
WITOLD GOMBROWICZ Y QUINTÍN
Gombrowicz
tenía miedo de ser engañado por el mundo artificial de los hombres de
letras, un temor que le manifiesta al Hasídico en las conversaciones
apócrifas que mantuvo con él en su casa de Vence y que más tarde
aparecieron en “Testamento”.
“Mire, Dominique, el artista es un
individuo que se engaña sistemáticamente desde la primera palabra que
escribe (...) Sabemos que mentimos y sabemos que los demás también nos
mienten, y que ese desdichado malogrará su vida alimentándose de
embustes cotidianos, que con el tiempo le irán envolviendo cada vez más
(....) Ni siquiera los mejores de entre nosotros se libran de ello. El
engaño permanente nos corroe. El crítico, el amigo, el editor, el
admirador, todo lector en fin..., todos mienten, mienten, mienten... ”
Nunca se le
ocurrió armar un programa para ahogar el miedo a no ser aceptado, se
dio cuenta muy temprano que ese miedo no lo podía conducir a ninguna
parte pues nadie se libera de la soledad por más lectores que tenga, y
sólo quien logra separarse de la gente y existir como un ser singular
le puede poner un límite a la soledad. La gratitud era un sentimiento
que no le caía bien a Gombrowicz, no porque fuera ingrato, sino porque
le resultaba incómodo, difícil de expresar y, por eso mismo, peligroso.
Por acá, en la Argentina, sus gestos de gratitud no fueron muy
frecuentes, se le pueden contabilizar, sin embargo, algunos regalos:
una escultura de yeso muy bonita, un frasco de mermelada, un libro de
pinturas, una sandía con su firma, un arrodillamiento conmovedor para
agradecer cinco litros de kerosene, y una cantidad considerable de
dedicatorias que estampaba en cualquier tipo de libros.
El miedo a ser engañado y el sentimiento de gratitud
se me subieron arriba de la mesa y empezaron a mirarme desde “Witold y
su discípulo”, una nota de Quintín que apareció en “Perfil.com” el día
de las elecciones.
“Abro la computadora y descubro en el correo de
la mañana un mensaje cuyo tema es ‘Witold Gombrowicz y Blaise Pascal’.
Con otros encabezados, la experiencia se repite cotidianamente desde
diciembre pasado y cada día llega un artículo en el que Gombrowicz
viene acompañado por Joyce o por Simone de Beauvoir, pero también por
Perón o por César Aira e incluso por apellidos polacos tales como
Iwaszkiewicz o Nowinski que en algún caso resultan escritores y en
otros banqueros o amas de casa que conocieron a Gombrowicz durante su
estadía en la Argentina”
“Los mails no son exclusivos. Mi
dirección es parte de una larga lista de destinatarios y los 189
mensajes no solicitados que recibí hasta el momento son parte de una
serie mucho más amplia que a su vez constituye sólo una sección de una
obra colosal e infinitamente ramificada que tiene como centro exclusivo
a Gombrowicz y de la que es responsable Juan Carlos Gómez, un discípulo
a quien el maestro llamaba ‘Goma’ y que desde hace muchos años se
dedica a cultivar la memoria del escritor y a desarrollar su
pensamiento mediante escritos variados que van desde la reflexión
estética y filosófica a la difusión de sus anécdotas (una mezcla que
hace honor al estilo del homenajeado). Gómez ha publicado un libro con
las cartas que Gombrowicz le dirigió entre 1957 y 1969, y otro que se
llama ‘Gombrowicz, este hombre me causa problemas’, además de esta
colosal serie de notas que se pueden leer en Internet y que distribuye
a diario”
“Estos
artículos están agrupados bajo el nombre genérico de Gombrowiczidas,
pero —si no entendí mal— gombrowiczidas son también para Gómez los
admiradores de Gombrowicz, aunque la palabra haga pensar más bien en
sus asesinos. Sin intentar una interpretación psicológica, parece
indudable que una obsesión como la de Gómez le debe causar
efectivamente problemas. Entre ellos, no es menor el de las
conflictivas relaciones con el mundillo de la cultura local, que no es
menos hostil en 2009 que en 1945. Por eso, una parte de los textos
gombrowiczidas se ocupa de la trastienda literaria y de los choques que
Gómez mantiene con sus figuras principales o secundarias”
“Así
es como se encuentran fragmentos como ‘sería hora de que el Buey
Corneta, un representante de la ambigüedad y del mundo florido, dejara
de llenarse la boca con Gombrowicz al que sólo utiliza de adorno y para
darse tono’, o ‘El Vate Marxista y el Filósofo Payador contribuyeron en
forma originaria a crear alrededor de Gombrowicz un mito nativo contra
el cual se rebelaron algunos escritores argentinos como el Casanova’.
Es cierto que la identificación de los personajes resulta un poco
críptica, pero cada tanto Gómez envía una lista con el quién es quién
compuesta por entradas como “Orate Balaguer: Enrique Vila-Matas;
escritor” o “Farsante Ambulatorio: Juan Pablo Correa; periodista”
“¿Está
loco Gómez? Sí, probablemente, pero eso no quiere decir mucho.
Especialmente porque el intento por mirar el mundo a partir de una vida
y una mente tan singulares como las de Gombrowicz, que se deslizaba sin
dificultad entre la miseria y la gloria, lo concreto y lo abstracto, lo
alto y lo bajo, lo nacional y lo cosmopolita, la comedia y la tragedia,
resulta una empresa intelectual tan legítima y fascinante como las
mejores. Tal vez Gómez resume el sentido de su propia obra cuando habla
sobre ‘Gombrowicz o la seducción’, la película de Alberto Fischerman en
la que cuatro discípulos evocan al maestro. En ese artículo sostiene
que en lugar de otra adaptación banal de Gombrowicz al cine, Fischerman
advirtió que estaba frente a su ‘obra maestra secreta’: las huellas que
había dejado en esos jóvenes y en particular en el Goma, dedicado a
vivir en un universo gombrowicziano y a hacer perdurar la aspiración de
rebeldía y de grandeza que le fue transmitida y que desde entonces lo
posee. Por eso vale la pena esperar esos mails cada mañana”
Supongo
que Quintín es un seudónimo con el que firma la nota este ilustre
gombrowiczida, pero yo no conozco su verdadero nombre. Me gustaría
incluirlo en la nómina de “La identificación de los apodos y de la
actividad” con un mote, si es que Quintín me hiciera conocer cuál es
nombre.
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