
WITOLD GOMBROWICZ, KAZIMIERS BALINSKI Y TADEUSZ KEPINSKI
De
los primeros amigos guardamos un recuerdo que vuelve siempre a nosotros
en el transcurso de nuestras vidas. Kazimiers Balinski y Tadeusz
Kepinski fueron los primeros amigos de Gombrowicz y sus cómplices de
aventuras juveniles en el colegio Kostka.
“De joven golpeaba la
puerta de la casa de su amigo Tadeusz Kepinski, y cuando preguntaban
quién era Witold respondía, el señor Gombrowicz. El señor Gombrowicz
nunca dudó de su propio valor, pero dudaba de su obra en el plano
artístico. Tenía miedo de aburrir y de no ser aceptado. Después de
escribir ‘El casamiento’ quiso reescribir esa pieza de teatro, pero
sólo se animó a cambiarle algunos pasajes, y lo mismo le pasó con
‘Ivona’. Escribió ‘Ferdydurke’ porque le criticaron ‘Memorias del
tiempo de la inmadurez’. Si hubiera estado tan seguro de su obra no
hubiera sufrido tanto por las críticas”
Cuando
tenía siete años la familia de Gombrowicz se mudó a Varsovia, él
prosigue sus estudios en un curso particular organizado por la señora
Balinski para su hijo Kazimiers. La casa de esta señora era por
entonces uno de los centros más importantes de Varsovia. Gombrowicz la
frecuentó durante mucho tiempo e hizo amistad con Kazimiers.
No
obstante, sus primeros contactos con los hijos de los aristócratas
varsovianos lo deprimieron. Se sentía torpe, y el saberse diferente de
los demás lo llevó a distanciarse de su familia, de la escuela y de sí
mismo. Creyendo que su mundología dejaba mucho que desear se preocupaba
constantemente de los modos de comportarse en sociedad y de su falta de
modales.
“Los aristócratas se relacionaban por lo general entre
sí y no permitían que entraran en su clan más que unos cuantos
elegidos, emparentados o no, pero en todo caso pertenecientes a
familias de la ‘sociedad’. El proceso se realizaba con una precisión
sorprendente en gente tan joven, a través de una especie de selección
natural, seguramente inconsciente, en la que la rigidez y la
intransigencia del tabú aristocrático aplicado sobre el fondo de
nuestra anarquía desenfrenaba y chillona, me revelaron una ley no
escrita, una de esas leyes que cuanto menos se proclama más se hace
notar. Balinski tenía una abuela condesa y una bisabuela princesa,
aparte de su padre senador; yo, con una cuantas tías condenas a duras
penas podía acompañar a alguno de ellos de la escuela a casa”
Envidiaba
de los aristócratas una facilidad para imponerse y una desenvoltura en
los modales que parecían innatas, así como un espíritu que, por
esencial, debía dominarlo todo. En sus relaciones con los adultos se
sentía paralizado por sus defectos, a menudo imaginarios, por lo cual
aumentaba todavía más su timidez y su torpeza.
Este
sentimiento de inferioridad consolidaría uno de los rasgos de su
carácter: una timidez externa ligada a una seguridad interior.
Consciente de la superioridad de ciertos adultos de su entorno, evitaba
las discusiones con ellos por miedo a parecer ridículo.
“Yo pasaba
entonces las tardes en casa de los Balinski, una mansión que se
consideraba ilustrada, culta y rica en contactos con París y Londres,
abierta al arte. Fue mi primer contacto con la literatura (...)”
“A
pesar de eso seguía siendo provinciano hasta la médula, tímido,
rústico, salvaje, casi un hijito de mamá y, aunque vivía
espiritualmente con una gran intensidad la nueva vida polaca que nacía,
en la práctica, no sabía establecer contacto con ella”
La buen relación que Gombrowicz tenía con la familia Balinski se enfrió un día en
un entierro.
“Maduraban
en mí unas rebeliones que no podía comprender ni dominar. Me acuerdo de
un entierro al que asistí, era la inhumación de un pariente; los
Balinski caminaban detrás del féretro, muy dignos, acompañados de
numerosas personas, cuando de repente no sé qué demonio se apoderó de
mí y empecé a comportarme provocativamente, metí las manos en los
bolsillos y me puse a dar patadas a todo cuanto hallaba por el camino
(...)”
“Me volvía sobre las mujeres con las que me cruzaba,
hasta que, finalmente, superando la capacidad de espanto de mis padres,
comencé a parlotear en voz alta con los demás miembros del cortejo
fúnebre, no menos horrorizados. Por fin, ya en el mismo cementerio, me
agarró un ataque de risa que no pude dominar; literalmente me ahogué de
risa sobre aquel ataúd”
Con Balinski y Kepinski formaron en el
colegio una coalición de ataque y defensa. Es difícil encontrar una
persona que se parezca tanto a su obra, o una obra que se parezca tanto
a su autor, como en el caso de Gombrowicz. La narración en la que se
nota más este parecido es “Ferdydurke”, y esto es así porque en esta
novela traspone, aunque no demasiado, las torturas que había sufrido en
el colegio, a un lenguaje artístico.
El
instituto Kostka era muy aristocrático, estaba plagado de Radziwill,
Potocki, Tyszkiewicz, Plater, aunque también había adolescentes de las
clases sociales más bajas. A los once años los padres lo enviaron a esa
escuela. Era el más joven de su grado, estaba aterrorizado, de hecho
los primeros años fueron muy dolorosos, como estaba dotado de un
temperamento intranquilo y travieso se convirtió rápidamente en el
blanco de todos los golpes y puntapiés.
A pesar de todo no descendió
a la categoría de pelele y organizó un grupo de agresión y defensa para
protegerse de esos terribles suplicios acompañados por las risotadas
salvajes de sus desolladores. En esa edad ingrata soñaba con la madurez
para alejarse de aquel infierno poblado de criaturas que ululaban,
corrían y brincaban en un estado de ebullición permanente, y para
descansar por fin de la suciedad y fealdad de esos mocosos simiescos.
“Nosotros,
en el cole, nos propinábamos grandes y ruidosas bofetadas que, sin
embargo, ya no terminaban en duelo. El ultrajado tenía que devolver la
bofetada si no quería perder su honor, pero entonces el adversario se
veía también obligado a su vez a devolver ya que una ley tácita
estipulaba que el último en golpear la cara ganaba. Un día, con Tadeusz
Kepinski, atravesamos dos veces el patio de la escuela dándonos
bofetadas: ambos terminamos con la cara hecha una calabaza”
Kepinski ha escrito sobre Gombrowicz textos que lo muestran como un amigo muy inteligente.
“Hay
algo en ‘Escalera de servicio’ que quizás se remonte a la infancia, a
la época en la que se le despertaron sus primeros deseos, hacia su
séptimo u octavo año (...) Seguramente vio algo que le causó impacto,
unas pantorrillas, o algo mejor, y que una y otra vez acudía a su mente
(...)”
“Pasaba
el día entero con su madre y sus hermanos, pero no con su padre. Para
Witold, de niño, el padre era un ser lejano, providencial, su hermano
Jerzy lo dominaba directamente, el padre indirectamente (...) No se
veía a sí mismo casado. De entrada, no hubiera sabido jugar al
pretendiente, mostrarse ansioso, declararse, suspirar, sufrir. No se
imaginaba en el papel de padre, preocupado y atento a crear las
condiciones de vida adecuadas para su mujer y sus hijos.. La visión de
todo ello era para él equiparable a la muerte”
La coalición de
ataque y defensa que había formado con Kepinski y Balinski aparece
claramente en “Ferdydurke”. La novela comienza cuando el protagonista
treintiañero es raptado de su casa.
Es raptado en una forma infantil por un profesor que lo
lleva a una escuela de adolescentes, a pesar de los lamentos de la
criada que no lo puede impedir porque el profesor la pellizca en las
nalgas y la criada pellizcada tiene que mostrar los dientes y estallar
en una risa pellizcada.
En el medio de la narración el
protagonista tiene unas aventuras en la escuela que culminan con un
duelo de muecas entre dos adolescentes líderes de dos agrupaciones que
expresan su antagonismo con intentos de violación por los oídos
mediante la utilización de palabras sublimes y obscenas, que caen en la
vulgaridad y el anacronismo, y que no pueden darle el triunfo a sus
ideas. En el colegio se había formado dos bandos irreconciliables, el
de los muchachones que representaban ideales bajos, y el de los
adolescentes que representaban ideales sublimados.
Si Polilla,
el líder de los ideales bajos, realizaba su plan de violar la inocencia
de Sifón, el líder de los ideales sublimados, la realidad se
convertiría en una pesadilla y el protagonista ni siquiera podría soñar
con la huida. Pepe le está comentando en voz baja a un compañero que
sería mejor disuadirlos de la violación, pero Polilla se da cuenta:
–¿Por qué te metes? ¿Quién te permitió chismear de nuestros asuntos con
Kopeida? ¡A él eso no le interesa! ¡No te atrevas a hablar de mí con
él!; –Polilla, no hagas eso con Sifón; –¿Por qué no?; –Porque no;
–¿Sabes dónde te tengo con Sifón? ¡Te tengo en el ... ¡Perdón! ¡En mi
mejor estimación!; –No hagas eso, no se metan en eso. ¿Acaso no te ves
haciendo eso? Oye, ¿tú te has imaginado eso?, ¿tú te has visto?, Sifón
atado en el suelo y tú violado su inocencia a la fuerza y por las
orejas.
¿No
te ves en eso?; –Veo que tu también eres un digno adolescente. Sifón te
ha influido, ¿no es cierto? Mientras estaba diciendo todo esto le dio
un punta pie: –¿Acaso porque Sifón es inocente tú tienes que ser
indecente? Polilla se sumergió en dolorosos pensamientos dejando por un
momento la trivialidad y la vulgaridad y el rostro se le
descongestionó, pero cambió inmediatamente: –¡Cuculeíto! ¡Cucucaleíto!
¡No, no puedo permitir que consideren a los colegiales unos inocentes!
¡Tengo que violar por las orejas a Sifón!
Cuando
Pepe le propone la huida, Polilla empieza a soñar con el peón, la
fraternización con el peón es su ideal bajo. Pero de repente un rugido
sarcástico estalló a dos pasos de ellos. Sifón y Conejo, con algunos
otros, se agarraban sus barrigas inocentes carcajeando y rugiendo.
¡Te
felicito, Polilla, te felicito! ¡Por fin sabemos qué se oculta en ti!
¡Sueñas con el peón! ¡Finges ser un muchachón brutal, pero en el fondo
eres nada más que un sentimental soñador peatonal! Polilla se daba
cuenta que la balanza se estaba inclinando peligrosamente a favor de
Sifón, entonces se le ocurre desafiarlo a un duelo de muecas. Eligen la
hora, el lugar y las árbitros. En el momento que lo están designando a
Pepe como superárbrito, suena el timbre, se abre la puerta y un
hombrecito barbudo entra a la clase y se sienta sobre la tarima... Pasa
una hora, termina la clase y los alumnos profieren un rugido salvaje.
El viejito pestañeó y salió. El duelo de muecas iba a ser un duelo a
muerte y no un palabrerío vano. Conejo lo aconsejaba a Sifón: –¡No te
asustes, piensa en tus principios!
Teniendo
principios puedes en nombre de ellos fabricar fácilmente todas las
muecas que quieras, mientras él carece de principios y deberá
fabricarlas, no en nombre de ningún principio sino por su propia
cuenta. La cara de Sifón resplandecía pues los principios le daban el
poder de poder siempre y con cualquier intensidad. Los amigos de
Polilla le aconsejaban que no se expusiera a la derrota: –No te eches a
perder, ni a ti ni a nosotros, mejor ríndete enseguida, finge que está
enfermo y te excusaremos; –No puedo, ya están echados los dados.
¡Fuera! Pero la cara se le alargó y dio muestras de un malestar
pronunciado. Los árbitros castañetearon los dientes: –¡Podéis empezar!
Parecía que Polilla dominaba, pero de pronto Sifón replicó alzando un
dedo, hacia arriba, era un golpe poderoso.
Polilla
alzó el mismo dedo, lo puso en la nariz, se rascó y escupió sobre él,
se defendía atacando, pero el dedo invencible de Sifón permanecía en
las alturas. La situación de Polilla se volvía terrible porque ya había
gastado todas sus asquerosidades y el dedo de Sifón siempre indicaba
hacia lo alto. De repente Polilla rompió el silencio con un grito
espantoso; –¡A él! ¡A él! Se arrojó sobre Sifón y le aplicó un flor de
sopapo. Los muchachos se arrojaron sobre los adolescentes y los
maniataron con los tiradores. –¡Ah, mi adolescentucho inocente, tú
creías vencerme. Polilla estaba sentado sobre Sifón: –Dame tu orejita.
Por suerte se puede todavía penetrar en el interior por vía de las
orejas. Se inclinó sobre él y empezó a soplar. Sifón chilló como un
chancho, viendo que no podía zafarse, rugió para tapar las mortíferas
palabras de Polilla que lo iniciaban y lo enteraban.
Era
increíble que los ideales pudieran emitir semejante rugido, pero el
verdugo rugió también: –¡Mordaza! ¡Métele mordaza! ¿Qué esperas? Se lo
estaba pidiendo a Pepe, era él quien debía ponerle la mordaza.
“Justo
en el momento culminante de la atroz violación psicofísica que efectuó
Polilla sobre Sifón, se abrió la puerta y entró en la clase, como caído
del cielo, Pimko, siempre infalible en toda su personalidad
excepcional. –¡Qué bien, los niños juegan a la pelota! (...) ¡A la
pelota, a la pelota juegan! ¡Con qué gracia uno tira la pelota al otro,
con qué soltura la agarra el otro! Y viendo los rubores sobre mi cara,
pálida y crispada por el pavor, añadió: –¡Oh, qué colorcitos! Se ve que
la escuela te resulta saludable y la pelota también, mi Pepito. Vamos,
te llevaré a la casa de la señora Juventona, donde alquilé una pieza
para ti”
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