WITOLD GOMBROWICZ Y PAUL VALÉRY
Francia,
la pintura y la poesía se constituyeron en los enemigos más
encarnizados que tuvo Gombrowicz, pero también en los más familiares.
Cuando regresó a Europa empezó a combatir a París declarándose amante
de la Argentina, pues el amor lo hacía sentir joven. Su diatriba contra
París lo llevaba de la mano hacia una juventud desnuda, sin embargo,
Gombrowicz era una persona mayor y también escritor, y como escritor
hacía lo que podía por parecer mayor que los escritores franceses, para
que no lo sorprendieran en ninguna ingenuidad. Esta disonancia le trajo
más de un contratiempo pues entraban al mismo cuarto el artificio y la
desnudez, una antinomia explosiva. La idea del artificio se le asoció,
en una de las entrevistas que le hicieron a su llegada a París, con los
perros de Pavlov, y desde ese momento la artificialidad de los
parisinos se le transformó en un perro pretencioso que dejó oír su
aullido en el silencio de la noche.
Es
un reflejo condicionado de los franceses que, como al perro de Pavlov,
no es necesario mostrarles la carne para que segreguen saliva, basta
con hacer sonar la trompeta. Los franceses caen en éxtasis si se les
cita un poema de Valery o se les muestra un Cézanne, lo asocian con la
belleza y, entonces, segregan saliva, como el perro de Pavlov. En medio
de este mundo mágico lleno de símbolos, Gombrowicz se aventura en
París, un París en el que resultaba cada vez más difícil hablar. Weidlé
lo tranquiliza: –Vea, Gombrowicz, en París ya no se habla, en el último
banquete del jurado del Prix Goncourt se hablaba sólo de gastronomía,
para no tener que hablar de arte. Cuando le manifestó a Butor su
alegría porque iban a estar juntos en Berlín y podrían discutir hasta
el hartazgo de la nouveau roman français, el joven escritor estalló en
una carcajada, una risa hermética, como la de una lata de sardinas en
el medio del Sahara.
Los
parisinos se ocupan de su espíritu como los campesinos de las vacas, a
las que sólo hay que limpiar, ordeñar e ir luego a vender la leche.
“París
es un palacio, pero los parisinos me dan la sensación de ser sólo el
servicio palaciego. En París, la ciudad de los perros que segregan
saliva al son de la trompeta, tuve aventuras equívocas y perversas”
Después
de una comida sabrosa y de buen vino en la cabeza, Gombrowicz vio el
portal entornado de un palacio magnífico. Cuando se estaba paseando por
sus salas llenas de esculturas, plafones, escudos y dorados, se le
presentó una persona menuda de aspecto modesto. Supuso que era el
mayordomo y le pidió que le mostrara las salas, lo que el hombre hizo
muy amablemente.
Al marcharse Gombrowicz se llevó la mano al bolsillo: –Oh,
no, gracias señor, soy el príncipe, aquí mi mujer la princesa, y mi
hijo el marqués, y el conde, y el vizconde. Pensaba cómo huir de este
mundo artificioso mirando las estatuas de París, y de pronto vio al
Acteón de mármol que huía de sus propios perros después de haber visto
a Diana desnuda.
“¡Qué horror! El pecado mortal de ese joven
temerario, huyendo y a punto de ser devorado, no se movía en
absoluto... Y seguirá siempre así, por toda la eternidad, como un
arroyo fijado por el hielo. Y frente al pecado inmovilizado por la
muerte, oí el aullido de Pavlov alejándose hasta los límites de
París...¡Y los aullidos sordos de Pavlov siguieron oyéndose en la noche
inmóvil!”
Gombrowicz fue inmisericorde con el simbolismo francés
y con sus interminables metáforas, desprecio que puso a punto en la
conferencia que dio contra los poetas.
“Los poetas le rinden
homenaje a su propio trabajo y todo este mundo se parece mucho a
cualquier otro de los tantos y tantos mundos especializados y
herméticos que dividen la sociedad contemporánea (...)”
“Los
ajedrecistas, por ejemplo, consideran el ajedrez como la cumbre de la
creación humana, tienen sus jerarquías, hablan de Capablanca como los
poetas hablan de Valéry y, mutuamente, se rinden todos los honores.
Pero el ajedrez es un juego mientras que la poesía es algo más serio y
lo que resulta simpático en los ajedrecistas, en los poetas es signo de
una mezquindad imperdonable (...)”
“Qué suerte que aquellos
que discurren sobre el arte con el grandilocuente estilo de Valéry no
se rebajan a semejantes confrontaciones. Quien aborda nuestra misa
estética por este lado podrá descubrir con facilidad que este reino de
la aparente madurez constituye justamente el más inmaduro terreno de la
humanidad, donde reina el bluff, la mistificación; el esnobismo, la
falsedad y la tontería. Y será muy buena gimnasia para nuestra rígida
manera de pensar imaginarnos de vez en cuando al mismísimo Paul Valéry
como sacerdote de la Inmadurez, un cura descalzo y con pantalón corto”
La
poesía y el simbolismo francés se le asociaron inmediatamente con
Victoria Ocampo cuando Gombrowicz llegó a la Argentina. A pesar de su
paulatino e irresistible ascenso en Europa, Victoria Ocampo nunca se
mostró sensible a la seducción que producía su inteligencia.
Hasta
el mismísimo Jacques Lacan había despertado la admiración de nuestra
Victoria Ocampo en los viajes que hacía a París entre las dos guerras
mundiales, aunque nadie puede asegurar que su relación haya ido más
allá de un apasionado flirteo, a pesar del gusto que tenía esa dama tan
elegante por ir a la cama con personajes destacados.
Manuel Gálvez y
Arturo Capdevilla le habían brindado a Gombrowicz una exquisita
hospitalidad en los primeros meses de su llegada a la Argentina, pero
la sordera de Gálvez y la falta de seriedad de Gombrowicz lo pusieron
finalmente en las manos de unas jóvenes estudiantes que lo iniciaron
el mundo del flirteo argentino. En esta prehistoria de sus aventuras
en la Argentina el grupo de Victoria Ocampo brillaba como una estrella..
“Antes
de cruzar las espadas con la Suma Sacerdotisa del culto inmaduro de la
Madurez, Victoria Ocampo, que nos sea permitido tributarle un cortés
saludo. Victoria Ocampo es inteligente y tiene personalidad. ¡Viva
Victoria Ocampo! Empero, esta poderosa Dama Mundana, esta alma violenta
y apasionada, bañada en ignotas e infinitas soberbias, en
indescriptibles y sangrientos lujos del Medioevo Sudamericano, por un
indescifrable Misterio de su iglesia interna se convierte en una niña
temblorosa cuando se encuentra con lo que ella misma llama “Valéry y
Francia”. ¡Muera Vitoria Ocampo! Vedla como se esquiva, se aniquila, se
inmaduriza frente a Valéry (...) Pero chiquilla, aunque no fueses
Victoria sino la más humilde y más inmadura de las hermosas hijas de
esta tierra, no te conviene arrodillarte (...) Ni América es tan
inmadura ni Europa es tan madura (...)”
“Una
dama ya entrada en años y aristócrata, que nadaba en millones largos y
que con su tenacidad entusiasta había conseguido hacerse amiga de Paul
Valéry, invitar a su casa a Tagore y Keyserling, tomar el té con
Bernard Shaw y hacer buenas migas con Strawinski (...) Un escritor
francés de renombre había caído ante ella de rodillas gritando que no
se levantaría hasta recibir el dinero suficiente para fundar una
‘revue’ literaria: –¿qué iba hacer con un hombre arrodillado y que no
quería levantarse? Tuve que dárselo”
Victoria Ocampo era una distinguida dama argentina que había convertido a su hermosa mansión de San Isidro en un
verdadero centro cultural para el desarrollo de la vida literaria.
Descubrió
y apoyó con entusiasmo a muchos escritores que fueron importantes, algo
que no es tan fácil de explicar debió ocurrir entonces entre Victoria
Ocampo y Gombrowicz, pues esta mujer eminente estaban acostumbradas a
tratar con locos y con toda la variedad de trastornos que tiene el
género humano.
Gombrowicz rechazó a Victoria Ocampo por ser un
señora artificial y europeizante, una dama aristocrática apoyada en
muchos millones que acostumbraba a hospedar en su hermosa mansión de
San Isidro a las más grandes celebridades europeas, y sobre la que se
hacía la pregunta de en qué medida habían influido en esas majestuosas
amistades los millones de la señora Ocampo y en qué medida lo habían
hecho sus indudables calidades y su talento personal.
A pesar de
que Paul Valéry no quiso disfrazarse de sacerdote de la inmadurez
vistiéndose de cura con el pantalón corto y los pies descalzos como
proponía Gombrowicz, se lucía con el poeta en Tandil dando
explicaciones sobre “Ferdydurke”.
La
obra poética de Paul Valéry, fuertemente influenciada por Stéphane
Mallarmé, es una de las piedras angulares de la poesía pura, de fuerte
contenido intelectual y esteticista: “Todo poema que no tenga la
precisión de la prosa no vale nada”.
Su obra presenta un conflicto
entre la contemplación y la acción que debe resolverse artísticamente
para captar el sentido de la vida. Valéry está considerado como uno de
los más grandes escritores filosóficos modernos en verso y prosa. Era
un hombre escéptico y tolerante, que despreciaba las ideas irracionales
y la inspiración poética, y creía en la superioridad moral y práctica
del trabajo, la conciencia y la razón.
Para Valéry la poesía era
la más hermosa de las técnicas creativas. En sus versos articulaba
ideas abstractas mediante imágenes simbólicas y ritmos sutiles. Los
temas de su obra son a menudo antitéticos: las emociones frente al
intelecto, el universo y el hombre, el ser y el no ser, o la naturaleza
del genio y el proceso creativo. En sus escritos en prosa analiza el
arte, la cultura, la política y las capacidades de la mente humana en
un estilo aforístico.
La
condensación de su pensamiento, unido al denso simbolismo y las
abundantes alusiones, hacen que el significado de la obra de Valéry
resulte a veces oscuro. Uno de los jóvenes de Tandil pone en claro la
verdadera relación que tenía Gombrowicz con Paul Valéry.
El
ingeniero Juan Carlos Ferreyra tiene algunas particularidades que lo
distinguen del resto de los miembros del club gombrowiczidas: leyó
“Ferdydurke” antes de que Gombrowicz llegara a Tandil; alquiló la pieza
de Venezuela cuando Gombrowicz se fue a Berlín; y recibió uno de los
motes más extraños de nuestro glosario de apodos: Ingeniero Fireire.
El Ingeniero Fireire se vengó del desprecio que
Gombrowicz sentía por su profesión recurriendo a un procedimiento
simple: no lo admiró ni quiso ser uno de sus discípulos.
“¿No es
acaso sospechosa una persona que, tras componer una obra literaria,
tiene que explicarla una y otra vez? Recurrió al apoyo de Kierkegaard y
de Schopenhauer, dos nombres fuertes de la filosofía; al de Paul
Valéry, como respaldo literario; al de Martin Buber, como apoyo y
garantía general de seriedad. Parecía obtener una especie de lúgubre
diversión en estos despliegues que embarullaban completamente a sus
oyentes”
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