
JUAN CARLOS GÓMEZ GOMBROWICZIDAS
WITOLD GOMBROWICZ Y SUSAN SONTAG
“La
Universidad de Yale organizó un congreso internacional acompañado de
una exposición con materiales de Gombrowicz en los archivos de la
Biblioteca Beinecke, además de mesas redondas académicas, películas y
representaciones teatrales de sus obras.. A pesar de todas estas
muestras de deferencia, a pesar de que sus libros están traducidos a
más de una treintena de idiomas, y a pesar de un amplio número de
lectores en el exterior, en Estados Unidos, Gombrowicz sólo es conocido
esencialmente entre los escritores. Susan Sontag y John Updike lo
consideran una figura influyente en la literatura moderna, comparable a
Proust y a Joyce. Yo no sé si eso habría agradado a Gombrowicz, que
tenía una idea totalmente distinta acerca de la fama que quería para sí
mismo (...)”
“No deseaba en
absoluto que lo compararan con el Tolstoi de Yasnaya Polyana, el Goethe
de Olympus o el Thomas Mann que relacionaba el genio con la decadencia,
y no le interesaba en absoluto el dandismo metafísico de Alfred Jarry o
la maestría afectada de Anatole France. Ni siquiera quería ser conocido
como escritor polaco, sino simplemente como Gombrowicz”
La
literatura es uno de los fenómenos que más junta y que más divide a la
humanidad. Su alcance es tremendo, el hecho de que Gombrowicz haya
podido enfrentar, en tiempos y en espacios diferentes, a dos mujeres
estadounidenses eminentes es una prueba palpable de que una y la misma
cosa puede despertar sentimientos tan encontrados como el desprecio y
el amor.
Mary MacCarthy y Susan Sontag se cruzaron con la obra
de Gombrowicz con muy distinto talante. Gombrowicz había empezado a
tener una nostalgia melancólica por la Argentina en Vence. Algunos
fragmentos escritos de su puño y letra en los diarios y en las cartas
que nos escribía tienen esa tonalidad. En ese tiempo también había
finalizado “Cosmos” y “Opereta” y se había puesto de moda en París.
La
presencia simultánea de la nostalgia melancólica por la Argentina y del
envalentonamiento en París puede que haya sido el origen de algunos
contratiempos que tuvo en Vence. La ambivalencia y la bipolaridad de
Gombrowicz fueron las que le levantaron poco a poco ese conjunto de
cárceles, también la de los premios. A principios de mayo de 1965 no
abrigaba ninguna esperanza de conseguir los diez mil dólares del Premio
Internacional de Editores.
Pero al cuarto día de las
deliberaciones una periodista italiana que lo entrevistaba le dijo que
en el jurado habían empezado a hablar de “Pornografía”, un libro que se
destacaba entre unas cuantas decenas de obras en discusión. Quedaron
como finalistas Witold Gombrowicz y Saul Bellow, un estadounidense que
diez años después recibiría el Premio Nobel.
Los
diez mil dólares del premio le despertaron el apetito y le quitaron el
sueño, pero por un conjunto de circunstancia adversas perdió por un
voto, y los dólares se le esfumaron de entre las manos. El español
Ferrater, que en principio estaba de su parte, decidió proponer en la
primera votación a un latinoamericano para hacerle propaganda; el
nombre de “Pornografía” también lo perjudicó.
El mismo jurado
había premiado unos días atrás una obra algo escabrosa, y no quiso
premiar en forma contigua más de lo mismo; y la presidenta del jurado,
Mary MacCarthy, dijo que no había sido capaz de leer más de cincuenta
páginas de la novela. Mary McCarthy era una novelista y ensayista
estadounidense sobresaliente. Su obra, en conjunto, se destacaba por
una mezcla rica y precisa de ficción y autobiografía.
Pasado el
tiempo, a juicio de muchos, se ha convertido en una de las más grandes
escritoras e intelectuales estadounidenses del siglo XX. Sin embargo, y
a raíz de los comentarios que la McCarthy había hecho sobre
“Pornografía”, a Gombrowicz le sale el abogado que tiene dentro, y
empieza a meditar en cómo podía llevar a ese jurado a los tribunales.
Las
bases legales de la acción judicial se podían sustentar en el hecho de
que el premio, el más importante después del Nobel, debía otorgarse al
mejor libro y sólo desde el punto de vista artístico, ése era el único
criterio que debía tenerse en cuenta. Inspirado seguramente en este
impulso de Gombrowicz a alguien de por aquí, en la Argentina, se le
ocurrió llevar a los tribunales al Vate Maxista y a la editorial
“Planeta”, pero ésta es harina de otro costal.
“Compréndanme, por
favor: nosotros, los artistas, conocemos perfectamente bien lo
insignificante y efímero de nuestras empresas. Por supuesto que
emborronar el papel con historias imaginarias no es una ocupación
seria. Qué vergüenza sentía los primeros años de escribir, ¡cómo me
ruborizaba cuando alguien me sorprendía in fraganti! (...)”
“Si
un ingeniero, un médico, un oficial, un piloto, un obrero son gente
seria de entrada, un artista no consigue realizarse seriamente más que
después de muchos años de esfuerzos y contrariedades. A mí la ascensión
me había ocupado treinta años de esfuerzo, miseria y humillación (...)”
“¿Quién?
¿Qué demonio? ¡Diez mil dólares! ¡Que tú codicias! ¡Que han penetrado
en ti hasta la médula! ¿Diez mil? ¡Pero si es una suma del todo
ridícula! ¡Si al menos fuera un millón! ¡Cincuenta millones! No diez
mil, ésa es la suma que gana un financiero estándar en una transacción
que no pasa de mediocre”
Gombrowicz no dice esto para despreciar los premios, sino para poder presentarse a ellos sin menoscabo
de su propia vida interior y también para mostrar qué hirientes pueden ser estas canalladas.
Después
del Formentor –que recibe dos años después multiplicado por dos pues lo
habían aumentado a veinte mil dólares– a Gombrowicz se le despierta
otra vez el apetito y quiere más, quiere el Premio Nobel.
“Me ha
afectado mucho el telegrama de Christian Bourgois a propósito del
Premio Nobel que, desgraciadamente, se me ha escapado otra vez con sus
setenta mil dólares. El año que viene se lo darán a un negro, después a
un mulato, después a Günter Grass y después a mí, y entonces me
compraré un Mercedes deportivo de dos puertas”
Susan Sontag,
escritora y directora de cine, es considerada como una de las
intelectuales más influyentes en la cultura estadounidense de las
últimas décadas, pero la posición de Susan Sontag es un lugar de
conflicto.
En un país al que los escritores no suelen
importarle demasiado, Sontag ha motivado debates de altura y diatribas
descarnadas acerca de su obra, por supuesto, pero sobre todo acerca de
su persona. En Estados Unidos, el hecho de que un novelista intervenga
en política, interior o internacional, no es bien recibido.
Sontag
ha ido mucho más allá: ha visitado países en guerra; ha fustigado a los
gobiernos estadounidenses con tanta dedicación como ferocidad; ha
asumido, en definitiva, el papel de portavoz del intelectual
comprometido. Desde su posición de neoyorquina arquetípica, ha ido por
el mundo representando una ética del intelectual contemporáneo que no
es frecuente, y la ha acompañado con textos de calidad constante y de
naturaleza siempre controvertida, también en el caso del hermoso texto
que escribe sobre “Ferdydurke”.
“Entonces, ¿puede ‘Ferdydurke’
ofender todavía? ¿Aún parece escandaloso? Salvo por la misoginia mordaz
de la novela, probablemente no. ¿Y aún parece extravagante, brillante,
perturbador, valiente, divertido... espléndido? Sí. Celoso
administrador de su propia leyenda Gombrowicz estaba y no estaba
diciendo la verdad cuando aseguró que había logrado eludir con éxito
todos los géneros de grandeza (...)”
“Pero
sea lo que fuere que pensaba, o quería que pensáramos que pensaba, hay
determinadas consecuencias inevitables si alguien ha producido una obra
maestra y finalmente se lo reconoce como grande. A finales de los años
cincuenta ‘Ferdydurke’ fue finalmente traducido (gracias a un
patrocinio propicio) al francés, y Gombrowicz fue, por fin,
descubierto”
“Nada había querido más que ese reconocimiento;
este triunfo sobre adversarios y detractores, reales o imaginarios.
Pero el escritor que aconsejaba a sus lectores que intentaran evitar
toda expresión de sí mismos, que se precavieran contra todas sus
creencias y que desconfiaran de sus sentimientos, sobre todo, que
dejaran de identificarse con lo que los define, apenas podía dejar de
insistir que él, Gombrowicz, no era ese libro. En efecto, tiene que ser
inferior a él. ‘La obra, transformada en cultura, se cierne en el
cielo, mientras yo permanecía debajo’. Como el gran trasero que se
cierne en lo alto sobre la desganada fuga del protagonista hacia la
normalidad al final de la novela, ‘Ferdydurke’ ha ascendido hasta lo
alto del empíreo literario. Larga vida a su sublime burla a todos los
intentos de normalización del deseo... y los alcances de la gran
literatura”
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