
WITOLD GOMBROWICZ Y LEÓN TOLSTÓI
“Antaño,
un Tolstoi podía escribir prácticamente para todo el mundo. Eso le
resulta casi imposible a un escritor contemporáneo, por la sencilla
razón de que ya no tenemos un universo común, existe una docena de
universos diferentes que se disputan nuestros lectores (...)”
“¿Cómo
dar con un lenguaje que sea comprendido a la vez por un católico
conservador, un existencialista ateo, un realista, por aquel cuya
conciencia ha sido socavada por Husserl, o Freud, así como por aquel
otro cuya sensibilidad se ha desarrollado en contacto con el
surrealismo? Realidades diferentes, diferentes maneras de ver, de
sentir. En los confines de esos horizontes diversos se libera toda la
diversidad de nuestros temperamentos. La época de una lectura normal ha
quedado atrás”
La elite de la
literatura mundial cada año es más numerosa, la técnica de imitar la
superioridad está muy avanzada. La grandeza es, hasta cierto punto, una
cuestión instrumental, un escritor inteligente de segunda clase sabe
qué es lo que debe reformar de sí mismo para acceder a la primera. Debe
ser más sensual que espiritual, indeterminado, natural y brutal... El
verdadero genio comienza imitando la genialidad, y la genialidad
imitada le penetra en la sangre y se convierte en su propia carne.
“Hubo
una época en la vida de Europa en que se podía invitar a un desayuno a
Nietzsche, Rimbaud, Dostoievski, Tolstoi, Ibsen, hombres sin parecido
alguno entre sí, como si procedieran de planetas distintos, pero ¿qué
desayuno no saltaría en pedazos con semejante compañía? Hoy se podría
organizar sin miedo un banquete general para toda la elite europea: se
desarrollaría sin chirridos, sin chispas”
Si bien es cierto, por lo menos a primera vista,
que existen pocos puntos de contacto entra la visión del mundo de
Gombrowicz y la de Tolstói, podríamos decir sin embargo que ambos
tienen algo de profetas, ambos intentaron valiéndose de su obra
cancelar su deuda moral, y ambos buscaron a su manera algo parecido a
la grandeza..
El estilo de los cuentos de Gombrowicz es brillante,
humorístico e irónico pero los componentes de las narraciones son, la
más de las veces, morbosos y repulsivos. Esos componentes repugnantes,
no obstante, pierden mucho de su carácter repulsivo porque los utiliza
como elementos de la forma, tienen un papel funcional y obedecen a un
objetivo superior: la creación artística. El plasma sombrío que existía
dentro de Gombrowicz está metido en estos cuentos, pero no desparramado
como una marea hedionda, sino chispeante de humor y ennoblecido de
poesía para alcanzar por el absurdo la inocencia.
Gombrowicz intenta cancelar su deuda moral, quiere
que la obra lo absuelva. Dentro de él existían elementos abominables,
pero si él podía utilizarlos como componentes de la forma, entonces, a
través de este procedimiento, se convertía en su dueño y señor. El ser
confuso, indolente e inseguro que era quería ser de otra manera en el
papel, un ser brillante, original, triunfador y purificado.
“(...)
¿qué tema o problema podría ser más mío que ese acrecentamiento
depravante de mi personalidad, inflada por la fama? (...) tengo que
encontrar aquí mi propia solución, y a la pregunta ¿cómo ser grande?
debería darle una respuesta totalmente particular (...) De nada sirve
la afectada maestría de Anatole France (...) la grandeza de
Dostoievski, llena de sencillez compasiva, astuta y apasionada, tampoco
es utilizable (...)”
“¿Y el Olimpo de Goethe? ¿Y Erasmo o
Leonardo? ¿El Tolstoi de Yasnaia Poliana? ¿El dandismo metafísico de
Jarry o Lautremont? ¿Ticiano o Poe? ¿Kierkegaard o Claudel? Nada de
eso, ninguna de esas máscaras, ninguno de esos abrigos purpúreos (...)”
El
conde León Tolstoi describe su creciente confusión espiritual, se culpa
a sí mismo de llevar una existencia vacía y autosuficiente y emprende
una larga búsqueda de valores morales y sociales, que terminó por
encontrar en dos principios del Evangelio: amor hacia los seres humanos
y resistencia contra las fuerzas del mal.
Condenó a casi todas las
formas de arte, tanto clásicas como modernas, de la que no se salvan ni
siquiera sus propias obras, a las que consideró dirigidas
exclusivamente a una elite cultural, abogó por un arte inspirado en la
moral, en el que el artista comunicara los sentimientos y la conciencia
religiosa del pueblo.
A los ochenta y dos años, y cada vez más
atormentado por la disparidad entre sus criterios morales y su riqueza
material, y por las continuas disputas con su mujer que se oponía a
deshacerse de sus posesiones, Tolstói, acompañado por su médico y la
menor de sus hijas, se marchó de casa a escondidas en medio de la
noche. Tres días más tarde, cayó enfermo de neumonía y murió en una
remota estación de ferrocarril.
En
su adolescencia carecía de toda convicción moral y religiosa, se
entregaba sin remordimiento a la ociosidad, era disoluto, resistía
asombrosamente las bebidas alcohólicas, jugaba a las cartas sin
descanso y obtenía con envidiable facilidad los favores de las mujeres.
Regalado por esa existencia de estudiante rico y con completa
despreocupación de sus obligaciones, vivió algún tiempo en la
corrompida y deslumbrante ciudad de San Petersburgo.
El conde
Tolstói exploró con un realismo implacable varios momentos históricos y
le dictó a sus lectores, en el vaso de sus narraciones, una lección de
idealista moralidad cristiana. Fue al mismo tiempo un psicólogo y un
poeta épico.
“La vitalidad
gigantesca de Tolstói, su vigor de oso, sus hazañas de resistencia
nerviosa y los excesos de todas las fuerzas de la vida son notorios en
él. Sus contemporáneos, entre ellos Gorki, lo vieron como un titán que
vagaba por la tierra con una majestad antigua. Había algo fantástico y
oscuramente blasfemo en su ancianidad. En la novena década de su vida
parecía un rey, de pies a cabeza. Trabajó hasta el final, sin doblarse,
pugnaz, gozando de su autocracia. Las energías de Tolstói eran tales,
que no podía imaginar nada ni crear nada de pequeñas dimensiones.
Siempre que penetraba en una habitación o en una forma literaria daba
la impresión de un gigante que tenía que inclinar el cuerpo para
atravesar una puerta construida para hombres corrientes”
La
visión del mundo de Gombrowicz y la de Tolstoi son parecidas, pero
parecen muy diferentes, y parecen muy diferentes por la manera
radicalmente distinta en que ambos se acercan a la realidad. Gombrowicz
no tenía una visión del mundo predeterminada cuando empezaba a
escribir, escribiendo, poco a poco, esa visión se la iba formando
dándose la cabeza contra la pared pues en el acto mismo de la creación
debía utilizar materiales, digámoslo así, que le venían dados, siendo
el leguaje el más importante.
Y
éste no es un problema menor ya que nadie podría, pongamos por caso,
construir un edificio transparente si sólo dispusiera de ladrillos
opacos. Los estilos y las formas están hechos y sólo nos resulta
posible expresarnos a través de ellos, esto es así para Gombrowicz y
para cualquier otro hombre que utilice la palabra como un medio
artístico de expresión.
Y ésta es la primera dificultad que
atenta contra la existencia de una visión del mundo, pero no es la
única. Las necesidades formales lo ponían a Gombrowicz en verdaderos
aprietos pues partía de los principios de que la forma debe estar
compensada y de que la historia que se cuenta debe desarrollarse
recurriendo a los contrarios: a una escena sentimental debe sucederle
otra brutal, al análisis la síntesis, a la analogía la oposición, a la
simetría el desbalance…
Pero
las sustancias de estas estructuras son todavía más inmanejables pues
vienen del subconsciente, de la herencia y de mecanismos de asociación
que no están presentes en la conciencia. Quizá el aspecto más
importante de estas necesidades formales sea la inclinación que tenía
Gombrowicz por la ritualización, por la utilización del recurso de la
repetición que en “Ferdydurke” se convierte en una obsesión relacionada
con las partes del cuerpo.
La emboscada de la conciencia en la
que cae Gombrowicz con sus obsesiones tiene una gran importancia en su
obra, la obsesión lo induce a acentuar el peso de algún elemento
inicial de la historia que va a contar y que en un principio es
equivalente a los demás. “Cosmos” es el libro en el que aparece más
claramente esta particularidad maniática: la obsesión por la
repetición.
Estas
reflexiones nos llevan de la mano a la conclusión de que el contenido
debe ajustarse a las formas, y no a la inversa, pues es así como salen
a la superficie las incongruencias de la realidad, y es así como se
puede tomar distancia de la forma, de la tradición y de la cultura. La
visión del mundo es pues un producto social que le viene dado al hombre
desde el pasado a caballo de la historia, y tiene éxito en la medida
que no la pongamos en tela de juicio.
Esto ocurre cuando no
somos conscientes de cómo esa visión del mundo afecta nuestra forma de
hacer las cosas y de percibir la realidad. La visión del mundo es
entonces un marco de referencia interhumano y, de la misma manera que
nos pasa con la forma, no es nuestra.
Son las representaciones de
ideas, valores, ideologías y creencias que le fueron impuestas durante
siglos a la humanidad y que, a juicio de Gombrowicz, nos deforman. Se
ocupó de destruir su visión del mundo, una visión del mundo que, por
otra parte, no era suya, y no de crear una visión del mundo nueva,
pues ningún hombre individualmente, por más genial que sea, puede
emprender una empresa semejante, a excepción de los profetas.
Más
que la consecuencia de una visión del mundo, sea ésta a priori o a
posteriori, su obra es el resultado del esfuerzo consciente que realiza
para organizar el caos inicial de una narración que le rebota como una
pelota contra las paredes del leguaje y que constantemente es absorbida
por estilos y obsesiones que le viene dados por la herencia, por la
tradición y por la cultura.
La tarea que le fue encomendada a
Gombrowicz fue la de destruir su forma y su visión del mundo con la
participación destacadísima que le da, tanto en sus creaciones
artísticas en sus diarios y también en su vida, a las ideas de
inmadurez y de forma, dos anguilas que tienen la costumbre de
escurrírsenos entre las manos como el agua y el aceite.
Utiliza
la palabra inmadurez en el sentido corriente que tiene este vocablo
como el estado inicial de un camino hacia el completamiento que sigue
el género humano, aunque esta definición podría ser aplicada también al
resto de los seres vivientes. Gombrowicz se desvelaba por establecer
las relaciones que existen entre la inmadurez y la cultura, dos
términos marcadamente antitéticos, pues la cultura es la puerta por la
que entramos hacia el completamiento.
Sin embargo, el estado
inicial es el que guarda celosamente los tesoros preciosos de la
belleza y el encanto que le muerden los talones a la cultura con una
inmadurez que no necesita de mediadores. Pero la cultura y las ideas
son mediadoras por excelencia y la forma su aspecto más visible.
Sólo un profeta entonces puede emprender
la gigantesca tarea de crear una nueva visión del mundo y le dejamos a
los genios la responsabilidad de destruir la visión anterior pues sólo
los genios son conscientes de cómo la visión del mundo afecta nuestra
manera de hacer las cosas y percibir la realidad.
La forma es la
dirección que toma Gombrowicz para vislumbrar el rostro del porvenir,
se empieza a preguntar si los demás caminarán también en esa dirección.
La forma es autónoma y disponible, creadora y perversa, analítica y
sintética; si en el futuro se difunde esta noción de la forma es
posible que la obra de Gombrowicz produzca escalofríos, y de esto
depende el porvenir de su literatura.
La crisis de las
ideologías y el interés cada vez mayor por la forma en las más
recientes tendencias del arte pareciera que le dan la razón a
Gombrowicz, pero con esto no basta, es necesario que el formalismo
creciente sea compensado por el humanismo, y en esto las cosas no van
tan bien que digamos. Además, no podemos saber ahora cuál es la
dirección en la que nos vamos a mover ni siquiera en la que nos estamos
moviendo.
A
pesar de las críticas que le hizo al existencialismo Gombrowicz
aceptaba su punto de partida, pero no sus deducciones. El punto de
partida de esa filosofía pone a la existencia y no a la idea en el
centro de las reflexiones sobre el hombre, las deducciones, en cambio,
instalan las ideas de la muerte y de la responsabilidad en una
conciencia abstracta que está lejos del hombre.
Gombrowicz
estaba convencido de que su idea sobre la forma pertenecía al tronco de
la inspiración existencialista y que el existencialismo no pertenece al
pasado, que perdurará por más de mil años, para siempre, como han
perdurado las filosofías del realismo y del idealismo, repetidamente
perdidas y vueltas a encontrar.
Es un movimiento profundo del alma
que, como todos, pasa por períodos de exageración y marginación pero
siempre vuelve a la fuente de su revelación original. Si la idea de la
forma pertenece al tronco del existencialismo, y si el existencialismo
es una concepción del hombre que perdurará por los siglos de los
siglos, entonces, Gombrowicz es un profeta que destruye su visión del
mundo y vislumbra una nueva visión para el porvenir en la que lo humano
se encontrará con lo humano, y ni él ni su obra se extinguirán.
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