
WITOLD GOMBROWICZ Y ARTHUR RIMBAUD
“Ferreira
llegó al bar excitado y divertido; después de su infaltable y
ceremonioso saludo me contó, conteniendo la risa, gran parte de una
extraña novela que había encontrado enmohecida en un estante de la
biblioteca. Se llamaba ‘Ferdydurke’. El libro había sido hallado sin
abrir, las páginas virginalmente cerradas. Ferreyra fue su primer
lector, yo el segundo, Vilela el tercero y Betelú el cuarto (...)”
“Exceptuando
algunos pocos admiradores y amigos fue cuidadosamente sepultado por la
casi totalidad del medio argentino y por muchas de sus grandes figuras
(...) Los mismos señores que se deleitaban con las extravagancias de
Rimbaud y escribían y hablaban humanitaria y comprensivamente de él,
cuando se encontraron con las extravagancias de Gombrowicz olvidaron su
espíritu comprensivo y humano (...)”
“Claro está, nadie les había dicho si Gombrowicz era un artista o un farsante, y sí les habían dicho que Rimbaud era un artista”
El
Ingeniero Fireire, el Asno, Marlon y Flor de Quilombo fueron pues
entonces los que descubrieron y desparramaron en Tandil el inmarcesible
“Ferdydurke”. Esta joven comparsa de intelectuales tandilenses era
admiradora de Arthur Rimbaud, una verdadera contrariedad para
Gombrowicz pues ese personaje era poeta y francés. Sin embargo, existía
un punto de contacto entre ellos: la modernidad. Caracterizado por su
afán de destrucción y por su rebeldía, Rimbaud concibe la poesía como
medio de exaltar la vida. La obligación del poeta era la de agotar
todas las formas de amor, de sufrimiento y de locura para alcanzar lo
desconocido.
La modernidad levanta altares a la transitoriedad y
a la inmanencia como pilares de una recién inaugurada idea de belleza,
y pocos artistas lograron expresar esa nueva sensibilidad como Arthur
Rimbaud, tanto por lo que respecta a su obra como en su trayectoria
vital.
“Hay
que ser absolutamente moderno (...) Nada de cánticos: ir por delante.
¡Dura noche! ¡La sangre reseca exhala vapor sobre mi rostro, y no dejo
nada detrás salvo ese horrible arbolillo!... El combate del espíritu es
tan brutal como la batalla de los hombres; pero la visión de la
justicia es placer exclusivo de Dios”
Estudiante inquieto y burlón
era, sin embargo, superdotado y brillante: A los quince años ya había
ganado todo tipo de premios de redacción y compuesto originales versos
y diálogos en latín.
“Nada banal germina dentro de esta cabeza. Será un genio del Mal o un genio del Bien”
Su
conducta se había vuelto caótica e irreverente; había comenzado a beber
y se divertía conmocionando a los burgueses locales con sus vestimentas
andrajosas, sus pintadas de ‘Muera Dios’ en las iglesias y su cabello
largo. De esta manera se propuso desarrollar un método para lograr la
trascendencia poética y el poder visionario, a través de una larga,
inmensa y racional locura de todos los sentidos.
Mantuvo
una tormentosa relación sentimental con Verlaine. Durante el tiempo que
estuvieron juntos, llevaron una salvaje vida disoluta de vagabundos,
embriagados de ajenjo y hachís. Así escandalizaron a la elite literaria
parisina, indignada en particular por el comportamiento de Rimbaud,
auténtico arquetipo del enfant terrible.
Gombrowicz y Rimbaud
son navegantes aventureros, pero mientras Gombrowicz sólo emprende
aventuras interiores a bordo de embarcaciones imaginarias en
“Aventuras” y “Acerca de lo que ocurrió a bordo de la goleta Banbury”,
Rimbaud las emprende a bordo de buques reales que lo llevan a
Indonesia, a Yemen, a Abisinia, donde se transforma en un mercader
cuentapropista y llega a hacer una pequeña fortuna traficando armas.
Algunos
hombres de letras son un poco exagerados cuando escriben y más o menos
equilibrados en la vida de todos los días. Otros, al contrario, son
bastante equilibrados cuando escriben y exagerados en todo lo demás;
Gombrowicz pertenece a la primera categoría de escritores, Rimbaud, en
cambio, no pertenece a ninguna de las dos categorías, estaba totalmente
desequilibrado.
Es útil no perder de vista esta característica
de Gombrowicz, ni tampoco olvidar la preferencia que tenía por mirar
antes que por pensar. Como, por otra parte, tenía la costumbre de
anotar todo lo que le molestaba o lo consternaba, no es tan difícil
seguir los pasos que da cuando se mete con las tres pertenencias
fundamentales que tiene el hombre: la transcendencia, la tierra y la
especie.
A penas cumplidos los veinte años se despacha con unos
comentarios que dejan de una pieza a las pertenencias fundamentales. En
efecto, escribe que cada vez que tropieza con un sentimiento
misterioso, sea la virtud o la familia, la fe o la patria, siente la
necesidad de cometer una villanía. De esta manera empieza a recorrer el
largo camino de las ironías, de las provocaciones y de las blasfemias.
“Tenía
miedo en Polonia (...) La única razón de mi zozobra era indudablemente
el que sintiera que pertenecíamos a Oriente, que éramos Europa oriental
y no occidental, sí, ni el catolicismo, ni nuestra aversión hacia
Rusia, ni las uniones de nuestra cultura con Roma y París, nada podían
hacer contra esa miseria asiática que nos devoraba desde abajo... toda
nuestra cultura era como una flor pegada a la piel de cordero de un
abrigo campesino”
En el medio de este mundo de hombres paralizados a
Gombrowicz se le ocurre ponerse en contra del lema del romanticismo
polaco que convocaba a los jóvenes a medir las fuerzas por las
intenciones y no las intenciones por las fuerzas, y escribe
“Ferdydurke” con un propósito restringido, pero esa aspiración de
modernismo de la obra se le va de las manos, le sale el tiro por la
culata y se pone en línea con la “Oda a la juventud” de Adam Mickiewicz.
Milan Kundera contabiliza algunos elementos de “Ferdydurke” que están relacionados con la familia y con la modernidad.
“La
familia está dominada por la hija, una colegiala moderna. A la chica le
encanta llamar por teléfono; desprecia a los autores clásicos; cuando
un señor llega de visita, se limita a mirarlo y, mientras se mete entre
los dientes una llave inglesa que sostenía en la mano derecha, le
alarga la mano izquierda con total desenvoltura. También su madre es
moderna; es miembro del comité para la protección de los recién
nacidos; milita contra la pena de muerte y a favor de la libertad de
costumbres; ostensiblemente, con aire desenvuelto, se dirige hacia el
retrete, del que sale más altiva de lo que ha entrado; a medida que
envejece, la modernidad se vuelve para ella indispensable como único
sustituto de la juventud. ¿Y su padre? Él también es moderno; no piensa
nada, pero hace todo lo posible para gustar a su hija y a su mujer”
La
idea de Kundera es que Gombrowicz captó en “Ferdydurke” el giro
fundamental que se produce en el siglo XX. Hasta entonces la humanidad
se dividía en dos, los que defendían el statu quo y los que querían
cambiarlo. En el pasado el hombre vivía en el mismo escenario de una
sociedad que se transformaba lentamente, de repente la historia se
empezó a mover bajo sus pies como una cinta transportadora sobre la que
también viajaba el statu quo. Por fin se podía ser a la vez conformista
y progresista, equilibrado y rebelde. El sillón de la historia empieza
a ser empujado hacia delante por todo el mundo.
“Los colegiales
modernos, sus madres, sus padres, así como todos los luchadores contra
la pena de muerte y todos los miembros del comité para la protección de
los recién nacidos y, por supuesto, todos los políticos que, mientras
empujaban el sillón, volvían sus rostros sonrientes al público que
corría tras ellos, y que también reía, a sabiendas de que sólo el que
se alegra de ser moderno es auténticamente moderno. Fue entonces cuando
una parte de los herederos de Rimbaud comprendieron algo inaudito: hoy,
la única modernidad digna de ese nombre es la modernidad antimoderna”
Gombrowicz
era un terrateniente de origen noble, una herencia poderosa para los
polacos, la historia de una familia que había tenido cuatro siglos de
bienestar. Los terratenientes, no importa cuál sea su origen, tendrán
siempre, a juicio de Gombrowicz, una actitud de desconfianza hacia la
cultura, y una naturaleza de señor.
“Pues bien, yo, aunque traidor y
escarnecedor de mi ‘esfera’, pertenezco a pesar de todo a ella (...)
muchas de mis raíces deben buscarse en la época de mayor depravación de
la nobleza, el siglo XVIII (...) Pero no solamente era eso. Yo, que
tenía un pie en el bondadoso mundo de la nobleza terrateniente y otro
en el intelecto y la literatura de vanguardia, estaba entre dos mundos.
Pero estar ‘entre’ es también un buen método para enaltecerse, puesto
que aplicando el principio de divide et impera puedes conseguir que
ambos mundos empiecen a devorarse mutuamente, y entonces tú puedes
zafarte y elevarte ‘por encima’ de ellos”
Gombrowicz
estaba pues, según la manera de pensar de Kundera, establecido en una
modernidad antimoderna, y era por esa razón un ilustre heredero de
Rimbaud, y según la mirada del mismo Gombrowicz, seguía teniendo algo
del perfume de esa flor pegada a la piel de cordero del abrigo de un
campesino polaco. Por otro lado Gombrowicz no estaba dispuesto a
someterse a la costumbre cartesiana que tienen los franceses de
encasillar a todo el mundo.
Estaba
almorzando en un local muy distinguido a orillas del Sena conversando
animadamente con gente del ambiente literario: –¡Quién es ese escritor;
–Es un escritor eminente; –Sí, eminente, pero ¿quién es?; –Viene del
surrealismo y se pasó al objetivismo; –Muy bien, objetivismo, pero
¿quién es?; –Pertenece al grupo Melpomène; –No tengo nada en contra de
Melpomène, pero ¿quién es?; –Una combinación de géneros: el argot con
una metafísica de elementos fantásticos; –Sí, la combinación me parece
bien, pero ¿quién es?; –Cuatro años atrás le concedieron el Prix St.
Eustache..., y tú cómo te consideras; –Yo no soy escritor, ni miembro
de nada, ni metafísico ni ensayista, soy yo mismo, libre,
independiente, vivo...; –Ah, sí, eres existencialista.
Los contertulios estaban turbados con la mirada ingenua de Gombrowicz que
les traspasaba la ropa, y es aquí cuando decide hacer el experimento crucial: se empieza a bajar los pantalones.
“(...)
cundió el pánico, salieron rajando por puertas y ventanas. Me quedé
solo. El restaurante estaba desierto, hasta los cocineros habían
huido... Sólo entonces me di cuenta de lo que estaba haciendo, de lo
que pasaba...., y me quedé así, hecho un tonto, con una pernera puesta
y la otra en la mano”
"Las opiniones vertidas en los artículos y comentarios son de exclusiva responsabilidad de los redactores que las emiten y no representan necesariamente a Revista Cinosargo y su equipo editor", medio que actúa como espacio de expresión libre en el ámbito cultural.






































