
WITOLD GOMBROWICZ Y FREDERIC CHOPIN
“En
el Banco Polaco nadie creía en Gombrowicz salvo Kaminski, él fue su
mejor aliado y, prácticamente, único (...) Kaminski era inteligente y
poliglota, hablaba de filosofía y de música. Witold lo quería a
Kaminski y a menudo discutía con él. Conversaban frecuentemente de
Chopin...”
Aunque Gombrowicz no destaca a Chopin tanto como a
Beethoven en sus escritos, conocía profundamente a este artista
romántico, no podía ser de otra manera siendo polaco. Cuando se estrena
“El casamiento” mantiene una conversación con Diego Masson, el
compositor de la música para el estreno de la pieza teatral en París,
un diálogo que contiene algunas apreciaciones estéticas que no están
hechas tan en broma como parece.
“He oído que el decorado estaba hecho con restos de
coches viejos; –Sí, era excelente; –¡Oh, qué feliz me siento de no
haberlo visto, esos restos de coches!, me hubiera gustado mucho más un
lindo decorado gótico con muchos colores.. Usted compuso además la
música para la batería, ¿no es cierto?; –Sí, es verdad, la música fue
escrita para dos bateristas, detrás de las cortinas había un gran
número de instrumentos de percusión; –¡Oh, qué feliz estoy de no
haberlo escuchado!, sabe usted, a mí me hubiera venido mucho mejor algo
como Beethoven o Chopin”
Frederic Chopin fue uno de los campeones de
romanticismo polaco, no sé cuánto de románticos eran los corazones de
Bruno Schulz y de Gombrowicz, pero solían tener conversaciones frente
al monumento a Chopin en Varsovia.
“Witold, aunque nuestros
géneros estuvieran emparentados por la ironía, el escapismo sarcástico
y el gusto por jugar a la gallina ciega, a pesar de eso, mi lugar en el
mapa se encuentra a cien millas del tuyo y, es más, tu voz, para llegar
a mí, tiene que rebotar en un tercer elemento, no hay entre nosotros
una línea telefónica directa”
Gombrowicz
era muy amigo de Witold Malcuzynski, el último de los pianistas
románticos, con el que tomaba copas después de los conciertos.
Malcuzynski bebía mucho después de sus magistrales interpretaciones de
Chopin, le temía al público y de esta manera se relajaba. El estilo de
Witod Malcuzynski, lleno de virtuosismo y fuerza pero a la vez de
vitalidad y romanticismo, fascinó al mundo entero y le hizo ser
calificado como el último romántico del piano.
“¿Creéis que
patriotas como Mickiewicz y Chopin no participaron en la lucha
únicamente por cobardía? ¿O quizá porque no querían hacer el ridículo?
Y supongo que tenían derecho a defenderse de aquello que superaba sus
fuerzas”
Hay pueblos que alcanza la grandeza conquistando naciones,
hay otros que la alcanzan con el romanticismo, pero en uno o en otro
caso nos encontramos con problemas. Frederic Chopin es considerado uno
de los más importantes compositores y pianistas de la historia. Su
perfección técnica, su refinamiento estilístico y su elaboración
armónica han sido comparadas con las de Johann Sebastian Bach, Wolfgang
Amadeus Mozart y Ludwig van Beethoven por su perdurable influencia en
la música de tiempos posteriores. La obra de Chopin representa el
romanticismo musical en su estado más puro.
La
existencia de Chopin fue atormentada por aspiraciones elevadas que no
pudieron realizarse, por sufrimientos físicos que no tuvieron curación
y por sentimientos patrióticos que fueron atropellados con crueldad.
Chopin tuvo un alma noble, fue un sincero patriota, un soñador
romántico en un cuerpo de salud minada. Para él era más atractiva la
ilusión que se viste con las galas del idealismo, que la realidad que
transcurre con la indiferencia y a frialdad de la lógica.
Gombrowicz
se las tuvo que ver desde el nacimiento con el romanticismo polaco al
que enfrentó con un apego premeditado por la realidad. Protestaba
contra los tres poetas profetas del romanticismo, guías espirituales de
la nación polaca. Ellos absorbían la inteligencia y el tiempo de los
jóvenes estudiantes dejándolos atrás del pensamiento europeo, pero a
pesar de sus protestas quería ser como uno de ellos.
El valor
de la patria se le transformó a Gombrowicz. cuando los rusos llegaron a
las puertas de Varsovia y fueron detenidos por el ejército polaco al
comando del mariscal Pilsudski en el año 1920. Los jóvenes se alistaban
como voluntarios y sus colegas se paseaban en uniforme por las calles,
pero Gombrowicz permaneció en su casa. Esa ruptura con el grupo y con
la nación surgió en el año memorable de la batalla de Varsovia, y lo
obligó a buscar su propia senda y a vivir por su cuenta.
Se sintió
humillado y a la vez en rebeldía, todas esas aventuras lo impulsaron a
la anarquía, al cinismo y se puso en contra de la patria por la presión
que ejercía sobre los individuos. Aunque estaba lejos todavía de
dominar intelectualmente estos difíciles problemas empezó a comprender
que en Polonia el precio de la vida humana era bajo.
“(...) me
mantenía a distancia y cuando me topaba en la calle con los ruidos de
una marcha militar y el ritmo de una tropa que desfilaba a mi lado,
hacía todo lo posible para no seguir su compás. ¿Estaría buscando
quizás mi propia música y mi propia marcha? (....) La vida política no
me interesaba”
Esta presión contra la patria va creciendo hasta que
pronuncia la blasfemia increíble del comienzo de “Transatlántico”.
Pasados diez años de escritas estas páginas en las que maldice a
Polonia, pone en el diario que en ese barco, en “Transatlántico”, había
regresado a su patria y se había convertido en un ciudadano. La patria,
como a Chopin y a Mickiewicz, le suscita otra vez la afirmación de su
espíritu polaco. Y la patria lo llama nuevamente cuando se va de la
Argentina y lo sorprende diciendo que no se había desnacionalizado, que
seguía siendo tan polaco como el primer día.
“Esta
obra nació en mí como un ‘Pan Tadeuz’ al revés. El poema de Mickiewicz,
escrito también en el exilio hace más de cien años, la obra maestra de
nuestra poesía nacional, supone una afirmación del espíritu polaco
suscitada por la nostalgia. En “Transatlántico” quería oponerme a
Mickiewicz”
Gombrowicz había empezado a lidiar con el espíritu
romántico polaco en su primera novela. En el medio de un mundo de
hombres paralizados a Gombrowicz se le ocurre ponerse en contra del
lema del romanticismo polaco que convocaba a los jóvenes a medir las
fuerzas por las intenciones y no las intenciones por las fuerzas, y
escribe “Ferdydurke” con un propósito restringido, pero la obra se la
va de las manos, le sale el tiro por la culata y se pone en línea con
la “Oda a la juventud” de Adam Mickiewicz.
“(…)
la Historia ha enseñado a los polacos lo que quiere decir no ser.
Privados de Estado, vivieron durante más de un siglo en el corredor de
la muerte. ‘Polonia todavía no ha perecido’ es el primer y patético
verso de su himno nacional y, hace unos cincuenta años, Gombrowicz, en
una carta a Czeslaw Milosz, escribía una frase que no se le habría
ocurrido a ningún español: ‘Si dentro de cien años nuestra lengua
todavía existe’…(...)”
No pasaron cien, pero pasaron cincuenta años
y la lengua polaca todavía existe, una lengua que a mi modo de ver
tiene demasiadas consonantes. La grandeza del hombre clásico se expresa
en su voluntad de dominio, es una postura en la que el hombre trata de
ser dueño y señor. La postura romántica, en cambio, se expresa en el
sometimiento del hombre, en el aguante y en el sufrimiento, la grandeza
del hombre romántico recién aparece cuando se convierte en víctima de
un mundo que lo supera.
Chopin
representa la postura romántica del aguante y el sufrimiento, su
grandeza proviene de su lucha contra una fuerza que lo somete y lo hace
víctima de un mundo que los supera. En la relación de los polacos con
el mundo de antes de la guerra había algo malo y alterado.
Si
por su situación geográfica y por su historia Polonia se veía condenada
a estar eternamente desgarrada, entonces había que cambiar algo en los
polacos para salvar su humanidad. Los artistas y los intelectuales
polacos de antes de la guerra fueron entonces también responsables de
no ajustar las cuentas con ese pedazo de tierra creado por las
condiciones de su existencia histórica y por su situación especial en
el mundo, para que la leyenda polaca del romanticismo y del idealismo,
de la que Chopin y Mickiewicz eran los campeones, se extinguiera.
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