
Los Migs
La guerra se declaró el 6 de julio. Fue por un trozo del océano Pacífico marcado como corte de pastel frente a la Línea de la Concordia que no tenía nada de concordia.
La guerra era la continuación de la guerra de hace 100 años, la Guerra del Pacífico. Y la segunda de la que vendría en otros 100 años pues nunca quedarían bien definidos los límites. Los victoriosos rayaban la cancha a su modo.
La historia se había encargado de escribir versiones opuestas. Los niños peruanos trasportaban el odio y revanchismo hasta la adultez, y esto se pasaba de generación en generación.
Hace 100 años la bandera chilena flameó en Lima.
Hacía 100 años que los peruanos odiaban a los chilenos.
En Perú los generales brindaron con pisco sour amargo y con la música de Chabuca Granda en un antiguo hotel frente a la Plaza Bolivar, mientras la gente saqueaba las multitiendas chilenas de los malls a vista y paciencia de la policía que también se llevaba lo suyo. El resto comía chicharrones y anticuchos de corazón como si el mundo se fuera a acabar. Las marineras se escuchaban por toda la festiva Lima. Alardeaban que los chilenos saldrían en cajones de papas. Alardeaban contra las mapochinos del carajo, hijos de puta y ladrones. Alardeaban que contaban con la Bomba H y un pacto secreto con Argentina.
Esa noche murieron 120 chilenos, la mayoría turistas. Todos linchados.
En Chile no hubo celebraciones de generales, pero desde las cantinas se escucharon arengas futboleras y el himno nacional como si la guerra fuera un partido de fútbol. Los borrachos recordaban a Zamorano, Salas y al Chino Ríos como si fueran Prat, Condell o Luis Cruz Martínez.
Desde Iquique al sur a nadie le importaba mucho la guerra. No hubo ni apagones ni ensayos de ataque antiaéreos ni nada semejante. La televisión siguió emitiendo realitys. Las ciudades operaron como siempre. La presidenta habló del profesionalismo de las FF.AA. Para eso se habían invertido millones de dólares. Para eso estaban los F-16. Para eso estaban los submarinos Scorpene.
Además la zona de conflicto estaba a 2 mil kilómetros de Santiago.
Arica, en cambio, no volvió a ser la misma después del 6 de julio.
Santiago se acercó a la guerra la tarde que la televisión filmó un vehículo militar incendiado en la Cuesta Camarones.
Los misiles de los Mig cayeron precisos y la televisión chilena logró sus primeros mártires: Gary y Matías, dos soldados de Valdivia.
De inmediato quinces peruanos fueron asesinados a patadas y combos por una horda de chilenos furiosos en los costados de la Plaza de Armas. La policía hizo la vista gorda. Otros peruanos alcanzaron a arrancar a la Catedral esperando el arribo de los cascos azules que nunca llegaron a Santiago.
Ese día martes nadie tomó en cuenta en Santiago el sonido de los Mig peruanos. En Antofagasta e Iquique estaban los F-16. Los Mig habían salido desde las cercanías de Córdoba. La vuelta de mano de Las Malvinas, dijeron después los argentinos. Un satélite estadounidense fotografió el momento justo de la explosión.
Por casi un mes Santiago fue la palabra más búscada en Google y en Youtube, incluso Bono dedicó un concierto completo de U2 a la ciudad perdida.
Por Rodrigo Ramos Bañados.






































