
WITOLD GOMBROWICZ Y HUMBERTO RODRÍGUEZ TOMEU
Una
de las pasiones predominantes de Gombrowicz en los cafés de Varsovia y
también en los de Buenos Aires era la de armar discusiones artificiales
y polémicas.
“Bien, Stefan, díganos qué impresión le causa el señor
Jerzy Andrzejewski; –Jerzy es muy inteligente, tiene un gran simpatía y
es sincero; –No, por favor, ahórrenos las virtudes y concéntrese en los
defectos, suelen ser mucho más interesantes (...) Jerzy, en lugar de
contestar con una broma, se ensombreció, se puso rígido y sentí que se
creaba entre nosotros una distancia glacial. El sentido del humor no
era desde luego su fuerte”
Pero fue justamente gracias a este señor, a Jerzy Andrzejewski, que el Niño Ruso se convirtió en un
excelso traductor de buena parte de la obra de Gombrowicz, conversión que le produjo inicialmente una gran sorpresa.
“Un
día el cartero me entregó una carta procedente de Vence, una población
del sur de Francia. La firmaba Witold Gombrowicz. ¿Se trataría, acaso
de una broma? Me resultaba difícil creer que fuera auténtica. La mostré
a algunos amigos polacos y se quedaron estupefactos. ¡Una carta de
Gombrowicz recibida por un joven mexicano residente en Varsovia! ¡Qué
exceso, qué anomalía! (...)”
“Yo asentía y me regocijaba para mis
adentros. ‘Como todo en la vida de Gombrowicz’, me decía. En la carta
me explicaba que alguien había puesto en sus manos la traducción al
español de ‘Las puertas del paraíso’, de Jerzy Andrzejewski, y que le
había parecido satisfactoria. Tanto, que me invitaba a colaborar con él
en la traducción de su ‘Diario argentino’ (...)”
Andrzejewski
había sido anatematizado antes de la guerra como un escritor que nunca
lograría ser dramático porque nunca dejaba de ser dramático. El
verdadero horror de la vida se revela no a quien lo busca sino más bien
a quien se defiende de él y lo experimenta contra su voluntad. A juicio
de Gombrowicz Andrzejewski necesitaba de una ideología para escribir,
era un moralista de principios.
“Ese
hombre tenía realmente necesidad de Dios, ya que no estaba hecho para
vivir en un mundo desordenado. Pero la falta de espontaneidad tomó
venganza en él, haciendo que su arte fuera demasiado rígido, algo
artificial, restándole originalidad”
A Gombrowicz le echaban en cara
que por no haber estado presente apenas tenía una débil noción de cómo
había sido la transición en Polonia del capitalismo al comunismo.
A
Jerzy Andrzejewski, en cambio, lo conocemos sobre todo por “Cenizas y
diamantes”, un estremecedor fresco sobre los últimos días de la
ocupación nazi en Polonia y la inmediata llegada del comunismo al
poder. El problema de la falta de espontaneidad del lenguaje en la
discusión que había mantenido en un café de Varsovia se me puso de
manifiesto con Gombrowicz en una de las tardes del café Rex. Al poco
tiempo de haberlo conocido armó una discusión parecida a la que había
tenido con Andrzejewski, pero en el café Rex y con Humberto Rodríguez
Tomeu, el otro cubano que, junto con Piñera, dirigió la traducción de
“Ferdydurke”. Había, sin embargo, una diferencia importante, Humberto
tenía más mundo que el que tenía Stefan, y yo más sentido del humor que
el que tenía Jerzy.
“Humberto,
díganos qué impresión le causa Gómez; –Es un joven muy conversador;
–No, Humberto, háblenos de los defectos; –No sé qué defectos tiene, no
lo conozco; –¿No le parece que a veces le falla el lenguaje?; –Sí, lo
he notado; –Le falla porque es joven, naturalmente; –Sí, es muy joven”
Fue la primera estocada que recibí de Gombrowicz, y no
entendía bien por qué, a qué lenguaje se refería, porque yo tenía una
charla bastante consistente, no así las ideas. La materia prima del
lenguaje es la palabra, las palabras tienen una importancia fundamental
para Gombrowicz, tanto en el arte como en la vida.
“Las palabras se
alían traicioneramente a espaldas nuestras. Y no somos nosotros quienes
decimos las palabras, son las palabras las que nos dicen a nosotros, y
traicionan nuestro pensamiento que, a su vez, traiciona (...) Las
palabras liberan en nosotros ciertos estados psíquicos, nos moldean...
crean los vínculos reales entre nosotros”
Gombrowicz nos lleva de paseo por el lenguaje y por la palabra con una maestría singular.
“De
modo que el escritor debe cuidar no solamente el lenguaje, sino
encontrar en primer lugar una actitud apropiada ante el leguaje. Una
actitud apropiada quiere decir que, si es posible, no sea vinculante
(...)”
“Quien deja que le echen en
cara sus propias palabras es un estilista de poca monta, como lo es
quien, al igual que algunas mujeres, se fabrica la fama de no pecador,
puesto que entonces el mínimo pecadillo se convierte en un escándalo..
El estilista contemporáneo debe tener un concepto del lenguaje como
algo infinito y en continuo movimiento, algo que no se deja dominar
(...)”
“Tratará a la palabra con desconfianza, como algo que se
le escapa. Esta relajación de la unión del escritor con la palabra
supone una mayor desenvoltura en el uso de las palabras (...) Con las
palabras hay que intentar alcanzar a la gente y no a las teorías, a la
gente y no al arte. Mi lenguaje en este diario es demasiado correcto”
El
lenguaje y la palabra se convirtieron en asuntos muy importantes para
mí, tenía que demostrarle a Gombrowicz que no me fallaba el lenguaje.
“Goma
ama todo esto. Se califica a sí mismo como un verdadero molino de
palabras. Ayer contó en el restaurante que en la escuela sus compañeros
acostumbraban a gritarle: –¡Cierra la canilla, Gómez! Y si esto no era
suficiente le colocaban un recipiente bajo el mentón (...)”
“Antes
que el mozo me traiga la carta y la jarra comienza un diálogo sobre la
ausencia de genio en Proust, sobre la ingenuidad de la perversión y
sobre lo trágico del lenguaje seco y viscoso. Nos enchufamos, nuestros
ojos brillan, levantamos la mano, nos cambiamos permisos para tener
derecho a la palabra y henos aquí enganchados en tales laberintos del
lenguaje que no se sabe más qué se come Ni qué se bebe (...)”
“Goma
lleva a su boca un vaso de vodka. Me confía con una sonrisa que no
encontró hasta el momento en todo Piriápolis una sola persona que
pronuncie palabras, nosotros somos los únicos”
Humberto Rodríguez Tomeu tenía conmigo una cordialidad pícara muy
evidente, me trataba con una gran delicadeza pero cuando yo lo aburría con algún tema se vengaba.
Una
tarde estábamos analizando en su casa mi correspondencia con Gombrowicz
y yo trababa de convencerlo de que había vencido al polaco en la
polémica que manteníamos sobre Sartre. Un poco cansado de mi
interminable charla me dijo que a su edad ya sólo le interesaban las
biografías y no tanto la filosofía, pero como yo no paraba de hablar me
pidió permiso para ir a buscar un cuadro.
Cuando me mostró la
reproducción de una pintura que parecía importante me preguntó si me
gustaba. Le hablé de las masas cromáticas, de las líneas de fuga,
mientras Humberto sonreía. Finalmente me hizo la pregunta fatal: –¿De
quién es el cuadro, Gómez? Se trababa de un cuadro famoso del Greco
pero, desgraciadamente, no pude ubicar al autor. Con esta pequeña
artimaña Humberto consiguió lo que quería, que lo dejara de fastidiar
con Sartre.
“Mi primera impresión sobre Gombrowicz fue muy intensa. Dijo dos o tres frases categóricas, porque sí, sin reír, por broma”
Humberto
Rodríguez Tomeu y Virgilio Piñera condujeron en forma sistemática y
magistral la Traducción de “Ferdydurke”. El testimonio de Humberto que
aparece en “Gombrowicz en Argentina” es uno de los más divertidos.
“En
general cada uno pagaba lo suyo. Pero había una rivalidad entre Piñera
y Gombrowicz para no pagar. Si servían un café, Witold le insistía a
Piñera para que lo invitara. Virgilio se defendía: –‘Ayer pagué yo’.
Acabábamos por ceder pues teníamos más dinero que Gombrowicz. Era un
juego especialmente psicológico que Gombrowicz utilizaba para imponerse
a Piñera”
Gombrowicz les presentaba el borrador de su traducción
en un español macarrónico. No existía ningún diccionario
polaco-español, era preciso no sólo traducir sino también elegir las
palabras por su eufonía, su cadencia y su ritmo; inventar palabras
nuevas para encontrar el equivalente de las polacas.
“Con
la aparición de ‘Ferdydurke’, Witold decidió fundar una revista con
Piñera y conmigo. Queríamos hacer algo que llamara la atención para
provocar al mundo literario que había ignorado ‘Ferdydurke’. Gombrowicz
y Piñera se disputaron rápidamente los espacios. Entonces Witold dijo:
‘Yo hago mi revista’, y Piñera: ‘Yo hago la mía’. Cada uno de ellos
trataba de ganar tiempo y hacer que su revista apareciera antes que la
del otro. La de Gombrowicz, ‘Aurora’, salió primero, ‘Victrola’, de
Piñera, al día siguiente”
Virgilio Piñera y Humberto Rodríguez
Tomeu gozaron con “Ferdydurke”, habían creído en el libro y estaban
contentísimos de haber participado en la traducción en condiciones tan
excepcionales. Cuando se fueron de la Argentina en diciembre de 1947,
compraron a precio de saldo una valija llena de ejemplares, que después
vendieron a sus amigos de La Habana.
“Me
interesa añadir que sí, que pese a todo encontré amigos benévolos y
serviciales. Virgilio Piñera, un escritor cubano hoy eminente, y
Humberto Rodríguez Tomeu, otro cubano, hicieron mucho por mí, y es
sobre todo a ellos a quienes debo la traducción española de
“Ferdydurke”
"Las opiniones vertidas en los artículos y comentarios son de exclusiva responsabilidad de los redactores que las emiten y no representan necesariamente a Revista Cinosargo y su equipo editor", medio que actúa como espacio de expresión libre en el ámbito cultural.






































