
WITOLD GOMBROWICZ Y CARLOS FUENTES
Carlos
Fuentes, narrador y ensayista mexicano cuya obra se sitúa en el llamado
boom de la literatura hispanoamericana, es uno de los escritores más
importantes de todos los tiempos en el conjunto de la literatura de su
país. Figura dominante en el panorama nacional del siglo XX, por su
cuidadosa exploración de México y lo mexicano, a través de una obra
extensa y que usa un lenguaje audaz y novedoso capaz de incorporar
neologismos, crudezas coloquiales y palabras extranjeras, su propuesta
se sumerge en el inconsciente personal y en el colectivo, y traslada
con vigor a las letras mexicanas los mejores recursos de las
vanguardias europeas. Ensayista, editorialista de prestigiosos
periódicos y crítico literario, ha publicado también obras de teatro.
Una inteligencia atenta al presente y sus inquietudes, el profundo
conocimiento de la psicología del mexicano y una cultura de alcance
universal hacen de su obra un punto de referencia indispensable para el
entendimiento de su país.
Los
hombres de letras mexicanos forman un grupo muy destacado en el club de
gombrowiczidas: el Niño Ruso, el Cacatúa, el Hábil Declarante, el
Maltratado.... Carlos Fuentes, que incluye a “Ferdydurke” entre las
diez mejores novelas del siglo XX, se refiere a los cuartetos de
Beethoven, a Gombrowicz y a César Aira de una manera superlativa.
Los
cuartetos de Beethoven eran para Gombrowicz la cumbre prodigiosa de la
música, y la música, el efecto más poderoso y penetrante con el que las
bellas artes alcanzan el alma. A parte del placer que le producía,
Gombrowicz encontraba en los cuartetos una estructura espiritual que se
correspondía profundamente con el arte de composición literaria a la
que ponía en práctica en todas sus obras.
El
burgués inteligente, perezoso y bromista que era Gombrowicz cuando se
fue de la Argentina, también llevaba consigo esos cuartetos de
Beethoven. Con el curso del tiempo se me fueron pegando tanto los
nombres de Gombrowicz y de Berthoven que me vi obligado a escribir
“Gombrowicz es Beethoven”, una oración de diez líneas que publicó
“Tworczosc” en Polonia hace más de diez años, una idea sobre la que
volví a dar vueltas en “Gombrowicz, este hombre me causa problemas”.
“Durch
Leiden Freude, por el dolor la alegría pensaba Beethoven, algo parecido
piensa Gombrowicz, quizás el polaco cambia la alegría del alemán por la
belleza, o el encanto, o la juventud, o la diversión, o todo eso, da lo
mismo. Yo no junto a Beethoven con Gombrowicz porque sean grandes, los
junto porque son hermanos, porque en ellos se siente más que en ningún
otro que el dolor es el origen de la existencia”
Gombrowicz le daba vueltas a los cuartetos para ponerlos en correspondencia con los vaivenes de su escritura.
“A
veces trato de relacionar los cuartetos de Beethoven con una edad
diferente e incluso con el otro sexo. Intento imaginarme que el do
sostenido menor fue compuesto por un niño de diez años o por una mujer.
También trato de escuchar el cuarto como si estuviera compuesto después
del décimo tercero. Para adquirir una relación personal con cada uno de
los instrumentos, me imagino que soy el primer violín, que Quilomboflor
toca la viola, que Gomozo sostiene el violoncelo y Beduino el segundo
violín”
Carlos Fuentes publicó recientemente una hermosa nota en
la que habla de los artistas que coronan sus vidas con serenidad, y de
los que al final de su vidas apuestan a la intransigencia y a la
contradicción.
“(...) Enajenado, oscuro, rechazando la serenidad, despreciando la madurez,
Beethoven nos recuerda en sus cuartetos el ánimo de Witold Gombrowicz en sus grandes novelas ‘Ferdydurke’ y ‘Cosmos’ (...)”
En
la variedad de temas que Gombrowicz aborda en los diarios está incluida
su sabiduría filosófico musical, pero su obra artística no la incluye,
por lo menos no la incluye a primera vista. Hay que decir no obstante
que las estructuras musicales y el pensamiento fundamental están
presentes en el momento de la creación, pero Gombrowicz se ocupa de
cubrir su presencia con el lenguaje. El hombre encuentra en la música
su más auténtica y completa expresión artística, su lado íntimo y del
mundo en general.
El verdadero carácter de la melodía refleja
la naturaleza eterna de la vida humana, que desea, se satisface, y
desea otra vez, una particularidad que describe Schopenhauer con
palabras profundas y hermosas.
“Por consiguiente, la música no es en
modo alguno la copia de las Ideas, sino de la voluntad misma, cuya
objetividad está constituida por las Ideas; por esto mismo, el efecto
de la música es mucho más po-deroso y penetrante que el del resto de
las bellas artes, pues éstas solo nos reproducen sombras, mientras que
ella, esencias”
Gombrowicz
no utiliza las estructuras musicales tan sólo para ordenar su creación
literaria, sino también como elemento de hechizo, para seducir a los
lectores, especialmente en “Pornografía”.
“¡Qué descaro de mi
parte recurrir a unos temas tan fascinantes y melodiosos! Sobre todo
hoy, cuando la música moderna le teme a la melodía, cuando el
compositor, antes de utilizarla, tiene que despojarla de toda su
atracción, volverla árida. Lo mismo ocurre con la literatura: un
escritor moderno que se respete evita toda suerte de cebos, es difícil
y prefiere repeler antes que tentar. ¿Y yo? Yo hago justamente lo
contrario, meto en la obra todos los sabores más sabrosos, los encantos
más encantadores, la relleno de bellezas y excitaciones, no quiero una
escritura árida, sin hechizo... Busco las melodías más cautivadoras...
para llegar, si lo consigo, a algo todavía más seductor”
Existen
dos hombres de letras argentinos que cosechan, en unos, las más
calurosas adhesiones, y en otros, el más encendido rechazo, a saber: el
Pterodáctilo y el Pato Criollo, ambos gombrowiczidas ilustrísimos.
Es
uno de los casos más señalados de la bipolaridad literaria argentina
que tiene raíces oscuras y obedece a los mandatos de los más bajos
instintos. La primera vez que vi a Gombrowicz me pareció un personaje
inglés por el aspecto y por la pipa. Poco tiempo después se me empezó a
parecer a Jacques Tati, y cuando lo conocí un poco más todavía, puso en
mis manos a “Ferdydurke”. Gombrowicz fue el primer hombre de letras al
que conocí personalmente; de este encuentro y de la lectura de
“Ferdydurke” saqué la conclusión de que era un hombre inesperado y de
que no existía ninguna diferencia entre el escritor y sus escritos.
Cuando conocí a otros escritores me di cuenta de que este canon no era
aplicable en forma uniforme, funcionaba más o menos bien con el
Pterodáctilo, pero no funcionaba con el Pato Criollo, para poner dos
ejemplos que se refieren a estilos y concepciones literarias tan
diferentes que ocupan los dos extremos en el rango de la creación
artística.
El
Hombre Unimesional divulga a los cuatro vientos que no conoce a ningún
escritor que lea tanto como el Pato Criollo, y ésta es precisamente una
diferencia muy marcada que yo tengo con él. Después de haber leído “El
arte del espectáculo” le dije al Pato Criollo que el Asno tenía las
facultades mentales alteradas, pero no es así, lo que pasa es que
estando yo en mi estado natural –el de no leer– cuando me cae un libro
en las manos, lo rechazo y lo primero que se me ocurre es hablar mal
del autor, no del texto al que no leí o al que apenas leí, como hacía
Gombrowicz con Borges.
Advertido
de esta inclinación malsana que tengo decidí consultar al Niño Ruso
sobre cuál era la altura literaria que había alcanzado el Pato Criollo
pues me proponía leer alguno de sus libros.
“Me parece bien que
hayas acudido a Aira para el prólogo. Hay conexiones con Gombrowicz en
su excentricidad, en su libertad, en muchas cosas. No son iguales,
claro, nadie lo es (...) Yo lamento la ausencia de los conocimientos
filosóficos que tan bien maneja Aira y que le dan un peso especial a
sus novelas, como ‘Cumpleaños’. Aira es el más importante y radical de
los nuevos autores latinoamericanos y a mí, que estoy en el umbral de
los setenta años, leerlo me da una gran sensación de libertad”
Teniendo
en cuenta que las precauciones que uno puede tomar antes de poner un
libro entre las manos nunca están demás le escribí una carta al Pato
Criollo, me proponía leer uno de sus libros, y como es un hombre de
letras tan prolífico no sabía cuál era el que debía elegir.
“Y,
sí, siendo amigos, o en vías de serlo, lo que da lo mismo, creo que ha
llegado un momento muy duro para mí. Como te hice leer diecinueve de
las cartas que le escribí a Gombrowicz, el mero transcurso del tiempo
me obliga a leer alguno de tus libros, así lo mandan las leyes de la
simetría, contrariando mi inveterada costumbre de resistirme, como gato
panza arriba, a la lectura de libros, no así a la lectura de cartas.
(....) Llegados a este punto, y como es muy probable que a vos te
interese saber, por lo menos en parte, qué es lo que pienso de tus
escritos, creo que deberías recomendarme la lectura de un libro tuyo.
Para prevenirnos, tanto vos como yo, de malos entendidos que podrían
resultar fatales para el futuro de nuestra relación, más teniendo en
cuenta que vos escribís novelas con mucha frecuencia, es imprescindible
que se entienda muy bien que te estoy pidiendo la recomendación para la
lectura de tan solo uno de tus libros, no vaya a ser cosa que se te
ocurra jugarme una mala pasada, una pitolina, como quien diría. Pitol
me mandó recientemente desde México tres de sus libros dedicados”
Una
tarde en el Tortoni el Pato Criollo me contaba que la mujer de un
escritor argentino conocidísimo se le había entregado al Dandy para
darle celos, no podía soportar que su marido anduviera persiguiendo a
las nínfulas como buitre a camión de tripas. Yo no sé si esta historia
será cierta, nunca se sabe hasta dónde pueden llegar las mentiras de
los hombres de letras, tanto es así que también me contó que la mujer
del Dandy se acostaba con una señora de la familia más íntima del
Dandy, aunque en este caso no sabía por qué.
A pesar de estas
maniobras algo desdorosas de los hombres de letras se podría decir que
la actividad más importante que desempeñó Gombrowicz , y casi única,
fue escribir. Sin embargo no fue un escritor prolífico, le costaba
trabajo pasar de una obra a otra, le costaba también terminarlas, el
final le parecía siempre arbitrario.
Gombrowicz
no se parecía a Lope de Vega que escribía una obra en una sola noche y,
para no ir tan lejos ni tan atrás, al Pato Criollo, uno de nuestros
escritores más prolíficos. Esta dificultad para asomar la cabeza con
sus escritos lo hacía sufrir, no tenemos que olvidarnos que Gombrowicz
era más bien un hombre de ágora que un hombre de claustro.
“Qué
extraño, que no leas. Yo prácticamente no hago otra cosa (...) Pero
estoy seguro que vas a leer esta carta. Si yo fuera una de esas
pedagogas insistentes, se me ocurriría un truco para hacerte leer:
tomaría una buena novela, por ejemplo ‘La Montaña Mágica’ de Thomas
Mann, y te la iría mandando de a una página por día en un sobre; si
encuentro una oficina de correos que abra los domingos, me llevará tres
años, si no, cuatro”
Un
poco por este truco del Pato Criollo con el que me quería obligar a
leer y otro poco por el hecho de que en cada uno de los miembros del
club debe anidar algo de esa impotencia que tenía Gombrowicz que le
impedía terminar de leer los libros, la cuestión es que se me fue
ocurriendo la idea de escribir los gombrowiczidas, una idea que también
me permite entrar y salir de Gombrowicz con alguna soltura.
A
pesar de la desenvoltura con la que escribe el Pato Criollo y la
facilidad con la que consigue que le publiquen lo que escribe, conoce
perfectamente bien las contrariedades que padecen muchos de sus
colegas. En una de sus novelas narra las desventuras de un joven
escritor cuyo destino queda ligado a la conducta contradictoria de un
editor. El editor recibe con entusiasmo la primera novela del autor,
una historia que le parece genial, y le promete la firma del contrato
en no más de dos semanas, pero las cosas no suceden así.
Los
contactos entre el escritor y el editor se van haciendo cada vez menos
frecuentes, de semanas pasan a meses y de meses a años, sin embargo, el
entusiasmo y la delicadeza con los que el editor trata al autor
aumentan con el transcurso del tiempo.
Pero es justamente el
transcurso del tiempo el que hace pasar al escritor de la condición de
joven promesa a la de autor entrado en años y, como si fuera poco,
malogrado, una historia con un marcado aire kafkiano que me trajo a la
memoria “Un artista del hambre”. Kafka narra en este cuento los
infortunios de un hombre que ayuna por falta de apetito y que es
exhibido en público como una rareza llamativa. Al final del relato ya
nadie se interesaba por él, y lo barren junto a la basura, un final que
surgiere un cierto parentesco entre este faquir y los escritores
malogrados.
Hace unos años Carlos Fuentes andaba desparramando
a los cuatro vientos que en poco tiempo César Aira recibiría el Premio
Nobel de Literatura pero, el tiempo está pasando y, a pesar de la
maquinaria de precisión que ha montado su agente literario alemán, al
Pato Criollo le está ocurriendo con los premios lo mismo que al autor
malogrado le ocurría con el editor contradictorio, y tiene miedo de
correr la misma suerte del ayunador en el cuento de Kafka, es decir,
tiene miedo de que lo barran y lo tiren a la basura.
Lo primero que
atinó a hacer Gombrowicz cuando ganó el Premio Internacional de
Literatura fue preparar una lista de sus enemigos literarios,
regocijándose de antemano con la amargura desesperante que les iba a
despertar.
Ya con el premio en la mano escribe el famoso
diario del hijo ilegítimo que proyecta visitarlo en Vence para
mortificar a sus enemigos polacos de Londres. Finalmente había obtenido
un certificado de escritor de alta categoría, firmado por la flor y
nata de la crítica internacional. Se le puso una cara extraña, los
laureles le congelaban la cara y una seriedad severa le cerraba con
siete llaves los tesoros de la gloria.
“Una cara extraña que expresa sólo y únicamente esto: ¡que bailen a tu alrededor como quieran, tú ni te inmutes!”
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