
WITOLD GOMBROWICZ Y KRYSTYNA SKARBEK
Mientras
Polonia fue para Gombrowicz un surtidor de formas rígidas, la Argentina
lo regresó a ese tiempo de la vida en que las formas son más blandas.
Las convulsiones europeas tenían una réplica en América, pero débil,
alcanzaban a un conjunto reducido de personas, mientras Europa estaba
completamente movilizada y las formas polacas tenían un grado aún mayor
de esclerosis que las esclerosis de Occidente.
Los judíos
desempeñaron un papel muy importante en el desarrollo polaco de la
época de Gombrowicz. Él se sentía atraído desde su juventud por las
inquietudes intelectuales de los judíos, por su racionalismo y porque,
al mismo tiempo, le proporcionaban una gran variedad de elementos
cómicos que tenían mucho que ver con sus debilidades y ridiculeces.
En su familia el
antisemitismo estaba considerado como una prueba de estrechez mental y
nadie sentía hostilidad hacia ellos, aunque sí conservaba prejuicios de
carácter social. Gombrowicz tenía por costumbre poner en evidencia lo
grotesco de la actitud de la nobleza hacia los judíos.
“El
antisemitismo de la nobleza no era peligroso, condenaba el papel
destructivo de los judíos, pero cada noble tenía a su israelita con
quien pasaba horas enteras conversando en el porche de cosas
misteriosas, prueba evidente de una convivencia establecida desde
siglos”
Fue en la universidad donde se aproximó verdaderamente al
medio semita y descubrió muy pronto que con ellos podía moverse más
libremente que con los demás, en todo lo que la libertad tenía de
locura y de descontrol.
En el café lo llamaban “el rey de los
judíos” porque a su mesa concurría una gran cantidad de semitas, eran
sus oyentes más fieles. Pero no era solamente la libertad y la audacia
el atractivo que tenían los judíos para él, tardó algún tiempo en
descubrirlo pero, finalmente, se dio cuenta que tenía con ellos algo
más en común: la actitud frente a la forma.
No
era de extrañar que ese pueblo trágico, sufriendo a través de los
siglos enormes deformaciones, tuviera una forma grotesca: barbudos, con
levitas, poetas en éxtasis concurriendo a los cafés, millonarios en la
bolsa, eran realmente unos personajes increíbles. Los judíos sienten en
su propia carne la vergüenza de este ridículo, pero no saben liberarse
de la deformación que los oprime, por tal razón se perciben a sí mismos
como una caricatura, como una broma extraña del Creador.
Esta
actitud tensa de los judíos hacia la forma que les impide ser del todo
judíos, como son del todo campesinos o nobles, los campesinos y nobles
con una forma heredada a través de las generaciones, lo fascinaba a
Gombrowicz, era eso precisamente lo que destacaba en sus creaciones: la
pugna del hombre con la forma para descubrir su tiranía y para luchar
contra su violencia.
“Eran
entonces problemas casi inconcebibles para la gente de mi medio, que se
movía, pensaba y sentía según un modo establecido de una vez por todas,
heredado de sus antepasados. Sólo cuando la guerra y la revolución
vinieron a romper este ritual y se pusieron a modelar a la gente como
si fueran muñecos de cera, cuando todo lo que parecía eterno resultó
ser frágil y huidizo, entonces mis ideas adquirieron peso (...)”
“Pero
yo ya me había dado cuenta antes de cómo, justamente respecto a los
judíos, esas maneras soberanas y altivas de la gente de mi esfera se
derrumbaban penosamente. Los judíos parecían ser un elemento
comprometedor ante el cual uno no podía comportarse adecuadamente”
Gombrowicz
tenía con los judíos una unión espiritual nada superficial, fueron
siempre y en todas partes los primeros en comprender y valorar su
trabajo de escritor, sin embargo, sus relaciones intelectuales con
ellos no se extendieron nunca al terreno de la amistad personal. No era
tanto su frialdad intelectual lo que le chocaba, sino la ingenuidad con
la que se dejaban impresionar por el intelecto, una admiración confiada
e infantil por la razón científica, las teorías y la cultura en general.
“Esos
terribles destructores, esos revolucionarios eran en su mayoría
benévolos como niños, bastaba rascar un poquito para descubrir su
tendencia soñadora, impregnada de una fe casi mística, su mordacidad se
unía en forma extraña a la blandura (...) Yo torturaba cuanto podía su
ingenuidad, toda mi táctica se centraba en invertir los papeles a fin
de que ellos y no yo se convirtieran en románticos”
Gombrowicz ha
manifestado en más de una oportunidad que le debía mucho a los judíos,
era un filosemita que consideraba al antisemitismo polaco como
bonachón. Sin embargo, no todos los judíos pensaban así. Una tarde,
jugando al ajedrez, le transmití a Miguel Najdorf la invitación a la
Embajada de Polonia que le estaba haciendo el embajador, me había
manifestado que tenía muchos deseos de conocerlo: –Vea, Gómez, voy a
aceptar porque soy polaco y porque no quiero hacerlo quedar mal a usted
pero, me cuesta, los polacos no nos quieren, odian a los judíos.
Algunos
miembros de la nobleza polaca se unían a los judíos para darle un poco
de aire financiero a sus blasones, eran unas uniones desgraciadas pues
sus hijos no llegaban nunca a ser reconocidos en los salones. Los
integrantes de la clase alta se comportaban como si nada se supiera, la
buena educación los obligaba a evitar en presencia de esas familias la
más ligera alusión a los judíos.
Krystyna Skarbek, una hermosa
joven polaca que tuvo un desempeño heroico durante la segunda guerra
mundial, pertenecía precisamente a esa categoría de desgraciados
mestizos. Nacida de padre conde, su madre Goldferer era judía. La
trataban según los cánones de comportamiento que ya mencionamos, pero
un día ocurrió una catástrofe. Krystyna se hallaba sentada en la
terraza de un hotel en compañía de personas con título.
De
repente se detuvo delante del hotel una señora entrada en años, gorda y
vestida de una manera llamativa: -¡Krysia, Krysia! Todos se quedaron de
una pieza, la joven, en lugar de contestar, hizo como si no se tratara
de ella: –¡Krysia Skarbek, Krysia Skarbek!
En ese grupito de gente
tan mundana sólo había miradas clavadas en el suelo y caras tensas,
como si hubieran sufrido un ataque de parálisis.
“Que bendición si
alguien hubiera dicho simplemente: Krysia, ¿no oyes?, una de tus tías
te está llamando. Pero nadie fue capaz de pronunciar esas sencillas
palabras (...) En la actitud de esos nobles no había nada de
menosprecio ni de odio, solamente había un falta terrible de sentido
práctico, una incapacidad para superar lo convencional y adoptar un
estilo más moderno”
En
el contraste con los judíos se le revelaba la torpeza de la formas
ancestrales polacas, su falta de adaptación a la vida. El modo judío
incorporado al modo polaco era un elemento explosivo que debía dar la
oportunidad de elaborar un nuevo tipo de polaco capaz de encarar el
presente. Los judíos eran para los polacos un trazo de enlace con los
problemas más profundos y complejos del universo.
La polaca Krystyna
Skarbek fue una de las mejores agentes enviadas por los ingleses contra
los nazis y una mujer excepcional que sobrevivió a los mayores peligros
de la guerra para morir, paradójicamente, acuchillada por un hombre que
la acosaba. Valiente, vivaz y encantadora, confiaba en sus dotes de
persuasión y en las granadas de mano.
Fue para muchos la mejor agente de los
servicios secretos británicos durante la Segunda Guerra Mundial y uno
de los personajes más arrebatadoramente románticos de la época.
Capturada en 1941 por la Gestapo, la resuelta Krytyna logró que la
dejaran libre tras provocarse una hemorragia mordiéndose la lengua para
hacer creer a sus captores que padecía tuberculosis.
Saltaba sin
temor en paracaídas, atravesó los montes Tatra esquiando para
infiltrarse en Polonia, combatió codo a codo con la Resistencia
francesa y burló varias veces a la terrible Gestapo, arrebatando de las
mismísimas fauces de la muerte en una de ellas a dos importantes
camaradas. En Digne, al sur de Francia, dos de los grandes jefes
operativos fueron detenidos en un control cuando viajaban camuflados en
un vehículo de la Cruz Roja.
Estaban condenados a morir
fusilados. Ante la imposibilidad de montar un ataque de la Resistencia
para liberarlos, Krystyna logró una cita con un oficial de la Gestapo
y, haciéndose pasar nada menos que por sobrina del general Montgomery,
lo convenció de que la llegada de los Aliados era inminente y de que
más le convenía al torturador granjearse su amistad con un gesto de
buena voluntad. Fue tan persuasiva con el oficial alemán, que durante
toda la cita la estuvo apuntando nervioso con una pistola a la cabeza,
que accedió y liberó a los camaradas presos.
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