
WITOLD GOMBROWICZ Y LEONARDO DA VINCI
El
código postal, el código genético y el código da Vinci son conjuntos de
características estructurales que facilitan la clasificación y
posterior identificación de elementos ocultos o caóticos de modo que yo
orienté mi búsqueda en el código literario recién descubierto por mí a
un instrumento de tonalidad ligera y burlona.
La sonrisa de
Leonardo da Vinci se divierte y se deleita con un juego prohibido, con
lo que duele, es un producto de una sensibilidad archinteligente que se
convierte en un pecado porque se burla del sufrimiento.
Los
registros altos del divino Leonardo da Vinci se le aparecen a
Gombrowicz como una especie de farsa, como una broma extraña que se
divierte con el dolor en el mismísimo infierno.
En las ocasiones en las que le preguntaban a
Gombrowicz si había leído tal o cual libro para indagar en cuánto de
completos eran sus conocimientos, siempre respondía que debíamos
suponer que él había leído todo. Yo nunca lo vi comprar un libro, no
tenía plata para comprarlos.
A veces se lamentaba de no disponer
de los libros más actuales para escribir sobre ellos en sus diarios, y
como no era un hombre de ir a las bibliotecas ni a los centros
culturales leía sólo lo que le prestaban.
Leonardo da Vinci es un
personaje histórico que tiene para Gombrowicz el atractivo de ser
archinteligente y de conocimientos completos, unas cualidades que
debieron ejercer sobre él una enorme sugestión en su juventud.
Leonardo
da Vinci, arquitecto, escultor, pintor, inventor, músico, ingeniero y
el hombre más representativo del Renacimiento, es considerado como uno
de los más grandes pintores de todos los tiempos y la persona con más
variados talentos de toda la historia de la humanidad..
“Leonardo
se revela grande sobre todo como pintor. Regular y perfectamente
formado, parecía, en las comparaciones de la humanidad común, un
ejemplar ideal de ésta. Del mismo modo que la claridad y la perspicacia
de la vista se reflejan más apropiadamente en el intelecto, así la
claridad y la inteligencia eran propias del artista. No se abandonó
nunca al último impulso de su propio talento originario e incomparable
y, frenando todo impulso espontáneo y casual, quiso que todo fuese
meditado una y otra vez (...)”
“Siempre atento a la
naturaleza, consultándola sin tregua, no se imita jamás a sí mismo; el
más docto de los maestros es también el más ingenuo, y ninguno de sus
dos émulos, Miguel Ángel y Rafael, merece tanto como él ese elogio”
El interés por Leonardo nunca se ha satisfecho. Las multitudes aún hacen cola por ver sus obras.
Sus
dibujos más famosos se divulgan en camisetas, y los escritores
actuales, siguen maravillándose de su genio y especulan sobre su vida
privada y, particularmente, sobre lo que alguien tan inteligente
pensaba realmente. La archiinteligencia, los conocimientos completos y
el humanismo eran cuestiones que subyugaban su conciencia, por lo tanto
Leonardo da Vinci debió ser en su juventud algo así como el Norte de
Gombrowicz.
“Un
libro particular. Jamás he leído algo parecido, y particularmente tan
excitante, ‘Panorama de las ideas contemporáneas’, de Gaëtan Picon.
Hacía tiempo que no me sumergía con tanto entusiasmo en un libro como
en estas setecientas páginas llenas de las ideas más nuevas surgidas en
estas últimas décadas. Filosofía y ciencias sociales, arte y religión,
física y matemáticas, historia y psicología, pero también filosofía de
la historia, así como los problemas políticos y el humanismo
contemporáneo (...)”
“El volumen abarca las principales disciplinas de la
ciencia, aunque no ofreciendo un escueto resumen sino fragmento de las
obras más representativas. Es una especie de antología en la que la
filosofía de la historia, por ejemplo, está representada por textos
escogidos de Dilthey, Lenin, Trotski, Jaurès, Berdiaiev, Spengler,
Toynbee, Croce, Aron, Jaspers, y la teoría de los cuantos y los
problemas relacionados con ella por Broglie, Bohr, Einstein (...)”
“No
se encontrará en él un comentario exhaustivo, pero ¡qué introducción al
estilo de la ciencia de hoy, a su tono, su temperamento, su carácter
(pues a veces tengo la sensación de que la ciencia es una persona), sus
costumbres! Es como si escucharas una reunión en la que unos sabios
tomasen la palabra por turno; qué oportunidad para escuchar atentamente
su manera de hablar...”
Los de la barra del café Rex, creíamos
realmente que Gombrowicz dominaba con amplitud las teorías de la física
moderna y la filosofía, especialmente las ideas referidas al marxismo y
al existencialismo. Gombrowicz no sabía nada del cálculo diferencial,
ni de tensores, ni de conceptos aún más elementales como, por ejemplo,
los logaritmos o el teorema de Pitágoras.
Pero
una cosa son los logaritmos y el teorema de Pitágiras, y otra muy
distinta las concepciones generales de la mecánica cuántica y de la
relatividad en las que Gombrowicz se empezó a manejar con soltura y a
un nivel alto después de la lectura provechosa que había hecho de
“Panorama de las ideas contemporáneas” un libro de Gäetan Picon.
El
conocimiento sistemático de la filosofía no le venía de una ciencia
infusa, le venía de una lectura muy provechosa: “Lecciones preliminares
de filosofía”.
Este libro que se había hecho famoso en la
Argentina de aquellos tiempos escrito sobre la base de unos cursos que
había dictado un español, Manuel García Morente, en la universidad de
Tucumán.
Eran
tan claras las exposiciones de Morente que Gombrowicz, en una época en
la que yo todavía no lo conocía, le comentaba a sus amigos que la
filosofía se había acabado. En ese libro se entendía todo, ya no
existía ningún misterio desde Platon a Husserl, de lo que se puede
inferir que para Gombrowicz la jerarquía de la filosofía era
directamente proporcional a la dificultad que uno tiene para
comprenderla.
Respecto a la física a él le gustaba referirse
especialmente a la teoría corpuscular ondulatoria de Louis de Broglie,
quizás porque pertenecía a una familia de la nobleza francesa. Cuando
lo conocí iba en camino de convertirme en un físico-matemático, unos
conocimientos que me sirvieron para adquirir un cierto prestigio en la
barra del café Rex.
Le explicaba a Gombrowicz lo que era un
logaritmo, a Acevedo le calculaba la velocidad que debía tener una
pelota para que girara alrededor de la tierra a un metro de altura sin
caerse, al Alemán le demostraba por qué la raíz de dos no es un número
racional.
Estas
cuestiones tan elementales entre los alumnos de mi facultad me ayudaron
a mantenerme en pie en los primeros tiempos de mis aventuras
gombrowiczidas. Las relaciones de Gombrowicz con la ciencia no eran,
sin embargo, tan tranquilas como pudiera parecer a primera vista. Los
científicos eran para Gombrowicz unos especialistas que manipulan
nuestros genes, se inmiscuyen en nuestros sueños, modifican el cosmos y
manosean nuestros órganos íntimos.
La ciencia tiene un
carácter abominable, es como un cuerpo extraño introducido en la razón,
que la razón lleva como una carga con el sudor de su frente. Es como un
veneno, y cuanto más débil es la razón tantos menos antídotos encuentra
y tanto más fácilmente sucumbe. Los diarios que escribe Gombrowicz en
las postrimerías del año 1961 tienen un pasaje de género ligero y
fantástico que caracteriza la lucha entre la ciencia y el arte
haciéndole crecer a un hombre una segunda cabeza en el trasero mediante
un procedimiento científico.
“(...)
al verlo pierdes la cabeza y ya no sabes cuál de esas cabezas es tu
cabeza verdadera; no te quedará más remedio que gritar de horror, de
rebeldía, de protesta, de desesperación...¡gritar que no estás de
acuerdo! Ese grito encontrará a su poeta... y atestiguará que sigues
siendo todavía el que eras ayer (...)”
Existen dos blasfemias de
Gombrowicz que han dado la vuelta al mundo, una la pronuncia contra
Polonia en “Transatlántico” y otra la pronuncia en el “Diario” contra
la ciencia.
“Y si a Sócrates se le hubiera aparecido Casandra con la
siguiente profecía: –¡Oh, mortales! ¡Oh, estirpe humana! Mas os valdría
no alcanzar a ver el lejano futuro que será diligente, escrupuloso,
laborioso, liso, llano, miserable (...) Ojalá las mujeres dejasen de
parir, pues todo lo que nazca nacerá al revés: la grandeza engendrará
la pequeñez, la fuerza la debilidad, y de vuestra razón procederá
vuestra estupidez. ¡Oh, ojalá las mujeres diesen muerte a sus recién
nacidos...!, porque tendréis funcionarios por jefes y héroes, y los
buenazos serán vuestros titanes. Se os privará de belleza, de pasión y
de placer (...)”
“Os
esperan tiempos fríos, tediosos y secos. Y todo eso será obra de
vuestra propia Sabiduría, que se despegará de vosotros y se volverá
incomprensible y feroz. ¡Y ni siquiera podréis llorar, puesto que
vuestra desgracia estará ocurriendo fuera de vosotros! (...) ¿Será esto
una blasfemia contra nuestro Supremo Hacedor? ¿Nuestro Creador de hoy?
(Naturalmente me estoy refiriendo a la ciencia) (...) ¡Quién se
atrevería! También yo me postro ante la más joven de las Fuerzas
Creativas, también yo me prosterno, hosanna, pues esta profecía canta
precisamente al triunfo de la omnipotente Minerva sobre su enemigo, el
hombre”
El
humanismo es la otra cualidad que Gombrowicz admiraba en Leonardo da
Vinci, pero su propio humanismo quedó puesto en tela de juicio cuando
recibió el Premio Internacional de Literatura.
“El crítico
francés Michel Mohrt, al defender mi candidatura en su magnífica
intervención en la sesión del jurado, dijo entre otras cosas: ‘En la
creación de este escritor hay un secreto que yo quisiera conocer, no
sé, tal vez es homosexual, tal vez impotente, tal vez onanista, en todo
caso tiene algo de bastardo y no me extrañaría nada que se entregara a
escondidas a orgías al estilo del rey Ubú’. Esta perspicaz
interpretación de mis obras y de mi persona, de acuerdo con el mejor
estilo francés, fue pregonada con bombos y platillos por la radio y la
prensa internacional y, en consecuencia, los jóvenes que se reúnen en
la plazoleta de Vence al verme pasar comentan por lo bajo: –Mirad, es
ese viejo bastardo, impotente y homosexual que organiza orgías. Y
puesto que la delegación sueca me apoyó en ese jurado por mi condición
de escritor humanista, algunos informes de prensa llevaban un título
rimado: ¿Humanista u onanista?”
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