
WITOLD GOMBROWICZ Y RAMÓN GÓMEZ DE LA SERNA
“Buenos
Aires era el lugar de los exiliados españoles y de todo el mundo, desde
Ramón Gómez de la Serna, con su pipa en el Edelweiss, hasta Gombrowicz
a las cuatro de la tarde en la vacía confitería del Rex, esperando a
Sabato o a su partner para las partidas de ajedrez”
Aunque pueda
parecer una perogrullada hay que decir que el arte de escribir, entre
muchas otras cosas, también tiene algo que ver con las palabras.
“¿Qué
pensar de la categoría intelectual y demás cualidades de una persona
que aún no se ha enterado de que las palabras cambian en función de su
uso, de que incluso la palabra 'rosa' puede perder su perfume cuando
aparece en labios de una pedante pretenciosa y en cambio la palabra
'm...' puede resultar correctísima cuando su uso está sometido a una
disciplina consciente de sus objetivos?”
Esta
forma de ver las cosas se volvió muy importante cuando la editorial
“Sudamericana” se propuso editar “Ferdydurke” por segunda vez en la
Argentina, cosa que ocurrió en 1964, la primera fue la de “Argos” en
1947. Gombrowicz le pidió al Pterodáctilo que le echara un vistazo al
trabajo de “Sudamericana”, y a mí me pidió que le echara un vistazo al
Pterodáctilo pues había sido un crítico implacable de la traducción del
café Rex.
“Confieso no poder comprender, Piñera, cómo entre dos
buenos estilistas como usted y Ernesto, pueden existir tales
divergencias. Usted es el Presidente del Comité de Traducción y juez
supremo, pero, ¿no sería conveniente que se reuniera con Ernesto para
saber qué seriedad tiene sus objeciones? (...)”
“¿O que esas
páginas se discutan, por ejemplo, con Martínez Estrada, Borges o Gómez
de la Serna, o algún otro buen estilista? Considero que esto le
permitiría a usted entrar en relación con ellos, lo que ya es
importante. Así sabremos al menos qué es lo que critican Lida y
Ernesto, y, a lo mejor, habría que dar más fuerza a sus aclaraciones o
tomar alguna otra medida (...)”
“Le
sugiero eso, Piñera, para bien suyo. Yo, por Dios, no me achico, ni le
aconsejo achicarse a usted, y si la traducción suena bien no me
importan los tristes puristas, pero ya sabe que la batalla será dura,
así que hay que conocer la actitud del enemigo, y, además, puede ser
que en tal o cual detalle tengan razón porque tienen el oído más fresco”
A
pesar de que unos pocos miembros de la intelligentsia argentina habían
reconocido en Gombrowicz un escritor de talento, la única pieza de
triunfo que podía exhibir era una carta de Manuel Gálvez. Este ilustre
hombre de letras, de una familia tradicional que tenía parentesco con
Juan de Garay, fue uno de los representantes más conspicuos de la
literatura argentina en la primera mitad del siglo XX.
Cuando
Gombrowicz se tomaba vacaciones llevaba consigo la carta de Manuel
Gálvez con el propósito de vencer la desconfianza que despertaba al
declararse literato conde en los sitios del interior que visitaba. La
carta de Manuel Gálvez es una manifestación elocuente del entusiasmo
con el que algunos argentinos habían tratado a Gombrowicz, muy lejos
del desprecio que le había mostrado desde el principio el
Asiriobabilónico Metafísico.
“Como no me conformo con tocarme la
oreja derecha cuando lo vea, ahí va mi opinión sobre ‘Ferdydurke’. No
he leído en mi vida libro más original ni más raro. No se parece en
nada a Rabelais, salvo en la invención de palabras. Pero pertenece a
una corta familia de libros muy raros, entre los que yo colocaría,
además de la obra de Rabelais, el drama ‘Le roi Bombance’ de Marinetti,
varios libros futuristas, dadaístas y ultraístas y algo de Ramón Gómez
de la Serna (...)”
“Si
‘Ferdydurke’ no es una obra genial, está muy cerca de serlo. Tiene
usted una imaginación formidable y un poderoso sentido dramático. Sobre
lo segundo, le diré que muchas escenas me han apasionado por su
dramaticidad, a pesar de tratarse de asuntos en cierto modo absurdos,
como me apasionaron escenas realistas o sentimentales, escritas por
verdaderos maestros (...)”
Manuel Gálvez encontraba algún
parentesco literario entre Gombrowicz y Ramón Gómez de la Serna,, y
Gombrowicz consideraba al inventor de las Greguerías como un gran
estilista. En el año que Gombrowicz se va de la Argentina y parte rumbo
a Europa Gómez de la Serna se muere en Buenos Aires. Ramón Gómez de la
Serna, un escritor vanguardista español, fue inventor del género
literario conocido como Greguería.
Empezó su carrera literaria en el periodismo donde se
propuso renovar el panorama literario español con su carácter original,
ejerciendo una rebelión imaginativa y nihilista contra una sociedad
anquilosada, burguesa y sin expectativas. La Greguería ejerció una
enorme influencia en los creadores de su tiempo: “humorismo más
metáfora igual greguería”.
Dueño de sus recursos literarios se
desbordaba en las conferencias. En una ocasión uno de sus oyentes,
señalándolo con una pistola, le comenta al espectador que tenía al
lado: “¿Qué?... ¿Le mato ya?”. Fue uno de los tres miembros extranjeros
de la Academia Francesa del Humor junto Charles Chaplin y Pitigrilli.
Exiliado ilustre, vivió en Buenos Aires veintisiete años a la distancia
de una calle del Congreso de la Nación y nunca quitó de la esfera de su
reloj la hora de Madrid.
El inventor de las Greguerías, veterano
conferenciante, sabía tomarse la vida con humor: “Sabido es que la
Argentina es la primera consumidora de conferenciantes del mundo”. Para
poner un ejemplo de cómo Gombrowicz hacía cambiar las palabras en
función de su uso, Gómez de la Serna también lo hacía en las
Greguerías, vamos a ver cómo prepara artística y musicalmente una gran
masturbación en una de sus novelas.
Leon
sentado en un tronco le cuenta que había trabajado treinta y dos años y
que las historias del gorrión y el palito eran para él fruslerías, que
lo importante era la fiesta, que en la fiesta iba a bergar con el berg.
De aquí en adelante Leon utiliza la raíz berg, a la que conjuga y
declina de varias maneras diferentes, para referirse especialmente a
los órganos y a las funciones sexuales.
El protagonista quiere
escaparse pero no lo deja, le cuenta que la esposa no sabe que él juega
en la mesa con el berg, que berguea con el bemberg. Le ruega que se
quede, que le va a decir algo que le interesa pues lo veía como un buen
bembergador, que lo había admitido en su casa porque estaba bembergando
con el berg a su hija Lena, a escondidas
Sabía
que le gustaría embergarse bajo sus faldas, a pesar de que estaba
casada, como el amanberg número uno, que no le dijera una palabra a
nadie porque en caso contrario se vería obligado a echarlo de casa.
Acto seguido le comunica que no los había arrastrado hasta ese sitio
para ver un panorama sino para celebrar un aniversario de algo que
había ocurrido hacía veintisiete años; el placer más intenso que había
tenido en su vida, el placer que le había dado una sirvienta.
Que
en su vida un tanto mediocre había paladeado pocos bocadillos, que
estaba muy vigilado, pero que había aprendido que una mano puede
excitar a la otra, para qué buscar entonces otra si uno tiene dos, que
si uno se las ingenia puede encontrar un mundo ilimitado de diversiones
en el propio cuerpo.
Esa noche harían la peregrinación, con
devoción, la devoción es necesaria porque sin ella no existiría el
placer; le pidió que lo dejara solo para purificarse y prepararse para
el ceremonial del placer, para el festejo del Gran Espasmo con aquella
sirvienta ...
Mientras
tanto Leon se excitaba recordando a aquella mujerzuela, jadeaba,
celebraba su propia inmundicia. Pero nadie se iba, gimió lujuriosamente
y finalmente exclamó: ¡Berg!, bembergando con el berg. Los había
llevado a la montaña para masturbarse.
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