
Título: Tormenta.
Género: Ciencia Ficción.
Autor: Guillermo Fernández Escareño.
Una manada de felinos encuentra el refugio para una tormenta que no cesa desde hace varias lunas, dentro de los vestigios de la civilización desaparecida. La vida ha vuelto a desarrollarse naturalmente y tanto la flora como la fauna, una vez más, se esparcen por todo el sitio. Los grandes felinos que por fin se resguardan de la lluvia, lo hacen en lo que fuera un centro de readaptación social, aglutinándose hasta formar una sola masa de carne que se mantiene parcialmente alerta. Unidos de esta manera no sienten apetencia.
La gigantesca ave carnívora que les estuvo observando, desde que llegaron, aguarda el momento adecuado para ir a saciar su hambre con la carne de alguno de éstos. Estando en la parte más alta de lo que fuera una ciudad, el ave también ve a un grupo de seres extraños acercarse a lo que considera su territorio. Intuye que son los entes que otra vez recorrerán el área, buscando nuevas formas de vida para llevarse alguna por cierto tiempo.
En su memoria están presentes los momentos en que fue capturada. Durante ese lapso no fue maltratada y tuvo suficiente alimento, pero desde que volvió a su hábitat con un transmisor dentro de si, se ha vuelto más agresiva porque siente el asedio de algo que no le es posible ubicar. Es por ello que cada vez que ve a los entes emprende el vuelo dejándose caer hasta casi tocar el suelo antes de empezar a batir sus alas, tan fuertemente que mueve los cimientos de los rascacielos. Se eleva lo suficiente para no estar al alcance de sus captores pero sin perder de vista los huevos dentro de su nido.
El grupo de seres con las pulsaciones eléctricas que los envuelven avanza, hacia el lugar donde se hallan los felinos, pero como éstos advierten su cercanía harán lo posible por defender el cubil. El macho dominante no conoce el descanso, los olfateó antes que los otros y se hubo alejado, para ir en busca de los miembros de las otras manadas que se están desplazando en esta área, y a su regreso, halla a casi todos sedados e inicia el contraataque, con las docenas de fieras que logró reunir. Los entes, al verse en desventaja, activan un sistema de protección que electrifica sus cuerpos, pero no pueden evitar que su tejido vivo les sea comido. La irrupción en el nuevo refugio provocó que los depredadores salieran de su recién iniciado letargo. Y los entes nunca se esperaron un comportamiento solidario entre las manadas circunvecinas. Aún así, lograron salir de allí con varios ejemplares.
Al llegar los entes a su fortaleza, colocan a los animales capturados en las jaulas para después ir a descargar la electricidad que absorbieron de los rayos de la tormenta. Éstas son las funciones para las que fueron diseñados los entes captores. Los que perdieron su parte viva durante la captura de los felinos, pasarán algunos meses dentro de las incubadoras para que les sea regenerado el tejido. Mientras, otro grupo ha salido para seguir el rumbo de la tormenta hasta que se disipe, su objetivo es el de acumular la mayor cantidad posible de energía. Su andar es lento cuando están alejados de los rayos, avanzan reconociendo el territorio por medio de radares que tienen integrados, pero una vez localizados en el punto donde se está descargando la energía, se desplazan con cierta rapidez para atraerla y recibirla.
En esta ocasión, son observados por los predadores más sanguinarios de la nueva era, los que no se ocultan, los que se eliminarían unos a otros antes de ser atrapados. Los entes captores los detectan como una especie más que deambula en medio de la tormenta. La matriz cibernética no ha determinado aun su estudio.






































