
WITOLD GOMBROWICZ Y BENITO MUSSOLINI
Hijo
de un anarquista revolucionario y de una maestra de escuela, Benito
Mussolini hacía mucho tiempo que reinaba en Italia cuando Gombrowicz se
va de vacaciones a la península en el año 1938. Mussolini, fundador del
fascismo, estableció durante su mandato un régimen cuyas
características eran el nacionalismo, el militarismo, la lucha contra
el comunismo, la censura y la propaganda estatal. Mussolini se
convirtió en un estrecho aliado del canciller alemán Adolf Hitler del
que fue uno de sus primeros mentores.
El romanticismo y el bel canto
italianos habían cautivado a los polacos durante mucho tiempo, Italia
era para la elite de Polonia una parte del mundo a la que admiraba y
quería imitar. Más que a Schubert y a Chaikovski, el músico que más
admiraba Chopin junto con Bach era Bellini. Chopin es un belcantista.
En
uno de sus primeros cuentos Gombrowicz pone en boca del protagonista un
comentario curioso pero esclarecedor. Stefan leía mucho y trataba de
comprender el significado de las cosas, se daba ánimos con el recuerdo
de uno de los temas escolares, la superioridad de los polacos: los
alemanes son pesados, brutales y tienen los pies planos; los franceses
son pequeños, mezquinos y depravados; los rusos son peludos; los
italianos... bel canto.
Ésta era la razón por la que querían
eliminar a los polacos de la faz de la tierra, eran los únicos que no
causaban repulsión. Mucho tiempo después Gombrowicz tuvo la oportunidad
de poner a prueba esta opinión estándar que tenían los polacos sobre el
bel canto de los italianos, una ocasión a la que hace referencia en
“Recuerdos de Polonia”.
“Voy a contar alguna que otra cosa de mi
viaje a Italia; fue mi última confrontación con Europa antes de la guerra (...) Aquella primavera italiana era espléndida”
Gombrowicz
se había entregado al vagabundeo, el gran esfuerzo que le había demando
“Ferdydurke” había quedado a sus espaldas. En ese año el jurado de
“Wiadomosci Literackie” debía fallar sobre el mejor libro de 1937,
Gombrowicz empezó a gastar zlotys a cuenta, pero el premio se lo dieron
a Boy-Zelenski.
“No me importó mucho, con premio o sin premio sabía que había entrado en la literatura polaca para siempre. Descansaba”
El
aire de Roma, el clima limpio, transparente, latino, contrastaba con
las brumas de Polonia, ese aire tenía para Gombrowicz un perfume
particular.
“Y, sin embargo, en este aire y sobre el fondo de un
paisaje tan noble, también se dejaba sentir algo turbio y monstruoso,
como una pesadilla. Los diarios alababan ruidosamente el eje
Berlín-Roma, por todas partes olía a chantaje y a traición, para mí el
complot de Italia con Alemania era la traición a Europa en la calle, en
los discursos de Mussolini, en las canciones de los fascistas y hasta
en los juegos bélicos de los niños delante de villa Borghese”
Gombrowicz
se da cuenta de que los italianos están desorientados. La duda que
flotaba en el aire era la de saber cuál era la verdadera naturaleza de
Mussolini, a lo mejor el Duce era un hombre providencial y un caudillo
infalible, quizá le había sido impuesta la misión histórica de
liquidar el mundo latino, siempre tan equilibrado.
“Compraba
casualmente tabaco en un quiosco, cuando se acercó un personaje
pelirrojo, con unos pálidos ojos azules y una nariz de pato: ¡un
polaco! Compró cigarrillos: –¿Tenéis retratos de Mussolini? A la
pregunta la ayudó con un movimiento de la mano que indicaba la efigie
del Duce. Al recibir el retrato suspiró con devoción: –¡Ay, nos haría
falta uno así en Polonia, cuánta falta nos hace! (...)”
“El vendedor de
cigarrillos no comprendió naturalmente ni una sola palabra pero,
acostumbrado al parecer a estos comentarios de los extranjeros,
contestó enseguida con igual devoción: –¡Si, sí, Duce grande, Mussolini
jefe!; –¡Mussolini, Mussolini! Este balbuceo reflejaba con bastante
fidelidad la situación internacional. Me alejé del quiosco como si me
corriera el diablo (...)”
“Qué difícil resultaba definir algo en
la bruma de aquella época, todos esperaban el veredicto de la Historia,
pero la Historia no tenía prisa, no se sabía quién mentía, quién
faroleaba, quién era honesto, los contornos estaban borrosos, los
límites diluidos”
Abrumado por esa Roma fascista Gombrowicz se va a
Venecia. Conversa en el tren con cuatro pilotos italianos: –¿Y si el
Duce os ordenara bombardear todo esto, la iglesia, el palacio, la
procuraduría?; –Entonces no quedaría de esto ni una piedra. Esta
respuesta era de esperar, pero fue sorprendente para Gombrowicz la
alegría con la que se lo anunciaban de una manera triunfal. Lo que les
encantaba tanto era el hecho de que se sentían creadores de la
historia, el pasado para ellos había llegado a ser menos importante que
el futuro, podían destruirlo. Este sentimiento de omnipotencia, aunque
no referido a las campañas militares y a los bombardeos, también lo
tenía Gombrowicz.
“Esa
semana, pasada en Venecia, me resultó difícil, emponzoñada por algún
elemento salvaje que se infiltraba en la tranquilidad del Renacimiento
y del gótico. Regresaba a Polonia de un humor siniestro. Anochecía, el
tren corría en dirección hacia Viena, pero yo tenía la impresión de que
me llevaba a las tinieblas, los ojos dejaban de distinguir las formas,
en espacios desconocidos aparecían unas pequeñas luces, una presión
rítmica y balanceante hacia este espacio se convertía en una sensación
apocalíptica. De repente me di cuenta de que no era el único que tenía
miedo. Alrededor de mí, en el compartimento, en el pasillo, todos
tenían miedo. Las caras estaban tensas, se intercambiaban
observaciones, comentarios... ¿De qué se trataba? Era evidente que algo
había pasado (...)”
“Pero
no quise preguntar. Cuando llegamos a los suburbios de Viena, vi grupos
de gente con antorchas, victoreando. Los gritos “¡Heil Hitler!”
llegaban a nuestros oídos. La ciudad enloquecía. Comprendí: era el
Anschluss. Hitler estaba entrando en Viena”
Gombrowicz vivió en una
época que experimentó un ascenso irresistible de la actividad política
cuyas formas más representativas fueron el fascismo y el marxismo.
Las
posturas políticas de Gombrowicz son ajustes de cuentas que hace entre
el individuo y la nación, un pedido de cuentas a ese pedazo de tierra
creado por las condiciones de su existencia histórica y por su
situación especial en el mundo. El propósito de Gombrowicz es reforzar
y enriquecer la vida del individuo haciéndola más resistente al
abrumador predominio del estado y de las instituciones colectivas que
presionan sobre el hombre.
“(...)
La derecha veía en mí a un bolchevique, mientras que para la izquierda
yo era un anacronismo insoportable. Pero de alguna manera veo en ello
mi misión histórica. ¡Ah, entrar en el mundo con una desenvoltura
ingenua, como un conservador iconoclasta, un terrateniente
vanguardista, un izquierdista de derechas, un derechista de izquierdas,
un sármata argentino, un plebeyo aristócrata, un artista antiartístico,
un maduro inmaduro, un anarquista disciplinado, artificialmente
sincero, sinceramente artificial (...)”
Gombrowicz se tomó un descanso de un cuarto de siglo alejándose de todas estas tensiones que lo habían perseguido en Europa.
“Veinticuatro
años de esta liberación de la historia. Buenos Aires: un campo de seis
millones de personas, un campamento de nómadas, una inmigración
procedente de todo el globo terráqueo: italianos, españoles, polacos,
alemanes, japoneses, húngaros, todo mezclado, provisional, viviendo al
día... Los auténticos argentinos decían con naturalidad ‘qué porquería
de país’, y esa naturalidad me sonaba a maravilla después de la furia
sofocante de los nacionalismos”
"Las opiniones vertidas en los artículos y comentarios son de exclusiva responsabilidad de los redactores que las emiten y no representan necesariamente a Revista Cinosargo y su equipo editor", medio que actúa como espacio de expresión libre en el ámbito cultural.







































JnxlxEfOQe