
WITOLD GOMBROWICZ Y EL DIABLO
Todos
los hombres, según sea el lugar donde nazcan, empiezan a tener desde
jóvenes algún sentimiento negativo hacia alguna nación, pueblo o
religión. La geografía y la historia pusieron a los polacos en el
trance de temer y de odiar a los alemanes y a los rusos: tenía la
sensación de que Berlín, igual que lady Macbeth, se lavaba las manos
sin cesar. El diablo y el mal son socios desde que Dios creó el mundo,
una sociedad que preocupaba mucho a Gombrowicz.
Durante sus paseos
por el Tiergarten de Berlín se le presentaba el diablo en forma de
pájaro, la muerte en directo, como un pájaro que venía a posarse sobre
su hombro.
“Medite ahora mi situación. Heme aquí, en Berlín, todo
Berlín a mis pies, el centro, del otro lado el castillo de Bellevue y
Wedding y Tempelhof, ciudad endemoniada, el bunker de Hitler a cinco
cuadras detrás del Tiergarten (...)”
“Yo,
por mi ventana mas grande veo a la distancia de unas diez cuadras el
Berlín oscuro del proletariado, de Ulbrich, y poco falta para que viese
la frontera polaca que dista como de Buenos Aires a La Plata. Ya
comprenderá mis sentimientos de cierta intranquilidad (...)”
Hay un
aspecto siempre presente en las apariciones que hace Gombrowicz, tanto
se trate de su vida privada como de su obra: el de niño diabólico, un
niño diabólico que atiende tanto los asuntos concernientes al mal como
los concernientes a la diversión. El diabolismo de Gombrowicz, como el
de los niños, más que perverso es divertido. Se pone voluntariamente en
una posición inmadura para que su profundidad dramática no sea
indigerible.
Las tesis y los problemas serios no le importaban
demasiado, si bien se ocupaba de ellos lo hacía como quien no quiere la
cosa, porque en el fondo de su alma era irresponsable. La única
reverencia que hizo Gombrowicz en su vida, se la hizo al dolor, con el
dolor no jugaba.
Los
otros diablos que aparecen en Gombrowicz son domésticos, aunque
burlones y sarcásticos, tienen buenos modales y se los puede invitar a
tomar el té en casa. Los pensamientos de Gombrowicz, como el vuelo de
algunos pájaros, se dejan caer desde la altura para atrapar algo
parecido a la verdad, pero él siempre conserva intacto un talento que
había utilizado en su juventud para enredar a los profesores y más
tarde, ya mayor, a los hombres de letras.
Las aventuras del
Maligno en la época de Gombrowicz eran tenebrosas. Un día, mientras un
primo suyo participaba de una sesión de espiritismo, la copa transmitió
un mensaje en ruso: –Te visitaré esta noche. Entendió que estaba
dirigido a él pues nadie de los presentes sabía ruso ni había estado en
contacto con ellos; el primo, en cambio, había pasado por las armas a
más de uno en los combates contra los bolcheviques en el año 1920.
Volvió
a casa y se acostó; en medio de la noche se despertó y sintió que
alguien estaba acostado a su lado. Tocó el cuerpo que estaba frío como
el hielo, como un cadáver. Saltó de la cama y huyó a la calle.
Gombrowicz empieza a tener miedo del diablo, un sentimiento extraño
para un incrédulo,
Pero la presencia del mal convertía su ser
en una existencia azarosa, inquietante y susceptible del diabolismo. Le
resultaba difícil aceptar cualquier tipo de certeza en asuntos en el
que la falta de datos tenía el mismo significado que su abundancia. No
hay obra suya ni corta ni larga, ni temprana ni tardía, en la que no se
sienta la presencia del Maligno. Desde “El bailarín del abogado
Kraykowski” hasta “Opereta” el diablo se pasea mostrándonos la cola.
El
primer encuentro con la Bestia lo tuvo en la casa de campo de su
hermano Janusz, a los diecinueve años. Lo había invadido un sentimiento
de que algo no iba como debía, sintió la necesidad de justificarse de
alguna manera, así que empezó a escribir una novela sobre el personaje
de un contable.
Una
tarde se animó y les leyó un fragmento al hermano y a la cuñada que
habían ido a visitarlo. Janusz exclamó que era un horror, que tenía que
tirarlo porque daba asco, que en el futuro se ocupara de otra cosa,
mientras la cuñada suspiraba que era una pena que no se hubiera
dedicado a la caza. Gombrowicz quemó la obra, esta primera prueba le
indicaba que en la soledad de esa casa empezaban a manifestarse las
ponzoñas que lo atormentaban desde hacía tiempo.
Poco tiempo
después de esa visita familiar se produjo un acontecimiento extraño que
tuvo una influencia considerable en su vida psíquica. Una noche se
despertó y sintió un peso sobre los pies, movió las piernas, algo gruñó
y se alejó, pero no pudo ver lo que era porque estaba muy oscuro, era
de noche.
Lo
invadió una terrible sospecha, la casi certeza de que no había sido el
perro negro de la casa sino un ser cien veces más horroroso el que se
había acostado a sus pies. Esa idea lo atormentó varias noches,
finalmente recordó algo que le había sucedido cuando era niño.. El
obispo de Sandomierz había ido a visitar a los padres y les confesó que
una noche, mientras estaba en la cama, se le había aparecido el
Maligno.
Cuando ya dormía sintió un peso sobre los pies, movió las
piernas para sacárselo de encima y algo increíblemente pesado cayó
emitiendo un ruido metálico. No era un perro, era un pequeño hombrecito
de cincuenta centímetros que parecía estar hecho de metal. Pronunció
una oración para ahuyentarlo, la criatura emitió un alarido y se
escondió debajo del armario.
Cuando el obispo constató más
tarde que el suelo había quedado completamente quemado huyó de la casa
atravesando el campo y pasó toda la noche bajo las estrellas a pesar de
que nevaba. Estos episodios asociados produjeron en Gombrowicz
consecuencias importantes que justifican la presencia del diablo en
toda su obra.
“Los
días vividos a la sombra de aquellos terribles enigmas me introdujeron
en regiones espirituales hasta entonces desconocidas para mí y que no
hubiera alcanzado con facilidad por caminos normales. Me pusieron en
contacto con el Misterio, con la máscara, me revelaron el poder de los
significados ocultos, me arrancaron de la rutina de lo cotidiano para
precipitarme en el pathos, en el drama de nuestra verdadera situación
en el mundo. Esos descubrimientos casi oníricos me mostraron un
lenguaje sibilino y poderoso, al que luego recurrí con gran frecuencia
en mis obras literarias posteriores”
La relación que Gombrowicz
tenía con los sentimientos lo predispuso desde joven a realizar
experimentos, también con la naturaleza. En Mar del Plata estaba más
solo que en Necochea y en consecuencia se le despertaba una propensión
a realizar experimentos más endemoniados. Las lluvias, la agitación y
el ruido de las hojas de los árboles lo obligaban a encerrarse en casa
y también en sí mismo, y de esos experimentos nocturnos que hacía
resultaba el miedo, tenía miedo que se le apareciera algo.
“Algo
anormal..., ya que mi monstruosidad va creciendo, mis relaciones con la
naturaleza son malas, flojas, y este aflojamiento me hace vulnerable a
todo. No me refiero al diablo, sino a cualquier cosa... No sé si me
explico.. Si la mesa dejara de ser una mesa transformándose en... No
necesariamente en algo diabólico. El diablo es sólo una de las
posibilidades, fuera de la naturaleza está el infinito...”
“La
casa crujía, los postigos golpeaban. Quise encender la luz: imposible,
los cables estaban cortados. Un aguacero. Me quedé sentado a oscuras en
medio de los resplandores (...) Me levanté, di unos pasos por la
habitación y de pronto extendí la mano, no sé por qué, quizás porque
tenía miedo (...) Entonces cesó el temporal. La lluvia, el viento, los
truenos, el fulgor: todo acabó. Silencio (...) Entiéndase bien: la
tempestad no se extinguió de un modo natural, sino que fue interrumpida
(...) Yo, por supuesto, no estaba tan loco como para creer que fuera mi
gesto lo que había detenido la tempestad. Pero –por curiosidad– volví a
extender la mano en aquella habitación envuelta ahora en las tinieblas.
¿Y qué?: viento, lluvia, truenos, ¡todo empezó de nuevo! (...) No me
atreví a extender la mano por tercera vez, y mi mano ha quedado hasta
hoy ‘sin extender’, manchada por esta vergüenza (...) Al fin y al cabo,
lo que sé de mi naturaleza y de la naturaleza del mundo es incompleto,
es como si no supiera nada”
La obra que Gombrowicz había escrito y
quemado a los diecinueve años en la casa de su hermano Janusz estaba
inspirada en un proyecto que Gombrowicz había concebido a contramano:
entregarse a la masa, rebajarse, convertirse en un ser inferior, una
idea que más tarde le sirvió para enunciar un postulado según el cual
en la cultura no sólo el inferior debe ser creado por el superior, sino
también a la inversa.
El proyecto no terminó bien, era una tarea
gigantesca y peligrosa, diez años después se dio cuenta que había
estado jugando con fuego, algo enfermizo que llegó a sus manos le hizo
tomar conciencia. Un joven llegó a su casa con un manuscrito bajo el
brazo pidiéndole que lo leyera, que la obra tenía un gran impulso
erótico para excitar a los lectores.
De verdad resultó un
libro erótico y sucio que se complacía en la porquería, era malo y
barato. Leyendo ese manuscrito Gombrowicz recordó su propia novela
olvidada hacía tiempo. Unos días después de que el autor del manuscrito
llegara a la casa de Gombrowicz se pegó un tiro en la sien. La causa
del suicidio no había sido la novela, pero esa obra era la expresión de
un estado de ánimo que condujo al joven a la catástrofe. Diez años
atrás, a pesar de las apariencias y de una existencia de aspecto casi
despreocupado, Gombrowicz no había estado lejos él mismo de tomar una
decisión parecida, debía estar muy desesperado. La obra maestra a la
que Gombrowicz le había puesto el punto final resultó ser una mezcla
asquerosa del vivir plenamente la vida en la sensualidad y la
brutalidad, una historia no menos sórdida y excitante que la del joven
malogrado. Una señora amiga la leyó y le sugirió que la quemara;
Gombrowicz le hizo caso, arrojó el original y las copias en la nieve y
les prendió fuego durante aquel primer encuentro que Gombrowicz había
tenido con el diablo.
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