CAVILACIONES POÉTICAS / Teresa Iturriaga
Osa I Hiperestesia La poesía es una suerte de
enfermedad, una suerte de dolor de placer de
oración. Súplica a la palabra que nos rescata del
desorden y atrae sonidos
aromatizados en platos orientales de canela y azafrán. La poesía es sabor a muerte y
nacimiento... nacimiento y muerte...
muerte y nacimiento… Mientras llegan los sabores entre miles de arco iris
encerrados en laberintos donde los conceptos bajan resbalando
la pendiente sin ancla ni asidero…
yo te rezo poesía primigenia
teñida de velos bailas tu danza de fuego
al chocar con las papilas de mi
lengua que-se-deleitan-en-el-placer-de-tenerte-por-un-momento, como los dioses toman a las amantes,
por sorpresa y sin
nombrarse.
Desde las playas de la memoria golpean incesantes los
guijarros. Blancos, verdes, rojos,
oscuros. Como espectros
alados excavan los surcos que mi alma va
dejando entre poro y poro, cabellos,
huesos. ¿De qué quieres que me
componga? Te gritaré tan alto que
todo el mundo podrá
oírme porque la voz se me escapa,
delatora de
verdad.
Los poemas van y vienen. Yo no ceso de escuchar los
tientos. El perfume es una sirena que va a
estallarme la piel. Mudo como un animal devorador de
desiertos, con una simple hoja sobrevivo en
espacios infinitos. Hojas de un árbol ígneo cubren
mi patio de los Campos
Elíseos. Y allí, en el césped rojo de lágrimas
bañado, reposan las cartas que escribí a la
belleza, hermana, virgen y esposa
de la vida
desnuda, sin tu disfraz de
poeta. 
II
Olas,
olas, olas...






































