
WITOLD GOMBROWICZ Y HERBERT GEORGE WELLS
Herbert
George Wells se encuentra en la línea de novelistas que exponen una
visión realista de la vida y mantienen una enérgica creencia en la
capacidad del hombre para servirse de la técnica como medio para
mejorar las condiciones de vida de la humanidad. Fue toda su vida un
izquierdista convencido. De hecho, su primera novela, “La máquina del
tiempo”, trataba fundamentalmente la lucha de clases.
Los hermosos
Eloi eran descendiente de los antiguos capitalistas, y los Morlocks de
los proletarios, enterrados junto con las máquinas y la industria y
que, en la novela, acaban por dominar a sus antiguos opresores. Criticó
la hipocresía y la rigidez de la época victoriana, así como el
imperialismo británico, y se adelantó a lo que serían los movimientos
de liberación femeninos. Wells estaba convencido de que la especie
humana podría ser mejorada gracias a la ciencia y a la educación.
Gombrowicz
perteneció a una época que sucedía a otra anterior en la que había
triunfado el intelecto con una violenta ofensiva en todos los campos,
parecía entonces que la ignorancia podía ser erradicada por el esfuerzo
tenaz de la razón. Este impulso intelectual creció hasta alcanzar su
apogeo después de la segunda guerra mundial, cuando el marxismo y el
existencialismo se desparramaron por toda Europa.
Estas ideas
ampliaron explosivamente los horizontes de los hombres dedicados al
pensamiento en toda Europa. Gombrowicz empieza a darse cuenta de que,
si bien la vieja ignorancia estaba desapareciendo poco a poco, aparecía
una nueva ignorancia engendrada, justamente por el intelecto, y por una
nueva estupidez desgraciadamente intelectual.
La vieja visión
del mundo que descansaba en la autoridad, sobre todo la de la Iglesia,
estaba siendo remplazada por otra, en la que cada uno tenía que pensar
el mundo y la vida por cuenta propia, porque ya no existía la vieja
autoridad. El mundo del pensamiento empezó a caracterizarse por una
extraordinaria ingenuidad, a la que animaba una juventud sorprendente,
los intelectuales exhortaban a los hombres a que pensaran por ellos
mismos, con su propia cabeza, algo parecido a lo que había hecho Lutero
con su protestantismo, un giro del pensamiento al que Nietzsche
calificó de revolución provinciana. Las ideas podían tener un
salvoconducto si se las comprendía personalmente, y no sólo eso, había
que experimentarlas en la propia vida, había que tomarlas en serio y
alimentarlas con la propia sangre.
El
aumento de este exceso de responsabilidad tuvo consecuencias
paradójicas: el conocimiento y la verdad dejaron de ser la preocupación
principal del intelectual, una preocupación que fue remplazada por
otra, por la preocupación de que descubrieran su ignorancia.
El
intelectual, atiborrado de conocimientos y de ideas que no termina de
asimilar, anda con rodeos para no dejarse pescar en su ignorancia,
entonces empieza a tomar algunas medidas de precaución bastante
ingeniosas: enmascara la formulación de los pensamientos, utiliza
nociones pero no las desarrolla, dando por sentado que son
perfectamente conocidas por todo el mundo, y todo esto lo hace para
ocultar su ignorancia. Los resultados no fueron buenos, la función
social del escritor se hizo irresistible y el pensamiento se degradó.
“La
guerra de los mundos” es una novela en la que Wells relata una invasión
de alienígenas de Marte. Los marcianos inician la conquista de la
Tierra incinerando a los humanos con un rayo de calor invisible y
también se sirven de ellos para alimentarse con transfusiones de
sangre. Estos seres extraterrestres finalmente son derrotados por
bacterias patógenas que los despachan al otro mundo. La guerra entre
los mundos de Gombrowicz y del Asiriobabilónico Metafísico tiene una
cierta analogía con la novela de Wells, pero ninguno de esos mundos
logra imponerse al otro.
Gombrowicz
hace unas reflexiones en los diarios en las que el Asiriobabilónico
Metafísico podría representar el talante de Wells y Gombrowicz el de un
bárbaro oriental.
“Así pues, si la generación polaca que entraba
en la liza justo después de la primera guerra mundial se bañaba en la
gran revolución de las costumbres engendrada por la guerra, la
generación siguiente sentía ya el soplo de un nuevo cataclismo. De este
modo en el tiempo de entreguerras la juventud se iba alejando
progresivamente de las ideas acerca del matrimonio, la familia y el
trabajo profesional inclinándose cada vez más hacia la vida romántica y
peligrosa (...)”
“La diferencia entre nosotros y Europa occidental, en
cuanto se refiere a ese proceso de liberación creciente de las
costumbres, consistía probablemente en que en aquellos países que
proporcionaban un sentido de mayor seguridad, se procedía de forma más
racional, más reflexiva, mientras en Polonia era todo mucho más oscuro,
intuitivo, dramático (...)”
“Los jóvenes ingleses leían a Wells,
criticaban los conceptos antiguos en nombre de una nueva visión del
mundo, científica, atea, que reconocía el derecho de las mujeres y el
amor libre. En Polonia la transformación se producía por sí misma, ya
que hasta los mocosos captaban de alguna manera , fuera de la retórica
oficial, los indicios secretos de la tragedia que se avecinaba”
Herbert
George Wells representaba todos los valores que se habían puesto en
funcionamiento entre la primera y la segunda guerra mundial y que
Gombrowicz ataca desde la inmadurez en “Ferdydurke”. Kowalski, el
protagonista de la primera novela de Gombrowicz, se propone descubrir
el talón de Aquiles de los Juventones y entonces también decide
espiarlos.
“Agucé
los sentidos. ¡Bestializado espiritualmente, era como un salvaje animal
civilizado en el Kulturkampf! Cantó el gallo. Primero apareció
Juventona en una robe de chambre a medio peinar”
Entró al
closet-water y salió de allí más orgullosa que al entrar. De este
templo sacaban su poder las modernas esposas de los ingenieros y los
abogados. Salían de ese lugar más perfectas y culturales, llevando en
alto la bandera del progreso, de ahí provenían la inteligencia y la
naturalidad con las que la Juventona atormentaba a Kowalski.
Enseguida
apareció el Juventón trotando en pijama, carraspeando y escupiendo
ruidosamente. Al ver la puerta del closet-water risoteó y entró
jugueteando. Salió desmoralizado, con una cara lujuriosa y vil, parecía
un tonto.
A Kowalski le extrañó que mientras el clost-water
ejercía una influencia constructiva sobre la esposa, sobre el esposo
actuaba destructivamente. Mientras tanto la doctora se había bañado, se
secaba y hacía ejercicios. Hizo doce cuclillas hasta que los senos
sonaron, a Kowalski le empezaron a bailar las piernas en un bailoteo
infernal y cultural. La intranquilidad de los perseguidos aumentaba
porque se sentían mirados.
Los Juventones trataban de organizar a
ciegas una defensa y toda la tarde se dedicaron a la lectura de Herbert
George Wells. No conseguían ubicar su desasosiego, no podían permanecer
sentados pero tampoco podían permanecer de pie, el Juventón buscaba la
complicidad de Kowalski guiñándole un ojo. Se acercaba la noche y con
ella la hora decisiva.
Los Juventones entraron al dormitorio y
Kowalski corrió para escuchar detrás de la puerta y mirar por el ojo de
la cerradura. El ingeniero en calzoncillos y sumamente risueño le
contaba a la doctora anécdotas del cabaret: –¡Basta, cállate!; –Espera,
chinita, enseguida terminaré; –No soy ninguna chinita, me llamo Juana,
sácate los calzoncillos o ponte los pantalones; –¡Calzoncillitos!;
–¡Cállate!; –Enciende la luz, vieja; –No soy ninguna vieja.
Juana
se preguntaba qué les estaría pasando, le pedía al esposo que volviera
en sí, que juntos iban hacia los tiempos nuevos como luchadores y
constructores del mañana. Pero el ingeniero estaba en otra cosa: –Así
es, una gorda, gorda langosta conmigo se acuesta. A pesar de su gordura
es muy soñadura. Pero a él no se le antoja porque ya está muy floja.
La
doctora lo convoca a que piense en la abolición de la pena de muerte,
en la época, en la cultura, en el progreso: –Victorcito trotando pega
brincos; –¡Víctor! ¿Qué dices? ¿Qué te picó? ¡Hay algo malo! ¡Algo
fatal en el aire! La traición; –La traicioncita; –¡Víctor! ¡No uses
diminutivos!; –La traicionzuelita.
Empezaron
a manotearse, uno prendía y otro apagaba la luz, la Juventona jadeaba y
el ingeniero jadeaba y chillaba de risa: –¡Espera que te dé una
palmadita en el cuellito!; –¡Jamás, suelta o morderé! Víctor echó de sí
todos los diminutivos amorosos de alcoba. El infernal diminutivo que
tan decisivamente había pesado en el destino del protagonista ahora le
hacía sentir sus garras a los Juventones. El paso de Kowalski para
descalabrar a la modernidad estaba dado, había preparado todo para el
derrumbe final.






































