
WITOLD GOMBROWICZ Y FRANÇOIS MAURIAC
En
el año en que “Ferdydurke” aparece en Francia Charles de Gaulle asumía
la presidencia de la República, y en el año en que de Gaulle dimite a
la presidencia Gombrowicz se muere. Fue la época dorada de Francia, la
de Charles de Gaulle y de François Mauriac que habían culpado del
repentino y humillante colapso de Francia en 1940 a la falta de
voluntad nacional y a una descomposición moral generalizada.
A una
caída tan generalizada de las aptitudes morales tenía que sucederle una
ascensión irresistible.. La formación moral de Gombrowicz, del mismo
modo que la de Mauriac, proviene del catolicismo. François Mauriac,
escritor francés, miembro de la Academia Francesa y ganador del Premio
Nobel de Literatura, es uno de los más grandes escritores católicos del
siglo XX.
Sus
firmes creencias religiosas se reflejan en su novelas, en las que
aborda conflictos morales básicos. Los deseos de la carne, que no
proporcionan una satisfacción real, se muestran en trágica oposición al
esencial anhelo humano de vida espiritual. Consciente del lado oscuro
de la naturaleza humana, sus análisis psicológicos tratan sobre la
lucha contra el mal que libran en su interior hombres y mujeres.
Extraordinario
estilista, Mauriac evoca una atmósfera cargada de sentimientos. El
éxito de Mauriac se debió precisamente a la fuerza de los tipos que
inmortalizó: madres austeras y posesivas, esposos desunidos,
adolescentes en conflicto. La crítica al catolicismo de Mauriac que
hacía Gombrowicz estaba más dirigida contra el dogmatismo del
pensamiento religioso que contra su sentido moral que, por ser
ciertamente elástico, no le impedía la frescura ni la libertad de
movimientos.
Gombrowicz apreciaba mucho la sabiduría de la
iglesia que, a los tumbos y después de muchos siglos, había aprendido a
conocer las miserias del hombre. El existencialismo y el comunismo
tenían, en cambio, morales construidas recientemente, y debían ser
golpeados. El deseo de un mundo más elástico, de perspectivas más
profundas, lo empujaba a buscar una nueva alianza con la iglesia.
El
progresismo había desembocado en un hombre que se estaba volviendo un
lobo para el hombre. Gombrowicz desconfiaba de esta criatura peligrosa
que lo quería morder, que amenazaba con torturarlo, una alianza con la
iglesia no le hubiera venido nada mal, la iglesia conocía el infierno
contenido en nuestra naturaleza e, igual que él, le tenía temor a la
excesiva movilidad del hombre.
Sin embargo, le costaba trabajo
mantener relaciones con el catolicismo porque esa doctrina estaba en
contradicción con su visión del mundo, pero el intelectualismo
contemporáneo se estaba volviendo tan peligroso que le despertaba más
desconfianza aún que el propio catolicismo.
El
cristianismo le ofrece al hombre una visión coherente de la vida y no
lo tienta a resolver con su propia cabeza los problemas del mundo, una
tentación que, por lo general, produce resultados catastróficos.. A
través de estas cavilaciones se estaba definiendo respecto a la ética
del catolicismo, pero la moral es sólo un fragmento de la vida, y los
otros fragmentos lo seguían presionando por todas partes pues la
realidad es inagotable.
“¿Escritores? Nos ahorraríamos muchas
desilusiones no llamando escritor a cualquiera que sabe escribir. Yo
conocía a estos escritores: eran por lo general personas de
inteligencia poco profunda y horizontes bastante estrechos, que en los
tiempos que yo recuerdo no llegaban a ser alguien..., por lo que hoy,
de hecho, no tienen nada que sacrificar. Estos cadáveres vivientes se
distinguían por la siguiente característica: les era fácil fabricarse
su postura moral e ideológica, ganándose de esta forma el aplauso de la
crítica y de una parte importante de los lectores”
Una
reflexión que Gombrowicz hace a menudo en los diarios en forma
declarada y parabólica es la de que los escritores tienen en general
mala conciencia, y la tienen porque no es la profundidad ni la
sublimación lo que los empuja hacia la literatura, sino un intento de
imitar la profundidad con la finalidad de ser escritores.
Cualquier
punto de partida estructurado facilita la actividad de escribir, a
veces es la religión, otra las concepciones políticas, pero la moral
siempre anda dando vueltas. Gombrowicz intentó sortear este dilema en
su obra y también en su vida, sin embargo, la empresa era muy difícil.
Se
propuso debilitar en sus escritos todas las construcciones de la moral
premeditada con el propósito de que nuestro reflejo moral espontáneo
pudiera manifestarse. Aunque Gombrowicz no era indiferente a la vida
difícil de los pobres, mientras vivió en Polonia, tuvo una vida fácil
sin necesidades materiales. La familia, las institutrices y el servicio
doméstico, de cuyos favores gozaba en Polonia, lo mantuvieron alejado
de la parte dura de la existencia.
Las
cosas cambiaron brutalmente cuando llegó a la Argentina, el mundo doble
y acolchado de ese noble burgués se derrumbó y Gombrowicz tuvo que
enfrentar el hambre, la humillación y toda la variedad de las penurias
materiales. Este cambio fatal de las circunstancias acentuaron el
rechazo que siempre había tenido por los artificios, el idealismo y las
ilusiones al punto que se obligó a definir de una manera drástica su
axiología.
“¿El vacío? ¿Lo absurdo de la existencia? ¿La nada? ¡No
exageremos! No se necesita de un Dios o unos ideales para descubrir el
valor supremo. Basta permanecer tres días sin comer para que un
mendrugo adquiera ese valor; nuestras necesidades son la base de
nuestros valores, del sentido y del orden de nuestra vida”
Si
las formas artísticas no expresan, aunque de una manera transpuesta,
esas necesidades entonces se convierten en un vicio que se aprovecha de
un estado de cosas artificial con un origen histórico. A su juicio la
pintura es el ejemplo más señalado de ese vicio que compara al del
cigarrillo para caracterizar la polémica que mantuvo con Jean Dubuffet.
Pero
la literatura también alimenta este artificio cuando su objeto es
exagerado. Gombrowicz señala que el rasgo más trágico de la muerte y de
la enajenación en su sentido marxista, se produce cuando son tomadas
como objetos artísticos y se convierten en pequeñas tragedias, las
pequeñas tragedias del aburrimiento, la monotonía y una explotación
superficial y repetida de las profundidades. La moral era pues una
dificultad que permanentemente le entraba por la ventana.
La
posguerra trajo una ola moralizadora en la literatura a caballo de los
comunistas, los existencialistas y los católicos, pero en esta
literatura resulta casi imposible separar la moral de las comodidades.
Desgraciadamente, el lujo parece acompañar a esta moralidad también en
un sentido concreto.
Gracias a esta moralidad, le dice Gombrowicz
al Hasídico en sus conversaciones, Mauriac tuvo una gran influencia en
las jóvenes generaciones, fue premiado con el Nobel y con la Academia,
y consiguió de un sistema capitalista inmoral riquezas y honores. Con
la moral el artista encanta y seduce a los demás y embellece también a
sus obras, es el sex appel de la literatura, en consecuencia debería
tratarla con la mayor delicadeza.
El arte explícitamente
moralizador era para Gombrowicz un fenómeno irritante. Que el escritor
sea moral, pero que hable de otra cosa, que la moral nazca de sí misma
al margen de la obra. Se propuso debilitar en sus escritos todas las
construcciones de la moral premeditada con el fin de que nuestro
reflejo moral espontáneo pudiera manifestarse.
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