Publicado el 6 Julio 2009 por Arturo Ruiz Ortega en DESDE LA ABSOLUTA Y FORZADA INDEPENDENCIA
Es inútil.
Todo este ejercicio de creación artística; el pensar filosófico es inútil. Desde un punto de vista pragmático, burgués, responsable, debiéramos estar haciendo dinero. Yo mismo cuando escribo guiones, hago simplemente lo que el director quiere, si escucha lo que tengo que decir bien, si no también; finalmente se hará lo que él quiere y yo cobraré si tengo suerte.
Sin embargo...
Son las actividades inútiles las más importantes, las que nos transforman en personas en vez de máquinas o animales. El juego del animal tiene claros fines pragmáticos -el aprendizaje de la cacería, por ejemplo -, la máquina no tiene más posibilidad que su tarea... pero nosotros podemos hacer cosas que escapan a lo cotidiano y es en ello que nos hacemos más humanos, menos maquinales, menos animales.
El menester es lo odioso de la condición humana. Necesitamos comer, dormir, reproducirnos. La gran mayoría de nuestras acciones se orientan al menester, a la necesidad, sin embargo, nuestra tendencia más íntima es la gratuidad, a lo inútil. La mayor parte de nuestro tiempo la pasamos trabajando, sin embargo, nuestro tiempo libre lo gastamos en acciones inútiles: comer una cena agradable, siendo que debiéramos conformarnos con algo simplemente nutritivo, contemplar ficciones en la televisión, escuchar música ¡algunos incluso leen libros!
Fuera de la identidad que nos confiere nuestro trabajo -soy abogado, médico, albañil -nos definen estas preferencia inútiles. Nuestro trabajo tiene por fin pagar por ellas.
Los antiguos concibieron a sus dioses como superhombres que no padecían hambre, ni sed y que se movían por caprichos inhumanos. En el dios se proyecta el hombre como un ser más allá de la necesidad, libre, gratuito. En inglés la palabra libre y gratis son la misma: free.
La palabra gratis viene del latín gratia, aquello que tiene por fin el adorno o aquello que se da por puro gusto por pura LIBERALIDAD.
Aquí estamos jugando. Estamos creando gratis, por mera liberalidad. La paradoja del valor que tiene esto en nuestras vidas es tremenda: es precisamente la gratuidad de nuestra labor aquí la que nos acerca más a los dioses que el resto de nuestros congéneres y precisamente eso es por la inutilidad de nuestro cometido.
Ahora bien, existe la crítica.
No sé si alguien aquí alguna vez efectivamente haya enfrentado crítica dura. Yo sí, yo he trabajado con directores que han dicho que mis guiones valen hongo, y con los que después he ganado premios importantes; sobre un mismo trabajo me han dicho que es demasiado intelectual o muy superficial...
Tengo las herramientas para demoler con crítica cualquier cosa. La crítica es el arte de econtrar defectos incluso en Shakespeare, pero... son sofismas. La gran mayoría de las teorías estéticas de los literatos se basan en peticiones de principios ¿sabían que existe una estética QUEER? O sea, evaluar todo desde un punto de vista homosexual... existen estéticas SOCIALISTAS que evalúan el arte según si es que es revolucionario en términos socialistas o no... CLASICISMOS, VANGUARDISMOS... etc.
En vez de las teorías estéticas modernas, estructuralismos, constructivismos... mi forma de evaluar es el intento de saber si mi trabajo causa el efecto deseado en el otro. La materia última de la obra de arte es la emocionalidad del destinatario y, a veces, mostrarle mi visión de mundo, si es que he logrado construir una. También el intento auténtico de lograr una visión es valioso ¡la mente que se ha enfrentado a lo Ente sin recurrir a ningún artificio y que ha sido incapaz de encontrarle un sentido es heroica! A esto, que es coger al espectador desde un lugar superior a sí mismo y mostrarle otra visión del mundo se le llama sobrecoger. El arte debe ser sobrecogedor.
El artista y el crítico son de especies distintas: mientras que el crítico es un zoólogo el artista es un elefante. El artista piensa como creador, evalúa la obra desde el mensaje que quiere entregar. El crítico ve si se adapta a sus teorías estéticas baladíes... mi experiencia, sin embargo, puede dar algunas normas, pero estas son normas de orfebre, de creador, de artesano y artista y no de crítico. El artista debe darnos una mirada nueva, mientras que el artesano debe cumplir con las normas. En cuanto guionista he intentado ser un artesano, en cuanto escritor intento con humildad y por compulsión ser un artista y a veces pensar. El ejemplo más loable del artesano es el restaurador: virtuoso, sabe perfectamente las técnicas y los materiales que usó Tiziano, por ejemplo: agarra su cuadro y lo deja como nuevo y su labor es anónima, nadie lo conoce y es capaz de recuperar para nosotros la belleza del pasado. Renuncia a su punto de vista por la pureza técnica... no es un ejercicio inferior, también es un desafío. El artista por su parte se arriesga a la incomprensión, al anonimato, a la pobreza por servir a una visión y esta visión es lo que lo define en parte... la otra parte es su lealtad a esa visión, que puede llegar a la muerte...






































