
WITOLD GOMBROWICZ Y STALISNAW SKROWACZEWSKI
“Su
actitud cambiaba de un modo evidente cuando se encontraba ante un
polaco. Una tensión se apoderaba de él. Se hubiera dicho que entonces
se encontraba súbitamente en una situación que superaba en mucho las
circunstancias reales del encuentro. Yo pensaba, al mirarle, que tal
vez se sentía como delante de su padre o de su padre, o ante su vida
anterior en Polonia. La presencia de un polaco le recordaba esos
problemas de la poloneidad tan agudos en su vida y en su obra. Se
notaba el doloroso esfuerzo que hacía para estar a la altura frente a
todo eso... ”
Este comentario que hace el Esperpento y que la Vaca
Sagrada registra en “Gombrowicz en Argentina”, no es tan exagerado como
pudiera parecer, vamos a darle, entonces, algunas vueltas a lo que le
pasaba a Gombrowicz con los polacos puestos en la Argentina.
El
tipo polaco, confrontado con el tipo argentino, le producía a
Gombrowicz una impresión que le resultaba difícil de captar. Los
polacos lo impresionaban como más hábiles, con la misma habilidad que
tienen los técnicos cuando se inclinan sobre una máquina, los
argentinos, en cambio, lo impresionaban como más artistas, más
perezosos y más dados a la diversión.
“La astucia de Ulises, aquella
astucia dirigida a conquistar la naturaleza, es propia de los rubios,
hijos de esas tierras menos acogedoras que invitan más a soñar. Sin
embargo, en el polaco, este aspecto técnico es, además, romántico, un
ingeniero tendrá también cara de guerrero o de conquistador, de asceta
o de profeta, aunque en realidad no sea más que un pobre diablo o un
jugador de bridge”
Esta impresión era la de un Gombrowicz que ya
llevaba más de veinte años en la Argentina, era una impresión parecida
a la que tenía cuando se ponía a hojear sus obras medio olvidadas para
averiguar lo que le parecían después de tanto tiempo. Devoraba a los
polacos con la vista para investigar las características de sus
movimientos, su forma de hablar y sus caras.
Mientras
Gombrowicz vivió en su Polonia natal no estuvo seguro de las
impresiones que le despertaban sus compatriotas polacos, pero aquí, en
la Argentina, pudo contrastar esas impresiones que traía desde Polonia
con un material humano de los más variado, compuesto de todas las razas
y de todas las naciones posibles, una mezcla que se ve especialmente
por las calles de Buenos Aires.
“Es para mí como una especie de
placer doloroso el mirar de improviso a un polaco y verlo de esta nueva
forma, igual que se ve a un extranjero, pudiendo verificar de ese modo
mis impresiones anteriores cuando estaba aprisionado por la polonidad
y, ¿para qué ocultarlo?, bastante atormentado por ella. Hace poco, en
Buenos Aires, experimenté de un modo repentino e inesperado una
confrontación así”
Se
refiere al encuentro con un director de orquesta polaco del que fui
testigo. Mientras el público escuchaba con atención un concierto en la
Facultad de Derecho, Gombrowicz sacó un gotero del bolsillo, lo
ascendió cuan-to pudo con el brazo bien extendido y empezó a
descolgarse gotas en la nariz desde lo alto, haciendo todos los
aspavientos posibles para llamar la atención.
Cuando terminó
el concierto fuimos a ver al direc-tor, habló un rato con él, acordaron
un encuentro para el día siguien-te y nos fuimos. Después de un tiempo
le pregunté qué le había pare-cido nuestra orquesta al maestro polaco:
–Vea, no quiero desanimarlo, me dijo que tiene el nivel, más o menos,
de las bandas de música que tocan en las plazas de Varsovia. Yo también
observé en este encuentro la tensión de la que habla el Esperpento,
pero se la atribuí a los nervios y no le di importancia.
“Fui
por casualidad a un concierto, llegué tarde, entré en la sala cuando ya
sonaba el tema del primer alegro de la ‘Eroica’; no tenía idea de quien
era aquel tipo delgado que dirigía, pero la ejecución de la sinfonía
beethoveniana era notable y en algunos detalles tan original que
discutí sobre el asunto con Gómez, el amigo argentino que me acompañaba”
Cuando
terminó el concierto fuimos a ver al director, resultó ser Stanislaw
Skrowaczewski, un compositor y director de orquesta polaco
sobresaliente. Las características físicas y espirituales del maestro
que Gombrowicz había notado durante el concierto, se le organizaron en
esa forma de tipo polaco que ya conocía, igual que lo que ocurre con un
paisaje cuando un detalle nos lo permite identificar como algo familiar.
“Pero
al mismo tiempo, creedme, todo eso estuvo acompañado de una
desagradable puntada en el corazón, quizás a causa de tantos
enfrentamientos míos con aquel ‘tipo polaco’ al que yo también
pertenecía”
No
hay que buscar en esta reacción de Gombrowicz un complejo de
inferioridad, su condición de forastero impenitente lo había curado de
ese problema y se sentía cómodo en cualquier ambiente.
Ese
exotismo de su país que le recodaba el director de orquesta no era
solamente misterioso, también parecía una forma de huir de las
preocupaciones y de las luchas de cada día muy típica de los polacos.
“Lo
captó el ilustre Marcel Prust al describir sus encuentros con un
pequeño grupo de ‘muchachas en flor’; al conocerlas más de cerca,
cuando le fueron reveladas sus preocupaciones, intereses, sueños y
penas, las encantadoras muchachas dejaron de encantarle; y lo mismo le
ocurrió con los salones de la aristocracia parisina, que se le
convirtieron en aburrimiento cuando dejaron de ser algo desconocido y
misterioso. Pero para Proust la vida consistía sobre todo en conocer, o
sea en matar el encanto que nace de nuestra ignorancia”
El
propósito que tenía Gombrowicz cuando se encontraba con algún polaco
era el de verlo en su misterio, como lo verían, por ejemplo, un español
o un boliviano, en su calidad de extranjero. No obstante el misterio
polaco tenía los pies de barro.
Polonia era un país que no se
destacaba demasiado, que carecía de una cara propia, pero los polacos,
sin embargo, no pasaban por el mundo desapercibidos, aunque en la
mayoría de los casos llamaban la atención por sus extravagancias. A
pesar de todo, el misterio polaco existe, una cierta manera polaca que
atrae e interesa al extranjero.
“Estuvimos discutiendo sobre este
tema con un grupo humano de varias lenguas, al volver de la proyección
de ‘El atentado’, una película cuyo título en polaco debe ser ‘Zamach’
(...)”
“A aquellos argentinos, ingleses e italianos la
película le había parecido bastante exótica, pero cuando los acosé a
preguntas, resultó que no era por el tema, ni por la forma artística ni
por la acción. No, todo eso es más que conocido, ese patriotismo, la
lucha contra el invasor, el heroísmo de la juventud, sí, es un tema
bastante sobado..., pero aquellas gorras...., y aquella manera de
andar... Precisamente esos detalles de tercer orden, que no se sabe
cómo llegan a la pantalla, eran los que más les habían interesado”
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