
ser más considerado y mantener alguna conversación agradable con los
anfitriones, pero no lo hace. A la hora del almuerzo la señora se
desvive por prepararle comidas exquisitas, es un esfuerzo vano, al Pato
Criollo no le sale ni el más mínimo gesto de agradecimiento.
Gombrowicz, en cambio, cuando era homenajeado con una buena comida,
dedicaba libros con el menú.
“En recuerdo de la estupenda cena del
1º de mayo de 1957: cuajada, sopa de croquetas, sesos con nouilles,
tarta de queso con crema batida, té, café. Con la expresión de mi
veneración profunda y de mi amistad inquebrantable. Hasta ahora
hambrienta, hoy saciada hasta reventar. Witoldo”
Los detalles de las comidas del Pato Criollo con Michel Lafont me los proporcionó
la Hierática, y los de la dedicatoria en el menú, Halina Grodzicka.
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