
WITOLD GOMBROWICZ Y EDUARDO MALLEA
La
traducción de “Ferdydurke” había llegado a su fin, el próximo paso era
publicar el libro, tarea a la que se abocaron inmediatamente Virgilio
Piñera y Gombrowicz, empezaron a buscar editoriales de día y de noche.
“Como
se dice, tocamos a muchas puertas, siempre con resultado negativo,
‘Ferdydurke’ no era un libro fácil, y su autor prácticamente
desconocido en el país; para colmo de males, París o Londres no
conocían a Gombrowicz, extremo éste de gran importancia para un
editor.. Por fin, toqué a la puerta más inesperada, ‘Argos’, una
editorial recién fundada. Para sorpresa mía el libro fue aceptado”
“Ferdydurke” se publicó cuando Gombrowicz ya tenía ocho años de Argentina, un tiempo que le
había resultado más que suficiente para sembrar y cosechar algunas enemistades.
“Cuando
Gombrowicz comenzó a conocer escritores e intelectuales, se constataron
dos tipos de reacciones: unos decían que era un snob, un extravagante,
y nada más. Otros, como Mastronardi, se interesaban por él de un modo
más serio. Tomemos el ejemplo del escritor Eduardo Mallea, que era
director de ‘La Nación’ (...)”
“Se trataba de una autoridad, un
auténtico personaje aristocrático, que vivía en el Barrio Norte, gran
amigo de Victoria Ocampo, colaborador de la revista ‘Sur’, serio y al
mismo tiempo accesible, liberal, caballero. Fue él quien hizo publicar
artículos de Gombrowicz en ‘La Nación’. Era generoso y apoyaba a los
jóvenes talentos. Pero había que esforzarse para adaptarse a él.
Gombrowicz era incapaz de hacerlo y enseguida se cerraba las puertas
que gente importante, como Mallea, le abrían”
Algo debió ocurrir
con Eduardo Mallea, en aquel tiempo creador y director de colecciones
en la editorial ‘Emecé’, pues pasó por alto una carta conmovedora que
le había escrito Gombrowicz.
“Muy
estimado señor Mallea. No sé, francamente, si no estoy abusando de sus
limitadas fuerzas y, en este caso, le ruego que me perdone. Ocurre que,
con la ayuda de un Comité de Traducción formado por cinco literatos
criollos y una veintena de colaboradores entre los aficionados, logré
traducir ‘Ferdydurke’ en castellano. El libro ya está aceptado por la
editorial ‘Argos’, pero allá habrá que esperar más de un año antes de
que se publique, lo que me desespera pues toda mi situación personal
está pendiente de esta publicación (...)”
“Por varias razones
tengo un interés enorme en que el libro sea publicado a más tardar en
febrero o marzo del año próximo. Sé que ‘Emecé’ podría hacerlo y por
eso me dirijo a usted. Me baso en el hecho de que, en Polonia, muchas
personas muy conocedoras de la literatura predecían a ‘Ferdydurke’ una
gran carrera internacional y en que aquí, en la Argentina, también
tengo lectores que demuestran un verdadero entusiasmo por este libro,
colocándolo a la par de las mejores obras contemporáneas. Declaro no
tener la menor idea de si se trata de un libro grande o regular nomás,
pero en todo caso me arriesgo a mandárselo a usted. Conozco su pasión
por la literatura y estoy seguro de que, si usted llegara a la
conclusión de que en realidad ‘Ferdydurke’ tiene valor, me prestaría su
apoyo para que ‘Emecé’ le diera la prioridad, apoyo que, por otra
parte, en verdad necesito, pues confieso hundirme de modo suave, pero
seguro, en ese mundo de la eterna postergación. Con la editorial
‘Argos’ todavía no estoy comprometido. Con mis mejores votos...”
Eduardo
Mallea, descendiente de Faustino Sarmiento, fue escritor, diplomático y
director, durante muchos años, del suplemento literario del diario “La
Nación”. Más allá de los diferentes rostros e imágenes que suscitan al
lector, los actores sociales que aparecen en los relatos de Mallea,
manifiestan caracteres, personalidades y modos de ser parecidos. Casi
todos ellos son seres solitarios, introspectivos, taciturnos, con
escasa capacidad para la comunicación fluida con los otros.
“Debió
sentir cierta afinidad con aquellos hombres de letras que trataron de
utilizar el fenómeno del lenguaje no sólo como medio de comunicación o
adorno descriptivo, sino como una fuerza vital y creadora que pudiera
integrarse funcionalmente con la materia tratada”
Este hombre de
letras aristocrático, amigo de Victoria Ocampo y colaborador de la
revista ‘Sur’, no las tenía todas consigo, el Asiriobabilónico se había
ocupado de su manera de escribir en forma despectiva.
“Sí, los títulos de los libros de Mallea
son buenos –‘Todo verdor perecerá’, ‘La ciudad junto al río inmóvil’, ...–, lástima que después escribía los libros”
El
desaire que le hizo Mallea a la carta de Gombrowicz merecía su castigo,
algo que ocurre un lustro después según nos lo hace saber con claridad
meridiana el Vate Marxista.
“En el ‘Transatlántico’ de Gombrowicz
hay una escena memorable. Se trata de una especie de payada sarcástica
entre un oscuro escritor polaco, llamado por supuesto ‘Gombrowicz’, y
un escritor argentino en el que se identifican fácilmente los rastros
de Eduardo Mallea, el novelista argentino por excelencia en esos años
(...)”
“Este ‘Mallea’ posa de refinado y erudito y se pasea por
el infierno de las influencias: cada vez que ‘Gombrowicz’ habla le hace
ver que todo lo que dice ya ha sido dicho por otro. Lo despojan de su
originalidad y este europeo aristocrático y vanguardista se ve empujado
casi sin darse cuenta al lugar de la barbarie. A partir de ahí la
política de ‘Gombrowicz’ en este duelo será la táctica de la ironía
salvaje y del malón hermético: actúa como uno hubiera esperado que
actuaran los ranqueles en el libro de Mansilla”
Hay
cuatro cuestiones que interesan mucho a los lectores de Gombrowicz:
saber qué quiere decir la palabra Ferdydurke; saber qué era lo más
importante para Gombrowicz cuando se murió; saber qué obra era la más
grande. Se podría agregar un cuarto asunto, pero éste sólo es
interesante para algunos especialistas argentinos: saber si el escritor
vestido de negro de “Transatlántico” es Mallea o Borges.
“Transatlántico”
es, efectivamente la obra polaca más argentina de Gombrowicz, ya tenía
encima más de la mitad del tiempo que vivió en Argentina, y no pudo ni
quiso sustraerse a su influencia. Hay en esta novela un ambiente en el
que aparecen en una misma escena, el estilo intelectual imperante por
Buenos Aires en esa época, y un puto millonario. Es probable que el
escritor vestido de negro fuera una mezcla de Mallea con Borges, y el
puto millonario, una mezcla del mismo Gombrowicz, por lo de puto, con
Manuel Mujica Láinez, por lo de puto y millonario.
“Borges
me refiere: ‘Durante la comida, continuamente Manuel Mujica Láinez
venía de su asiento a nuestra parte de la mesa. El propósito de estos
viajes, que Mujica no ocultó, era tocar la nuca de un muchacho que lo
emocionaba. ‘Se parece a Belgrano’, exclamó Mujica Láinez. ‘¿Usted,
Manucho, admira a Belgrano?’, preguntó Wally Zenner. ‘¿Cómo no voy a
admirarlo?, con esos muslos y con esas caderas’ (...)”
La primera
consecuencia de la presentación que hace Gombrowicz en la embajada de
Polonia, fue que lo invitaron a una recepción en la casa de un pintor a
la que iban a asistir los escritores y artistas locales. Tenía una gran
seguridad en su maestría y sabía que como maestro lograría superar y
dominar a todos los demás.
Cuando
llegó a la casa del pintor sus compatriotas lo alabaron y lo
glorificaron, mientras el consejero de la embajada lo presentaba y
ensalzaba como el gran maestro y genio polaco Gombrowicz, pero nadie le
llevaba el apunte, entonces el consejero lo empezó a tratar de
comemierda y le exigió que hiciera algo para no avergonzarlos. Entró un
hombre vestido de negro, una persona muy importante, un gran escritor,
un maestro.
Llevaba en los bolsillos una cantidad inconcebible
de papeles que perdía a cada momento, debajo del brazo llevaba también
algunos libros y se volvía a cada rato inteligentemente más
inteligente. Los compatriotas de Gombrowicz lo empezaron a azuzar para
que mordiera al hombre de negro, que si no lo hacía lo iban a tratar de
comemierda y lo iban a morder.
Entonces Gombrowicz le habló a una
de las personas que tenía más cercanas en voz bastante alta para que lo
escuchara el hombre de negro, incitándolo a que le respondiera y
satisfacer así a sus compatriotas.
“No
me gusta la mantequilla demasiado mantecosa, ni los fideos demasiado
fideosos, ni la sémola demasiado semolosa, ni los cereales demasiado
cerealientos”
El hombre de negro le respondió que la idea era
interesante pero no nueva, que ya Sartorio la había expresado en sus
“Eglogas”, y cuando Gombrowicz le manifestó que no le importaba un
comino lo que decía Sartorio sino lo que decía él, el que hablaba, el
gran escritor le contestó entonces que esa idea tampoco era nada mala
pero que existía un pequeño problema, ya había dicho algo parecido
Madame de Lespinnase en sus “Cartas”.
Gombrowicz perdió el
aliento, aquel canalla lo había dejado sin palabras, entonces empezó a
caminar y a caminar, y cada vez caminaba con más furia, sus
compatriotas estaban rojos de vergüenza y el resto de la concurrencia
estaba blanco de ira. Pero alguien comenzó a caminar con él, era un
hombre alto, moreno, de rostro noble.
Sin
embargo, sus labios eran rojos, estaban pintados de rojo. Huyó como si
lo persiguiera el diablo. El moreno lo siguió, era muy rico, vivía en
un palacio, se levantaba al mediodía para tomar café y luego salía a la
calle y caminaba en busca de muchachos; aunque vivía en una mansión
simulaba ser su propio lacayo, tenía miedo que le pegaran o que lo
asesinaran para sacarle la plata.
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