
WITOLD GOMBROWICZ Y BLAISE PASCAL
Cuando
Gombrowicz reflexiona sobre la igualdad y la moral algunas veces se le
cruza en el camino Baise Pascal como representante de la desigualdad
del hombre y del dolor. Entre un hombre y otro puede haber una
diferencia cien veces más grande que la que puede existir entre un
animal y otro. Entre Pascal y un campesino, escribe Gombrowicz en los
diarios, hay un abismo mayor que entre un caballo y un gusano.
La
presencia del espíritu en el hombre es la condición que hace posible la
existencia de la enorme diferencia que puede haber entre dos individuos
de la especie humana. Tomando el resto de los animales como si fueran
de una sola especie la diferencia mayor que puede existir entre dos
ejemplares cualesquiera de este reino complementario es de rango menor.
Estoy tentado a decir que
la Ivona de la pieza de teatro es Gombrowicz mismo, a través de este
aspecto de su personalidad conocía su propia superioridad y también a
decir que, igual que el príncipe Felipe de esa obra, Gombrowicz quería
ser superior para él mismo y no para los demás. Habiendo puesto en
entredicho todas las posiciones de la cultura no tenía sentido que
fuera superior para los escombros sembrados a su alrededor después de
ese trabajo de demolición.
Debía ser superior para alguien de su
mismo rango y no de un rango inferior. Llegados a este punto es
necesario recordar algunos de los negocios que tenían en común los yo y
el doble de Gombrowicz, tres existencias distintas en las que los yo
representaban a su persona y el doble a su obra.
El yo de
Gombrowicz estaba partido en dos, un yo era la mazmorra y la Ivona, y
el otro yo, el que quería ser superior para sí mismo, el hijo de una
buena familia. La persona de Gombrowicz reconoció al Gombrowicz de la
obra como un ser distinto, al Gombrowicz que existía desde afuera.
Siente que su rasgo más distintivo respecto a los demás es la
importancia que le había dado a su persona.
Esta
función de agrandamiento del yo no le podía ser indiferente a la
naturaleza, así que supuso que su suerte después de la muerte debería
ser distinta a la de los otros. El yo inferior no tenía por qué
gustarle a nadie, más que a él mismo, pero el otro yo se conocía como
superior cuando entraba en contacto con el yo inferior, con la mazmorra
y la Ivona. Mientras estas dos personas miraban al doble, el doble
también las miraba despertando de un sueño erótico y humorístico.
La
desigualdad esencial del hombre se desenvuelve en las ideas de
superioridad e inferioridad, y en este pensamiento fundamental aparece
Pascal en el mundo de Gombrowicz a los quince años.
“El divorcio
respecto a Dios –un asunto capital, gracias al cual el espíritu se abre
a la totalidad del universo– se operó en mí fácilmente, sin que me
diera cuenta, de hecho no sé cómo ocurrió; sencillamente hacia los
catorce o quince años dejé de preocuparme en Dios. De todos modos, creo
que incluso antes ya no me preocupaba demasiado. En los tocante al
intelecto, apenas en el sexto curso a los quince años, ya le echaba de
vez en cuando una hojeada a la “La crítica de la razón pura”. Conservo
de esa época notas sobre Spencer, Kant, Schopenhauer, Nietzsche,
Shakespeare, Goethe, Montaigne, Pascal, Rabelais (...)”
“Buscaba
el estilo del pensamiento fundamental, el estilo de una sensibilidad
que llega al fondo de las cosas, así como la independencia, la
libertad, la sinceridad, acaso también la maestría. Devoraba el estilo,
el modo de expresarse, el tono, la manera de ser de esas personas, con
la avidez de una hambriento. Pero era un palurdo... Cierta torpeza
campesina... , la candidez del hidalgo rural y la efusión eslava me
limitaba. Me sentía incómodo”
Los
pensadores más insignes de la moral francesa son Michel Montaigne,
Blaise Pascal y Jean Paul Sartre. Gombrowicz iba en otra dirección, se
veía a sí mismo como un hombre de una naturaleza noble pero débil, como
un rebelde con un reflejo moral simple pero fuerte.
Esta
naturaleza lo inclinó a manejarse con una moral granulada para
enfrentar a las morales del siglo, el comunismo y el existencialismo, y
a la moral milenaria del cristianismo de la que rechazaba sus
concepciones erróneas de la igualdad y la inmortalidad del alma. Michel
Montaigne y Blaise Pascal no confrontan el alma individual con la
existencia, sus proposiciones teóricas andan detrás del
perfeccionamiento de la conciencia.
Pero la cuestión para
Gombrowicz es otra, es saber hasta qué punto su conciencia es suya. La
conciencia es un producto colectivo, así que con ella no se lo puede
tratar al hombre como si fuera un alma autónoma. Gombrowicz piensa que
a la literatura le resulta indispensable una moral, que sin moral no
existiría la literatura, que la moral es el sex appeal de la literatura
puesto que la inmoralidad es repulsiva y el arte debe ser atrayente.
Una
de las razones por la que le resulta difícil darle un tratamiento
literario a la moral es porque el sentido moral de estos franceses
posee un carácter individual y procede de la idea de un alma inmortal,
y en el mundo de Gombrowicz el hombre es creado por los otros hombres.
Sin embargo, la moralidad en sus obras se manifiesta con mucha
intensidad, es más fuerte que Gombrowicz, él no la busca, pero ella lo
busca a él y lo gobierna.
Blaise Pascal, filósofo, físico y
matemático francés, fue un genio precoz. El teorema del hexágono, el
triángulo aritmético, el cálculo de probabilidades, la máquina de
sumar, su polémica sobre el horror vacui en la que apoyó a Torricelli,
y su estudio de la cicloide, punto de partida en el desarrollo del
cálculo diferencial, lo colocan en el ápice de los campeones de las
ciencias duras.
En
“Pensamientos” hace una apología del cristianismo. Su principal
estrategia en este libro fue contraponer el escepticismo de Montaigne
al estoicismo de Epicteto con la finalidad de colocar al hombre ateo en
un punto de confusión y desesperanza tal que pudiera acoger a Dios. Es
considerada como una obra maestra del pensamiento y como uno de los
libros más elocuentes de la prosa francesa.
En “Pensamientos”
analiza las paradojas del infinito y de la nada, de la fe y de la
razón, del alma y de la materia, de la vida y de la muerte, del
significado y de la superficialidad, de la ignorancia y de la gracia.
El ascetismo, el modo de vida de Pascal, es la consecuencia de su
creencia en que el dolor es lo más esencial de la naturaleza del
hombre, una idea que atrapó rápidamente la conciencia de Gombrowicz.
Una
cuestión que hostigaba permanentemente a Gombrowicz era la relación que
existía entre lo inferior y lo superior y su confrontación con la idea
de igualdad. Según lo entendía él la idea de igualdad es contraria a
toda la estructura del género humano. De la desigualdad fundamental
entre un hombre y otro deduce que la idea de la iglesia sobre la
igualdad del alma, y la idea democrática sobre la igualdad del derecho
al desarrollo son falsas.
Un error igualitario que tiene origen,
según Gombrowicz, en la semejanza del cuerpo de los hombres. Cristo,
con la simpleza y la virtud elementales hizo posible el encuentro entre
el filósofo y el analfabeto, entre lo superior y lo inferior, un
encuentro que Gombrowicz buscaba y que el cristianismo, con una
sabiduría calculada para todas las mentes, podía haberle procurado si
no fuera por su postulado de la igualdad de las almas.
El comunismo
también podía brindarle un punto de apoyo excelente para reflexionar
sobre este asunto, pero la mayor falsificación de las imágenes del
campesino y del obrero es un triste honor que ha recaído en los
escritores comunistoides con su operación sistemática de divinizar al
proletariado. La fórmula que utilizan se basa en la renuncia falsa del
superior a su primacía intelectual para servir al proletariado y
construir con él el mundo racional del futuro.
Estos modelos no
nos acercan ni una pulgada siquiera al proletariado y el problema
gigantesco del encuentro de la superioridad y la inferioridad sólo se
ha vuelto más falso. La desigualdad es la que hace posible la renuncia
a la propia identidad en favor de otro hombre, una condición necesaria
para el encuentro del superior con el inferior en una dirección de ida
y vuelta.
De esta posibilidad de encuentro Gombrowicz saca la
conclusión que la angustia metafísica de nuestro tiempo, a falta de
Dios, puede expresarse mediante esa renuncia. Gombrowicz se vale en su
obra de otras formas de aproximación entre lo superior y lo inferior,
la de la fraternización con el peón, por ejemplo, pero éste es un
recurso literario que no tiene el nivel de un pensamiento, son medios
que utiliza para erotizar su filosofía pues no le tiene confianza al
pensamiento desexualizado.
“No
podía hacer nada para mejorar la suerte de las capas sociales
inferiores, pero, ¿quién sabe?, quizás podría contribuir a mejorar el
comportamiento de los superiores respecto a los inferiores (...) si la
vida miserable deformaba al proletariado, si la ociosidad y las
comodidades deformaban a los terratenientes, esa intelligentsia urbana
también era deformada por su modo de vivir (...)”
“¿Acaso la
vida nunca creaba hombres completos? ¿Tenían que ser siempre fragmentos
humanos que se complementaban entre sí? (...) Ése era, pues, un error
de estilo, un error de forma de una importancia inconmensurable, ya que
hacía del hombre únicamente un producto de su propia clase, de su grupo
social, lo separaba de otras vidas, lo empequeñecía, limitaba, hacía
imposible cualquier contacto creativo con gente de otra clase. ¡Tantas
vidas a las que no tenían acceso! ¡Y yo tampoco! ¡Habría que destruir
esa forma, imponer otra que permitiera a la superioridad acercarse a la
inferioridad, establecer con ella una relación creativa! (...)”
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