
WITOLD GOMBROWICZ Y FRANZ KAFKA
El
mundo de los hombres de letras es muy variado pero circular, igual que
una calesita. El Vate Marxista, uno de nuestros más pronunciados
gombrowiczidas, se sube a la calesita y busca alegorías entre
Gombrowicz y Kafka.
“Gombrowicz era un completo desconocido en aquel
entonces. Vivía, pobremente, en oscuras piezas de pensión. Había
llegado a la Argentina casi por casualidad, en 1939, y lo sorprendió la
guerra y ya no se fue (...)”
“En verdad, los años de Gombrowicz en
la Argentina son una alegoría del artista tan extraña como la alegoría
de los manuscritos salvados de Kafka. Luego de unos primeros meses
dificilísimos, de los que casi no se sabe nada, Gombrowicz va entrando
de a poco en circulación en Buenos Aires”
“Su centro de operaciones es la confitería Rex, en lo
alto de un cine, en la calle Corrientes, donde juega al ajedrez y va
ganando un grupo de iniciados y de adeptos, entre ellos al poeta Carlos
Mastronardi y al gran Virgilio Piñera. Ha empezado a anunciar a quienes
puedan oírlo que es un escritor del nivel de Kafka, pero, por supuesto,
todo el mundo piensa que es un farsante: nadie lo conoce, nadie lo
leyó. Además sostiene que es un conde, que su familia es aristocrática,
aunque vive en la indigencia”
Gombrowicz tenía algunos problemas
para leer directamente a Kafka porque lo aburría, pero conocía su
mundo, especialmente a través de Schulz. Schulz fue el artista más
eximio de todos los que Gombrowicz conoció en Varsovia.
Era
digno de contarse en el círculo de la más alta aristocracia intelectual
y artística de Europa, pero su talante de maestro amilanado y
provinciano malogró hasta cierto punto su aceptación universal y se
quedó en lo que siempre fue: un príncipe de incógnito. Nadie le
demostró a Gombrowicz una amistad tan generosa como la de Bruno ni lo
apoyó con tanto fervor.
Desde
el mismo comienzo de la relación empezó a prodigarle alabanzas
extraordinarias, un poco porque prefería admirar a ser admirado, y otro
poco porque en su alma provinciana vivía el deseo del lujo y de la
gloria. Esa actitud de segundo violín no podía ocultar, sin embargo,
una concentración apasionada, trágica y ardorosa que lo identificaba
con su destino.
Sus afirmaciones modestas adquirían grandes
dimensiones, y esto se veía con mucha claridad en las frases
majestuosas y espléndidas de su escritura poética desbordante de
metáforas y de una forma irónicamente barroca. Pero en la medida que
Gombrowicz lo conoció fue descubriendo que su prosa era demasiado
metafórica y que no podía hacerse cargo del mundo pues no era capaz de
asimilarlo.
Elaboró una forma profunda pero estrecha y no pudo
salir de esa problemática limitada porque su estilo y sus concepciones
no eran originales, seguía las huellas de Kafka a quien lo unía la
sangre semita. Si bien se mostraba creativo en más de un punto, la
visión del mundo de Kafka fecundó su universo, y esto le puso límites a
su alcance en el mundo a pesar de que era admirado en Francia e
Inglaterra.
La cuestión central para Gombrowicz era la forma,
pero trataba de destruirla y de ensanchar el campo de acción de su
literatura para poder abarcar cada vez más fenómenos, mientras que
Schulz se cerraba en su forma como si fuera una fortaleza o una prisión.
“He
aprovechado la ocasión para ponerme a hojear de nuevo ‘El proceso’ y
compararlo con la versión escénica de Gide. Pero tampoco esta vez he
logrado leer debidamente este libro; me deslumbra el sol de la metáfora
genial que atraviesa las nubes del Talmud, pero leerlo página a página,
no, eso supera mis fuerzas. Algún día se sabrá por qué tanto grandes
artistas han escrito en nuestro siglo tantas obras ilegibles. Y por qué
arte de magia esos libros ilegibles y no leídos han pesado sobre
nuestro siglo y son famosos (...)”
“A
veces tengo la sensación de que entre nosotros los escritores existe un
absurdo que distorsiona toda nuestra actividad, y del cual no sabemos
defendernos, pues es siempre anónimo (...)”
Milan Kundera intenta
mediar entre Gombrowicz y Kafka tratando de persuadir al lector de que
la novela es un arte que nos permite comprender en su totalidad la
naturaleza humana, pero el intento no da resultado. Ninguno de los dos
escritores llegó a formar una escuela o un movimiento pues eran
solitarios.
Sin embargo, su obra expresa, según Kundera, una
teoría estética similar: los dos eran poetas de la novela, apasionados
por la forma y por su novedad; cuidadosos de la intensidad de cada
palabra de cada frase; seducidos por la imaginación.
Pero
a la vez, tanto Gombrowicz como Kafka, eran impermeables a toda
seducción lírica: hostiles a la transformación de la novela, alérgicos
a todo ornato de la prosa; concentrados por entero en el mundo real,
concibieron toda la novela como una gran poesía analítica. Gombrowicz
piensa de una manera un tanto diferente, se aleja de la idea
totalizadora sobre la novela que tiene Kundera, y poner una pica en
Flandes.
“El escritor no existe, todo el mundo es escritor, todo el
mundo sabe escribir. Si se escribe una carta a la novia, se hace
literatura; incluso diré más: cuando se habla o se cuenta una anécdota,
se hace literatura, siempre es lo mismo. Por lo tanto, pensar que la
literatura es una especialidad o una profesión, es una inexactitud.
Todos somos escritores (...)”
“Hay personas que no han escrito
en toda su vida y, de golpe, hacen su obra maestra. Los otros son
profesionales, que escriben cuatro libros al año y publican cosas
horribles. (...) Pero no entiendo qué quiere decir artista o escritor
de profesión. El hombre se expresa y lo hace por todos los medios,
baila o canta, o pinta o hace literatura. Lo que importa es ser
alguien, para expresar lo que uno es, ¿no creen? Pero la profesión de
escritor, no, no existe...”
Jean
Paul Sartre creó lugares más o menos amplios para la conciencia, la
culpa, y hasta el pecado, a pesar de su ateísmo declarado.
“Estamos
arrojados en el mundo, cara a cara con la otra persona; nuestra manera
de surgir es una libre limitación de su libertad (...)”
“La noción de culpa y de pecado se origina en esta extraña situación. Soy culpable frente a la otra persona”
Pero el campeonato de la culpa lo gana Kafka por varios cuerpos cuando escribe “El proceso”
“Yo
era culpable, abominable e intolerablemente culpable, sin causa y sin
motivo... Yo no sabía en realidad en qué consistía mi pecado, pero la
ignorancia no impedía que fuera presa de un intenso sentimiento de
culpa... Un día escribí una carta de súplica al desconocido autor de
mis sufrimientos, al Acusador, para pedirle que me dijera qué crimen
había cometido, pero no supe adónde enviarla y la destruí”
Sartre intenta arrebatarle el primer puesto a Kafka en este concurso de esquizofrenia, pero no puede.
“El
conflicto es el sentido original del ser-para-otros, porque cada uno de
nuestros proyectos limita la libertad del otro. De esto surge el
concepto de culpa. Por mi mera existencia en un mundo donde existen
otras personas, soy culpable hacia el otro... El pecado original es mi
aparición en un mundo donde existe el otro, y cualesquiera que lleguen
a ser mis relaciones con él, no serán sino variantes del tema original
de mi culpa”
Y cuando todos empezamos a decir por mi culpa, por mi
grandísma culpa, entra Gombrowicz cazando mariposas. Gombrowicz ya nos
había explicado cómo funciona la forma en los casos de Hitler y de la
creación literaria, ahora agregamos otro caso más: Raskólnikov, para
hablar de la culpa.
¿Raskólnikov
se entrega a la policía porque tiene remordimientos de conciencia y
siente culpa? Gombrowicz piensa que no. Él se sentía culpable de que el
crimen no le hubiera salido bien y no del crimen mismo, ¿por qué? Si no
fue por la conciencia, ¿qué fuerza lo obligó a. entregarse a la
policía? Raskólnikov no está solo, se encuentra en medio de un grupo
de gente: Sonia, el juez de instrucción, la hermana, el amigo, la
madre, un pequeño mundo.
La conciencia de los otros se le aparece
como una representación cuyo contenido es la condena. Su propia
conciencia, en cambio, es una nebulosa, de ella no nace ninguna culpa.
Pero, por el movimiento de la forma, los otros empiezan a actuar sobre
esa nebulosa, de a poco le van definiendo una naturaleza y una función
a su conciencia caótica.
Los
otros le ponen como naturaleza la de criminal y como función la culpa.
Se ve con los ojos de los otros. Cuando su conciencia caótica se le va
transformando por la intervención del grupo en una conciencia culpable,
recién entonces se empieza a comportar como culpable.
Raskólnikov
siente que esa conciencia no es suya, pero la modificación de su
comportamiento es para los otros miembros una representación cuyo
contenido es la criminalidad. En este juego de espejos, en este ida y
vuelta, las imágenes de las representaciones son cada vez más intensas
y la función de culpabilidad se le hace irresistible.
“Pero, repito, no es el juicio de su conciencia, es un juicio surgido de un reflejo, un juicio de espejo (...)”
“En
cuanto a mí, me inclinaría a considerar que la conciencia de
Raskólnikov se manifiesta sólo en una cosa: cuando se somete a esa
conciencia artificial, interhumana, de espejo, como si fuera su propia
conciencia legítima. Y en ello se encierra toda la moraleja: porque el
que ha matado a un hombre ahora cumple una orden nacida de la
convivencia humana. Y sin preguntar si es justa”
Encontrarle
parecidos a Gombrowicz no es una tarea fácil pues no tiene un estilo
que se pueda ubicar recurriendo a los antecedentes, es más fácil
encontrárselos a Kafka. La forma estilística de Kafka a la que
podríamos clasificar como la forma de la postergación infinita ha
alimentado la imaginación de muchos escritores, entre otros a la de
nuestro Pato Criollo.
A pesar de la desenvoltura con la que
escribe y la facilidad con la que consigue que le publiquen lo que
escribe, el Pato Criollo conoce perfectamente bien las contrariedades
que padecen muchos de sus colegas. En una de sus novelas narra las
desventuras de un joven escritor cuyo destino queda ligado a la
conducta contradictoria de un editor.
El editor
recibe con entusiasmo la primera novela del autor, una historia que le
parece genial, y le promete la firma del contrato en no más de dos
semanas, pero las cosas no suceden así. Los contactos entre el escritor
y el editor se van haciendo cada vez menos frecuentes, de semanas pasan
a meses y de meses pasan a años, sin embargo, el entusiasmo y la
delicadeza con los que el editor trata al autor aumentan con el
transcurso del tiempo.
Pero es justamente el transcurso del
tiempo el que hace pasar al escritor de la condición de joven promesa a
la de autor entrado en años y, como si fuera poco, malogrado, una
historia con un marcado aire kafkiano que me trajo a la memoria “Un
artista del hambre”. Kafka narra en este cuento los infortunios de un
hombre que ayuna por falta de apetito y que es exhibido en público como
una rareza llamativa. Al final del relato ya nadie se interesaba por
él, y lo barren junto a la basura, un final que surgiere un cierto
parentesco entre este faquir y los escritores malogrados.
La
desesperación y el absurdo de los que la obra de Kafka parecen estar
impregnados se consideran emblemáticos del existencialismo. El
anarquismo, del que durante un tiempo fue militante, tuvo influencia en
su inspiración individualista y antiburocrática.
Una parte
importante de la crítica ha interpretado su obra bajo el prisma del
judaísmo; otros han intentado darle una interpretación a través del
freudismo debido a sus conflictos familiares, y otros más como
alegorías de una búsqueda metafísica de Dios como propuso Thomas Mann.
Se
pone énfasis repetidamente en el tema de la alienación y de la manía
persecutoria en Kafka, sin embargo Kafka representa mucho más que el
estereotipo de figura solitaria que escribe movida por la angustia, su
trabajo es mucho más deliberado, subversivo y aun alegre de lo que
parecía ser. Los biógrafos han comentado que Kafka, como otros grandes
escritores, tenía costumbre de leer capítulos del libro en el que
estaba trabajando a sus amigos más íntimos, y que la situación llegaba
a ser cómica y concluía casi siempre en las risas de todos.
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