
LA VERDAD DE ULISES LIMA
Por Gonzalo Maier
Revista quépasa, Nº1960, 31 de octubre 2008
Fue el mejor amigo de Roberto Bolaño y un poeta maldito. Un mexicano que apareció como un cometa indomable en el D.F. de los 70 y que no dejó de escribir hasta convertirse en mito. Mario Santiago, el inspirador del entrañable Ulises Lima en "Los detectives salvajes", ahora llega a Chile con "Jeta de Santo", su poemario postumo. Ésta es su historia.
"Estoy escribiendo una novela donde tú te llamas Ulises Lima. La novela se llama Los detectives salvajes",
escribe Roberto Bolaño en 1996. Y lo hace en una carta manuscrita. Una
con una caligrafía muy delgada y que cruzará el Atlántico rumbo a
Ciudad de México. Mario Santiago, por cierto, será el destinatario de
esas páginas enviadas desde la costa catalana, él será el poeta
rebautizado como Ulises Lima, el compañero de andanzas de Arturo
Belano, álter ego de Roberto Bolaño. Pero Santiago no contestará nunca.
Sólo leerá las cartas y, a veces, escribirá en los mismos bordes de las
hojas, con letras grandes, histéricas, comiéndose los márgenes, pero
sin nunca llevarlas de vuelta al correo.
Y como
si la falta de respuestas no tuviera un pelo de coincidencia, como si
estuvieran destinados a no volver a encontrarse, Santiago jamás llegó a
leer Los detectives salvajes.
Bolaño esperaba enviarle una copia de la novela que lo terminaría
llevando al estréllalo, esperaba que su amigo de la juventud se riera a
carcajadas, pero un auto -que nunca pudieron encontrar- dijo otra cosa.
Rebeca López, la ex mujer de Santiago, lo vio por última vez un
miércoles 7 de enero de 1998. Pasaron uno y dos días sin tener noticias
de él. Rebeca se desesperó, recorrió hospitales, fue donde la policía
cuando, al tercer día, sonó el teléfono. Ella llegó a la morgue y el
médico forense le mostró un par de fotos. Una de ellas era de Mario
Santiago. Lo habían atropellado.
En esta historia a veces todo parece una maldición. O un statu quo fatal. De hecho, hasta hace unos meses, al inspirador del poeta delirante que se roba el argumento de Los detectives salvajes, prácticamente no se lo podía leer fuera de México. Ni siquiera dentro, estrictamente. O no con facilidad. Una buena noticia: aunque Mario Santiago suele ser un poeta secreto, esta vez se hará una excepción y, durante los próximos días, finalmente llegará Jeta de Santo a Chile, de la mano de Fondo de Cultura Económica. El libro, en cierto modo, es tanto una antología como un ajuste de cuentas. Es que ahora, finalmente, se podrá conocer al otro detective salvaje.
El campo de batalla
Rubén Medina es un poeta mexicano que hoy hace clases en la University
of Wisconsin-Madison, en Estados Unidos. Además, aparece en Los detectives salvajes
bajo el nombre de Rafael Barrios y no fue un testigo en primera línea
del infrarrealismo -que en la novela, ya es sabido, se transforma en
real visceralismo-, sino uno de sus protagonistas. Desde 1975 y durante
3 años, aplanó las calles del D.E junto a Mario Santiago, Roberto
Bolaño y el resto de la pandilla. "A Mario -cuenta Medina desde su
casa- lo conocí en un taller de poesía y él, a los 21 años, ya era un
poeta de experiencia y famoso por su ánimo combativo. Él aparecía en
presentaciones de libros de otros poetas para arruinarlas. O llegaba,
por ejemplo, antes de una conferencia de Octavio Paz, tomaba el
micrófono y leía sus poemas. O tocaba la puerta de otro poeta y le
decía que sus textos eran una mierda. Así fue como muchas veces le
pegaron. Otras, eso sí, lo vieron tan bajito que lo dejaron estar".
La trivia que gira en torno a Santiago, en todo caso, tiene bastante
más: si Ulises Lima realmente era Mario Santiago, Mario Santiago en
verdad era José Alfredo Zendejas. O lo fue, al menos, hasta antes de
convertirse en el padre de los infras. Después, claro, todos olvidaron
ese nombre -"José Alfredo hay uno solo", solía repetir Santiago
recordando al compositor de rancheras José Alfredo Jiménez-. Escribía
en papeles que repartía y olvidaba por ahí. Partió a Europa siguiendo a
una mujer -Claudia Kerick, hoy profesora de literatura en México- y
terminó en Israel. Uno de sus dos trabajos estables fue como pescador
en las costas francesas. El otro como corrector en una editorial
mexicana. Tuvo sarna en París. Paseó por Viena, Barcelona, Jerusalén y
se devolvió, odiando siempre Europa, para terminar alucinando en los
márgenes del D.F. En una de sus primeras tareas como tallerista
escribió la renuncia del poeta a cargo del curso. O, durante la lectura
de otro poeta, él tomaba sus versos y lo desafiaba como si la poesía
fuera -al parecer así lo creía- un exquisito campo de batalla. Mario
Santiago fue, de paso, el protagonista de un famoso graffiti que, según
cuenta la leyenda, estaba en el centro de Ciudad de México. Decía así:
"Que Bolaño se vaya a Santiago y que Santiago también".
Juan Esteban Harrington es chileno y, según la breve cartografía infra
que alguna vez escribió José Vicente Anaya y Heriberto Yépez, Juan
García Madero -el protagonista de la primera parte de Los Detectives Salvajes-
está inspirada en él. Hoy Harrington, en una casa de Ñuñoa y con un
acento que testimonia sus años en México, resume la importancia de
Mario Santiago: "Él fue mi mejor amigo, yo lo segui a Europa, él en
buenas cuentas fue mi maestro. Nos conocimos por Roberto Bolaño. En
1973, cuando mi familia se acababa de exiliar en México, Roberto y
Bruno Montané -Felipe Müller en Los detectives...- me fueron
a buscar a mi casa y no nos separamos más. Así, caminando casi 18
kilómetros diarios, vagando por Ciudad de México, me convertí en el más
pequeño del grupo -en un comienzo tenía sólo 13 años- y los seguía a
todas partes, escribíamos, yo aprendí enormemente de Mario, lo
admiraba, hasta me terminé enamorando de Claudia, la mujer que Mario
siguió hasta Israel. Incluso nacimos el mismo día, un 24 de diciembre".
Harrington, quien hoy prepara un documental sobre los infrarrealistas y
los poetas peruanos de Hora Zero, también está presente en Jeta de Santo.
El poema se llama "Retrato dibujado de memoria en alguna estación del
universo" y la mitad de esos versos, según él, le pertenecen. De hecho,
entusiasmado, toma una carpeta, la abre, y muestra el manuscrito. "Es
que Mario era un desmadre, escribía literalmente en cualquier parte, y
seguramente se debe haber quedado con una copia de mi poema y en algún
momento siguió escribiendo debajo de él. Y, claro, cuando comenzaron a
preparar la antología deben haber pensado que era otro de los suyos,
pero no hay problema. Todos nosotros siempre funcionamos así".
Recortando: De 1.500 a 160
La tarea era larga. Rebeca López, la viuda de Santiago, y el poeta
Mario Raúl Guzmán se dedicaron a recopilar los poemas que escribió el
inspirador del inolvidable Ulises Lima. Sumando no es difícil llegar a
los mil quinientos. Estaban en todas partes. En los bordes de libros
prestados, en cuadernos, en revistas, literalmente era cosa de buscar
para encontrar. Si Mario Santiago fue un marginal profesional, un
ciudadano ilustre del país de los outsiders, la escritura de sus poemas
siguió la misma senda. De hecho, publicó sólo dos libros hoy
técnicamente inencontrables: Beso eterno (1995) y Aullido de cisneJeta de Santo.
En el prólogo, e intentando dar una de esas batallas que parecen
perdidas de antemano, Guzmán escribe que "nadie hallará en este volumen
los poemas de Ulises Lima, sino los que Mario Santiago Papasquiaro
suscribió con su vida y con su muerte". Papasquiaro, por cierto, fue un
segundo apellido que Santiago comenzó a utilizar a la vuelta de su
periplo europeo -"parece sacado de un poema de Seferis", le escribirá
Bolaño- y con el que firmaría religiosamente hasta su muerte.
"El trabajo de recolección -cuenta su viuda, desde el D.F. - empezó en
1987 cuando Mario elegía qué poema prefería que Mario Raúl pasara a
máquina. Un segundo tiempo fue entre 1992 y 1995, cuando transcribimos
juntos otra buena parte de sus poemas. Meses después de su muerte
continué el trabajo con lo escrito en los últimos diez años. Cuando en
el 2006, Mario Raúl y yo empezamos a trabajar para seleccionar el
material, cada uno hizo una lectura de los más de 1.500 poemas
transcritos, y luego nos juntamos para revisar las coincidencias. Lo
arduo fue el hecho de que eran más de veinte años de escritura".
El resultado se cierra con "Consejos de 1 discípulo de Marx a 1
fanático de Heidegger", que Santiago leyó en un taller de poesía
durante 1975 y que no sólo lo levantó como el poeta más potente de su
generación, sino que le sirvió a Bolaño para parafrasearlo y firmar,
junto a A. G. Porta, Consejos de un discípulo de Morrison a un Fanático de Joyce, estrictamente su primera novela. (1996). El resto es leyenda. O era. Porque para eso está
Después de Ulises
Hay otra carta. Una que fue publicada en la revista Nomedites, a cargo del infra Raúl Silva, fechada en septiembre de 1995. Es de Bolaño a Santiago y resume muy bien el estado de la pandilla a casi veinte años de sus primeras andanzas. "Nuestra generación las está pasando moradas. Cuando lo pienso, no obstante, me dan ganas de reír. Hemos conseguido finalmente no sólo que nuestros pobres poemas sean un desafío sino también nuestras pobre vidas". Y algo de eso había. Durante sus últimos años, Santiago ya no frecuentaba diariamente a los infras y, resumiendo, nadie tiene claro con quién andaba. Sólo que desaparecía del centro de Ciudad de México y que se perdía en los barrios más pobres. Durante días. Sin dar noticias. Entregado a un alcoholismo que nunca supo llevar y que, literalmente, lo terminó llevando a él.
"Aunque ya me había ido del D.F. -cuenta Rubén Medina- lo seguí viendo
durante 7 u 8 años más, quizá hasta 1994, pero Mario estaba muy
golpeado, lo habían atropellado -sí, el fatal fue su segundo atropello-
y ese accidente lo dejó muy mal, caminando con bastón. Además siempre
le gustó mucho experimentar con distintos tipos de hongos. Y marihuana".
Si a Harrington entre los infras lo conocen como Little Johnny es por
culpa de Santiago. Él lo apodó así por un poema de Brian Patten y por
alguna razón nadie lo olvidó. Hoy, cuando Harrington recuerda los
últimos días de Santiago, dice que prefiere olvidar. Sólo guarda
silencio. Cuenta que estaba muy mal, que era casi un vagabundo. "Aún no
entendemos lo que pasó con Mario -cuenta evocando el final de su vida-.
Es muy injusto. Lo dejaron morir sobre una camilla, en una posta de los
barrios pobres del D.F., sin que nadie lo atendiera, tenía heridas
internas y aún hay veces en que, al volver a reunirnos, nos da mucha
rabia no poder contar con él".
Juan Villoro, el escritor y cronista mexicano, también fue amigo de
Santiago. De hecho, en más de una ocasión ha recordado que al revisar
su contestador telefónico encontraba poemas recitados por Mario. En una
necrología que escribió en 1998, a días de la muerte del poeta y para
el diario La Jornada de México, Villoro apuntaba: "A los 18 años había
leído todos los libros, visto todas las películas, escuchado todos los
discos. Con Héctor Apolinar, Roberto Bolaño (...) tomaron por asalto
las lecturas y los cócteles de nuestra serenísima república de las
letras, rompieron vasos jaiboleros, hicieron happenings
(...) Sus amigos de los años setenta compartimos su pasión por las
drogas, pero no nos atrevimos a seguirlo". Rebeca López, su viuda,
cuenta que su recuerdo de Mario "no es un recuerdo, sino la presencia
de quien siempre desafió su propio límite". Resumiendo, como dice
Harrington, "Roberto retrataba un corazón sangrante, pero Mario lo
llevaba en la mano".
Un par de años antes de que
muriera Santiago, en un intento de ajuste de cuentas tardío, Bolaño le
escribió una de sus últimas cartas: "Cuando mejore mi economía
apareceré por tu casa una noche cualquiera. Y si no, es igual. El
trecho que recorrimos juntos de alguna manera es historia y permanece".
Y, claro, permaneció como novela. Una novela que lo rescató del olvido
y que hoy permite que aparezca el otro, el que estaba detrás de Ulises
Lima.






































